Sobre Marta Brunet, por Gabriela Mistral

Nosotros hemos tenido un enriquecimiento efectivo -¡y de qué silenciosa formación!- en los últimos cinco años. Además del que nos trajo Pablo Neruda; lado a lado con él. Nosotros hemos recibido (y en el participio aquí yo pongo un gozoso-tierno) el don verdadero, el aporte que se toca, de real, como el buen limo del río que crece, de Marta Brunet, la novelista de Chillán.

Yo sigo haciendo el siguiente orden de nuestros valores de cultura: el folklore, que es una mina de América sólo por chilenos rastreada dignamente; la prosa novelesca que presenta un conjunto ricamente diferenciado que va desde Barrios, Maluenda, D’Halmar y Edwards Bello, pasando por Prado, por Contreras, por Latorre, y por los Labarca, hasta González Vera, Rojas y los demás.

Nuestra literatura sigue un proceso espiritual enteramente contrario al del resto del Continente, que hace poetas antes de hacer prosistas, aunque tenga ya los nombres firmes de los García Calderón, de Reyles, de Fombona, de Quiroga y otros.

Marta Brunet nos vino «impensadamente» como decimos allá, sin el tanteo -el pinino, diría Silva- tan desagradable, pero tan humano de los y las otras… Sin pasar por la revista, especie de nursery que anuncia allá tal o cual adolescencia bien dotada. Dice Manuel Vega en su artículo introductor, que acepto en todo menos en esto, que Marta se formaba en su provincia con sus clásicos españoles. Yo dudo de tal paternidad. En la América los lectores de clásicos españoles sacan de ellos por sobre todo estilo (aunque también pudieran sacar ejemplo) para la construcción novelesca. Generalmente aprenden amaneramiento. En Marta Brunet el estilo no cuenta, como no cuenta en Dostoiewski y en la familia novelesca mayor. Cuando de tarde en tarde la coge el prurito de hacer una «frase linda», esta se le queda como afuera, sin soldadura con el resto y suena a falsa. Su éxito en grande, el reino suyo, lo que ella nos trae, es la creación de caracteres chilenos. En este lote, que es ni más ni menos que el del novelista, creo que nadie la alcanza dentro de lo nuestro. Tal vez me equivoque por falta de lectura reciente de novelas chilenas; pero en mi recuerdo yo no logro cazar tipos que entren de igual a igual en la familia que ella nos está entregando con su Don Florisondo, su doña Santitos, su María Rosa y su Meche.

Allá en la provincia, buena ayudadora en todo el primer periodo de una formación literaria con su «sobra de tiempo», y con su misma indiferencia para el que escribe, que se traduce en regalo útil de paz, Marta Brunet se ha veteado, se ha surcado, se ha amamantado de chilenidad. Chilenidad de paisaje, de acento, de costumbre, de carácter. Yo siento leyéndola que, cual más cual menos, los demás venimos de la lectura A o B, a la que nos prendimos con el garfio de la coincidencia emotiva. Rojas, de los rusos, D’Halmar, antes, de Loti, y así los demás. En la lectura de Marta no se ve nunca mano conocida de maestro que aúpe y auxilie. Ella viene sencillamente de su genio de observación, una observación que no es mirada sino casi chupadura del motivo. Así lo absorbe de entero y así lo entrega de cabalmente. Si ella me ha hecho recordar a Gorki y a Istrati no es por la manera o por el giro del relato ni por la forma de cogida -si se permite el sustantivo taurino- del asunto; es por la creación asombrosa de los personajes. Don Florisondo tiene, para mí, modo de andar y hasta carraspeo; a María Rosa yo la veo, sin un quebrantamiento, a través de su aventura sana, y un poco feroz, caminar en el paisaje chileno. Va esta diferencia a los tipos anotados a lo Zola, a los tipos creados a lo Gorki, es decir, de los que se hacen por amontonamiento de datos, como quien dice, miga a miga, y los que se crean adánicamente. Los primeros viven en una cuanta escena capital del relato; los otros no sufren quebradura, no se tumban en los capítulos secundarios, sino que el soplo inicial los mantiene a lo largo del libro entero gesticulantes, sanguíneos y vivos hasta la punta de los pies. Yo usaría, si no estuviera tan estropeada, la expresión de que Marta no construye sino que invoca sus personajes. Andan en el caso suyo algunas magias…

