Sobre El último grumete de la Baquedano y algo más

Ensayo del escritor y académico Grínor Rojo.

En las Odas de Horacio, la número XIV, que pertenece al  Libro I, contiene una alegoría que, según afirman los especialistas en el campo de los estudios clásicos, se inspira en el poeta griego Alceo y compara, si es que estamos dispuestos a concederles crédito a los dichos de uno de sus traductores al español, “el Estado con una nave zarandeada por las tormentas y le exhorta  [al Estado, claro está] a permanecer seguro al abrigo de algún puerto”1. Pongo esta doble cita en el comienzo de mi trabajo acerca de El último grumete de la Baquedano de nuestro Francisco Coloane no por un afán erudito, sino porque también en el caso de esta nouvelle chilena a mí me parece que nos encontramos frente a una alegoría, con los rasgos de generalidad abstracta y de continuidad y complejidad metafóricas que son característicos de la figura retórica en cuestión. Y, en segundo lugar, porque vamos a ver reproducirse en la obra de Coloane, con rigurosa exactitud, cada uno de los términos del constructo alegórico horaciano: la nave, que es el Estado (la res publica es lo que se lee en el latín de Horacio); las tormentas, que son las crisis que la república se ve obligada a sufrir en el curso de su travesía histórica; y el puerto, que es el sitio de la paz2.

Haya tenido o no presente Francisco Coloane la raigambre tradicional de su obra (y lo más probable es que no), lo definitivo es que ella pone en movimiento, de nuevo y en esta oportunidad para beneficio de la literatura chilena, una forma de gran recurrencia y considerable prestigio en la historia literaria de Occidente. Es más: demuestra a las claras no sólo que los intertextos tradicionales son formas vivas, que existen y gravitan sobre la literatura posterior e incluyendo a la literatura posterior periférica, como la chilena –aunque no tengan que constituir por eso influencias–, sino que es quizás en virtud de ellos que El último grumete de la Baquedano es harto más que el relato infantil, ingenuo y un poco bobo, que la crítica ha querido ver prácticamente desde que la obra se publicó por primera vez (de hecho, partió ganando un concurso de literatura para niños)3. Muy lejos de eso, yo sostengo que El último grumete de la Baquedano construye, además de una alegoría del Estado, una del Estado-nación, y entendido éste a la manera moderna, revolucionaria y napoleónica, como el “pueblo-en-armas”, para decirlo con la fórmula que consagra la emergencia en la historia del ciudadano-soldado. He aquí al pueblo vestido de uniforme, que no obedece ya a un monarca sino a esa cosa tan abstracta y al mismo tiempo tan concreta que denominamos la patria.

El viaje de la añosa corbeta Baquedano en la obra de Coloane puede leerse, en consecuencia, como el viaje de reafirmación que de su soberanía realiza la patria chilena de la primera mitad del siglo XX por su territorio y por su historia4. Por su territorio, en tanto el que la Baquedano lleva a cabo es un periplo que se extiende desde la costa centro hasta la costa sur del país y que debido a eso cubre (y une) la región penquista a la patagónica de nuestra geografía, llegando eventualmente hasta el “peñón agreste y solitario a donde iban a romperse las enormes olas de los dos océanos en el fin de la América”5; y por su historia, en la medida en que dicho periplo no es más que uno entre muchos, los que se sucedieron en el pasado y se seguirán sucediendo en el futuro. Durante la lectura de la Orden del Día, que sigue a la tormenta durante la cual pierde la vida el marinero primero Juan Bautista Cárcamo, en “acto de servicio”, “cumpliendo con su deber”, y en la que por ello se le rinden los honores del caso, con la correspondiente “citación”, el “minuto de silencio” y el “toque de la corneta” que ordena el segundo comandante, el papel y obligaciones del ciudadano-soldado se explicitan. Juan Bautista Cárcamo es elevado durante esa ceremonia a la categoría de héroe, y la voz histórico-mítica del buque, que es la del viejo sargento Escobedo, es la que se encarga de definirle su significado ritual a cuanto ahí ocurre: “en esa misma posición había estado otras veces, en otros mares y latitudes, a bordo de ese mismo barco, despidiendo a otros compañeros desaparecidos” (81-82).

