Aquí no ha Pasado Nada

«Obvio que Dios es cuico», dice Ana, lesbiana ABC1 que de inmediato nos interna en una de las vetas predilectas del director: la injusticia de clases, porque medio en broma medio en serio, a Dios le da lo mismo que una chica sea lesbiana si es que proviene de buena cuna. Hasta en este ínfimo detalle se nota la mano prolija de Fernández Almendras en un guion que no deja cabos sueltos. Independiente del paralelismo con la historia real en que está basada la cinta, ésta se sustenta en tres temas angulares: endogamia social; confabulación de dinero y poder; y sistema judicial corruptible, este último tópico ya abordado en «Matar a un Hombre» (2014) donde la justicia no llegaba a las clases bajas (sistema excesivamente garantista), en cambio, en esta película el dinero permite manipular la verdad, orquestar sus propias coreografías, favor se paga con favor y aquí no ha pasado nada, debido a que la víctima ni siquiera puede considerarse un ciudadano, sino un pobre diablo que tuvo la mala ocurrencia de toparse en el camino del hijo de un prominente político perteneciente al selecto club de la aristocracia criolla. El muerto tampoco tiene nombre, mientras los involucrados en el crimen (perdón, la infracción a la ley) tienen nombre y apellidos. La endogamia social es patente cuando el grupo de amigos de Manuel Larrea cierra filas ante el incidente (atropello), consultan al padre abogado y deciden inculpar al advenedizo, Vicente Maldonado, un chico de su misma clase, pero no tan poderoso ni adinerado como los Larrea. Vicente no es un santo, bebe en exceso y definitivamente no se hace cargo de sus acciones (el director es implacable en su visión de la clase alta). Si la chica con que sale quedara embarazada, posiblemente no se haría cargo. Él quisiera hacer frente a la injusticia (Manuel Larrea era quien conducía en entado de ebriedad), pero en definitiva le gusta la fiesta y andar a la deriva. Tampoco es muy brillante, no se da cuenta de que su madre también ha sacado una tajada (plusvalía de propiedad) con todo el entuerto en que se vio involucrado. Fernández Almendras muestra la cobardía de los hijos del dinero al nunca ser ni sentirse responsables de la muerte del hombre. Prefieren echarle la culpa al que está fuera de su círculo mientras Vicente, por su parte, se siente burlado, pero sigue asistiendo a las fiestas de los Larrea. El muerto no importa, no pertenece a su clase social. Para ellos la culpa no existe, a pesar de ser católicos: si no hay culpa tampoco debe haber castigo. Contratan a un penalista al que le dicen el Perro Barría, un Luis Gnecco que sostiene un diálogo esclarecedor con Vicente. Gustavo Barría es el abogado de los poderosos, ni siquiera esconde demasiado sus propósitos, simplemente insiste en el lado práctico de que Vicente se declare culpable. El casting es muy acertado, también los diálogos de los chicos ABC1. Es interesante que, a pesar de que el punto de vista (evidente desde la introducción de los créditos) se sitúa en Vicente, en todo momento tenemos clara la voz del director, no siendo obvia sino elegante, mérito del guion. La entrada y salida del largometraje insinúa un mundo sin responsabilidades, culpas ni castigos, un ambiente si se quiere nihilista, el bajo profundo de la música es lo único que nos avisa que vamos a ser testigos de un conflicto. «Aquí no ha pasado nada» es la primera cinta en que Fernández Almendras cuenta con recursos económicos adecuados para llevar a puerto su propuesta y se nota, no sólo en los actores de renombre, sino también en la calidad material (sobre todo sonido) que era el punto al debe de sus cintas anteriores. Esta vez el director abandona los planos fijos, en cambio recurre a los fuera de campo y echa mano a una banda sonora de lujo que utiliza el funky, música suave y relajada, telón de fondo perfecto para dejarse atrapar en esta telaraña.

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