Escritor Rodrigo Ramos Bañados: «Los mismos que bombardearon La Moneda, hoy se escandalizan por unas molotov»

Sin filtro y menos provisto de las imposturas intelectuales que son la marca de los rencores gratuitos, el narrador antofagastino concede una mirada que abarca desde el cinismo de la élite neoliberal acomodada (tanto de izquierdas como de derechas), hasta del simbolismo que representa el Presidente Sebastián Piñera –al modo de un empresario victorioso en el Chile actual–, el autor de la novela «Ciudad berraca» analiza al país de los incendios y de las luchas voraces, a la sociedad atribulada que predijo en las páginas de esa obra inquietante.

Por Enrique Morales Lastra


Rodrigo Ramos Bañados (1973): una de las mayores revelaciones de las letras chilenas de los últimos años, busca un trabajo legal y remunerado que le permita dedicarse a escribir sin sobresaltos. Periodista de profesión, el autor de la novela Ciudad berraca (Alfaguara, 2018), título en donde describe a una urbe apocalíptica nacida de las convulsiones y estallidos sociales propios del racismo –en respuesta a una masiva oleada inmigratoria, venida desde el Pacífico norte sudamericano–, fue, antes de transformarse en ese constructor de ficciones semánticas, un hombre que se hizo a sí mismo, un descubridor de los lenguajes callejeros, a través del recorrido de un experimentado reportero de la crónica roja nortina, y el cual laboró en los periódicos más importantes de la cadena de mass media perteneciente a la familia Edwards del Río, a lo largo de la provincia autóctona: El Mercurio de Antofagasta, y El Mercurio de Valparaíso.

Crítico infatigable de las transacciones de una izquierda liberal –a la que no trepida en calificar de «amarilla» y de «ondera»–, el narrador de Alto Hospicio (2009), Pop (2010), Namazu (2013) y Pinochet Boy (Narrativa Punto Aparte, 2016) también zarandea por igual a la figura del Presidente Sebastián Piñera, y a los hitos de su trayectorial civil, en tanto exitoso, «vivo» y ganador empresario: para qué adelantar lo que piensa de los «Evópolis»…

Sin temor a la polémica cultural sincera y honesta, esta entrevista posee el aroma de una conversación de bar incandescente: si ni hasta el progresismo que defiende a algunas minorías, se salvó de su potente mirada, en cuanto a constituir los códigos de una creación escritural, que en su opinión, no se validan con los argumentos necesarios para inspirar las luchas de un pueblo, sobre esta hora crucial. Así, de sus libros, del estado político y actual del país, de los significados de estos temblores sociales que nos remecen, de su valoración en torno a la denominada Nueva Narrativa Chilena, y del quehacer literario inserto en una perspectiva global y de fondo, habló con la sabiduría de un sobreviviente, frente a las preguntas que se le formularon:

—Al leer tu última novela se aprecia más que a una ciudad, a un país entero, a ese Chile de élite progre, mente abierta, acomodada, neoliberal, cercana a los jesuitas, que hasta antes del estallido social se persignaba en las Cartas al Director de El Mercurio (aquí en El Decano de Antofagasta…), y que le rezaba estampitas al sacerdote católico Felipe Berríos. ¿Se podría titular la obra, entonces, País berraco?

—En toda las ciudades de Chile, debe estar bien marcada esa “élite progre” que les llamas. Digamos que antes de octubre, pensaba como muchos que habíamos asumido que no había por donde transformar algo. Que cierta izquierda andaba más preocupada de comer sano para no afectar al planeta ni diezmar a las vaquitas, etcétera. El Frente Amplio era como un grupo ondero de zurdos del Parque Forestal, que quería cambiar el mundo bebiendo cerveza artesanal. Era una como una izquierda de país desarrollado, de Noruega, con una carencia de calle, salvo Lastarria. Hasta habían aparecido los Evópolis, como una derecha con vaselina. En Antofagasta, “la élite progre”, adoptó el discurso pro inmigración, con el cura Berríos como bandera. Antes del cura nadie conocía el drama de los campamentos en Antofa, en todo caso. Hoy se valora mucho la consecuencia, y el cura por lo menos la tiene, al vivir ahí, hacer votos de pobreza a pocos metros de un vertedero.