Es pues el que el sargento Escobedo describe en ese instante el destino común de todos aquellos que han entregado sus vidas en el servicio de la patria chilena, por su gloria o, como en esta circunstancia, para salvarla del peligro. Pero tales muertes habrán sido útiles además en un segundo y más arcaico sentido, como un factor de cohesión entre quienes sobreviven al mártir que se sacrifica por ellos. Comenta el narrador, hablando ahora desde la conciencia de su protagonista: “Alejandro revivió la visión del marinero que se perdió entre la noche y el mar con el cuchillo reluciente apretado entre los dientes, y algo nuevo sintió en su interior: un sentimiento de solidaridad, de unión con esos doscientos noventa y nueve hombres y ese barco. Todos eran una sola cosa ante el recuerdo del valiente camarada muerto” (81). La experiencia epifánica de Alejandro no se presta, como vemos, para una segunda interpretación. La muerte de Cárcamo, su incorporación al panteón de los héroes-mártires y la función generadora de unidad que esa muerte sacrificial tiene en el colectivo que forman los tripulantes de la Baquedano acumula cada uno de los atributos que definen un martirologio6. El mismo instala en la conciencia del protagonista del relato, tanto como en la de sus camaradas, la certeza de pertenecer a la compacta legión de aquellos que están listos para correr igual destino.

Hablamos, por lo tanto, de una patria que en la nouvelle de Francisco Coloane se halla constituida por un espacio simbólico, el que aquí es la añosa corbeta que surca las aguas de los mares chilenos del sur, y unos hombres (porque la de Coloane es una patria exclusiva y excluyentemente de hombres, ya que, si se exceptúa a la silenciosa familia yagán del hermano del protagonista”, en la nouvelle aparece una mujer solamente, la madre de Alejandro, y una madre que yo me atrevería a decir que es caricaturizada de acuerdo a los códigos sentimentales del melodrama7). Desde este punto de vista, la anécdota central de El último grumete de la Baquedano resulta ser la de cómo esos hombres se relacionan entre ellos en el interior de ese espacio, cómo se articulan dentro de un único cuerpo, en el que no existen ni se tolerarían fisuras, dentro del cual ellos devienen en “una  misma cosa”, y cómo después de llegar a ser esa misma cosa se enfrentan (o se preparan para el enfrentamiento) con lo que no son: con una naturaleza bravía, en primer término, y con unos “otros”, quienesquiera que éstos sean, en el segundo. El desenlace de la anécdota consiste, por lo tanto, debe consistir, en el triunfo del mundo humano por sobre el mundo natural, aparejado éste al triunfo (o, al menos, a la demarcación nítida) de los unos –los chilenos: su identidad– respecto de la identidad de los otros, es decir respecto de la identidad de los otros que no son los chilenos, los que o no tienen ni territorio ni memoria o la que tienen es incognoscible, pudiendo así reducírselos, a ellos también, al estado de naturaleza.

El ejemplo extremo que la nouvelle nos ofrece de esta operación reductora del otro es su percepción, de un etnocentrismo sin inhibiciones y que a la sensibilidad de hoy no puede menos que resultarle inadmisible, de los alacalufes. Es un etnocentrismo que el narrador suscribe abiertamente y que el autor no condena, aunque se distancie de él recurriendo a la voz de “un marinero” anónimo y que habla “por lo bajo”:

-¡Canallas! –expresó aquél-. Cambiaron la pirámide de una isla a otra para hacer equivocarse a los capitanes de barcos y encallar las naves; avise inmediatamente a las radioestaciones y a los barcos que navegan en la ruta.

-¡También vienen otros a robarle sus pieles de nutria! –comentó un marinero por lo bajo.

Concluye el narrador:

Los alacalufes son considerados la raza más atrasada de la tierra; viven en los canales comiendo lobos y peces, y tenían esta costumbre criminal de cambiar las balizas para hacer encallar a los buques y robar cuanto pillaban (96).

¿A qué voz tenemos que creerle nosotros los lectores de este pasaje? ¿A la voz discrepante, “por lo bajo”, del marinero anónimo o a la del narrador, a quien conocemos y en quien confiamos porque nos ha venido acompañando desde el principio de nuestra lectura? Como quiera que sea, este pasaje pone en claro que en el texto de Coloane conviven dos discursos y que la relación entre ellos no es armónica.

Además, la macroanécdota de soberanía e identidad nacionales que Coloane desenvuelve en El último grumete de la Baquedano él la combina y compatibiliza con otra, con una historia de aprendizaje que adopta la forma de una Bildungsroman clásica y cuyo antecedente intertextual más relevante bien pudiera ser Moby Dick, la famosa novela de Melville o, para ser más preciso, la figura del narrador de Moby Dick, el joven Ishmael, quien, como lo saben todos los lectores de aquel relato maestro, se embarca en el también viejo velero Pequod llevado por su deseo de “ballenear” (whaling) y “ver el mundo”. En nuestro caso, el personaje correspondiente es Alejandro Silva, el que se esconde en las “entrañas” de la Baquedano (con esta palabra precisamente se dará a conocer con posterioridad la salida del polizón desde su escondite a la cubierta, salida que por ende deviene en una suerte de parto simbólico) y quien, a no mucho andar, de una manera que no es demasiado verosímil pero en lo que nosotros no reparamos porque no tenemos interés en desestabilizar el pacto de lectura, logra convertirse en el número trescientos uno de sus tripulantes, en el “último grumete de la Baquedano”.

