Patrimonio Tangible e Intangible

Editorial

            Un nuevo Día del Patrimonio nos sorprende en medio de una de las calamidades más grandes que nos haya tocado vivir, cuando sólo hace unos meses nos dirigíamos con entusiasmo a un plebiscito con el cual borraríamos de un plumazo la agria Constitución que nos rige desde los aciagos y demenciales tiempos marciales; hoy nos encontramos con una humanidad revolcada en la imprevisión y la precariedad que sufre los embates de una plaga, el covid-19, como una de las tantas que nos diezmaron desde la antigüedad hasta ahora, y nuestro pequeño Chile pasando de un exitismo avieso y ridículo de sus autoridades, se vanagloriaba de estrategias y cifras, hasta que la cruda realidad deja al descubierto las otrora invisibles pobladas de Pudahuel, Cerrillos, La Pintana, Bajos de Mena, El Bosque, Peñalolén…con sus enormes masas de desocupados, hacinados, precarizados…mostrando los huesos de un modelo de energúmenos iluminados y sus resultados, manipulación mediática y miseria inducida. Una humanidad que, fuera de Calígula que nombró cónsul a Incitatus, su caballo, -tal vez con buenas razones llegamos a pensar ahora- nunca antes se vio gobernada por tantos payasos histriónicos, con perdón de los payasos, gobernantes insulsos, ignorantes, carentes de gracia, sembrando muerte y abandono.

            Si salimos de ésta, no será precisamente por sus iniciativas ni sus desvelos, antes al contrario, y el Patrimonio humano derrochado por la imprevisión y la soberbia, quedará sepultado como la suma de otro dolor propinado al género humano, del que los escritores haremos recuerdo y memoria. Porque los escritores y los artistas a lo largo del tiempo hemos registrado estos momentos y sin duda, desde distintos puntos de vista, también esta vez estaremos como ya lo estamos presentes, como lo hemos estado desde que Chile es Chile, desde “La Araucana” de Ercilla y “Crónica y relación copiosa y verdadera de los Reynos de Chile” de Gerónimo de Bibar, como lo dejó plasmado Alberto Blest Gana en “Los Trasplantados”, “El loco estero” o “El ideal de un calavera”, como lo dejó Vicente Grez, Mariano Latorre y Eduardo Barrios, Teresa Wilms Montt, Joaquín Edwards Bello, Mariano Latorre, Víctor Domingo Silva, Nicomedes Guzmán, Baldomero Lillo, Marta Brunet, Francisco Coloane, María Luisa Bombal, Manuel Rojas, Alberto Romero, Fernando Alegría…Carlos Droguett, José Donoso, y todos aquellos y aquellas que no alcanzaron la fama y presencia de los antes mencionados, como Luis Durand, Genaro Prieto, Alfredo Gómez Morel, Claudio Giaconi…pero cuyo influjo es y seguirá siendo parte esencial, sino fundador del imaginario de Chile, patrimonio nacional que porta cada quien en su construcción y devenir como ser humano. Y he excluido voluntariamente a nuestros poetas por lo sabido y cotidiano de su presencia, si hasta nuestra habla del día lleva Gabrielas y Violetas, Huidobros, de Rokhas, Nerudas y Nicanores, por ello, en el Día del Patrimonio, los escritores no somos sólo la Casa del Escritor de calle Almirante Simpson Nº 7 y sus recuerdos, que debemos a Ester Matte Alessandri y Pablo Neruda, somos muchísimo más, somos espíritu y carne de esta matria, el sudor y también el profundo dolor en estos desgraciados tiempos cuando ya dos de nosotros toman camino a lo desconocido,  el poeta Oscar Aguilera, autor entre otros de “Historia de la Sociedad de Escritores de Chile” (1931-2001) junto a Julia Antivilo, y el eximio narrador Luis Sepúlveda Calfucura, conocido mundialmente y traducido a más de 40 idiomas.

            ¿Qué sería de Chile sin sus escritores?

Roberto Rivera

Presidente

Sociedad de Escritores de Chile