A mis cuarentaitantos, yo estaba sumido en mi madorra zurda amarillenta tipo The Clinic, desde la comodidad del escritorio con vista al mar, hasta este octubre rojo (como el disco de los Redondos). Ese zurdismo amarillo en todo lo desarrollo en la novela Pinochet Boy. En Ciudad berraca, más bien describo esas ganas de la izquierda amarilla por buscar desesperadamente una causa para sentirse parte, una causa que no les demande mucho en todo caso. Y así apareció la inmigración en Antofagasta, dando la posibilidad de ser un buen zurdo.

Mi viejo –que a través de la editorial Quimantú (la nueva), hace ferias de libros en las poblaciones de Santiago– me advirtió hace un par de años que se estaba gestando de manera potente un movimiento social. Faltaba la mecha, me dijo. Y llegó octubre.

—Uno de los argumentos de tu libro es el tratamiento del fenómeno inmigratorio, ¿cómo se siente aquello, después del estallido social del 18 de octubre de 2019, específicamente en Antofagasta (ciudad donde tú vives, ambientas tus creaciones literarias y una de las más afectadas por este ciclo)?, ¿se les culpa a los migrantes colombianos que la habitan y copan, de algo al respecto? Te lo pregunto en tanto tu condición de novelista… pero también de periodista.

—Antofa es una ciudad absorbida por la minería. De un día para otro –del 90 en adelante–, el boom minero impactó en la medida que permitió a muchos a acceder a beneficios impensados. Un carrera social no vale, ni valdrá, un peso en Antofa, a diferencia de una técnica o una ingeniería. Un soldador puede ganar el doble que un sociólogo, por ejemplo. La “generación Escondida” comenzó a consumir como Pacman. Cambió la piel del comercio, etcétera. Subieron los precios. Pagamos el pato, al menos, un 70% de los habitantes de la ciudad que no estábamos en la minería. La minería, a su vez, influyó en todas las autoridades políticas, sin excepción, con un costo alto para el medio ambiente. En una potente inmigración interna, personas de toda el país arribaron con la ilusión de trabajar, ganar plata y luego regresar a su ciudad de origen. La mayoría no tuvo suerte, pero se quedó en la ciudad. La voz se corrió y llegó al valle del Cauca, en Colombia. Y así, nos encontramos en 2015, con un inimaginado arribo de colombianos en busca de trabajo. Los colombianos, provenientes del Valle del Cauca y del Pacífico, se instalaron en la periferia. La estrechez geográfica de la ciudad hizo visible los campamentos en forma de cordón. La relación conflictiva entre chilenos (antofagastinos) y colombianos, puede resumirse en prejuicios absurdos. En una ciudad hecha a la medida para la “generación escondida” –con un costo de vida alto–, cuesta sostener una calidad de vida aceptable. Un familia de cuatro personas necesita al menos 800 mil para vivir levemente tranquilo, con acceso a educación municipal. La mitad de los 800 mil se van en un arriendo; el resto es para alimentarse. El Estado no garantiza nada, ni salud y ni siquiera una vivienda digna, y ya hay bastantes en la fila. El estallido es más potente en Antofagasta, en comparación a otras ciudades, es porque hay mucha frustración acumulada. Antofagasta es  una ciudad que sólo unos pocos tienen el privilegio de disfrutar.

Se lee al final de Ciudad berraca«Los cerros ardían en llamas que iban avanzando entre las casas (…) El incendio había sido originado por un espontáneo grupo de chilenos, medio borrachos…». En varias urbes del país ha sucedido (lamentablemente) lo que se describe en esa oración, desde hace unos meses hasta hoy, mientras te hago la pregunta, ¿qué explicación artística y narrativa tienes sobre el asunto?

