Los años de la serpiente

El veneno infame que se inocula en el insomnio más cansino

Francisco Marín Naritelli

Los años de la serpiente, Antonio Ostornol

Ceibo, 2016

“Escribo cartas, ergo sum”. Todo parte con una carta, una excusa, un par de líneas. Lo familiar, lo inconcluso, el recuerdo y sus retazos, la melancolía, entre vino y cigarrillos. Una noche de melodías fantasmagóricas, la melodía rotunda del fracaso, donde un padre le escribe a su pequeña hija, como si le escribiera a toda una generación torturada, exiliada, hecha desaparecer. Una generación que pronto descubrió que las utopías eran truncas y solo quedaba el panorama desolador de una larga dictadura.

“Durante un año escribí cartas a Chile como si asistiera a un rito de consagración. Fueron textos inverosímiles: poemas, cuentos grotescos, historias fantásticas, balbuceos infantiles, reminiscencias de antaño, utopías descabelladas. Sueños, muchos sueños. Y pesadillas” (pág. 20-21).

Los héroes han perdido su heroicidad. Corrompidos por el peso del horror y las delaciones, han sido defenestrados de lo más alto del Olimpo. El personaje principal de Los años de la serpiente (Ceibo, 2016), de Antonio Ostornol, también lo está. Oscuro, decadente, nada límpido. Traidor, fugitivo, borracho. Más cercano a las tribulaciones que a las certezas, las cartas que escribe Antonio Torres y que nunca enviará son la constatación de una falta, lo ausente. Exiliado de su propia tierra, de Bárbara (su hija), de Andrea (su mujer), en definitiva de aquella esquina azul (una verdadera Ítaca añorada), solo queda rememorar la pérdida. Una y otra vez. Porque no hay futuro. Porque el pasado es impetuoso, nada servil, entre “el silencio y la sobrevivencia” en un París demasiado agreste, ajeno y colosal.

“Comprendo, con la convicción de un corvo que atraviesa una garganta, que este viaje mío de trasmano es como si me arrancaran un millar de células, tan arraigadas, que nunca pudieron ser contadas y se quedaron agazapadas esperando que alguien las diera a luz. Este viaje las estaba pariendo. Pero no era el nacimiento dichoso de una nueva vida, sino más bien el testimonio trágico de una muerte” (pág. 45).

 

La experiencia del destierro es una especie de muerte o de castración. La resaca final del movimiento de la historia. Todo se detiene para el personaje aun cuando el goce y el juego aparecen como distractores, tenues bálsamos, el mero condimento solaz (Nicole, su belleza caucásica, la summa potestas de un imaginario demasiado cultural, “de los coloquios intelectuales o políticos, de psicoanálisis y terapia transvanguardista”, incluso el binomio progre y primermundista de Jacques y Martine o la sonrisa solidaria de Marie Claire, al otro lado de la ventana), contra una realidad del todo implacable, sin ninguna esperanza de la cual echar mano. Ajeno a la partitura de un mundo nuevo, el día a día se presenta como un eco impropio, desagregado.

“No poseo historia. Ni pretensiones históricas. No estoy triste, hija mía, aunque la tristeza sea parte de mis sentimientos” (pág. 101-102).

Un camino sin retorno para Torres y para todos los Torres posibles, marginados de la eternidad, impedidos de la “grandiosa misión de transformar el mundo”, de la Revolución, del Socialismo, del “camino inmaculado de la redención”, porque la tragedia ya ha acontecido, y “el origen de cualquier tragedia es siempre una traición”, como nos advierte el poeta Raúl Zurita como epígrafe de este libro.

“Soy un texto que se compone de sucesivos e inconexos momentos. Un verdadera receptáculo de historias pero saturado, excedido, sobrepasado más allá de sus límites. Por eso esquivo horarios, confundo citas, traspapelo referencias. Soy un conjunto inexcusable de anotaciones mal construidas. Soy un pésimo texto, concluyo abortado, consumido en proyectos frustrados, terrores nocturnos y síndromes de olvido” (pág. 157).

“Mal de dictadura”, llama Antonio a su depresión. Y en no pocas noches, una pesadilla que se repite: soñar con serpientes. Fúlgidas y arteras, coronaban a un gigantesco animal de siete cabezas descomunales, “de lenguas como tridentes y orejas azuzadas, y unos colmillos solitarios pero feroces, enrojecidos por las llamaradas que la bestia expelía en cada una de sus atronadoras expiraciones” (pág. 71).

La metáfora del título del libro pareciera ser explícita en este punto. Puesto que la mordedura de algunas serpientes puede ser venenosa, Los años de la serpiente no es más que el testimonio de una extensa agonía, el veneno infame que se inocula en el insomnio más cansino, casi como una mala película, de aquellos que pretendieron cambiarlo todo y terminaron asumiendo inevitablemente la derrota.