ENTREVISTA DE FARIDE ZERÁN A LUIS SEPÚLVEDA

Macondo vs. Mc Ondo

Se define como una pulga en la oreja, se declara un escritor con muchas patrias, jamás un escritor chileno; abomina de la literatura del exilio a la que califica de «ese montón de basura», y arremete contra los «pijecitos chilenos» que desde «Mc Ondo», intentan dar una visión de América Latina creyendo que una choza de caña y barro con una antena parabólica en el techo incorpora a sus habitantes a la aldea global.

Estuvo escasas horas en la Feria del Libro de Frankfurt, ya que el 4 de octubre, el día de su cumpleaños número 47, debía estar en Trieste para asistir al estreno mundial de una obra de teatro con la que Vittorio Gassman se despedía de la actuación. Directo, sin poses ni mañas de divo y fiel a sí mismo hasta el último detalle, Luis Sepúlveda, autor de «Un viejo que leía novelas de amor”; «Mundo del fin del Mundo», «Nombre de Torero», y «Patagonia Express», cuenta con asombro el almuerzo que sostuvo con Gassman, y la petición del mito italiano para que Sepúlveda escribiera un monólogo que junto a textos de Virgilio, Dante y Kafka constituirían su adiós a las tablas. La muerte es la única respuesta posible a todos los misterios, explica, cuando se lo inquiere acerca del contenido de su aporte: un hombre cobijado bajo la noche y reflexionando en medio de la selva sobre todos los misterios que le ofrece la vida. Mientras se instala en un café del hall destinado a los editores latinoamericanos, españoles, asiáticos y africanos, un pabellón de escasa concurrencia y más bien alejado de las bullantes áreas en las que se exhibía el mundo del libro europeo y norteamericano, Luis Sepúlveda va encendiendo un cigarrillo tras otro mientras cuenta sus múltiples proyectos y, por sobre todo, la pasión que lo envuelve ante su próxima novela. Se trata de la figura y el genio de Manuel Rodríguez, el guerrillero asesinado con cuya rebeldía y marginalidad se identifica. Por algo hace suyo el rol de iconoclasta, cuestionador y anarquista cuya patria es el mundo, y no ésta, insiste, aunque en el largo recorrido de su memoria casi todos los caminos lo conduzcan a Chile.

En «Patagonia Express», está su visión de América Latina, y junto a ella hay una serie de homenajes como al ferrocarril, «que ya no existe, pero continúa viajando en la memoria de los hombres y mujeres de la Patagonia «, o a su memoria personal en un relato que comienza y culmina en Martos, el pueblo español de donde proviene su abuelo. ¿Por qué esos homenajes y ese énfasis en la memoria?

-Me he preocupado de que mi escritura sea una especie de larga cadena de homenajes, porque homenajear es un ejercicio de la memoria, y si algo define mi quehacer como escritor es justamente ser un perseverante de la memoria, de la memoria histórica porque me aterra una parte de esta época que nos ha tocado vivir en la que se imponen los olvidos, se impone la amnesia como si fuera una razón de Estado, o se impone la amnesia como una razón más de la mercadotecnia que intenta suplantar los recursos éticos, los recursos estéticos, que son los que debieran mover las sociedades y a los seres humanos. Vivo la literatura como un recordador, incluso, algunos cuentos que son anticipatorios de cosas que han ocurrido recurren a la memoria como una base de sustentación fundamental. Hay una frase maravillosa de Rosa de Luxemburgo, quien fue la primera que dijo que solamente los pueblos que conocían al dedillo su pasado no volvían a incurrir en los mismos errores. Pienso que sólo es posible la evolución, en el mejor sentido de la palabra, sobre la base de superar las viejas trabas, sobre la base de superar los escollos que ya hemos conocido, pero eso no significa negarlos, no significa ignorarlos, no significa olvidarlos, sino asumirlos responsablemente.

Y en ese recorrido por la memoria usted se detiene en los dos años y medio en que fue prisionero político de una cárcel de Temuco. ¿Le dolió volver a ese episodio?

