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LITERATURA, ARCHIVO Y LIBERACIÓN

La peste se ensañó con la Europa medieval, diezmando de manera extrema y trágica a su población. Las autoridades de las ciudades intentaron frenar el avance imponiendo una férrea cuarentena a sus habitantes, cerrando los accesos y las salidas y vigilando la llegada de los barcos desde los puertos. Por la dimensión de la extinción humana, la peste medieval protagoniza uno de los archivos históricos fundamentales en torno a la enfermedad y el contagio.
Hoy, en pleno siglo XXI, se produce o, habría que decir, se reproduce un momento viral de grandes proporciones que circula locamente por las superficies geográficas, dando cuenta de la mundialización de la enfermedad. La trasparencia del mundo actual, posibilitada por las comunicaciones tecnológicas, esta vez muestra, paradójicamente, cómo el mundo se cierra, se contrae, hasta generar mega ciudades fantasmales, vaciadas de cuerpos ante las medidas de un primordial control sanitario.
El confinamiento mundial se sostiene hoy en el confinamiento individual imponiendo una pausa en la circulación, dictaminando una vida puertas adentro sostenida por el monótono cerco de las paredes que establecen un límite obligatorio que opera como garantía para asegurar la sobrevivencia.
Así, los años iniciales de este siglo, se abren a la catástrofe común del mundo. Un mundo que, más allá de las diferencias territoriales, económicas, culturales, obliga, sin excepciones, al encierro en las etapas más violentas del viaje viral. Y una de las preguntas recurrentes es cuál será el resultado de esta experiencia y cómo podría impedirse el próximo virus que sería capaz de ocasionar un renovado drama multifocal: enfermedad, muerte, pobreza, hambre.
Pero el confinamiento y la sombra de la enfermedad permiten la circulación y el despliegue de la escritura capaz de ficcionalizar escenarios abiertos, desplazamientos múltiples, viajes, encuentros. Una suma de movimientos simbólicos generados desde la inmovilidad. La ficción, la poesía, el ensayo, la escritura dramática, se cursan en un tipo de confinamiento necesario, elegido, pacífico, productivo. Pero hoy, la escritura movilizada por el peso material de las paredes constituye una forma de fuga, de desafío, de urgencia.
El libro “Fulgores en la penumbra” es una experiencia literaria que sucede desde el imperativo del confinamiento y, a su vez, opera el desconfinamiento a través del proceso de escritura. Pero también en este libro hay que considerar la importancia de la reunión de una comunidad de escritores. Un pacto de unión, en los mismos tiempos en que la masiva enfermedad restringe los encuentros. Pero el poder de la letra es capaz de sortear los dictámenes más rígidos y el libro es el sitio en el que se verifica una reunión amparada en la página, en los márgenes, en la diversidad de escrituras y obsesiones.
Theodoro Elssaca, Juan Eduardo Esquivel, Walter Garib y Jaime Hales unen cada uno de sus textos para escribir el confinamiento, quiero decir, poner una escritura allí donde opera la reclusión, para darle sentido al encierro y abrir sus compuertas en un proyecto común que considera la pluralidad y la diversidad de cada uno de los imaginarios. De esa manera posibilitan trancursos sin barreras que controlen la letra.
Cada uno de los participantes tiene un amplio recorrido cultural y literario que incrementa la pertinencia del libro. Se deslizan por los soportes estéticos a partir de los desafíos que los textos les proponen. Muestran el contexto de sus escrituras mediante signos que dan cuenta del tiempo más real que los acompaña. Se filtra el virus para alejarse. La literatura desvía la enfermedad.
Unidos por un contexto común, cada uno de los autores emprende su particular viaje que incrementa el despliegue cultural del libro, lo amplía y lo vuelve necesario para pensar la literatura como un camino formado por diversas experiencias con la letra y que, en su conjunto, es capaz de organizar una plataforma literaria.
La lectura de este libro, invita a recorrer la literatura fantástica de Theodoro Elssaca, acercarse a la poética cultural y social de Juan Eduardo Esquivel, pensar en los relatos y microrrelatos móviles de Walter Garib y asistir a la construcción de una biografía político-ficcional del confinamiento pasado y futurista de Jaime Hales.
Me parece necesario agregar que este libro y su valor literario operan como un archivo memorioso que contiene los pormenores de un tiempo complejo y dramático que habrá que analizar detenidamente en los años venideros. Pero frente a la adversidad del contagio, la enfermedad y la muerte, una vez más, la edición de este libro nos indica que la literatura es una forma ineludible de liberación.
Diamela Eltit

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