El aprendizaje de Alejandro Silva es así el de un niño que está en el camino de dejar de serlo, para transformarse en un adolescente con las características integradoras que el despliegue de semejante transformación adopta en los relatos paradigmáticos del género. Género éste al que, aparte de haberlo asumido de esa manera ortodoxa, Coloane le imprime un sello aún más conservador, resignificándolo con las características de un manual para la educación de los jóvenes que consagran sus vidas al servicio del Estado-nación. Por eso, el llegar a ser un adulto se halla asociado en el caso de Silva al proceso de su ingreso no en cualquier comunidad sino en la revolucionaria y napoleónica (republicana, entre nosotros), que es mucho más que la comunidad nacional porque es el pueblo investido con el poder de las armas. Son aquéllos para los cuales el Estado-nación constituye un bien supremo, que se encuentra por encima de todos los demás. Es éste un cruce, por decirlo de una manera sintética, desde la libre irresponsabilidad de la infancia a la políticamente comprometida responsabilidad de la madurez y cuya culminación presupone, ni siquiera hace falta que yo lo subraye, ciertas obligaciones (la disposición para ofrendarle la vida a la patria cuando ella así lo requiere es la más importante de todas, por supuesto) y ciertos derechos (siendo la pertenencia al conjunto de los iguales el principal entre ellos).

Conviene que nos fijemos ahora en la motivación que pone en marcha las acciones del protagonista de El último grumete de la Baquedano. Alejandro Silva se embarca en el puerto de Talcahuano declaradamente para “hacerse hombre” (22); pero además para “encontrar a su hermano” (Ibid.), quien se fue del hogar hace ya varios años y de quien se tiene noticias de que está viviendo en Punta Arenas. Son hijos ambos de la viuda de un marino que ha muerto, o sea que son los hijos de una casa que carece de padre y en la que quien debió compensar esa ausencia no lo hizo y se fue, lo que por interpósita persona convierte la búsqueda del menor de los Silva en una búsqueda del padre desaparecido. Alejandro Silva viaja así en busca de su hermano-padre y da con él finalmente, pero sólo para perderlo muy poco después y en esta ocasión de una manera definitiva. Con esa pérdida, que es materia del capítulo XII de la nouvelle, el muchacho cubre el penúltimo peldaño en el proceso de su crecimiento. Cuando se tienen en cuenta estos datos, el modelo psicoanalítico para la constitución del sujeto resulta aplicable a su trayectoria confortablemente, lo que no impide que también pueda vérselo como el blanco, creo yo, de una pequeña pero significativa modificación. El padre de los Silva fue un marino que murió como tal, “en el naufragio del ‘Angamos’” (19); el hermano mayor ha sido un hijo rebelde, que ha rehuido la obligación de reemplazarlo tanto en su profesión como a la cabeza del hogar, mientras que el menor está empeñado en recomponer la doble continuidad que este último rompió. La apuesta del joven Silva consiste, por consiguiente, en el segundo nivel de la significación de la nouvelle, en la reconstrucción del orden familiar burgués, el que desde el punto de vista de la ideología subyacente a la obra constituye un estado de cosas estimable y que no se contradice (que incluso podría ser coadyuvante) con el principio de los principios: el de la consagración de la vida a la patria.

Pero para llegar hasta ese punto el joven Silva habrá tenido que someterse a un proceso largo, compuesto de “luchas duras y aventuras peligrosas”8, proceso que, según sabemos, es el que decreta y codifica la norma genérica. Éste tiene, en la nouvelle de Coloane, un desarrollo formal y otro profundo. El formal concluye en el capítulo III con la adquisición, por parte de Alejandro Silva, de su atuendo de grumete:

Durante la mañana pasó por todas las disposiciones reglamentarias: filiación, examen médico, corte de pelo al ras y, por último, lo llevaron al pañol de popa, donde le entregaron su uniforme de dril para el servicio y de paño azul para la salida, ropa blanca, alpargata y zapatos.

