El Romance de Feliciana

de Blanca del Río V.
(En homenaje a Federico García Lorca)

Feliciana, la pastora
va atravesando las cabras
por el río Calle-Calle
por sus cauces y quebradas.
De piedra en piedra, saltando
Feliciana alegre canta.
El río se vuelve loco
al ver sus piernas tan albas.
¡Muchacha deja que lave
tu pubis de niña santa,
deja que enrede tu vello
entre mis dedos de agua!
Feliciana hace mohines
y corre tras las cien cabras.
El río corre tras ella
luchando por alcanzarla,
ora toca sus tobillos
ora lame sus sandalias.
Las cien cabras voltejean
viendo toda esa artimaña:
¡Feliciana, rápido huye!

mi niña querida arranca
que si el río detrás corre
es porque te tiene ganas!
Feliciana se tropieza
en esa loca algarada
Se enriza el río y la coge
y la baña con su baba,
la ropa le pega al cuerpo
con  sus pezones se ensaña
uno a uno sus cabello ,
él con su lengua separa,
su sexo de virgen niña
horada con sus mil garras.
Feliciana llora y llora
al verse tan ultrajada,
se levanta y tambalea,
 tambalea y se  levanta.
Logra por fin escaparse
escalando la montaña:
el río queda con hambre
del cuerpo de Feliciana.
¡No llores niña querida!
suben gritando las cabras.
¡Feliciana, tú no llores,
que los ríos son de agua!

            Con justa razón, este poema en apariencia muy sencillo, al ser leído por numerosas personas, mereció elogios de inmediato. No dejó sí, de sorprenderme, la falta de un juicio o de una opinión fundamentada que respaldara el porqué de esas positivas percepciones.

          ¿Qué es lo que hay en él y cuál es la razón del de la profundidad con la cual ha sorprendido a sus lectores? 

          Digamos, en primer lugar, que el poema en su composición o forma métrica es un impecable romance de versos octosílabos y rima asonante en los versos pares, tal como en España toma su forma definitiva durante los siglos de oro. Esta forma de componer es tan propia del idioma español que sin advertirlo la hemos asimilado desde nuestra infancia, en rondas, juegos y canciones infantiles.  Aquí una primera cercanía a nuestra sensibilidad receptiva tal vez del todo inconsciente. Los romances que se desarrollaron a partir de los primitivos cantares de gesta, fueron poco apoco incorporando motivos y elementos líricos; nunca desaparecen de la poesía española. Su forma es familiar, conocida de la cultura literaria y así la aceptamos amigablemente.

         En este Romance de Feliciana hay otros factores que facilitan al lector el encuentro con la expresión artística de Blanca. La personificación del río, su segundo asunto notable, nos remonta a la tradición clásica, donde el dios río, en un memorable pasaje de La Ilíada, se rebela contra Aquiles, cansado de la putrefacción que envenenaba sus aguas con los cadáveres de troyanos y griegos  pudriéndose en ellas.  Un río que reclama la pureza y transparencia que se le niega. Justo aquello es lo que persigue el río que se empeña, para lograrlo, en apoderase de la doncellez de Feliciana. He aquí otro fuerte enlace con la más antigua tradición literaria: La participación del Río como protagonista o antagonista de una narración.

          Después podemos situar perspectivas más cercanas. Entonces, un tercer acierto, su enlace con los elementos de río y amor tan cercanos a los romances de F. García Lorca, pero elaborados con una originalidad a toda prueba.

         En esta misma línea se inscribe su parentesco con los romances de nuestro gran Óscar Castro. (Imposible olvidar su cabra que al balar perfuma el aire con aroma de albahacas) y numerosa poesía popular criolla. (Paisajismo, exaltación de la naturaleza y el ser humano sumida en ella).

        En todo caso lo anterior no explica, no es una razón esencial. Al continuar la narración se advierte una intensidad dramática creciente. La peripecia de Feliciana va exacerbando la sensibilidad del lector. La sensualidad que envuelve todo el relato la intensifica y de pronto… el desenlace de total distensión y tono risueño que cambia la tonalidad trágica a la de comedia. También el lector sonríe, porque advierte que un poco se estaban riendo de él con finísima y delicada ironía. No podía ser tragedia ni drama. El momento justo durante el cual una adolescente advierte que ya es una mujer, que terminó su etapa de muchachita pastorcilla (otro motivo clásico con tanta excelencia desarrollado por Cervantes).  Mantiene su doncellez, pero reconoce ya su sensualidad. El baño del agua del río con el cual calma su primer ardor bautiza su nueva condición de Mujer.

      Todo un gran logro.

       Sí, se puede ser absolutamente original asumiendo toda la tradición, pero hay que tener talento y Blanca lo demuestra.

Renzo Rosso Heydel

Profesor, Poeta.