STELLA DÍAZ VARÍN, COLORINA DE FUEGO

¿Por qué insistes, Stella Díaz Varín, poeta y amiga, en entrar a saco en este libro anhelante? Si no te había incluido en él, no fue por falta de cariño –bien lo sabes- sino por mal influjo de los celos, que harto padeciste entre tus pares y que yo aún padezco, especie de caduco Otelo repasando batallas pretéritas…

        Al año siguiente del Congreso de Rosalía, hice construir mi cabaña soñada, que iba a ser el cobijo venturoso de mi propio Walden, aunque en vez de lago sólo tuviese una acequia o regato que reptaba entre zarzamoras y llantén. Emularía a David Thoreau, pese a que mi voluntad era flaca para asumir los desafíos y servidumbres de una vida solitaria, y él, anarquista ejemplar, autor de la Desobediencia Civil, murió viviendo a concho sus ideales, que no es otra la auténtica felicidad. Fuiste la primera visitante que tuve, Stella, Estela, Colorina, y como eras atinada para referencias literarias, una tarde cálida, encendida por el vino, leíste para mí, bajo las acacias:

“Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales, y no me sucediera que estando próximo a morir, descubriese que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera vida plena; ¡la vida es tan cara!, ni tampoco deseaba practicar la resignación, a menos que fuese enteramente necesaria. Quería vivir profundamente y extraer lo maduro como para infligir una derrota a todo lo que no fuese vida; desmalezar un ancho espacio a ras del suelo; empujar la vida a un rincón y reducirla a sus términos más bajos, y si mostrase ser mezquina, obtener su genuina y total mezquindad y publicar su miseria ante el mundo; o si, resultara ser sublime, conocerla por experiencia, y ser capaz de dar una verdadera noticia de ella en mi próxima excursión”.

“Porque me parece que la mayor parte de los hombres están en una extraña incertidumbre sobre si será del diablo o de Dios la vida, y han llegado a la conclusión, un poco apresurada, de que el principal fin del hombre sobre la tierra es «glorificar a Dios y gozar de Él eternamente».

        “Todavía vivimos miserablemente, como hormigas, aunque diga la fábula que hace mucho fuimos transformados en hombres; como pigmeos, luchamos con las grullas; cae error sobre error, remiendo sobre remiendo y nuestra mejor virtud tiene por ocasión una miseria superflua y evitable. Un hombre honesto no tiene necesidad de contar con más que con los diez dedos de sus manos, y en casos extremos puede añadir los diez dedos de los pies y tomar en globo lo demás. ¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Sean tus asuntos dos o tres y no un centenar o un millar; en vez de un millón cuenta media docena, y haz la cuenta en la uña del pulgar. En medio de este mar picado de la vidas civilizadas, son tales las nubes, las tormentas, las arenas movedizas, y los mil y un detalle que deben considerarse, que un hombre, si no quiere zozobrar e irse a pique sin llegar a ningún puerto, tiene que vivir haciendo estimaciones, y ha de ser un gran calculador, por cierto, quien tenga éxito. Simplifica, simplifica. En lugar de cien platos, cinco; y reduce las otras cosas en la misma proporción.” 

        Para Thoreau y su coherencia existencial, estaba bien. No para mí, atado a ligaduras que no me atrevía a romper por completo, porque escuchaba voces que me llamaban desde una casa en la memoria, y ansias de libertad pugnando en mí, que no iban a concretarse. Mi cabaña de El Rincón de La Florida surgió como anhelo de vida tranquila, junto a mis libros y abierta a los cauces de la escritura, que yo intuía como desbocado torrente verbal hacia la desembocadura del éxito. Poco de eso recogí, aunque fueron tres años no exentos de alegrías y de encuentros en el amor y en la amistad. Y como también tú gozabas de la escritura del gran Machado de Assis y de su escepticismo lúcido, vengan del recuerdo estas palabras: Un tío, canónigo de prebenda completa, solía decir que el amor de la gloria temporal era la perdición de las almas, que sólo deben aspirar a la gloria eterna. A lo que retrucaba otro tío, oficial de uno de los antiguos tercios de infantería, que el amor a la gloria era la condición más auténticamente humana que existe en el hombre, y, por consiguiente, su más genuina impronta. Que el lector decida entre el militar o el canónigo…

