POEMAS AL ALIMÓN de María de la Luz Ortega H. y Ronnie Muñoz Martineaux

Comentario del académico y escritor Pedro Lastra.

              SOBRE  POEMAS  AL  ALIMON

          Anoto algunas reflexiones que me sugiere este libro singular: en primer término, la ocurrencia infrecuente de disponer un conjunto de poemas escritos por dos autores, a partir de una práctica denominada AL ALIMON, y cuya mejor y más completa descripción fue dada por Pablo Neruda al recordar una memorable presentación suya y de Federico García Lorca, en Buenos Aires, en homenaje a Rubén Darío:

          Dos toreros, dice Neruda al explicar el sentido de esa curiosa lectura compartida, pueden torear al mismo tiempo el mismo toro y con un único capote. Esta es una prueba de las más peligrosas del arte taurino. Por eso se ve muy pocas veces…

        Aquí, en este libro de  María de la Luz Ortega Hernández y Ronnie Muñoz Martineaux, los dos escritores, cuyo acercamiento a la poesía responde a motivaciones y modalidades familiares para ambos, entablan un diálogo que en algunos momentos de complicidad expresiva habrá de llamar la atención del lector. Es algo que observó muy bien Fernando Quilodrán, en un prólogo escrito en 2016: se trata de una complicidad muy abarcadora, sin embargo, que compromete también a la visión de la realidad, manifestada en varios textos muy logrados de los autores, que dan cuenta de visiones urbanas profundizadoras, en las que resaltan lo que se podría señalar como vivencias de la solidaridad. Tales los poemas MUDOS A LA DISTANCIA, de María de la Luz, y NIÑOS DE SUBURBIO, de Ronnie Muñoz.

      Destaco otros poemas que constituyen sobresalientes muestras de la complicidad creadora  de estos escritores: LUCES DE LA CIUDAD  y  REFLEJOS, de María de la Luz, por ejemplo, pero sobre todo EN CLORURO DE PLATA, este último escrito sobre la tragedia del tsunami de Indonesia en diciembre del 2004, que se corresponde tan intensamente en solidario diálogo con el poema de Ronnie CHILE, LA ESPERANZA, sobre el terremoto de febrero del 2010 en Chile. 

         La presente y cuidada edición de 100 ejemplares es, pues, un novedoso registro de una poesía que merece una difusión más amplia que, ciertamente, apreciarían muchos lectores, para quienes es ahora de difícil acceso. Acrecienta, asimismo, su interés el hecho de constituir un oportuno homenaje de reconocimiento y de amistad a la memoria de Ronnie  Muñoz Martineaux, que fue también un notable difusor de las letras chilenas en el país y en el extranjero, como lo fue Fernando Quilodrán, de larga y reconocida labor gremial y literaria.

          Debemos a María de la Luz Ortega, tanto su transparente poesía como su generosidad para compañeros tan cercanos como lo fueron Ronnie y Fernando, que ya no están entre nosotros y no alcanzaron a ver este proyecto, felizmente cumplido. Este libro, pues, es no solo un diálogo poético al alimón, sino la expresión fraternal de una ejemplar cercanía con esos nobles escritores y amigos.