Cuando me doy a releerla, suele pasarme una aventura que me es muy grata. El relato novelesco se me dramatiza, de puro tremolante que es; la novelista se me aproxima, a pesar de las enormes diferencias de temperamento, al género de la tragedia rústica de La hija de Jorio. Digo que la transmutación me da gozo, porque las obras que más amo se me han transfigurado siempre así. Desde La divina comedia hasta Dostoiewski, pasando por Hardy, por Balzac, por Maupassant y otros, la lectura que me hinca garra con sangre se me dramatiza siempre. Por otra parte, yo no creo en los géneros según la retórica, divididos por paredes de cemento. Hay fugas de un género a otro.

Marta Brunet me ha hecho confrontar sus criaturas chilenas del campo con las mías. Yo también las conozco y aun cuando no sería capaz de estampar una sola, ni jorobada, en un cuento, creo que puedo reconocerles la autenticidad. Así son ellas para mí como lo fueron para su ojo precioso: un poco tiernas, un poco feroces, casi siempre brutales en el amor como en el aborrecimiento; puros, sobre el suelo del instinto que es el suyo, y dueños, de tarde en tarde, de una dulzura inaudita jue les brota de la piedra desnuda de su fuerza.

Yo, que soy campesina por la sangre y el ojo con viña y espiga, sé que la dulzura más bella es la impensada que brota pronto, del fuerte y también del cruel, y que deja pasmado al que la descubre.

La adopción del niño ajeno por don Florisondo pertenece a estas ternuras de camallo* o de matón campesino que yo me sé. La azuzada de los perros que María Rosa hace sobre su amante es tan chilena como el Llaima, si no lo es más…

Pero la María Rosa ¿será sólo la «mujer brava» del campo, como allá decimos? Yo la conozco también en las ciudades, y casi se me cuaja en símbolo. La mujer nuestra anda por ahí, terciada de fortaleza, de cólera y de piedad a la vez. Yo la veo en mí misma con idéntica veteadura contradictoria. Los días han de venir en que un decorador de muros a lo Diego Rivera, aglomerando símbolos legítimos de lo nuestro y sacándolos no sólo de la historia sino también de la novela en grande que hayamos alcanzado, ponga a esta María Rosa medio prima de Fresia, en su teoría de las criaturas definitivas que nos nacieron.

Aparte de la buena forjadura de tipos (quiero repetir de la forja genial de tipos), Marta Brunet posee, a pesar de su sangre sólo a medias nuestra, una sobriedad muy chilena, no sé qué crudeza, qué modo de expresión directa y hasta qué brusquedad que son nuestras. Acaso esté yo aquí patrioteando. Es cierto que así hablan, como ella, en el relato de asunto rural, los demás ruralistas del mundo leales a su género.

¿Cómo se ha aposentado en ella la narración campesina hasta alcanzar tamaña maestría y facilidad? Yo creo que tal vez ha sido ella antes de coger la cuartilla, una de esas contadoras que allá tenemos. Yo sonrío en el recuerdo a una de mi valle de Elqui que era madre prodigiosa, por llena de sucedidos y de gracia. O lo era su madre, o, sencillamente, culta, rica y todo, ha aceptado oír cabreros y leñadores, como aconsejaba Maragall. De otro colega suyo, de Maluenda, yo recuerdo un don magnífico de buen contar, que nunca he olvidado aunque lo escuché hace veinte años.