Tú y yo nos reíamos de esta gloria pasajera de la fama y dudábamos, con ironía, de la gloria post mortem. Pero poco antes que partieras al último viaje, amiga, me confesaste, con lágrimas en los ojos, que tenías miedo a la muerte y terror por la incertidumbre del más allá… Fue en un café de la Feria Internacional del Libro de Santiago. No supe qué responderte.

        Recordarás, Estela amiga, las visitas de Pepe Cuevas, Raúl y Carlos Mellado, Micaela Souto, Hernán Miranda, Paz Molina, Ximena Cofré, Luis Alberto Acuña, Salvatori Copola, Héctor Pinochet –un fino narrador exiliado, con el apellido del torturador-, y otros compañeros que recordar sí quisiera. Hacías de atildada anfitriona; preparabas pebre, ponche, corvina al horno y otros manjares, mientras yo echaba unas carnes olorosas a la parrilla. Lo demás era el pan, el vino, el pisco, el coñac, a menudo en exceso; no teníamos freno y nos desbocábamos en compulsivas libaciones, salvo Micaela, que jamás pasaba la barrera del segundo vaso de tinto, porque no deseaba perder nunca la lucidez y se ponía triste cuando escuchaba a los pares de la palabra rumiando desatinos con lengua estropajosa y ojos en extravío. Pero tú, Estela, ponías la nota lúcida y honda, como si para cada ocasión extrajeras de tu obra unos versos estremecedores, desprovistos de artificio lírico:

        “Enhebro agujas / para que las viudas jóvenes/ cierren los ojos de sus maridos, / y desperdicio minutos, atisbando / a la entrada de una flor de espliego / de una simple abeja, / para separarla en dos, / y verla desplazarse: la cabeza hacia el sur / y el abdomen hacia la cordillera”.

        Bueno, si me lo pides lo cuento: Te conocí en el refugio López Velarde, Casa del Escritor, a fines de la década de los 70’. Estabas en un rincón, de piernas cruzadas sobre la silla, fumando con rara elegancia mientras parecías otear el mundo desde una atalaya. En mesa contigua, cuatro jóvenes iracundos, corajudos por el pisco y la marihuana, despotricaban contra la Mistral, Huidobro y Neruda, denostándoles por decadentes y pasados de moda. Les preguntaste, sin preámbulos, con tu vozarrón enronquecido que era como un clarín en sordina, si habían leído algo de aquellos “despreciables poetas” o si les conocían de oídas y, por supuesto, escuchándoles mal, y cállense mejor, mocosos inadvertidos y dudipsindapsin[1]… Te respondió, algo confundido,  el que parecía dirigir el destemplado debate o flagrante desautorización del trío celeste nacional, que los jóvenes no debían contaminarse de viejos obsoletos y menos recibir malas influencias de sus versos de salón o sindicato; que la vanguardia y la ruptura eran la única salida a la decadencia de la burguesía… Retrucaste, con ese dejo irónico en la expresión tan tuyo, poniendo distancia con un solo ademán, que no se preocuparan tanto del influjo del lenguaje ajeno, menos viniendo éste de los libros, consagrados o no, pues bien podían optar, como paradigmas al uso, por el léxico callejero del lumpen o el argot miserable de comentaristas deportivos o reporteros ignaros.

