Los escritores opinan

Matriarca: versos que renuevan el universo mistraliano

Victoria Ramírez Llera

Sobre la extensa y universal obra de Gabriela Mistral mucho se ha dicho y escrito. No obstante, la autora de Ternura, Tala y Lagar ha vuelto a sorprender a sus lectores con la aparición de Matriarca, poemario publicado recientemente por Ediciones Biblioteca Nacional de Chile, que recoge un potente corpus hasta ahora desconocido, que descansaba entre el legado de la Premio Nobel que Doris Atkinson, sobrina de su albacea Doris Dana, donara en 2007 a la principal biblioteca del país.

Gustavo Barrera, responsable de la curatoría de los textos, tuvo acceso directo a los documentos mistralianos y pudo ver de cerca poemas escritos de su puño y letra, versos mecanografiados, tachados y corregidos e incluso poemas ya publicados a cuya reescritura la autora acudía. Estos invaluables papeles nos ayudan a conocer más de cerca el procedimiento escritural de Gabriela y su búsqueda de la perfección. “Cuando escribía dos horas, se pasaba veinte corrigiendo. Como buena budista, siempre buscaba lo mejor, tratando de editar su creatividad inicial apasionada. Recuerdo poemas que después de corregirlos, parecían ser otros completamente distintos. Siempre trataba de mejorarlos, perfeccionarlos”, relató Doris Dana en una entrevista citada a su vez en el prólogo de Matriarca.

En el mismo sentido, Barrera explica que “la selección (de Matriarca) se concentró en textos elaborados y corregidos, en algo que se podría llamar versiones finales de los poemas. Pero como ya es sabido, en el proceso creativo de Gabriela Mistral nunca ha habido poemas acabados y siempre obras en proceso de cambio”. Qué difícil parece la idea de enfrentarse a este material con los ojos de un editor y tomar las decisiones perentorias para publicar un libro, a saber: transcribir aquello que se aproxima a una versión definitiva, suponiendo que expresa más fielmente lo que la poeta quería decir, o conservar las tachaduras y enmiendas que podrían brindar otro acercamiento a la obra, abriendo nuevas interpretaciones.

La lectura de los 62 poemas que dan forma a Matriarca es un recorrido por los imaginarios más recurrentes de Mistral, pero también es asomarse a los orígenes de una de las poéticas más importantes del siglo XX. Palpita en ellos su trabajo con la métrica, su búsqueda de un lenguaje propio, de una voz que fue mutando y depurándose con el paso del tiempo y el peregrinaje de la poeta por el mundo. “Yo tengo una palabra en la garganta / y no la suelto”, escribió en el poema Una palabra, publicado por primera vez en Lagar (1954). Ahora, en Matriarca, leemos “Lo recojo en hálitos de amor / para no dejarle / y mi garganta se lleva / el clavel de aire”: la palabra que antes amenazaba con “quemar el pasto vivo” se ha transformado en la fragilidad y belleza de una flor. Pero siempre está la poesía en la garganta, como una especie de filtro para el hálito vital. 

Aparecen también los dolores y las ausencias: el hijo, el padre, la madre, el terruño natal. En esta añoranza encontramos la hebra que nos conduce al corazón de Matriarca. El poema Las cuatro es una evocación a la montaña, el paisaje andino en el que la poeta resume el poder de lo femenino, de la tierra, de la naturaleza y de la historia. “No te faltaremos, Matriarca, / aunque la noche se nos cierre. No fallaremos para que no caiga /tu escritura caliente en la nieve”. Esto es Matriarca, una nueva cara para una obra inagotable, donde se difuminan los límites que ponen a Lucila y Gabriela en lados opuestos de un mismo espejo.

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