—Una interpretación del fuego bastante conocida es la de la purificación, de la limpieza, del borrón y cuenta nueva. Quemar todo lo malo, y renacer. Aquí en el norte, Tocopilla y Antofagasta, todos los Años Nuevos se queman monos como tradición. Este año el mono más quemado fue la de Piñera.

En el caso de la novela, el propósito de grupo de xenófobos pasados a KKC era quemar los campamentos de los colombianos, hasta que se desaparecieran; lo que simboliza la intolerencia de un sector de chilenos hacia los inmigrantes.

En Antofagasta, en el estallido social, el fuego ha consumido el comercio, algunos monumentos, iglesias y hasta una locomotora de la empresa de Luksic.

En el marco de un cabildo, escuche a un señor diciendo que quemando se avanza, porque el fuego, que es visible, mete susto a las autoridades. Quien quema, refunda, contestó otro. Lo de hoy es una fogatita, en comparación a la quema de un país, de un época, con el simbolismo de La Moneda en llamas. Luego la quema de libros por los milicos, las antorchas de Chacarillas o la quema de los jóvenes en las protestas de los 80, como mensaje que si siguen en la calle, manifestándose contra el dictador, toda la juventud terminará quemada. La dictadura y la derecha incineraron y refundaron el país a su medida. Y hoy, los mismos que bombardearon La Moneda se escandalizan por unas molotov.

Hasta antes del denominado estallido social, tu obra era considerada esperpéntica y tragicómica, según un sector de la crítica especializada, ahora, en cambio, podrías ser un autor en clave neorrealista y hasta documental en cierta forma. ¿Sientes la satisfacción de la concreción de una triste (en este caso) convicción artística, al haber vaticinado en las páginas de tus libros (pienso en NamazuPinochet Boy, en la misma Ciudad berraca), el descalabro moral y humano sobre el cual caminábamos?

—Mis novelas, unas más esperpénticas y tragicómicas, que otras, tienen el lazos comunes que exhiben con crudeza el presente del llamado Norte Grande, tal cual la he observado y vivido. Namazu encaja en una narrativa de “pueblos abandonados”, en este caso, la ciudad de Tocopilla; sobre “winerismo” de la minería y de la derrota de todo lo no relacionado con ésta, trata Pinochet BoyCiudad berraca, por su parte, es sobre el conflicto de la inmigración en Antofagasta. Enhorabuena si pueden haber vaticinado el descalabro en el que estábamos. El sentido de estas novelas, como de Alto Hospicio, que en clave de novela negra aborda los femicidios de un sicópata, y Pop, sobre la frontera de Tacna y Arica, es finalmente universalizar a seres humanos que sobreviven en un territorio inhóspito donde el dinero piensa y dirige.

—¿Cuál es el Chile que explotó y que agoniza en estos días turbulentos, el de Pinochet y su Constitución de 1980, o el de Ricardo Lagos y su Carta Fundamental de 2005?

—Lo de Lagos fue un maquillaje a la Constitución del 80, concebida entre cuatro paredes y votada por conscriptos que repitieron 10 veces su voto a favor. Lo del 80 fue fraudulento donde se le mire. Sabemos que la Concertación flotó en la inercia. La política se desprestigió, etcétera. Por lo menos si algo ganó la calle después de octubre es cambiar la Constitución, y hacerla más democrática. La nueva Constitución es un avance porque es seguro que ganará el Si en las urnas.

No obstante me parece urgente y fundamental cambiar el sistema de pensiones, que el agua no se transe en el mercado y así sucesivamente con una serie demandas de sentido común, nada más. El sentido común está en la calle, y en general, calle es lo que les falta a los políticos.