-No es que mi memoria lo tapara, sino que escribir sobre aquellas cosas era un tema demasiado delicado que no admitía ningún tipo de ligereza, ningún tipo de coquetería, y además tenía demasiado pudor. Por una parte, yo estaba bastante escandalizado al leer ese montón de basura que se llamó ‘literatura del exilio’, ese montón de quejas plañideras, y que desde la perspectiva de la literatura no decían absolutamente nada, y desde el punto de vista de la sociología tampoco. Yo quería enfrentarme con mi propia memoria de una manera eminentemente no traumática. Lo que tenía muy claro es que si algo me permitió sobrellevar esos dos años y medio en la cárcel en que lo pasé bastante mal fue porque mantuve una entereza sustentada por sobre todo en el humor, porque el humor no es el acto de reírse, el humor es comprender las cosas con una dosis de amor que siempre estuvo latente en mí, y cuando llegó el momento de enfrentarme con ese detalle de mi pasado quise hacerlo de la manera más nítida y menos traumática posible. No tenía que ser una queja, no tenía que ser un canto plañidero, tenía que ser simplemente la reflexión de un hombre que vivió algo y ahora se atreve a contarlo.

¿Por qué la descalificación a esa literatura que tiene que ver con el testimonio? ¿Qué es lo que le irrita: la falta de talento literario, el tono plañidero, ¿la falta de distancia?

-Me refiero fundamentalmente a los chilenos, hago una sola excepción que es Hernán Valdés, que fue capaz de escribir un libro para mí fundamental y tal vez lo único bueno que se escribió al respecto, que fue «Tejas Verdes». Luego se escribió una cantidad de basura sin el menor criterio literario. Yo tengo un gran respeto por la palabra escrita, y entiendo perfectamente que a veces la expresión escrita puede ser una forma de terapia, pero eso no tiene nada que ver con la literatura. Lo que me molesta es cuando eso es confundido con literatura y es promovido como tal. Hubo otros exilios, otras tragedias latinoamericanas que sin embargo dieron grandes reflexiones respecto del horror vivido, respecto de aquel pasado, sin agregarle ni quitarle, pero despojándolo de todo ese elemento casi patológicos que encierra a los hombres en el trauma y los imposibilita para liberarse de él.

Usted se asume como un irreverente que viene del anarquismo, lo cual significa tener el estigma del cuestionador, al igual que otras figuras de la literatura chilena como Droguett, Alcalde o De Rokha, escritores que tienen un origen anarquista y que pagaron un precio alto por su rebeldía. ¿Está consciente de cuál es el costo de decir lo que piensa?

– Soy una pulga en la oreja, lo sé. Chile es un caso bastante especial. Recibí una gran enseñanza de Julio Cortázar, fui muy amigo de él, y Julio me enseñó a establecer cuál era el sentido de mi condición de hombre y cuál era el sentido de mi condición de artista en tanto escritor. Me ayudó a entender que cuando ya había comprendido ese profundo sentido de mi condición de hombre, esto no me obligaba a comprometerme con algo, porque la palabra compromiso es una palabra detestable, uno se compromete y descompromete con igual facilidad, pero me obligaba a involucrarme plenamente con una actitud ética frente a la vida. Y me enseñó que cuando ya había comprendido en profundidad qué significaba mi condición de artista, esto me obligaba también a involucrarme con una actitud estética frente a la literatura que es la forma de arte que yo practico. Y ello implicaba un tercer desafío, que era establecer ese puente entre la ética y la estética, es decir, a través de mi actividad como escritor otorgarle un poco de estética a la vida civil, y a través de mi participación en la vida civil otorgarle también ética a la literatura. Aparentemente, es complicado, pero es cuestión de ser consecuente y practicarlo. Y viene el estigma, y Chile es uno de los países que peor castiga cuando alguien dice exactamente lo que piensa. Esto lo he podido comprobar y la verdad es que no me importa. Y aquí cito a Pablo de Rokha, a quien conocí también e incluso fui por un tiempo una especie de secretario suyo. De Rokha una vez me dijo: ‘el hombre se mide por la calidad de sus enemigos’. Y yo sé perfectamente que todos aquellos que me estigmatizan en Chile no tienen la menor calidad para ser enemigos míos.