En los tres años transcurridos entre Don Florisondo y La Flor de Quillén, a Marta Brunet no se le ha aflojado la mano de tallador para sus tipos. La última es la mejor. Yo espero de ella las mayores empresas de la novela campesina americana. Ella llegará un día a España escoltada de su obra a decir a los que rezongan, con razón, por nuestra laguna del relato autóctono: «Aquí está lo que no se había hecho ni en país de gaucho (a pesar de Güiraldes), ni en país de indio».

Hay todavía otro acierto en ella: el manejo grotesco. La vieja Doña Santitos codea a Goya. Poco se le ha celebrado este relato tal vez por breve. Nos gusta mucho allá hacer de un cuento novela, con lo que lo desteñimos y lo malogramos.

* * *

He sido yo, y soy todavía, gustadora de donosuras de estilo. Me da la prosa de Ortega y Gasset unas complacencias que casi son de palma que se regala con lanas y brocados de la lengua y, subiendo en la misma línea, no se me gasta como goce la prosa de Flaubert. Marta Brunet me ha ganado sin halagarme estas sensualidades del oído ni de vista. Metáfora no trae; y ningún gobelino verbal trabajosamente tejido; sólo su extraordinario friso rústico de tipos terriblemente enderezados en el paisaje chileno.

Le ha dicho don Pedro N. Cruz que deje los asuntos campesinos y que camine hacia los otros. No me parece buen consejo, aunque sea de viejo, sabio en su oficio. Cuando se ha recibido un dote sobrenatural de creación, sea de mineros, como en Lillo, o de vagabundos, como en Gorki, ¿por qué tirar eso que llamea de vida para entrar en el hotel de M. Bourget o de otro semejante, donde el aire está ya tan confinado?

A un reparo de otros yo me sumo, y con limpia intención: al del lenguaje. Poseen vigor suficiente los personajes de Marta Brunet para que puedan bastardeárseles si les da el lenguaje ordinario. Yo entiendo los regionalismos como fenómenos colectivos de ternura por el suelo y por la costumbre, en el hábito doméstico, en la arquitectura a veces, hasta en el traje. Pero yo los detesto en el lenguaje.

Marta Brunet con una modestia casi insensata parece que ha querido escribir para Chile únicamente y aun para… su provincia. Porque entre sus criollismos varios hay que ni yo conozco. Imagino que en Centro América o en el Uruguay, la lectura de sus cuentos debe resultar desastrosa a causa de este dialectismo desenfrenado, que ella adopta con tanto desdén para el extraño que ni aun ha puesto al pie de cada página una línea de vocabulario. En Chile mismo ha de habernos cuatro lenguajes regionales, si es que no hay más. El de Coquimbo, desde luego, no es el de Chillan. Piense ella que en la América la lengua popular es un absurdo tal en su diferenciación, que la palabra guagua, que entre nosotros significa «niño pequeño», en Las Antillas es el nombre del autobús, y en México el que dan los niños al perro… Otra muestra más: choclo se llama en México un zapato, y en Chile la mazorca de maíz.

Deje ella esa forma de criollismo que es una autocondena a ser leída por un clan. Un Ramuz en Suiza, peca de su lado, pero venialmente, escribiendo sus novelas admirables un poco en patuá, pero no va tan lejos como ella. No desperdicie torpemente el campo que su destino literario le ha entregado en la lengua española, lengua en grande por sí misma y que tiene, además, el tercer rango mundial por la extensión que abarca. El quitar a sus personajes la muleta de su horrible jerga chileno-rural no les disminuirá una pestaña de su contextura y de su autenticidad. Yo no le aconsejo seguir el ejemplo de Federico Mistral, gran poeta en la línea de los Goethe, reducido a gran poeta francés por su temeraria fidelidad a la Provenza. Semejante lealtad a la patriecita hace llorar por la humildad de que está cargada, pero también irrita.

Y que reciba este reproche sin amargura mi grande, mi extraordinaria y querida Marta Brunet.

París, junio de 1928

* Peón de riego (G. M.)