Cuando vestido de grumete, con su pequeño gorro blanco de faena, subió a cubierta para presentarse a sus superiores, una intensa emoción lo embargaba. Se sentía marino, su gran sueño; la sangre de su padre revivía en el océano. Hinchó, orgulloso, el pecho con el aire salino, miro la esbelta proa de su buque, y se dio cuenta de que, después de su madre, lo que más amaba era la gloriosa corbeta.

La vieja nave pareció tener alma, pues levantó su bello mascarón de proa oteando los lejanos horizontes y emprendió con nuevos bríos su carrera entre el jardín de espumas y olas del océano. En plena mar le había nacido un hijo más en su viaje postrero: Alejandro Silva, “el último grumete” de “La Baquedano”, brotando desde sus entrañas como del oscuro fondo oceánico (37-38).

La escena que cito aquí completa el segundo nacimiento de Silva, como un vástago azaroso del matrimonio entre la nave y el océano (“la sangre de su padre revivía en el océano”. A la Baquedano “le había nacido un hijo más”). Nacimiento imprevisto de todas maneras, que comienza con el desplazamiento del polizonte niño desde las “entrañas” de la nave hasta su cubierta y culmina en este instante, que es cuando, vistiendo ya el uniforme, el ahora adolescente Alejandro echa a andar la secuencia de acciones que en su conjunto darán forma a la ruta que debiera llevarlo hasta el ápice de su plenitud adulta. Está compuesta esa secuencia por cuatro episodios principales, según la lectura que yo hago del texto. El primero sobreviene durante la tormenta, que es la que abastece al joven Alejando Silva con los peligros que le permitirán probarse a sí mismo en la severidad de una crisis, como un igual entre iguales, en el capítulo VI, donde hay también una hermosa insistencia en que las situaciones críticas tienen un plus democrático, dando origen a un desvanecimiento de las jerarquías e incluso en el marco de ese orden tan fuertemente verticalizado que es la marina de guerra (de paso y en este mismo sentido, obsérvese que los marinos de Coloane son, casi todos ellos, suboficiales y clases. Los oficiales o no aparecen o si es que lo hacen ello es sólo fugazmente); el segundo se produce durante la ceremonia de homenaje al marinero inmolado, en la que Alejandro Silva tiene la iluminación epifánica de la existencia del grupo y de su pertenencia a él, algo a lo que me referí más arriba; el tercero, en el encuentro y despedida del hermano perdido; y el cuarto, ya en las líneas de cierre, en la también despedida entre Alejandro y el sargento Escobedo.

Todo lo cual forma parte, por supuesto, de una estructuración narrativa canónica. Eso que se nos refiere en El último grumete de la Baquedano es, al fin de cuentas, la historia del agregarse de este joven chileno a la grey de los devotos de la religión de la patria; a la grey de los que no sólo son nacionales sino defensores y custodios de la nacionalidad, diferentes por eso de una manera absoluta a “los otros”, a esos otros que presuntamente no poseen ni territorio ni memoria y que son, por lo mismo, naturaleza y nada más.

Más interesante, en consecuencia, pero también en esta dirección, es que nos detengamos en el significado último del encuentro de Alejandro Silva con el hermano-padre perdido. Cuando Alejandro se topa con él, se entera de que éste ha empujado su alejamiento hasta un grado que es más transgresor que el meramente doméstico; que ha decidido abandonar por completo el mundo de los chilenos “blancos”, “pasándose” al mundo de los que no lo son. Se trata de una segunda y más grave renuncia suya al orden-de-lo-que-debiera ser y, por consiguiente, de una opción de existencia que diverge esencialmente de la del hermano menor. Su símbolo, en la conversación que los hermanos sostienen en el capítulo XII y a través de una imagen recurrente en Coloane y que apunta al tema de la identidad (Carlos Droguett se ha engolosinado en ello basándose en varios de sus cuentos9), es el témpano que da vueltas en el mar. Puede ocurrir, y ocurre, como en este caso, que tales “vueltas” identitarias se verifiquen también en las vidas de los hombres. Pero hay algo más: Manuel Silva, el hermano que has gone wild o bush, el que se ha “pasado” desde el mundo de los chilenos hacia el de los yaganes, no lo ha hecho para convertirse en uno más de ellos, sino que está construyendo junto con ellos, codo a codo con ellos un cuerpo social de nuevo tipo, una forma alternativa de civilización. De pronto, nos damos cuenta de que se ha apoderado del texto de la nouvelle de Coloane el segundo discurso, con el que se nos dice que lo cierto es que “los otros” no son ese pueblo sin territorio y sin memoria o con una memoria inaccesible que el primer discurso nos había dicho que era y que nosotros habíamos creído, sino una comunidad y una comunidad civilizada, pero de otro modo, con códigos de conducta que son distintos a y bien pudiera ser que mejores que los nuestros. El nombre del lugar en que habitan Manuel y los yaganes lo dice todo. Es “El paraíso de las nutrias”.