A propósito, en «Patagonia Express», surgen lugares que no están en las guías de turistas, una geografía humana y física que es distinta a la que aparece hoy en la literatura, lo que origina una estética particular. ¿Por qué?

-Mis personajes son seres enteramente cotidianos de los cuales he aprendido mucho y me permiten reafirmarme en esto de decir que todavía es posible mantener muy en alto las banderitas de los valores más fundamentales y más importantes. Mis personajes son solidarios, mis personajes son fraternos, mis personajes son humanos, mis personajes son irresponsables, son aventureros, son locos, mis personajes tienen todo aquello que hoy día conduce a la marginalidad, porque mis personajes son también un reflejo de lo que yo mismo soy, un tipo enteramente marginal. Fui un marginal desde el tiempo de la gran militancia política, en tanto opté por una opción de izquierda revolucionaria, lo que me marginalizaba de la izquierda tradicional. Luego, fui un marginal en una militancia en el movimiento ecológico, porque siempre fui uno de los más radicales ecologistas, lo que me marginó de una intelectualismo frío y europeo respecto del tema. En la literatura sigo siendo un marginal porque no frecuento, por ejemplo, los campos en donde se hace y se da la literatura, porque no creo en ellos simplemente. Más que un escritor, soy un tipo que se define a sí mismo como un contador de historias, y a cada uno de mis personajes le otorgo ciertas características mías, y estas características están definidas por una marginalidad muy grande que no me disgusta, incluso la disfruto mucho.

Hablemos de la América Latina que usted muestra, y que no es el realismo mágico de García Márquez en «Macondo», ni es » Mc Ondo», con sus hamburguesas y malls que presentan Alberto Fuguet y Sergio Gómez en un libro que lleva ese nombre. Entre ambas visiones está la suya. ¿Qué destaca de ella?

-Allí hay un sólo hito, que es el de Macondo que marcó García Márquez, o el hito que marcó Onetti, con su Santa María; o el de Carpentier, con sus bien documentadas ciudades del Caribe en manos de insurrectos. Son hitos muy respetables porque marcan un punto muy importante en la evolución de la literatura latinoamericana e hispanoamericana en general. Del pretendido «Mc Ondo», tengo serias dudas. Leí, por ejemplo, unas declaraciones de uno de los autores de este libro, en que acusa a ciertos escritores latinoamericanos, entre ellos yo, de pretender vender una realidad rural sin especificar a quién diablos le queremos vender esa realidad, porque el lector tonto no existe, y plantea también que América Latina es una realidad urbana. Cuando alguien, con una pretensión de intelectual, con una pretensión incluso de escritor, es capaz de soltar tal paparruchada sin el menor fundamento, es porque no conoce más allá de los límites del barrio Ñuñoa, Providencia, o como se llame el puto barrio alto donde vive en Santiago. Eso es simplemente paja de burguesitos chilenos, y yo abomino de eso. América Latina sigue siendo un continente rural y urbano con enormes contradicciones, pero eminentemente rural e incluso suprarural, porque casi un 50 por ciento del continente latinoamericano todavía no vive la realidad sociológica, económica y demográfica que permita decir que mucha gente pertenece a un determinado estamento rural. Porque todavía hay sociedades primitivas, todavía hay sociedades que no conocen siquiera la rueda, esas ciudades que no conocen lo que hoy día se llaman las telecomunicaciones. Cuando estos tipos de este pretendido «Mc Ondo» adoptan para ello la famosa tesis de la aldea global, caramba que no existe, porque una choza de caña y barro con una antena parabólica en el techo no sume a los habitantes de esa choza en el famoso mundo de la aldea global. Por el contrario, los aleja aún más por medio de una información que desinforma, a través de una información que no está descodificada para el estamento que la va a digerir. Y no estoy sólo en esto, me planteo dentro de un panorama de escritores. ¡Aquí establezco una diferencia muy grande, yo no soy un escritor chileno y no quiero ser jamás un escritor chileno!