        Tu palabra era un florete que podía herir o cautivar, según como fuese esgrimido o de qué entrevero semántico o ideológico se tratase, pero a nadie dejaba indiferente. Cuando las discusiones subían de tono o sentías el alfilerazo de una provocación de mal gusto, podías llegar a la agresión física, lo que contribuyó a la leyenda –con base real, como todas- de tu carácter violento y avasallador. Varios escribas pudieron dar fe de ello con su propia integridad.

        En Stella Díaz pude confirmar las dimensiones de la potencia intelectual femenina, que salía a luz con todo su esplendor en las tertulias espontáneas del refugio López Velarde, cuando nos reuníamos para capear el horror cotidiano de una ciudad, de un país entero entregado a la milicia gris y mostrenca. Tiempos duros en que Luis Sánchez Latorre, Filebo, presidía nuestra Sociedad de Marginados Culturales, como timonel que llevase un barco al garete en plena tempestad. Con hábiles maniobras, Filebo evitó el naufragio; es su mérito indiscutible, entre otros de sólida valía intelectual.

        Ocurrió allí, en la Casa del Escritor, Simpson 7, una noche de julio de 1983. Los milicos habían reinstaurado el fatídico toque de queda, porque la crisis económica del sistema neoliberal, provocada por los mismos de siempre: especuladores y mercaderes sin conciencia, que se vuelve flagelo para los pobres, abrió los cauces de la protesta ciudadana, mediante cacerolazos y barricadas en las poblaciones periféricas, actos reprimidos con desproporcionada violencia por el brazo armado de la dictadura, que agregó muertos a su bitácora criminal… En el salón de la SECH velábamos a un poeta fallecido –ni siquiera recuerdo su nombre- en una tarde gris y lluviosa de invierno, más oscura aún porque no teníamos energía eléctrica ni teléfono disponible; Pinochet nos negaba, literalmente, la sal y el agua… Bajo la temblorosa iluminación de las velas y de los cuatro cirios que flanqueaban el ataúd, acompañábamos al poeta malogrado una treintena de camaradas de oficio. Preparamos ponche a base de vino blanco y algunos canapés que tú, Stella, agenciaste de no se sabe dónde. Pasadas las once de la noche, se escucharon golpes y gritos en la puerta del zaguán. Me asomé. Un oficial de carabineros, junto a su patrulla de cinco uniformados en pie de guerra, exigía que franqueásemos la entrada. Irrumpieron, mientras el cabecilla gritaba: -“¡Acaso no saben que el toque de queda es a las once de la noche, mierda, y están metiendo ruido a los vecinos que reclaman… Van a ir todos detenidos!”- En el momento en que los policías guerreros entraban al salón, tú, Stella, descendiste como una diosa de la noche, entre destellos de luz y pinceladas de sombra, cual una vestal que abandonase el oráculo, premunida de dos grandes bandejas de ponche. Trastabillaste, –no sé si por la oscuridad o por la visión de aquellas odiosas ferreterías-, y caíste de bruces sobre el féretro, el que se volcó junto al estrépito de las copas quebradas; el finado resbaló fuera del ataúd y quedó apoyado en las patas de una silla, vuelto hacia los carabineros, como si les preguntase: -“¿A qué han venido?, ¿se puede saber?”… Los seis héroes nocturnos dieron media vuelta y salieron en estampida.

        Repusimos con cariño al occiso en su lecho postrero. Recogimos los estropicios y el velatorio continuó, hasta la siete de la mañana. No recuerdo bien, Stella, pero es posible que nos fuésemos a El Rincón, porque era sábado y las penas y desastres también pueden reposar el fin de semana, y ése era nuestro refugio contra la adversidad urbana. Quizá aquél fue el día de tu última visita a mi Walden criollo de la precordillera, porque pronto Micaela iba a transformarse en ama de casa y exclusiva autoridad femenina.