Sin perjuicio de las resonancias primitivistas que pueden detectarse en todo esto, de Chauteaubriand a Gauguin, a Rider Hagaard y a Edgar Rice Burroughs, y de cuya gravitación Coloane se hace acreedor, es muy posible que sin pensarlo demasiado, hay, en mi opinión, en esta parte de su nouvelle, un cuestionamiento implícito a la oposición binaria que fue y que en algunos cotarros de recalcitrantes continúa siendo la arquetípica en la edificación y mantención de las nacionalidades latinoamericanas y, por cierto, también de la chilena. Me refiero a la oposición entre civilización y barbarie y que contemporáneamente se disfraza como una oposición entre el desarrollo y el subdesarrollo. Francisco Coloane es, hacia el fin de su nouvelle, un escritor chileno que, para el despliegue de su trabajo narrativo, a mediados del siglo XX, echa mano también de ese binarismo asaz problemático (en la escena literaria latinoamericana que que es la suya bastaría pensar en la célebre Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos, que se publicó doce años antes), aunque no para suscribirlo sino para replanteárselo críticamente, para exigirle que dé razón de la verdad de sus fundamentos. El capítulo XI, el de la visita de Alejandro Silva al refugio de los yaganes, contiene, entonces, si bien se lo mira, una segunda clave de comprensión de la nouvelle, la que rectifica (o profundiza) el criterio enunciado en sordina en el episodio de los alacalufes, desafiando, esta vez resueltamente, la tesis de Sarmiento*. El de los yaganes es, en efecto, un universo organizado y feliz:

“Les he enseñado a leer, a hacer herramientas y a ser buenos y nobles como en la sociedad más civilizada.

“Vivimos felices, y ya me he acostumbrado tanto a esta vida, que creo que jamás saldré de ‘El paraíso de las nutrias’” (120-121).

Además, cuando Alejandro Silva arriba al “paraíso” de marras, descubre que está teniendo lugar en él “una ceremonia que consiste en conceder el derecho que las tradiciones de la tribu dan al hombre cuando los niños llegan a doce años” (122-123). Es decir que lo que está sucediendo en ese momento, en el locus amoenus de los indígenas, replica, aunque en un registro cultural distinto, lo mismo que nosotros hemos leído anteriormente y en el mismo relato acerca de los avatares que le ocurren durante su periplo iniciático al propio Alejandro Silva. Se trata casi de una mise en abyme, pero es más bien un efecto especular y, hasta cierto punto, de contraste. Cualquiera sea el margen de la “diferencia”, en esa tribu yagana el paso de la niñez a la edad adulta constituye también motivo de rito.

Un rito ancestral, por lo demás. Cierto, el chileno blanco les ha enseñado a los yaganes a leer, a usar herramientas y a ser “buenos y nobles”, patronazgo que a la sensibilidad contemporánea sobre estos asuntos le despierta, como he dicho, una repelencia no menor. Sin embargo, no los ha despojado, al entregarles todo eso, de su cultura propia, que es lo que la ceremonia aludida pone de manifiesto, y ello interpone un dato digno de consideración. No estamos así frente a un proceso “aculturador”, en el sentido de privación y sustitución que los antropólogos suelen endilgarle al prefijo que encabeza ese vocablo. El rito de iniciación yagán que Alejandro contempla lo demuestra: “Los yaganes tienen muy hermosas tradiciones”, sentencia su hermano Manuel, y continúa con una charla semietnográfica acerca de las costumbres de la tribu (126), la que por lo mismo delata su posición personal, adentro y afuera al mismo tiempo, vis-à-vis el mundo y la cultura indígenas.

Respeto, convivencia incluso (Manuel ha construido ahí un nuevo orden familiar, como se ha visto), pero sin que eso acarree (con)fusión. Concluimos que el modelo de sociedad ideal que Coloane nos ofrece finalmente, en el capítulo XI de El último grumete de la Baquedano, nos muestra un mestizaje a medias, que no acaba de ser una mezcla genuina, aparte de los demás problemas de rearticulación homogenizadora pero también rehegemonizadora que ello involucra y que tantas molestias genera en sus detractores de las últimas décadas, entre los cuales el más duro, pero también el más persuasivo, pudiera ser Antonio Cornejo Polar. Con todo, yo opino que sentar el mestizaje del autor de El último grumete de la Baquedano en el banquillo de los acusados, acudiendo para ello a los servicios de los presupuestos ideológicos de la actualidad10, además de incurrir en una maniobra deshistorizada y no del mejor gusto, nos obligaría a barrer con lo más progresista que en torno a la cuestión indígena fue capaz de producir el pensamiento latinoamericano de la primera mitad del siglo XX. Es en la huella de ese pensamiento, entonces, cuyo nacionalismo asimilacionista envió, como quiera que sea, al patio de atrás el planteo etnocida decimonónico (el del benemérito Benjamín Vicuña Mackenna, sin ir más lejos), que Francisco Coloane suma su voto a la postura de reivindicación del ser mestizo.