El personaje de Jean en Ciudad berracapodría ser cualquier joven chileno inventado (previa inspiración del entorno) por esos escritores de las generaciones anteriores a 1973, cuando el hambre y la dificultad misma de vivir, constituían los grandes temas de nuestras letras; tu literatura revaloriza ese concepto dramático que se creía perdido y enterrado por estas latitudes. ¿Tendrá ese muchacho sudamericano, la posibilidad de una redención (no de una venganza), en la supuesta sociedad «nacional» que nacerá de todo este proceso histórico y social, luego del 18-O?

—De partida no creo que nazca un Chile nuevo, para eso hay que incendiar La Moneda, desterrar a la derecha más reaccionaria y refundar el país, en una suerte de guerra con un costo demasiado alto. Ya sabemos como la derecha más extrema reacciona cuando se ve atorada. A pesar que asisten a misas o iglesias evangélicas, no tienen compasión y hasta rezan por los milicos.

Asumo que los cambios vendrán lentos. A Piñera supuestamente le quedan dos turbulentos años. Así como va con sus leyes de represión, quizás a finales de su mandato tengamos una ley que nos regule lo que publicamos en redes sociales.

Sobre Jean pienso que en 15 años, ya en la medianía de su vida, lo veo instalado junto a su familia en una casa de su subsidio en el sector Bonilla de Antofagasta, con frontis de no más de 3 metros y haciendo esfuerzos para llegar a fin de mes. Quizás a los treintantos ya sea abuelo. Ojalá que a esas alturas Jean, tenga la posibilidad de manejar como quiera sus ahorros para la vejez.

—¿Qué piensas acerca de que el total de tu obra, y de los personajes literarios que has creado, te hayan valido el elogio de ser comparado con el desparpajo del cubano Pedro Juan Gutiérrez, y que debido a la profundidad psicológica de esos seres de papel informados por ti, se te sitúe al lado del talento narrativo de ese Joaquín Edwards Bello (también periodista) autor de El roto y de Valparaíso?

—Me sorprendes con la comparación. Sé lo que significa la obra de Joaquín Edwards Bello como cronista, y Pedro Juan Gutiérrez. Sería feliz que me comparen con Fernando Vallejo, también. En general, no estoy actualizado a los alcances de mis libros puesto que vivo bastante lejos de la capital. Aunque de repente me llegan comentarios de lectores por redes sociales. En Antofa, no me gusta andar en la onda de literato. No me gustan las ferias del libro. Por mí, que no me inviten a ningún lado por literatura salvo a Iquique, donde tengo buenos amigos de las letras como Bustamante y Podestá.

—¿Qué buscas, entonces, con el ejercicio artístico y trascendente de tu escritura narrativa?

—Escribo sin esperar nada a cambio. El año pasado fue bastante prolífico. Escribí dos novelas en medio de mi trabajo, a cargo de una biblioteca de un colegio. Escribía más que trabajaba. Escribía más que hablaba, incluso. A fin de año, en la pega, me dijeron chao. Quedé cesante. A estas alturas me interesa buscar trabajos que me permitan escribir; aunque es difícil en una ciudad que privilegia lo minero. Sólo por los afectos de personas que quiero me mantengo en esta ciudad, que me llena de contradicciones. Si no, hace rato estaría viviendo en algún pueblo al interior de Iquique.

Una de esas novelas que escribí, se llama El Fondeado, y entre otras cosas es sobre un sobreviviente de Pisagua como campo de concentración. A través de El Fondeado logré la beca del fondo del libro 2020 en la Región de Tarapacá. La otra se llama Biblioteca Chicha, y, según me dijeron, cabe en el concepto de “narcocultura” o “narcoliteratura” –pronto se realizará un congreso de esto en Chile. La novela es sobre unos narcos que crean una biblioteca para lavar dinero. Espero este año publicar alguna de esas novelas, si no el próximo. No hay apuro. Tengo un proyectos de crónicas de frontera con la editorial Aparte de Arica, de Rolo Martínez, que verá luz este año.

—¿Pueden aportar los grandes periodistas y cronistas nacionales, esa visión de una calle cierta, verídica, y cruda, que a veces parece faltarle a las producciones literarias nuestras, por lo menos desde fines del siglo XX?