        Alrededor de la una de la tarde comenzaron a llegar amigos, invitados o no, al asado sabatino. Apareció Pepe Cuevas con unas longanizas, Hernán Miranda y Palmira traían vino, Raúl Mellado se manifestó con el pan y así fuimos articulando el ágape. Tú preparabas el pebre y las ensaladas en la minúscula cocina que se abría al patio rectangular, cerrado por una pirca donde apoyábamos la parrilla.

        Comimos y libamos entre conversaciones literarias o políticas, con la guitarra y el canto alertas. Soñábamos con derribar la dictadura. Algunos durmieron la siesta, sobre los maltrechos divanes o las esterillas del piso. El jolgorio, algo apaciguado, continuó en la hora vespertina, para culminar cerca de las dos de la madrugada. Nos fuimos a dormir, tú y yo; seamos veraces: Stella, tú en el ala este, y yo en el oeste, como si fuésemos culturas diferentes que volvíamos a nuestro sitio en el mapa de las inquietudes humanas, sin incurrir en esporádicos mestizajes.

        Desperté de modo abrupto, escuchando furiosos ladridos y gritos destemplados. Me levanté. Eran las ocho de la mañana del domingo. Salí al patio y contemplé tu figura desnuda, yendo y viniendo sobre el borde de la pirca, como si estuvieses modelando para un desfile de vestuario fino, aunque sin un trapo encima… Encaramados en la cerca que separaba la cabaña del camino, un puñado de campesinos, excitados por el espectáculo, gritaban y aplaudían a la desconocida Venus literaria que los hechizaba.

        Luego de esfuerzos y tirones conminatorios, logré que descendieras. Tiritabas en la escarchada mañana de julio. Te cubrí con una frazada y te acomodamos sobre el lecho. Dormiste hasta pasado el mediodía. Te levantaste, callada, y con tu andar felino desapareciste tras la puerta de la cocina. Con los restos de la carne asada, cebollas, pimentón, ajo y papas, preparaste un ajiaco reponedor para el almuerzo. Nos sentamos a la mesa, disfrutando aquel plato glorioso y algún vino rescatado de la tormenta. Entonces ocurrió. Iniciaste un largo monólogo, hora y media o dos, creo, no puedo precisarlo, en que desgranaste tus más íntimas palabras, como una mazorca dorada que entrega el dulce metal de sus frutos, sin recato ni mezquindad. Tu vida entera se desplegó en tu discurso, con una intensidad vital y emotiva que yo jamás había conocido. Esas palabras debieron haberse grabado, pero no lo hicimos. Quizá pasaron a ser uno de esos textos superlativos que nunca se escribieron, como esos grandes poemas que el vate intuye, siente y elabora en su mente y que, al trasladarlos al papel, se difuminan, sin remedio ni retorno. Se cumplía tu concepto de la poesía, tu elocuente arte poética dicha en breves palabras: «Nunca he pensado qué es la poesía. Es algo absolutamente fuera de mí misma. En el mismo momento en que lo haga jamás volvería a escribir un poema. Existen instantes poéticos en los que tú existes, pero no se puede decir nada más, porque la poesía trasciende a todo. Tampoco sé lo que siento cuando escribo, porque me encuentro totalmente ida». Stella, amiga, si nada se crea ni se destruye, sólo se transforma, entonces, volverán algún día tus voces, recuperadas desde el éter, quizá trayendo extraviados anhelos y esa palabra escondida que tanto buscaste.

        Es verdad. Como escribió José Miguel Varas, hace una década:

        Más que una poetisa, una leyenda. La bellísima colorina rebelde de piel láctea que frecuentaba los bares con Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky en los años 50; la iconoclasta de voz bronca que aportilla los discursos en la Universidad de Chile, la Sociedad de Escritores y todo lugar; la rebelde perpetua. Injustamente, su poesía es menos conocida que su leyenda.

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[1] Dudipsindapsin: expresión coloquial empleada por Stella al finalizar una frase, como diciendo “aquí termina la discusión”… Otra expresión suya era jamasmente, para negar rotundamente.

Edmundo Moure.