Retrocedo ahora hacia la imagen de la corbeta Baquedano y observo que la primera descripción que Coloane nos da de ella es la siguiente:

Era el último viaje de este hermoso barco. Después de educar a su bordo a numerosas generaciones de oficiales, suboficiales y marineros para la Marina chilena, la Superioridad Naval había dispuesto que realizara ese último crucero hasta el Cabo de Hornos, para proceder, a su vuelta, al desguazamiento de la nave, en razón de que, envejecida en sus luchas con los mares de todas las latitudes, ya no ofrecía seguridades para la navegación en las peligrosas rutas que tienen que surcar los marinos de guerra (16).

Y más adelante, habiendo ya fondeado la nave en Puerto Refugio:

En el centro de la bahía, “la Baquedano” descansaba como un animal mojado, como un caballo sudado que hubiera galopado leguas y leguas. Las velas colgaban de los mástiles, mojadas, inertes, como brazos caídos; en la proa se secaban los foques, semejando esos pañuelos que les ponen en la frente a los enfermos enfebrecidos.

Y ahí mismo este intercambio:

-¡La “Chancha” parece una boya, por lo buena para la mar! –dijo Alejandro, mientras ayudaba a un compañero a extender una vela del trinquete en el castillo.

-¡Y casi lo es! –respondió aquél, y continuó-: Tiene triple fondo, primero el casco de hierro, luego una gruesa capa de madera especial, impermeable, dura y liviana como un corcho, y, por último, encima de todo, una revestidura de planchas de cobre para que no penetre la broma. Ésta no se hunde sino a pedazos –terminó el grumete (79-80).

De las citas anteriores, se puede inferir: i) que la Baquedano es una nave sólida, “de triple fondo”, como asevera el orgulloso grumete, por lo que ha sido capaz de sortear a lo largo de muchos años tempestades difíciles y múltiples; ii) que no obstante ello ha cumplido a esas alturas con su misión histórica. Esto quiere decir que la ley de la vida la ha hecho envejecer y está cansada (el buque histórico tenía ya a su haber, en efecto, casi cuarenta años de servicio), por lo que es necesario reemplazarla; iii) que lo que los nuevos tiempos exigen es una nave más segura; y iv) que el cambio que debiera producirse con el advenimiento de ese tiempo nuevo tiene que ser un cambio a la manera del río heracliteano, que no por introducir la diferencia destruya la continuidad.

En otras palabras: la patria de Francisco Coloane es sólida, “de triple fondo”, “no se hunde sino en pedazos”, pero es menester renovarla cada cierto tiempo, en el entendido de que ello es algo que se hace sólo para que esa patria continúe siendo la que es. Si a lo anterior nosotros le agregamos el recuerdo de la misión familiar de Alejandro Silva, que como se indicó más arriba consiste en el reestablecimiento de la continuidad al interior de espacio doméstico burgués, uniendo ese recuerdo a la escena final de la nouvelle, cuando Alejando visita al sargento Escobedo en el hospital y a los comentarios del narrador a propósito de la visita, la figura se redondea. Un padre marino ha muerto en un  naufragio, “cumpliendo con su deber”, y un hijo marino lo reemplaza. El sargento Escobedo ha completado su ciclo y el joven Silva lo sucede. La gravitación del principio heracliteano se constata en ambos espacios, el privado y el público. El viejo sargento, de profesión “carpintero”, y el joven grumete, un futuro “telegrafista” (tampoco tendría que pasarse por alto el ascenso de categoría que supone el paso de un oficio a otro, puesto que vocea indicialmente un cierto progreso de la cultura nacional de mediados del siglo XX, y que es en más de un sentido un progreso de impronta tecnológica) se dan la mano en esa escena de cierre. Como comenta el narrador, hay en ello algo así como la entrega de un bastón, ya que lo que ese gesto dibuja es a “dos generaciones que se despedían sobre el recuerdo de la vieja y gloriosa corbeta que, como el sargento, yacía anclada también ‘fuera de servicio’” (140).