¿Por qué?

-Yo soy un escritor latinoamericano porque conozco muy bien mi continente, porque amo mi continente y porque me saqué la basura del patrioterismo de encima. Ser chileno, ser mexicano, ser peruano, ser boliviano, etcétera, para mí es exactamente lo mismo y no me molesta tener el pasaporte de cualquiera de esos países, los quiero a todos por igual. A la hora de la preferencia sentimental, me siento mucho mejor en México que en Chile obviamente, porque los mexicanos tienen cojones y los chilenos no; porque yo estoy con los mexicanos en los sindicatos, en la calle, porque estoy con los mexicanos en el campo, porque soy amigo personal del “sub”, por ejemplo, y sé perfectamente lo que aquello significa. Me siento mucho mejor realmente entre ellos y no quiero ser ni soy un escritor chileno, simplemente porque sería encerrarme a mí mismo en una realidad terriblemente mezquina. Chile es un país, lamentablemente, condenado a estar prisionero: la cordillera, el mar, el desierto y el polo sur. Lo que hay en el medio es hermoso, pero no basta, no basta. Porque la oferta continental es enorme, somos el continente más joven del mundo, tenemos la historia más reciente, aún no terminamos siquiera de estructuramos como tales, hablamos un idioma tan rico que hemos hecho la mayor de las contribuciones al idioma madre, que era el viejo castellano. Hemos conseguido, nosotros los escritores latinoamericanos, no los de «Mc Ondo», sino los que conocemos este continente, que ese viejo dialecto de pastores que era el castellano se transforme en un idioma de connotaciones universales. Respeto a García Márquez y a la gente del llamado «boom», e incluso a los anteriores al «boom», porque marcaron un hito muy importante del desarrollo normal y natural de nuestra literatura que empieza con Rubén Darío. Pero los otros, ese pretendido pijerismo no lo acepto y los ignoro absolutamente.

¿Y acepta Macondo, con todo el estereotipo que de allí se deduce para América Latina?

-Creo que se marcó un estereotipo, pero quienes marcaron el estereotipo fueron los imitadores del estilo de aquellos grandes maestros, los imitadores de Carpentier, los imitadores de García Márquez, los imitadores de Onetti. Yo me alejé voluntariamente de la posibilidad de escribir en la línea del realismo mágico, aunque era casi una imposición. Recuerdo los años ’78, ’79, o en los ochenta, cuando yo acudía por primera vez a las editoriales españolas con un manuscrito, y la primera pregunta que me hacían era «¿cómo quién escribe usted?». Es cierto, había un estereotipo planteado, pero si miramos la literatura escrita por los grandes maestros como Gabo, hay una reflexión y una interpretación poética de una determinada realidad en la que se privilegia el elemento mágico y donde, para mi disgusto, se privilegia la anécdota por sobre la verdad objetiva, por sobre la posibilidad de una aproximación más o menos coherente y concreta a ciertos aspectos de la realidad.

¿Ese es su reparo al realismo mágico? ¿Por ello su alejamiento de esa tendencia?

-Sí, y creo que descubrí casualmente que se podía escribir una literatura que se sustentara en la magia de la realidad, es decir, invertir las cosas, presentar la realidad que va indudablemente dotada de una tremenda dosis de magia, pero no era necesario hacer volar muchachitas que estaban tendiendo ropa. La parte mágica, la parte del milagro que es inherente al espíritu latinoamericano se daba a través de otras cosas. Por ejemplo, a través de la reflexión del hombre del medio natural que lo rodea, o a través de los infinitos mecanismos de supervivencia que es capaz de inventarse el ser humano en condiciones determinadas. Eso determinó un poco la línea de mi alejamiento. Sin embargo, sigo considerando que ese tipo de literatura, la de Carpentier, García Márquez, Onetti, Rulfo, sigue teniendo una validez enorme. El problema de quienes condenan a priori aquella forma de hacer la literatura… ¡no sé! Yo me atrevo a condenar algo cuando demuestro que lo puedo hacer mejor, si no, me callo la boca.

