Bohemio

Columna del escritor Federico Gana

Me sobrepasa la palabra bohemio, aunque vivo con la certeza de ser dueño de mis libertades, deambulando solo o con los grandes amigos de la vida. La amistad es poderosa e inmanejable, como árboles grandísimos que llegan a su capacidad de sombra y albergue tras años de riego y crecimiento. Cuando advierto un árbol inmenso, pienso en la paciencia. Quiero seguir siendo un conocido de la noche, del día, de la madrugada y de las tardes anocheciendo, cuando se conocen personas que abren su corazón como un libro y logran que el mío se abra, amistosamente. Es la vagancia que me gusta, bajo la lluvia o bajo la niebla o bajo el sol del mediodía. O a la hora de la siesta, cuando todo se torna más lento, se supone que nada debe ocurrir y no cuentan las horas que pasan. Basta andar con las manos en los bolsillos para mirar cosas, conocer personas, probar panes y jamones, beber vinos a veces clandestinos, toparse con ancianas tomando té y que despiertan entre sí ciertas ilusiones, ver rincones donde nacen poesías y surgen magos de ocasión, paseantes solitarios o mujeres escoba en mano y descuidada la vestimenta. Son iguales hace siglos, aunque la ciudad se remodele. De repente, en una tienda moderna de utensilios domésticos y para morirse en silencio de la risa, un reloj luminoso a pilas proclama que el tiempo no es verdadero ni falso, mientras un tren arriba a la estación y luego otro grita con un resoplido parecido al nuestro. Algunos barquitos de palo compiten en los hilos de agua que serpentean por las orillas de las veredas y arrastran colillas de cigarrillos, cáscaras secas, hojas muertas. Todos compiten en esta travesía callejera, lejos del mar. Una breve porción de libertad, como los antejardines clandestinos de las señoras, que cortan rosas y algunas hojas amarillas.

Por ahí anda el mediodía. Y tú, para quien escribo, eres un libro abierto. Te leo en cada párrafo.

Fotografía: Sergio Larrain