Escritor del Mes

CHILE, fértil provincia…

Andrés Sabella

Trascribimos a continuación una selección de textos del libro “Chile, fértil provincia” partiendo por su hermosa dedicatoria.

NIÑO

De Chile, éste es tu libro:

Tu libro, como quien dice un jardín

Para tus ojos. Lo escribí de mi mano

Y en ella temblaban alas. Yo

Quiero que sea entre tus

Dedos un poco de luz

                                       Maravillada.

EL CERRO DEL ANCLA.

En los trágicos cerros de Antofagasta, que podrían servir de cabellera a la tormenta, divisamos un ancla de dieciocho metros, que ordenara pintar, en 1868, don Jorge Hicks, días antes que el primer barco trajera a ese puerto la emoción que colinda con los horizontes. Sería esa ancla la que enraizara en Antofagasta la vida ardiente del mundo…

Era un símbolo cálido y necesario.

Clavería, un minero completo, tal si catease en los comienzos del cielo, la pintó en lo alto de un cerro; y allí se quedó ella frente al mar, que pasa en su corcel bullicioso y celeste-

Cuando los barcos emproan hacia Antofagasta, esta ancla –que está como colgando de ls nubes- les sale al encuentro para sujetar –por siempre- su rumor de otras mareas.

CAMANCHACA

Estoy en el corazón de la noche pampina, con las estrellas poderosas volando en derredor de mi cabeza; la noche gira en sí misma, golpeada por el frío; la noche muestra su cara húmeda por la camanchaca.

Camanchaca: lágrimas de los mineros extraviados para siempre.

LA MEJOR BANDERA

En los polvorientos caminos del Sur yo he visto, en ciertas casas, una banderita singular, una blanca bandera, flameando en la puerta cordial. Esa bandera anuncia la venta de pan; allí se vende pan. Es esta bandera la que nadie arriará y la que parece estar siempre situada en las manos de una madre.

EL HUEMUL

Tiene en su corazón aprisionado el poderoso viento cordillerano: por esto es que corre siempre veloz, esquivo y bravío.

El abate Molina lo llamó “Caballo con dos dedos”: caballo de las grandes tempestades, caballo libre en medio de las soledades andinas.

En sus astas, el dia se enrolla, como un harapo, y el lo conduce hasta los picachos soberbios y allí lo deja…

EL ULPO

Todos hemos saboreado el ulpo, harina tostada con agua y azúcar, manjar de infancia y pueblo; todos podemos mirar hacia la penumbra del tiempo lejano y percibir a un niño, igual a nosotros, sentado en ruda banqueta, atento y glotón, devorando una taza con ulpo: es esta imagen la única que los niños chilenos no podrían negar. Es la imagen de la pureza que parece corresponder al porte del cariño de nuestra madre. ¡Ulpo y madre en la infancia, como nutrición de gloria!

LA CUECA

La cueca es un remolino vital. Baile de alegría y de salud. Cada “pie” exige un combate de gracia, donde los bailarines giran llenos de banderitas y de “huifas”; la cabeza se deshace en el desorden del pelo, las manos se estiran a estrellas y el pañuelo flamea en llamas.

Cueca: diálogo donairoso del hombre y la mujer.

PREGONES

Con el ojo tambaleante de su farolillo, como si fuera un barco entre el agua de la noche, el vendedor nosturno canta sus mercancías:

-¡Motemeeey!…

-¡Castañas cocíaaas!…

Y el grito trepa por las sombras y, a lo largo de las calles, ondula como una luz sentimental.

El vendedor nocturno es el novio de las ventanas. Sus ojos saben del conciliábulo de las esquinas: jardinero de esas flores extrañas que aparentan ser las ampolletas públicas.

Cuando el amanecer salta desde el firmamento, el vendedor nocturno quisiera arrojar lejos su canasta, para coger los primeros colores del día, y ponerse a pregonarlos, lo mismo que mercaderías maravillosas:

-¡Azuuuul!…

-¡Rosado clarito!…

PINGÜINOS

En la Antártida, los pingüinos, con su elegancia y parsimonia, obligan a que todos gastemos con ellos una distinción especial:

-¡Buenos días, señor Pingüino!

-Señora Pingüina, pase usted primero…

Enseñan los tratados de zoología que los pingüinos son aves palmípedas. ¡Qué saben los tratados!… los pingüinos son los chambelanes del mar austral.

ELOGIO DE LA TRUTRUCA

Su voz es profunda: queja atardecida. En ella gotea su sangre el canelo, arde la herida de las copihueras, y la noche de la selva vuelca su cielo.

Yo me digo: qué eres, instrumento taciturno. Y una voz de luz me define tu esencia: una espiga triste que concluye en música…

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