Volvamos al tema de Chile, usted es heredero de determinados escritores chilenos, por ejemplo, Coloane, por quien se jugó en un rescate desde Europa. No es un parricida en tanto una tradición literaria y ante determinadas voces. Y el tema de la identidad para un escritor es importante, aunque tenga al mundo como patria. ¿Qué le molesta de Chile, qué pulga le pica tanto?

-Es muy simple, creo que soy un hombre que objetivamente tiene muchas patrias. Nací en un lugar donde el mundo se llama Ovalle, donde el mundo se llama Chile. León Felipe dijo ‘nuestro oficio no es nuestro destino’, y yo creo que nuestro lugar de nacimiento no tiene por qué ser una maldición. Hay cosas que prevalecen en mí, la paternidad literaria es una de ellas. Yo no sería un escritor si no hubiese tenido la fortuna de haber leído de muy joven a Coloane, a Droguett, a Lautaro Llancas, a Juan Godoy, que fue profesor mío, a Pablo de Rokha. Tuve maravillosas clases de literatura con el viejo De Rokha, cuando descarozábamos guindas para hacer los enguindados, picábamos apio para hacer los apiados, y entre medio me decía: ‘ahora, compañero, le voy a hablar del caballero Goethe y le voy a hablar del caballero Góngora y le voy a hablar del caballero Cervantes’. Nunca podría renegar de aquellas paternidades literarias. Pero, al mismo tiempo, tenía la paternidad literaria de un Jack London, de un Hemingway, y tenía la paternidad literaria de un Rulfo. De una cantidad de individuos que me hicieron abrir los ojos y me llevaron a un deseo vehemente de salir de Chile para ver cómo eran los lugares al otro lado. Soy un individuo con muchas patrias, o tal vez con ninguna. Indudablemente, quiero mucho a mi país, pero no daría la vida por él.

Pero estuvo a punto de darla.

-Estuve a punto de darla,pero no por mi país. Estuve a punto de darla por la posibilidad de mejorar las condiciones de vida de ese país, pero no por el país en abstracto. La palabra patria me es obscena, la palabra patriotismo, peor. Es un razonamiento de un anarquista a la vieja usanza. Tengo muchos lectores en Chile, y lectores como esos indudablemente me hace sentir cercano a ese país, soy profeta también en ese país. Pero, distinta ha sido la reacción de la llamada opinión literaria chilena, porque crítica no existe, en Chile existe solamente alabanza o destrucción. Y, además, está la respuesta del estamento oficial de la cultura chilena que siempre me ha ignorado olímpica y absolutamente, y yo sé por qué, porque soy una figura molesta, porque soy una pulga en la oreja.

Finalmente, usted está trabajando en un libro sobre Manuel Rodríguez. ¿Por qué ese personaje que además representa a la memoria olvidada de Chile?

-Es la figura del impugnador, es el único personaje de la historia de nuestra independencia que manifestó un desprecio absoluto al poder. Y me resulta atractivo en tanto un ser marginal. Manuel Rodríguez no pertenece a ninguna de las bandas o cofradías o’higginianas o carrerianas de su tiempo, es un individuo que va solo por la vida, va solo con un ideal independentista muy bien fundamentado y cimentado por toda la educación enciclopedista, con una concepción humanista de la vida y del mundo. Pero, lo paga caro, es el primer desaparecido de la historia de Chile, su asesinato es un asesinato eminentemente político que es ocultado durante muchísimos años. Investigando en la Biblioteca Nacional de París, me encontré casualmente con una correspondencia inédita de Manuel Rodríguez, eran unas cartas con un gran contenido erótico dirigidas a ciertas damas que según la historia eran las señoras o las amantes de otros próceres de la independencia americana. Una es Manuelita Sáenz, oficialmente ella era la amante de Bolívar y también de Sucre. Para mí esta novela es un desafío porque se trata del homenaje al irreverente, al rebelde, al tipo que despreció el poder y, también, al primer desaparecido de la historia de Chile.

Faride Zerán, Diciembre 1997 * Desacatos al Desencanto. Ideas para cambiar de Milenio.

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