FALLECE EL POETA PAULO DE JOLLY

PAULO DE JOLLY, LA EVASIÓN RADICAL

Columna del escritor Matias Rivas en La Tercera

Hasta el momento De Jolly ha tenido pocos lectores críticos, ya sea por su incorrecta posición personal como por la rareza de su apuesta. Pero llegarán, sin duda, los comentaristas y los admiradores de este poeta.

Cuenta Enrique Lihn que la primera vez que vio a Paulo de Jolly fue en un Encuentro de Arte Joven, en el año 1979. Su impresión no fue menor: el entonces joven poeta parecía disfrazado de militante de Patria y Libertad, vestido con cuello y corbata, peinado a la gomina. En aquella ocasión -según relata Lihn- De Jolly interrumpió las lecturas y fustigó a quienes escuchaban por llorones; luego sostuvo impetuosamente que la poesía era una construcción arquitectónica que debía elevar al autor por encima de sí mismo. De ahí que el poeta se haya querido erigir como el Rey Sol de la poesía chilena en su primer libro, Luis XIV. Tiempo después, el mismo Lihn especuló que De Jolly (1952) era el representante, sofisticado y desafiante, de una derecha autárquica dispuesta a involucrarse en todo, y en ese contexto, este poeta era un dictador sin ningún poder aparte de su ascendencia sobre las palabras y sobre su imaginario Palacio de Versalles. Hoy las cosas han cambiado, y De Jolly representa algo muy distinto: una rareza digna de tener presente por su exquisitez lírica.

La poesía de Paulo de Jolly -reunida de manera definitiva en su libro Louis XIV- es enigmática y provocadora. Sus versos están dedicados a las cavilaciones y a ciertos sucesos de la biografía del célebre Rey Sol, pero en versión trastornada. Los poemas se sitúan en el siglo XVII francés y, de preferencia, en un extravagante Palacio de Versalles. A De Jolly lo que le interesa es la evasión radical, la fuga hacia las formas ligeras y rebuscadas. Sus poemas son monólogos que profiere el mismo rey con una voz estridente, teatral y performática. Es un personaje que no calza en rigor con la historia, no obstante que se refiere a ella con insistencia. El extrañamiento que producen los versos de De Jolly se acentúa con la sintaxis enrevesada de sus textos y con el uso de los espacios en blanco que lo distinguen.

El rey que nos entrega De Jolly está fuera de foco en un país sin barroco como Chile. Sus aciertos tienen que ver con la perturbadora belleza fascista que exhala su proyecto. El poema Louis XIV y los pobres es una muestra elocuente de esto: “no me parece bien que Cristo / hablase el lenguaje de los pobres / no siento afecto por ellos / no he querido enterarme de la / condición triste y desesperada / de la mayoría de mis súbditos / mucha gente tuvo que lamentarse / por haber intentado informarme de esto / no repararé en injusticia alguna / con tal de obtener los pobres necesarios / los pobres merecen su destino”.

A De Jolly no le ha salido barato su apego por lo exquisito y su fijación por la aristocracia. En ciertas entrevistas que otorgó roteaba a diestra y siniestra con las consecuencias inevitables que este acto conlleva. Pero aún más caro para él ha sido su irrestricto apoyo a la dictadura. Hace un tiempo declaró al diario Las Ultimas Noticias que su idea central al escribir Louis XIV era «darle un modelo a Pinochet para que hubiese impulsado un renacimiento de las artes en el país, con palacios, ópera, ballet y literatura. Pero mi libro pasó desapercibido». De esto último se desprende que de Jolly siempre haya sido un outsider. La poesía de de Jolly no desciende de la tradición chilena, salvo por su estrecho vínculo con la obra de Diego Maquieira. Sus referentes no son Neruda, ni Parra. Está más cerca de Ezra Pound.

Hasta el momento De Jolly ha tenido pocos lectores críticos, ya sea por su incorrecta posición personal como por la rareza de su apuesta. Pero llegarán, sin duda, los comentaristas y los admiradores de este poeta. Sus poemas merecen un lugar en el imaginario literario chileno por su belleza experimental, así como su inusitado manejo de los recursos poéticos que producen una poesía con un extraño y sutil temple. En ella se cruza el modernismo y la vanguardia en un gesto inaudito y radiante.