“Un día, allá por el fin del mundo”, de Nora Strejilevich, por Ileana Rodríguez

                                                      Gerardo Strejilevich

Militante popular detenido-desaparecido

por el Terrorismo de Estado

16-7-77…. (275)

Esta es la baldosa-lápida que recuerda al hermano cuya memoria hace de Nora una escritora. Desde ese pedacito de acera es que vi, entre ella y yo, su lectora, el hábitat de Gerardo, donde a él le gustaba charlar con el diarero. El colectivo Barrios x Memoria y Justicia le hace un homenaje al desaparecido y, con su imagen como escarapela prendida en el pecho de cada uno de los presentes, habla Nora. Dice que los perpetradores no saben distinguir entre el ser y el estar pues “creían que si ustedes dejaban de ser, iban a dejar de estar,” pero están ahí siempre y más que nunca; había que bajarlos de los estandartes “para que convivan con nosotros, a ras del suelo.” Luego la nada, el vacío: “En ese entonces quería aprender a dibujar; ahora, a sobrevivir” (275).

El ausente tiende su sombra y envuelve el relato, lo aprieta: es el huso sobre el que se da vuelta a la madeja para sujetarla y, cuando se escribe sobre él, se hace con la sobriedad de la prosa jurídica, de la corte, o con la gravedad del militante. Pero el relato del regreso a casa porque su padre necesitaba un testigo es el lentísimo viaje de regreso que hace el meollo del drama y articula el siguiente capítulo de la vida de Nora que es una sola vida numerosa. Viaje del Canadá a Buenos Aires tratando de no llegar, de detenerse en cada parada, de hacer lo posible por perder los documentos, por no sellar el pasaporte de salida, porque la deje el autobús, la lancha, el avión; lucha por no llegar, por no estar ahí, por no volver a ver eso, a respirar eso, a estar en el mismo lugar. Atravesamos con ella el continente entero, de norte a sur y pasamos con trabajo todas las fronteras de un continente disfuncional donde todo sin embargo se resuelve pero antes se sufre, se llora, desespera; con Nora en medio de ese torbellino, perdida, absolutamente hoja al viento, barco sin ancla, perdida, perdida.

Sí, perdida, pero también distraída, con una distracción que nos hace observar las trabas, las bellezas del idioma, sus parajes, su gente—“vos sos como un pato criollo, tres pasos y una cagada”, le dice uno de tantos conocidos.

Hasta que un día 30 de marzo

Voy a buscar pensiones o geriátricos por el barrio de los tíos, acotaste como al pasar [….] No te culpes de nada, me susurraste al oído con un abrazo.

Cuando volví me esperaba una nota bajo la puerta. […]

Tu papá, dice Rosita, a las dos y media…

Se tiró por la escalera de nuestro edificio que da al patio […]

No te culpes de nada.

Un día, allá por el fin del mundo, de Nora Strejilevich (Santiago, LOM, 2019)

Qué manera de no atar cabos, yo. (50)

El golpe—otro golpe mortal: cuántas muertes alcanzan en un cuerpo. Y ahí está de nuevo el cuerpo muerto, la noticia, el qué hacer y el qué no hacer o el qué no saber qué cosa es qué ni cuándo es cuando. Todo porque los cuerpos todos de esta familia, la de Nora, han sido llevados por el vaivén de los tiempos, de la historia, de la historia política de su país o de un país cualquiera, de un estado, de un poder —como yo era en ese momento afectada a hondura por el mío y por eso no quería leer su libro. Libro que se escribe con y en todo el cuerpo, el suspenso del hálito, el estómago convulso, el susto que para el aliento, la zozobra, el no saber qué hacer y, a pesar de todo, el seguir caminando como si uno estuviese vivo cuando ya está medio muerto.

Cuando se habla de un libro hay que citarlo, reorganizarlo, digerirlo, mostrar el metabolismo de su lectura. Yo tengo un arco grande para el entendimiento-sentir del texto de Nora.  Ese arco grande es la pérdida, el perder, lo perdido que se va encontrando a cada vuelta de página en las pérdidas de documentos, de objetos, de aquello que puede ser recuperado, aun si de otra forma, pero que señala el vacío de lo irrecuperable de esa garota que chora. Arco grande es la vagancia, el deambular, el zombismo, ese estar con todos y con nadie, ese agradecimiento del que te brinda una hora de su compañía o dos o varios días, no para llenar el vacío sino para entretenerlo. Y los fragmentos mágicos del relato, los remansos que preceden a la muerte, a la partida y que se encuentran en las fotos preciosas de la abuela, en las cartas-tesoro de la madre:

Llevo varias de tus cartas en el bolso, tu letra me acerca a vos. Te invento, te imagino, te doblo y te meto en el bolsillo. Te llevo pegadita a mí… (95)

Texto lírico como todo lo que ella escribe pensando que hace reír cuando hace llorar, texto que testifica la verdad de Borges que, desmintiendo a ciertos filósofos que pensaron que el hombre solo aspira al placer afirma, como sabio, que también busca derrota y riesgo, dolor, desesperación, martirio. Porque claro, en países como los nuestros, donde el país te pesa, te pisa, te apresa, “pasa que ya pasó lo que no tendría que haber pasado y que sigue pasando lo que no tiene que pasar” (Strejilevich, 79).

            Gracias, Nora, por tu texto.