Transcribimos algunos párrafos del texto de Jaime Bergamin Leigton titulado “Francisco Coloane, escritor anfibio”. 

Radicado en Santiago, trabaja de periodista y se dedica de lleno a la escritura. En 1945 aparecen tres obras suyas: «Los conquistadores de la Antartida» (novela juvenil), «Golfo de Penas» (conjunto de cuentos) y «La Tierra del Fuego se apaga» (drama en tres actos). Esta última fue estrenada en Santiago en 1956 y llevada al cine en Argentina.

De él y su mundo, el escritor Jorge Edwards dijo: Son seres, los de Coloane, que sólo confían en sus propias fuerzas, en sus habilidades, en su astucia, y que no esperan nada, con motivos casi siempre bien fundados, de la mano administrativa. Viven lejos de los gobiernos, en una situación de relativa anarquía, y se las arreglan para sobrevivir. Al mismo tiempo, la muerte es una presencia familiar, un aspecto cotidiano de la vida. Si no se resuelven los problemas con habilidad, con lucidez, con firmeza, la muerte es la consecuencia casi segura. Y los vivos siguen su navegación, su expedición, su cabalgata, lo que sea, sin inmutarse demasiado.


Por su parte desde España Javier Goñi declaraba que «la escritura de Francisco Coloane oxigena, purifica, emociona, y agrega: es como una bomba de oxígeno que estalla en el corazón de lector, causándole una gratísima sensación embriagadora y narcotizante». Como el aire de esa Patagonia que amara más que a su Chiloé natal, ese aire aun puro a pesar de los agujeros en la capa de ozono, el turismo y la «privatización de sus mares» que acaba de firmar el gobierno de la presidenta Bachelet a modo de despedida.
Como hombre recto que en sus jóvenes correrías por tierras fueguinas viera morir indígenas asesinados por peones y capataces, siempre militó en esa izquierda fuerte y combativa de su juventud, consecuencia que lo llevaba a ser el único, junto a la actriz Ana González, que en lo más violento y represivo de la dictadura pinochetista, podía andar por calles y bares denunciando a viva voz sus excesos. Ni los más encallecidos de los esbirros tuvieron el coraje de encarcelarlo.

En Santiago, a raíz de la masacre de la Plaza Bulnes en 1947, ingresé al Partido Comunista y, aunque no soy un militante activo, sigo fiel a mis principios. Creo en una mejor vida para todos, en que haya libertad y justicia, valores muy manoseados actualmente. Observo que los elementos de depredación inherentes al alma humana prevalecen por sobre aquellos que protegen al ser.

Pero aquí tenemos que hacer un «paréntesis» en su biografía para ocuparnos de quien no sólo fuera su esposa, madre de sus dos hijos, amiga y compañera de toda una vida: Eliana Rojas de Coloane.


En una rara entrevista concedida a la periodista Totó Romero, al poco tiempo de la muerte del escritor, ésta la describió como «Bajita y flaca, de ojos brillantes y a ratos burlones. Movediza, tan llena de vida que sus 82 años parecen una broma. Enamorada de su también enamorado Francisco, le forjaba sin aspavientos la vida terrenal mientras vivía ensimismado en su escritura. Él no tuvo detrás a una gran mujer, como dice la consabida frase: con Eliana caminaron codo a codo, a veces ella un poquito más adelante, para allanarle el camino. Siempre evitó figurar, porque quiso a su hombre mucho más que a sí misma. Esta es la primera vez que sale de su silencio».

A pesar de la militancia comunista de ambos, en la que debieron haber coincidido más de una vez durante los arduos trabajos partidistas, fue la casa de Bello, la Universidad de Chile, la causante de que ese coloso quedara atrapado por ese ser que a duras penas le llegaba al hombro: «Habia venido a Santiago para ampliar su mundo, a pesar de que las pampas argentina y chilena le dieron la riqueza que lo llevó a ser escritor «

Afincada en sus convicciones y una resistencia a toda prueba, a él le encantaba esa sensación de reposo sin alertas que solo sentía junto a ella, seguro y confiado, apoyándose en la reciedumbre inteligente de su mujer. Mujer frágil de apariencia, siempre parecía que se la llevaría el viento.

Una tarde, ella le dijo que «el rumor del mar es como los pasos de alguien que se acerca pero que nunca llega«. Los que han vivido soledades saben de qué hablaba.

Sesenta años vivieron juntos los Coloane Rojas. Y sesenta años se amaron, caminando como los enamorados que nunca dejaron de ser, en un cortejo de más de medio siglo hecho de esos largos silencios que tanto le gustaban de Francisco, a quien su esposa siempre sintió más bello que hermoso.

También tuvo contacto con los «grandes». En una entrevista concedida a Claudia Álamo en Junio de 1998 relató: Recuerdo que una vez, cuando era joven, le hice una entrevista a Pablo Neruda en su casa. Yo no lo conocía. Neruda me llevó a caminar por todos lados y nunca me contestaba lo que yo le preguntaba. Cuando terminé la entrevista escribí: «A lo mejor, Pablo Neruda no tiene más voz que la de un caracol». Así fue como me vengué. Y a él le gustó mi venganza.

