PABLO DE ROKHA: EL TIGRE QUE NO ERA DE PAPEL

de Naín Nómez      

“El tigre espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa…Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire”. En algún lugar de la historia (o del mito), el poeta Martí debe haber hablado con el poeta Pablo de Rokha sobre “Nuestra América” y los ojos de ambos deben haber brillado de augurios. Ese tigre mestizo reaparecería en muchos lugares  y moriría de muchas maneras, como en Santiago de Chile un 10 de septiembre de 1968. El anciano macho Carlos Díaz Loyola, que batalló como Pablo de Rokha, había dejado de golpear.

Historia de cachorros y de héroes

La mitología vigente nos habla de un viejo cuento que se desgrana entre Ulises y Prometeo, de un bárbaro constructor de lenguajes barrocos, de una lírica social que se hace épica. También nos entrega la encarnación de una figura tosca y primitiva que pareció no pasar jamás por las debilidades de la infancia. Por último nos entrega la oscuridad de una creación azotada por la cólera oficialista por su provocadora y tremebunda crítica. Otras mitologías dicen que muchas veces deseó empuñar la espada y no la pluma y que la distancia entre su ser y su ser deseante desmesurado e insatisfecho, le hizo embestir más molinos de viento de los que podía soportar su condición humana.

Fue autor de alrededor de una cantidad considerable de obras monumentales, muchas de ellas verdaderos libros-objetos, entre las que destacamos Sátira  (1918), Los gemidos (1922), U (1926), Suramérica  (1927), Satanás (1927), Escritura de Raimundo Contreras (1929), Jesucristo (1935), Morfología del espanto (1942), Arenga sobre el arte (1949), Fuego negro (1953), Neruda y yo (1955), Idioma del mundo (1958) y Genio del pueblo (1960) entre muchas otras. Con posterioridad a su muerte se publican algunas obras inéditas como es el caso de sus memorias incompletas, Pablo de Rokha. El Amigo Piedra de 1990 y Obras inéditas de 1999.   

Su vida, tan polémica y variada como su obra, se inicia casualmente en  Licantén, zona de Curicó, lugar donde arriba su padre un administrador de fundos de la zona campesina donde transcurre la infancia del poeta entre arrieros, huasos y contrabandistas. Posteriormente estudia en el Seminario Conciliar de Talca desde donde lo expulsan por leer autores prohibidos como Rabelais, Lautréamont o Voltaire. A partir de allí sus influencias van a fluctuar entre un cristianismo cada vez más desvaído y rebelde y una actitud crítica hacia la sociedad de su tiempo. Con posterioridad conoce a Luisa Anabalón Sanderson (Winétt de Rokha también poeta), , con quien se casa huyendo de la tutela de sus padres y quien fue su compañera hasta su muerte en 1951. El poeta adhiere a la Internacional Obrera Anarquista y más tarde al Partido Comunista. Desempeña una variedad de oficios formales e informales: corredor de propiedades, comerciante en  frutos y la más cercana, director de revistas con muy poca circulación. Enemistado con muchos poetas  y críticos, el poeta y Winétt venden libros y cuadros que ella pintaba, de pueblo en pueblo. Entremedio nacen y crecen sus hijos: Carlos, Lukó, José, María Inés y varios más hasta llegar a 7 de los cuales 2 murieron prematuramente. En honor a la síntesis, cabe destacar aquí su enemistad con Pablo Neruda a quien consideraba un mistificador de la lírica, la publicación de la revista Multitud entre 1939 y 1962 (un verdadero baluarte de la cultura y el compromiso social) y el viaje que emprendieron a instancias del presidente Juan Antonio Ríos como embajadores culturales con Winétt, por 19 países de América Latina.

El poeta reía poco porque el corazón le pesaba demasiado. Cualquier juicio adverso le enfurecía y cargaba contra pulgas y elefantes con el mismo ímpetu con que escribía. En las noches sublunares de Santiago, los grupos rivales de los Pablos y Huidobro se apoderaban de “El Jote” y asolaban la paciencia de los aterrados burgueses con sus consignas líricas. Desde allá vienen los ecos de la batalla verbal que durante muchos años sostuviera con Pablo Neruda y que en realidad fue casi siempre un monólogo, porque en vate de Isla Negra lo ignoró sistemáticamente. Esa necesidad que tenia de decirle a su enemigo su enemistad lo llevó por los caminos de Chile con sus libros a cuestas en un peregrinaje incansable por sobrevivir. Ya en Los gemidos apostrofaba: “Oigo crujir mis huesos, madre mía, madre mía, oigo crujir mis huesos, crujen las bestias, crujen las plantas, crujen las cosas y voy a morir, mi sangre ya cansada desemboca en la muerte…”. De algún modo, aquí ya se anuncia la tragedia de su vida y la cercanía con la muerte:  su esposa fallece de cáncer, sus hijos Carlos y Pablo se suicidan al igual que su amigo Joaquín Edwards Bello y el propio poeta posteriormente en 1968. El tardío Premio Nacional de 1965, tampoco logra reconciliarlo con la vida. Le dirá a Julio Huasi en una entrevista: “El Premio …me llegó tarde, casi por cumplido y porque creían que ya no iba a molestar más. Se jodieron, porque pienso escribir hasta el fin y darles látigo más que nunca”.

El canto del macho anciano

Hacia la tarde de su vida, los viejos mitos cuentan que soñaba con la revolución que ni él ni otros de entonces y ahora pudieron realizar, pero que buscaron con pasión inacabada. Pero el viejo tigre había desgastado todas sus garras en el camino. Como indica el sujeto hablante  del “Canto del macho anciano”: “Si no fui más que un gran poeta con los brazos quebrados/ y el acordeón del emperador de los aventureros  o el espanto del mar me llamaban al alma/ son un guerrero del  estilo como destino, apenas, / un soñador acongojado de haber soñado y estar soñando, un ‘expósito’ y un ‘apátrida’ de mi época”.  Y luego anuncia su destino: “Ha llegado la hora vestida de pánico/ en la cual todas las horas carecen de destino, carecen de estilo y espada/ carecen de dirección, de voz, carecen de todo lo rojo y terrible de las empresas…que justificarán la existencia como peligro y como suicidio”.

Cuando el periodista Julio Huasi lo visitó en el hospital poco antes de su muerte, el poeta lanzaba sus últimos bramidos y le decía: “Usted ve, nunca me he lamentado de mi suerte. Para que a ustedes los nuevos poetas no les pase lo mismo…me han negado y matado con silencio. Pero lo peor es que aprovecharon para robarme…”. Todo terminaba y tenía razón. Porque como el mismo decía: “no es el piojo quien engendra la miseria, es miseria quien engendra al piojo”. En la historia  y más aun en los mitos, se dirá que el tigre murió con las zarpas al aire y echando llamas por los ojos. O como el mismo decía: “la batalla de la vida está perdida desde el origen, pero lo heroico es ganarla.