Una última nota, esta vez sobre esa especie de continuación de la nouvelle que acabó de comentar que es Los conquistadores de la Antártida. Reaparecen en este otro libro de Coloane los dos hermanos de la obra anterior, desmintiéndose en esa forma el carácter definitivo que allí se le daba a su separación. También desaparece, como es lógico, la divergencia entre los programas de vida de uno y de otro. Pero más revelador todavía es que este segundo libro se aboque al relato de la preparación y la realización de un nuevo y más ambicioso periplo, ahora hasta “el Polo mismo”, que es “donde terminan los meridianos que la limitan” [a la Antártida chilena, según el decreto 1747 de 6 de noviembre de 1940 del gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda y que se dictó después de que evacuara sus conclusiones una comisión especial de la Cancillería destinada a probar el dominio antártico chileno y a establecer los límites del territorio polar perteneciente a la República]11. Esto significa que si en El último grumete de la Baquedano la corbeta de ese nombre hacía un reconocimiento del territorio nacional hasta llegar a la unión de los dos océanos, el Atlántico y el Pacífico, en Los conquistadores de la Antártida el cúter Agamaca prosigue con esa misma tarea y esta vez hasta dar con un nuevo confín. Chile termina ahora, de acuerdo a lo dispuesto por el presidente Aguirre Cerda, en la Antártida. De la Baquedano al Agamaca, en la primera mitad del siglo XX, las dos naves habrán trazado así, una detrás de la otra, el mapa total de una nación que se expande por tercera vez durante el decurso de una historia admirable. El fin posterior y catastrófico del cúter y las muertes del sargento Ulloa y el yagán Félix pueden leerse de muchas maneras, lo sé (también la demencia del sargento Escobedo al final del El último grumete de la Baquedano), pero cualquiera sea la lectura que nosotros hagamos de ellas lo definitivo es que esas muertes reintroducen en el relato el motivo de la inmolación sacrificial. El blanco y el indio han entregado los dos la vida formando parte del elenco protagónico de una hazaña que en el siglo XX remeda el epos de la conquista de América, solo que en esta ocasión no para el engrandecimiento de la España imperial sino para la gloria inmarcesible de la Patria republicana.

El ultimo grumete de la Baquedano se publicó, como es sabido, en 1941, a tres años del triunfo del Frente Popular y meses antes del fallecimiento del presidente Pedro Aguirre Cerda. ¿Presintió Coloane la muerte del mandatario? Los conquistadores de la Antártica, su continuación, que apareció en 1945, da cuenta de ella de una manera puntual. Se recuerda allí a Aguirre Cerda con cariño y se lo elogia por haber agrandado “el alma y el cuerpo de Chile” (74). Por otra parte: ¿no están ambas obras haciéndose eco de la lógica histórica que determinó los destinos de nuestro país durante la mayor parte del siglo XX, una lógica de “compromiso” político, como diría Tomás Moulián, y de la que las decisiones de Pedro Aguirre Cerda y mucho más las de sus sucesores hasta llegar al trienio de Allende ofrecen múltiples ejemplos? ¿Reafirmando de este modo lo inevitable del cambio histórico, pero siempre y cuando ese cambio histórico se efectúe dentro del río de hierro de la continuidad?


1 Horacio. Odas-Epodos. Canto secular. Arte poética, tr. y ed. Alfonso Cuatrecasas. Barcelona. Bruguera, 1984, p. 30.

2 Por cierto, todo esto es también remontable al arquetipo de los arquetipos: a la nave de Ulises.

3El último grumete de la Baquedano y Los conquistadores de la Antártida son novelitas leves, ingenuas, agradables, insignificantes”. Carlos Droguett. “Francisco Coloane o la séptima parte visible”. Mensaje, 235 (1974), 622.

4 Esta lectura nuestra de la nouvelle se corresponde, además, con su verdad histórica. La corbeta Baquedano, un velero bergantín, fue el primer buque de la Armada de Chile construido con el fin de cumplir funciones de buque escuela de guardiamarinas. Sirvió entre 1899 y 1936, y su último viaje lo hizo recorriendo la costa de nuestro país.

5 Francisco Coloane. El último grumete de la Baquedano. Santiago de Chile. Zig-Zag, 1977, p. 109. En lo que sigue, todas las citas de la nouvelle corresponden a la misma edición y de ellas daré sólo el número de  página en el texto y entre paréntesis.

6 En la segunda definición que la RAE da para la palabra “mártir”, se  lee: “Por ext., persona que muere o padece mucho en defensa de otras creencias, convicciones o causas [“otras” que  no sean “el amor de Jesucristo” y la “defensa de la religión cristiana”, se entiende]. Real Academia Española. Diccionario de la lengua española, 21ª ed. Madrid, 1992, pp. 1330-1331.