Otro escritor, Luís Sepúlveda, es el responsable de la fama adquirida por nuestro personaje en Europa. Admirador incondicional del «gran viejo» (En sus libros había algo que me conmovía especialmente y era el culto a la lealtad que practicaban sus personajes), ya famoso a nivel universal y particularmente en el Viejo Continente, relata que cuando llegó a Europa, a principios de los 80, pudo constatar, con desaliento, que Coloane no se conocía a excepción de los antiguos países de la órbita soviética, donde había sido publicado innumerables veces. Decidió hacer algo al respecto, ocasión que no se presentó hasta que, un día, conversando con el escritor colombiano Álvaro Mutis en una librería de Saint Malo, le comentó sobre la ausencia de obras de Coloane en las estanterías. Este movió la cabeza y exclamó que era absurdo, porque Coloane era un autor de la talla de London o de Stevenson. Un editor francés que se encontraba en el lugar oyó la conversación y quiso saber más del escritor del que hablaban. De allí a las ediciones danesas, suecas, portuguesas, italianas, griegas y alemanas, medió solo el tiempo que la fama tarda en regarse en un continente de lectores siempre ávidos de nuevos estilos, paisajes y, sobre todo, autenticidad.

«Los escritores franceses padecen una enfermedad: están constantemente retratándose a sí mismos. La gente está cansada» (De Montety).Sepúlveda concluye: Coloane no escribía desde el punto de vista de la compasión, lo hacía desde una barricada, del lado de los jodidos, y eso fue para mí una invitación a imitarlo

El aun más tardío descubrimiento de este autoren los predios de la «madre patria», cuando ya era famoso en otros idiomas, hace que su aparición (y auge) en esa España comunitaria empeñada en contemplarse el ombligo, acordándose de las que fueran sus colonias solo para maltratar a quienes durante siglos los alimentaron y enriquecieron, se haya comentado, no sin asombro, que «La literatura hispanoamericana no acaba nunca de sorprender: Acabamos de encontrar de sopetón a un narrador de la época del boom (en realidad es anterior a él), un chileno hasta ahora desconocido en España, cuyas novelas Tierra del Fuego, El corazón del Témpano y El camino de la Ballena, publicadas por Ollero & Ramos, han recibido muchos elogios de la crítica» (Luís Satorras en El Pais)

Pero Luís Sepúlveda ha pagado con creces la deuda que, orgullosamente, confiesa tener con su maestro. Fue el éxito de su novela «Patagonia Express» el que despertó en una Europa saturada de urbanidad, la pasión por esos paisajes donde la presencia del hombre es solo una anécdota inmersa en una naturaleza que lo devuelve a sus orígenes, cuando la soberbia no lo había convertido en la especie que ha hecho metástasis en todo el planeta amenazando con destruirlo.

Volodia Teitelboim relata una anécdota que explica la presencia del «gran viejo» y la fascinación que despertaba en sus oyentes: “En Francia lo vi en uno de esos tormentosos festivales dedicados a los escritores navegantes. Contaba, ante el deslumbramiento del auditorio, la historia de ese barco lleno de pianos que venía de Europa hacia Chile y naufragó en el Estrecho de Magallanes. Con el tiempo el mar se volvió músico, porque los pianos empezaron a hablar y a cantar. Era una melodía traspasada por el enigma, ejecutada en el teclado, accionando las cuerdas interiores sacudidas por el movimiento oceánico. Se oían sonatas, patéticas, como lamentos de ahogados; allegros tempestuosos o insólitos arpegios, resonancias inauditas que cautivaban a los viajeros que cruzaban por esos parajes de vida o muerte. Al parecer, el relato de Coloane es verídico. De lo que no me cabe duda es que para él no sólo era real, lo consideraba también una expresión de la belleza cósmica».

Por su parte, José Miguel Varas, en un artículo para la revista Rocinante escribía en Julio del 2000: «En Saint-Malo y en París todos los periodistas querían entrevistar a Francisco Coloane, una vez más recibido con homenajes en Francia, donde un público devoto y creciente adquiere sus obras y agota ediciones de gran tiraje. Es probable que esto ocurra también con su libro más reciente. Durante sus diez días en Saint-Malo y en París, Pancho fue acosado por solicitudes de entrevistas para diarios, revistas y la televisión. Pero ocurre que las entrevistas le dan lata (y, a veces, náuseas), le hastía tener que responder las eternas preguntas sobre Melville, Conrad, Stevenson y Jack London. Por eso, a sus atónitos entrevistadores franceses y belgas, les proponía: -«Yo le cuento una historia y usted la mejora». Alguno insistía en el cuestionario preparado, sin éxito. Los más aceptaban la oferta y salían con un material espléndido»

Obtuvo múltiples reconocimientos, la mayoría, a una edad en que el ciudadano comun y de a pie contempla pasar la vida desde un confortable retiro. Nunca le importó. Prefería la soledad de su apartamento respirando la quietud bucólica del Parque Forestal. En 1964 recibe el Premio Nacional de Literatura, en 1966 fue elegido presidente de la “Sociedad de escritores de Chile”, en 1980 fue nombrado “Miembro de la academia chilena de la lengua”, en el 2001 le es concedida la orden al mérito «Gabriela Mistral” mientras que en Francia fue nombrado «Caballero de las Artes y las Letras». Quizá el máximo galardón lo recibió a lo largo de su vida de escritor, sintiendo el afecto sencillo de esa gente entre la cual destacaba por su porte de gran señor de las tempestades y las aguas mansas, gente que lo quería y lo admiraba, primero en su tierra, más tarde en otras latitudes y otros idiomas.