—No sé. Leo a Mellado, que no es periodista, y sus cuentos de Madariaga y otros, y es puro oído y calle. En Cristóbal Gaete, que es periodista, a través de Valpore, uno huele el Valpo crudo. Juan Carreño, que es poeta, tiene el libro de crónicas Ir a la trinchera. La notable La dimensión desconocida de Nona Fernández, puede leerse como la crónica de una época.

Creo que quienes hemos trabajado en medios escritos tenemos una cercanía mayor con la calle, por la misma búsqueda de historias del reporteo. Si hilas más fino, para ser cronista, además de escribir bien, hay ser sociable, pasar en la calle y tener un oído fino. Esa mezcla de calle, palpitaciones y poesía, hacen tan gloriosas y únicas las crónicas de Lemebel, por ejemplo.

Claramente hoy no son tiempos para novelas intimistas de problemas existenciales o de carretes gays de nuevos ricos. No. Más Manuel Rojas. Pienso en Patas de perro, de Carlos Droguett.

Hace poco leí un libro de crónicas sobre Caracas, recomendado por un librero venezolano en Antofa, que me dejó loco. Se llama Caracas muerde, de Héctor Torres. Buenísmo.

¿Cuál es tu valoración de la llamada Nueva Narrativa Chilena? ¿Qué le admiras? ¿Qué le criticas?

—Creo que fueron como las canciones de Los Tres. Llegaron en los 90, con una apuesta de la editoriales por la literatura nacional el nuevo país que dejaban los milicos. Y claro, se evitó el fresco horror de los milicos a cambio de una literatura más light. En ese época, mis libros favoritos fueron El nadador de Gonzalo Contreras por lo bien que estaba escrito y Tal vez hallan cuchillos de Pablo Azócar; otro gran libro Cobro revertido, de José Leandro Urbina, que abordaba el exilio. Tengo una amiga de Arica, Daniela, gran lectora, con la que coincidimos de que Cobro revertido debe reeditarse hoy. No sé si Fuguet, pertenece a ese lote, pero lo leí bastante también.

Y claro, apareció Los detectives salvajes del monstruo Roberto Bolaño y de algún modo, pasó de moda la Nueva Narrativa Chilena. Y, de pasó, se comenzó a valorar más la obra de Germán Marín, Diamela Eltit, Poli Délano o Díaz Eterovic, etcétera.

Como comunicador social y autor de una generación de escritores que abren la tradición literaria de Chile en este siglo XXI, ¿qué significados históricos, tienen para ti, los acontecimientos que sacuden a la República desde el 18 de octubre de 2019?

—Viene marzo. Sin embargo soy pesimista, al parecer lo dije más atrás, pues lo cambios profundos de una manera u otra implican muertes. Y no estoy dispuesto a ver de manera pasiva o activa, como se sacrifica parte da la juventud chilena por el bien común, cuando los grandes sectores productivos de este país, como los trabajadores de la minería, ni siquiera ha parado ni salido a la calle. Además, Piñera tiene tanto ego, que ni siquiera piensa renunciar. Ya es insostenible gobernar con un 6% de aprobación. Al igual que un dictador, más bien le interesa reprimir a través de las leyes, que avanzar en cambios sociales profundos. La posibilidad es apoyar un buen candidato en las próximas elecciones, y desde La Moneda proponer reformas profundas, aunque siempre estarán los oportunistas detrás como sanguijuelas.

Importante sería una asignatura valórica en las escuelas de “honestidad” o “probidad”. Hoy los niños salen del colegio a competir, a ser el más “winner”. La “viveza” muchas veces se premia. Piñera, por ejemplo, fue más vivo que Ricardo Claro, cuando se le adelantó con las tarjetas de crédito a Chile. Piñera se hizo millonario. Ese es nuestro presidente “winner” y “vivo”, y esa es su lección para muchos.