UN ABISMO PARA NO OLVIDAR

Comentarios por Julia Guzmán Watine

Un abismo sin música ni luz de Juan Colil, narra la violación y asesinato de una mujer. Este crimen y su ocultamiento se prolongan por tres décadas. Los años 1980, 2005 y 2013 son los tiempos del crimen y de sus consecuencias más tangibles. Partiré con un fragmento de la novela, que creo que expresa una de sus temáticas y también nuestra realidad destemplada: “Pero ahí estaba entre dos tiempos, haciendo el papel de bisagra, hurgando entre fantasmas, entre recuerdos sucios”. Esta situación entre dos aguas, dos continentes es recurrente en el relato. No porque se evoque dos tiempos (ya que, como señalé, se retratan tres), sino porque uno de ellos se sitúa en la dictadura, específicamente en el año 1980 y porque los otros dos se ubican en los años 2005 y 2013. En otras palabras, Un abismo sin música ni luz es una novela como, por ejemplo,  La ciudad está triste de Ramón Díaz Eterovic, Las manos al fuego de José Gai, La partida de Jorge Calvo, que relata tanto el funcionamiento de los mecanismos opresivos y criminales de los militares y civiles de la dictadura, como las investigaciones y vicisitudes de los protagonistas que se enfrentan solos al terrorismo de estado.  A su vez, al ubicarse los otros dos tiempos en los años 2005 y 2013, en lo que se llama democracia, se describen las consecuencias del poder de los agentes del horror. Tal como ocurre en las novelas, El reparto del olvido de Juan Colil, Ángeles y solitarios de Ramón Díaz Eterovic, La verdad secuestrada de Cecilia Aravena y Eduardo Contreras, entre otras. De modo que, Un abismo sin música ni luz es un relato negro que narra la prolongación de fechorías crónicas e impunes que se mantienen en el tiempo, junto a una sucesión de olvido e ignorancia; es una novela que se instala como bisagra entre lo que se ha denominado novela de dictadura y postdictadura.

En segundo lugar, me gustaría abordar otro aspecto que me llamó la atención y que se refiere al tratamiento temporal del acontecer, por medio de un puente o articulación que relaciona, sin un orden aparente, los años 1980, 2005 y 2013. De ahí los interrogantes ¿Qué hubiera pasado si el autor optara por el orden cronológico de los acontecimientos? O, para ser más exactos, ¿Por qué la alternancia de los tres tiempos y voces? ¿Esta estructura convertirá esta novela en un correlato de muchos crímenes  del presente y pasado reciente que aparentemente son aislados en el tiempo y que probablemente tienen una explicación en un pasado dictatorial? O, tal vez, ¿la novela expresa un contrapunto entre el pasado y el presente perpetuo, sin expectativas de justicia? Probablemente, más que el enigma se privilegia el suspenso acerca del devenir de los personajes en un ambiente adverso y corrupto; tal vez es la pregunta acerca del grado de conocimiento que lograrán los personajes y si existe la posibilidad de alguna reparación. En otras palabras, como diría Yves Reuter (2009), en la novela negra, en vez de preguntarnos por los culpables (que conocemos en el proceso de lectura), orienta la tensión hacia la suerte del protagonista, su acercamiento a la verdad y las consecuencias de su pesquisa. Como podemos apreciar se presenta la misma incertidumbre tanto en la ficción como en la realidad.

Aquí viene el tercer y último contrapunto o “relación bisagral” que es el diálogo entre la realidad y la ficción. Este gran relato se inspira en la violación y asesinato de Gloria Stockle (en la novela, Gladys Spencer), ocurrido en Copiapó en una dependencia militar. En la ficción, a partir de ese macabro crimen situado en el año 1980,  el inspector Gutiérrez y más adelante en el tiempo, el enigmático detective Trévor Ortiz, investigan este y otros crímenes relacionados con el de Gladys. De modo que se articula una trama que se prolonga por treinta años.

Por otro lado, en estas tres décadas, los homicidios y desapariciones se esconden por medio de la ficcionalización de la realidad, o de la verdad. Esto es, frente a las desapariciones sorpresivas o accidentes bastantes voluntarios, se producen historias inverosímiles que se creen como si estos relatos obedecieran a la lógica de sus protagonistas. En otras palabras, la mentira, las invenciones, las paparruchas borran los crímenes y las evidencias. Los crédulos prefieren acatar explicaciones extrañas y oficiales para evitar el sufrimiento y la duda (como si pudiera taparse la realidad con papel celofán). Y así se inventa para esconder, para crear una falsa conciencia de realidad. El miedo ayuda a enterrar la verdad, los sentimientos de injusticia y el miedo mismo. Así se instaura una historia oficial de olvido a partir de mentiras, corrupción y crueldad de las instituciones, falsedad que hay que mantener amenazando o  derramando sangre de vez en cuando.

Sin embargo, Se produce el efecto inverso con la novela negra. En ella, la ficción muestra, señala y recuerda esa herida todavía expuesta. Juan Colil señala en una entrevista a Bartolomé Leal (2018, p. 87)  “lo de los crímenes es una excusa para hablar de esa crueldad institucionalizada, ese mal que se han permitido algunos y que los sitúa en un marco de impunidad construido en base al olvido”. Por lo tanto, la imaginación en este caso, no esconde: devela, muestra, acusa. La ficción estrecha lazos, contextualiza, acerca. Como señala Chandler (Reuter, 2009, p. 61), el autor crea una emoción a través del diálogo y la descripción. De modo que la literatura también nos puede acercar a nuestra historia reciente; rememora las víctimas escondidas tras el terror a la verdad. La invención, en este caso,  vuelve verosímil y cercana las historias acalladas por el olvido de nuestra sanguinolenta memoria. Oscar Brox, en un comentario a la gran novela de Juan Colil afirma lo siguiente “el noir del Sur de América sabe cómo hacer de las numerosas heridas abiertas de su Historia reciente el combustible para sus ficciones. Quizá sea una cuestión de ardor político, de trasladar la quemazón por las injusticias que nunca fueron reparadas o de conciliar a través del género los fantasmas de un pasado demasiado cercano”.

De este modo, la forma nos remite al contenido; los presentes nos remiten al pasado; el pasado al presente;  la ficción a la realidad; la realidad a la ficción y así, nos internamos en una vergüenza que se convierte en memoria; en la ficción, que al tratar el olvido y la ignorancia, recuerda y señala partes desastrosas de nuestra historia.  Se impone el recuerdo frente a la historia oficial; se impone el conocimiento y la memoria frente al pensamiento mágico que ilusamente certifica que la palabra rastrera y la violencia borran los sufrimientos de los crímenes pasados.

Obra analizada:

– Juan Ignacio Colil Abricot (2019). Un abismo sin música ni luz. Santiago: Lom Ediciones (202 páginas).

– Reuter, Ives (2009). Le roman policier. Paris: Armand Colin Editeur.

– Leal, Bartolomé (2018). Trazas negras. Conversaciones sobre novela negra y policial en Chile. Santiago: Ediciones Plazadeletras.

– Brox, Óscar (2019), Juan Ignacio Colil Abricot. Muertos comunes. En http://diarios.detour.es/literatura/juan-ignacio-colil-abricot-muertos-comunes-por-oscar-brox