LA DAMAJUANA DEL VECINO PABLO

de Federico Gana Johnson

Ya nunca voy a entender (y dudo que alguien pudiera, de saber los antecedentes) el por qué y el cómo de la amistosa relación entre el poeta y mi padre, don José Gana Subercaseaux. Tampoco nunca lo entendió mi madre, doña Perla Johnson, cuando veía llegar (generalmente tarde por las noches) a su famoso vecino del barrio a instalarse en el pequeño bar de la casa de Simón Bolívar con Vicente Pérez Rosales, en la comuna de La Reina. Era inequívoca la manifestación de molestia de la dueña de casa frente a la visita, que entraba generalmente con sus “bototos” embarrados y cubierto con una chaqueta grisácea de lanilla envejecida, con fuerte olor a humedad y que depositaba desenfadadamente en el sofá.

Yo, recién entrando en el mundo del periodismo al comienzo de los sesenta, observaba embelesado al vecino famoso, al que se le debía tener miedo. Eran los años en que prácticamente todos los días figuraba el poeta en alguna polémica, algún comentario controvertido o por elocuentes reconocimientos no tanto a su obra sino también a sus posturas frente los demás y frente a la sociedad. Amor y odio, abrazados. La doble manifestación de aplausos y críticas me hacía sentir que a mi hogar entraba quien había animado mil veces un áspero diálogo público con Neruda. Era quien, un par de años antes, había recibido nada menos que el Premio Nacional de Literatura y eso, a mi juicio, le daba permiso para que entrara como Pablo por su casa. Así llegaba a conversar con mi padre el hombre de sombrero ancho, de cuerpo grande, grueso y de modales bruscos que continuaba su vida embargado en el dolor por la partida prematura de su esposa y la multiplicación del sufrimiento derivada de la muerte de su hijo Carlos, acontecida pocos años antes de estas visitas.

Eran bastante periódicas estas apariciones. Y, como de costumbre, él y mi padre servían sus copas directamente de una damajuana que permanecía, silenciosa, bajo el mueble del bar arrinconado en la sala de estar y cerca de la chimenea cuyo fuego se mantenía todo el día.  

El 19 de octubre de 1966 Pablo de Rocka fue nombrado Hijo Ilustre de Licantén y mi padre, que ya estaba jubilado tras 30 años de labores como empleado particular, acompañó a su amigo del barrio a las festividades artísticas y principalmente gastronómicas que esa distinción prometía, en la zona del Maule. Los amigos regresaron dos o tres días después. Traían una damajuana sin etiqueta ni denominación alguna, como cualquiera otra. Henchida seguramente de fieros mostos artesanales.

Nadie nunca podrá explicar lo que ocurrió la siguiente vez que Pablo y José se juntaron a conversar, en el bar junto a la chimenea de casa. Luego de cumplir ambos la destructiva costumbre de tirar al fuego papeles garabateados con frases poéticas la visita y bocetos caricaturescos el dueño de casa, se destapó la damajuana maulina y se llenaron las copas de lo que parecía ser un preciado vino pipeño. Notaron que, esta vez el mosto se veía más grueso, más oscuro y de mucho más cuerpo que lo habitual.

Fue ahí que cambió el mundo animado de la conversación. En Licantén alguien para manifestar aún más cariño y admiración por el flamente Hijo Ilustre se había esmerado llenando el envase envuelto en mimbre, con el mejor aceite comestible de la zona. Perfecto regalo para el homenajeado, en tiempos en que el aceite de mesa era escaso y caro en el país. El mismo Diablo que impregnaba a la existencia de Pablo una nebulosa disgregación, desencanto familiar y carácter violento y rebelde, esta vez había querido sonreír, levemente.

A mi madre sí le debe haber gustado lo ocurrido pero habrá guardado silencio. Ya lo dijimos, al terminar los años sesenta el aceite casero era considerado, dada su escasez y precio, como producto de lujo para la mesa chilena.