La naranja mecánica: El hombre debe poder decidir sobre el bien y el mal.

A clockwork orange, 1971, Stanley Kubrick

Anibal Ricci

«El hombre debe poder decidir sobre el bien y el mal, incluso si opta por el mal. Negarle esa elección es convertirlo en algo que no llega a ser humano, en una naranja mecánica», pensaba el director ante su creación. Obra adelantada a su época, casi todos sus vaticinios respecto de las pandillas, las drogas y la violencia se han vuelto realidad. Se trata de una visión bipolar, en todo momento Kubrick contrapone el bien al mal, la belleza a lo repulsivo, el «buen salvaje» al hombre intrínsecamente perverso. La música juega un papel principal ya desde los créditos, aderezando escenas brutales con melodías clásicas. La versión sintetizada de Wendy Carlos es asociada automáticamente al rostro de Malcolm McDowell, Alex, un joven al margen de la ley movido por sus dos pasiones: la violencia y Beethoven. Lo oscuro y lo celestial se mezcla desde los primeros minutos: beben leche, pero hablan en jerga; escuchan buena música, pero también patean vagabundos, violan mujeres e incluso Alex llega a cometer un asesinato. Kubrick utiliza planos limpios como los del auto en la carretera, Alex obligado a ver películas o las representaciones teatrales del método Ludovico. La dualidad también se manifiesta a través del protagonista, un ser carismático y líder natural ante sus amigos, el espectador no sabe si horrorizarse o sentir simpatía por sus actos. Los procedimientos carcelarios hacen referencia al fascismo, pretenden castigar la violencia con más violencia y apelar al orden de unas normas más estrictas que las de la sociedad. Nos muestra a un Estado (supuestamente) benefactor al cual poco le importa el libre albedrío de los presidiarios. El gobierno espera que el método Ludovico transforme a los delincuentes y que el dolor físico los persuada a obrar bien por imposibilidad de hacer el mal. Se trata de una tortura psicológica donde entrecruzan el placer de la música con imágenes de violencia extrema, otra vez la visión bipolar, pretendiendo simplificar la existencia del bien y del mal instrumentalizando al prisionero. Alex no escarmentó en sus días tras las rejas, se acercó al capellán y se camufló memorizando párrafos de La Biblia que reinterpretaba a su parecer. Un chico inteligente que sortea hábilmente el encierro carcelario, incluso se propone para ser conejillo de indias en un nuevo tipo de rehabilitación. El método Ludovico muestra su eficacia ante una mujer desnuda, nuevamente la pieza de Wendy Carlos, pero Alex sigue experimentando sus bajos instintos, salvo que esta vez el dolor se impone y no le permite llevarlos a cabo. Quedará indefenso y las antiguas víctimas (incluso su familia) lo enfrentarán con violencia al verlo vulnerable. Los que antes personificaban el bien ahora son los victimarios. El tratamiento contra la violencia ha multiplicado la violencia. Alex intenta suicidarse ante las torturas que le infringe la sociedad. Los medios culpan al gobierno, que ahora ve en Alex un medio para subir en las encuestas. El muchacho ya aprendió a manipular su impotencia y se da cuenta que tiene al Estado a sus pies. De nuevo se encuentra por encima de la ley y mientras los periodistas le sacan fotos junto al ministro, Alex sólo imagina futuras orgías. Fuimos espectadores de la violencia del Estado, de la sociedad y al ver la respuesta infantil de Alex sentimos simpatía por él: representa al ser humano que de alguna manera (como espectadores) nos defiende de los abusos de poder.

 

Aníbal Ricci Anduaga, Santiago, 1968. Narrador y crítico de cine. Ha publicado “Fear” (2007), “Sin besos en la boca” (2008), “Tan lejos. Tan cerca” (2011), “Meditaciones de los jueves” (2013), “El rincón más lejano” (2013), “Siempre me roban el reloj” (2014), “Reflexiones de la imagen” (2014), “El martirio de los días y las noches” (2015), “El pasado nunca termina de ocurrir” (2015). Realiza crítica de cine en radio El Canelo y comentario de libros en escritores.cl y letrasdechile.cl, además de colaboraciones en la página de la Sociedad de Escritores de Chile. Es encargado de cultura de la revista digital dilemas.cl