UN VALS PARA DOS MANOS. RENACENTISTAS DEL SIGLO XX: LORCA Y COHEN

“En Viena hay diez muchachas,

un hombro donde solloza la muerte

y un bosque de palomas disecadas.

Hay un fragmento de la mañana

en el museo de la escarcha.

Hay un salón con mil ventanas.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals con la boca cerrada.”

(Pequeño vals vienés, fragmento, Federico García Lorca)

Lorca y Cohen han sido los más grandes ídolos de mi vida, los únicos por los cuales podría haber sido calcetinera y gritar como posesa ante la posibilidad de acercarme a ellos: dos grandes de las letras y la música, dos poetas con una sola alma.  Sus vidas solo se cruzaron por un segundo, un instante en el devenir de los tiempos, no vivieron los mismos hechos ni se conocieron, pero de haber tenido la posibilidad, indudablemente, habrían sido grandes amigos. Leonard Cohen tenía tan solo dos años cuando Federico García Lorca murió asesinado en agosto de 1936. Él había nacido en septiembre de 1934.

La obra poética de Lorca constituye una de las cimas de la poesía y de toda la literatura española, siendo considerado por muchos como el más grande poeta del siglo veinte. La poesía lorquiana es el reflejo de un sentimiento trágico de la vida. En esta poesía conviven la tradición popular y la culta. El sentimiento llevado al paroxismo.

Lo que unió en el tiempo a Cohen con Lorca, fue la estadía del poeta español en Estados Unidos entre 1929 y 1930: Poeta en Nueva York es el libro de poemas surrealista escrito por Federico García Lorca para rescatar aquellos días que, fueron amargos, pese a que el éxito lo acompañó. Para Lorca la civilización moderna y la naturaleza eran incompatibles. Su visión de Nueva York es de pesadilla y desolación, propia de un mal sueño. Para expresar la angustia y el ansia de comunicación que lo embargaban, empleó las imágenes visionarias del lenguaje surrealista.

Ese mismo año, Lorca salió definitivamente del armario, se enamoró de un hombre (no era el primero) y le declaró su amor. Pequeño vals vienés es un grito de amor desesperado, frustrado, lleno de imágenes surrealistas.

Por su parte, el primer amor de Cohen fue la escritura. Publicó novelas como El juego favorito (1963) y Los hermosos vencidos (1966), y desde muy joven admiró los versos de autores como W. B. Yeats, Walt Whitman o Federico García Lorca, y ciertamente su género favorito fue siempre la poesía. De 1956 es Comparemos mitologías, al que seguirían numerosos volúmenes de poemas: La caja de especias de la Tierra (1961), Parásitos del paraíso (1962), Flores para Hitler (1964), La energía de los esclavos (1972), El libro de la misericordia (1984).

En 1968 sacó su álbum “Poetas en Nueva York”, repitiendo el nombre de la obra del poeta español, pero en plural y donde incluye “Take This Waltz”, una traducción casi literal de “Pequeño Vals Vienés” de Federico García Lorca. Cohen describió en ese entonces y lo reafirmó en su discurso al recibir el premio Príncipe de Asturias de las letras, en 2011, que Lorca no solo fue su ídolo de juventud, sino su inspiración para gran parte de su obra.  Tanta era su admiración que nombró a su primogénita, Lorca Cohen por esa razón.

Lorca y Cohen fueron artistas multifacéticos, exploraron diversas manifestaciones del quehacer artístico, hombres renacentistas del siglo veinte.  Lorca fue un extraordinario dramaturgo, poeta, novelista, músico y dibujante, entre otros.  Cohen fue cantante, compositor, pintor, poeta y novelista.

Cohen fue más popular como cantautor que como poeta, pero, paradójicamente, se le reconoció más esta última faceta que la primera. Como cantante recibió el Crystal Globe en 1988 por haber vendido cinco millones de discos fuera de Estados Unidos. En 1991 entró en la Hall of Fame de músicos en Toronto (Canadá) y recibió el premio Juno al escritor de canciones del año. En 1993 le fue concedido el Juno al mejor cantante masculino del año. Sin embargo, en literatura, la lista de galardones cosechados es casi interminable; mereció dos títulos Honoris causa por las universidades de Dalhousie (1970) y McGill (1992), y en 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, convirtiéndose en el primer y único músico que obtuviera este galardón literario.

“En Viena bailaré contigo

con un disfraz que tenga

cabeza de río.

¡Mira qué orillas tengo de jacintos!

Dejaré mi boca entre tus piernas,

mi alma en fotografías y azucenas,

y en las ondas oscuras de tu andar

quiero, amor mío, amor mío, dejar,

violín y sepulcro, las cintas del vals.”

(Pequeño vals vienés, fragmento.)

Sobre ambos se podrían escribir páginas y páginas.  Pero solo quiero remarcar que, si bien Leonard Cohen fue un escritor con gran vocación, para que sus versos tomaran la fuerza y profundidad que lo caracterizaron, ocurrió algo extraordinario: el hallazgo de los poemas de Federico García Lorca. Así fue como Cohen se fue haciendo Cohen. En Lorca, Cohen encontró un mundo que tenía algo de lo que habitaba en él, un territorio oscuro, un disloque esencial, una extrañeza, un daño, algo que los unía con un lazo que traspasó el tiempo. Leonard Cohen hizo de Lorca su faro y alrededor del poeta granadino orbitó a lo ancho de la vida. Lo leyó. Lo entendió. Lo cantó. Cohen, mujeriego y depresivo, halló en la poesía del de Granada un aullido liberador. No es extraño que la poesía de Lorca le calara hondo. No es exagerado afirmar que para entender buena parte de lo mejor de Cohen haya que entender y amar la obra de Federico García Lorca.

M. Cristina Wormull

agosto 27, 2020