7 La recurrencia a la estética del melodrama no corre de cuenta de Coloane únicamente, en su retrato de la madre abnegada, sino que también explica la inocentada de la película que se hizo en los años ochenta y que “enriqueció” la historia de Alejandro Silva con una torpeza digna de mejor causa, introduciendo en ella un idilio entre éste y una muchacha puntaarenense. No entendieron, o mejor dicho le sacaron el cuerpo, los realizadores del film, al machismo radical, el de la patria como una patria sólo de hombres, que la nouvelle escenifica.

8 Georg Lukács. The Theory of the Novel. A historico-philosophical essay on the forms of great epic literature, tr. Anna Bostock. Cambridge. Massachusetts. The MIT Press, 1973, p. 132.

9 Droguett. “Francisco Coloane…”, 629-630.

* Cuando este ensayo estaba terminado, me llega un excelente trabajo en el que Pablo Vargas Rojas desenvuelve, entre otros aspectos y con gran profundidad, la perspectiva antisarmientina aquí sugerida.: “L’Écriture narrative de Francisco Coloane: Éléments d’un discours écologique” en Francisco Coloane. Tierra del fuego, Cap Horn, Le Golfe des Peines, tr. François Gaudry. Paris, Phébus, 2009, pp. 531-593. La traducción del trabajo de Vargas es de Albert Bensoussan.

10 “Se obtiene un efecto similar a través del empleo del concepto de mestizaje, sobre todo cuando detrás de él se oculta la apropiación por el sector social dominante de algunos componentes referenciales, formales o simbólicos propios de los estratos subordinados; tal vez algún episodio de la historia antigua, probablemente ciertos giros lingüísticos, quizás algún uso pintoresco. Es frecuente, por lo demás, que el concepto de mestizaje ponga en movimiento, aun hoy, criterios irreparablemente obsoletos, como los que derivan de la ‘psicología de las razas’, y hasta extrapolaciones del ‘significado de la naturaleza’ como instancia explicativa del comportamiento de los grupos sociales oprimidos; así, por ejemplo, el temple nostálgico de la literatura andina provendría del desolado paisaje altiplánico, o el humor sensual de la literatura costeña de Ecuador o Perú sería producto del espíritu burlón e igualmente sensual de la raza negra, etc. De esta manera la unidad imaginada por la ideología del mestizaje es, en el mejor de los casos, una unidad gravemente desarmónica, pues la estructura dominante no se altera de manera sustancial, y tiende en forma casi inevitable hacia la desconflictivización de las relaciones sociales y de sus representaciones literarias”. “Para una agenda problemática de la crítica literaria latinoamericana: diseño preliminar” en Sobre literatura y crítica latinoamericanas. Caracas. Ediciones de la Facultad de Humanidades y Educación. Universidad Central de Venezuela, 1982, pp. 37-38. Y en uno de sus últimos escritos: “Varias veces he comentado que el concepto de mestizaje, pese a su tradición y prestigio, es el que falsifica de una manera más drástica la condición de nuestra cultura y literatura. En efecto lo que hace es ofrecer imágenes armónicas de lo que obviamente es desgajado y beligerante, proponiendo figuraciones que en el fondo sólo son pertinentes a quienes conviene imaginar nuestras sociedades como tersos y nada conflictivos espacios de convivencia”. “Mestizaje e hibridez: los riesgos de las metáforas. Apuntes”. Revista Iberoamericana, 180 (1997), 341.

11 Los conquistadores de la Antártida. Madrid. Rodas, 1972, p. 119. En el decreto citado se lee que “Forman la Antártica Chilena o Territorio Chileno Antártico las tierras, islotes, arrecifes, glaciares (pack-ice) y demás conocidos y por conocerse, y el mar territorial respectivo, existentes dentro de los límites del casquete constituido por los meridianos 53, longitud oeste de Greenwich y 90 longitud oeste de Greenwich”. Abundó algunos años después en los antecedentes de carácter histórico, geográfico, jurídico, diplomático y administrativo del decreto de Aguirre Cerda, el ministro Raúl Juliet Gómez, canciller de Gabriel González Videla, en una exposicón al Senado en sesión extraordinaria de fecha 21 de enero de 1947. Véase: República de Chile. Soberanía de Chile en la Antártica. Santiago de Chile. Imprenta Chile, 1948. Hoy el territorio antártico chileno corresponde a la XII región de Magallanes y la Antártica Chilena, dentro de la cual se incluye la Provincia Antártica Chilena con capital en Puerto Williams.