Nueva York, ciudad alucinante

Por Miguel de Loyola

Bocinazos, sirenas, atochamiento de tránsito, uso indiscriminado de envases de plástico, son algunas de las primeras cosas que despiertan la atención del visitante que pisa por primera vez Nueva York, capital del llamado por algunos Gran país del Norte. Por supuesto que impacta también el lenguaje, porque por sus calles se confunden las lenguas al punto de sentirse en la misma torre de Babel. Japonés, chino, francés, holandés, ruso, alemán, rumano, italiano, español, sueco, coreano, etc. Desde luego, el inglés campea porque definitivamente se ha convertido en esperanto, en aquel idioma universal anhelado por poetas e intelectuales. Los visitantes, provengan de donde vengan, no pueden prescindir de balbucear bien o mal sus vocablos a la hora de comer o preguntar por alguna dirección en particular, ni menos al momento de comprar un boleto de metro, porque los cajeros no se tomarán la molestia del garzón para tratar de entender las preguntas ansiosas del pasajero.

Los soberbios edificios resplandecen como titanes emplazados en medio de la inmensidad celeste del cielo neoyorquino, siempre puro y ventilado por el Hudson que rodea la isla de Manhattan. Sus alturas conmueven hasta los huesos a quienes provienen de ciudades bajas de estatura, desprovistas de edificios en altura, como de seguro impactó al poeta García Lorca en su visita el año 1929. El legendario Empire State, sigue a la cabeza del interés turístico, por su observatorio circular de Manhattan. El Rockefeller building, más moderno y lujoso, concentra colas de turistas hasta media noche para observar desde sus alturas una ciudad que jamás descansa, atestada de luces parpadeantes. Sus galerías subterráneas provistas de restaurantes y espacios públicos con internet gratuito, aseguran comodidad y resguardo del frío o el sol al visitante. Los museos son diariamente rebasados por masas de turistas ansiosos, cámara en mano, dispuestos a conseguir una instantánea de algún cuadro famoso; el Moma, el Metropolitano de Arte, el National Museum, Museum the arts of disign, Spycape… La lista es larga, y se requiere de una estadía de dos o tres semanas en la ciudad para conocer sólo algunos, sin contar las Galerías de Arte, que son otras tantas o más, donde se exhiben para su venta las últimas producciones artísticas.  

El Central Park, sin embargo, sigue siendo el sitio más concurrido de la ciudad, un locus amoenus incrustado en medio de la urbe incansable. Prueba acaso de que la naturaleza atrae todavía más que la arquitectura. Sus múltiples senderos bucólicos, conectan al visitante con la flora en estado puro, al mismo tiempo que contrastan sus flores y follajes frente a los rascacielos que bordean los deslindes del parque, enseñando dos mundos antagónicos, enfrentados por siempre a través de los siglos. Una caminata por el Central Park saca al visitante de la ciudad, y lo devuelve al cabo más tranquilo y solemne, consciente de su pertenencia a dos mundos, el real y el imaginario, como lo parece esta ciudad levantada hasta los cielos por la imaginación deslumbrante del hombre. Hay estatuas, lagunas, pistas adecuadas para peatones y ciclistas, senderos por donde es posible aventurarse en carruaje tirado por un caballo vigoroso que conoce perfectamente el camino de ida y regreso al punto de partida. No faltan tampoco los artistas itinerantes ofreciendo su espectáculo, músicos y comparsas concentran a cada momento a grupos de paseantes que se detienen aquí o allá a escucharlos. Algo tiene también de fantasía, por sus tonalidades en verde, sus flores multicolores y aquel cielo límpido, celestial del cine de Hollywoodense. Los escaños bien conservados no escasean para acoger a los visitantes, se reparten por el parque junto a los retratistas que ofrecen su trabajo magistral a los turistas.

Las amplias avenidas de Manhattan son recorridas a diario por hordas de turistas, y cuesta identificar en medio de la multitud a los parroquianos, se confunden entre la gente y terminan pasando completamente desapercibidos por Broadway, o cualquier otra avenida importante. Se trata de la ciudad acaso más cosmopolita del mundo, habitaba por personas provenientes de todos los países imaginables. Una ciudad donde a pesar del gentío no es posible perderse, porque fue diseñada cual cuadrícula matemática, con algunas excepciones, por cierto, pero todo está a mano del entendimiento. Un buen caminante puede cruzarla de norte a sur, o de este a oeste sin problemas, porque hay plazas por todas partes para descansar. High Line es un paseo imperdible, por donde ayer pasaba una línea de tren, hoy pasa una terraza ecológica que conecta unas quince calles desde lo alto. Por allí avanzan cientos de turistas fotografiando edificios y barrios que corren junto a la rivera este del Hudson.

Los puentes son otro atractivo inolvidable, por su longitud y estructura parecen seres inmortales, emplazados como Atlas sobre el imponente río Hudson. El Puente de Brooklyn, Manhattan, George Washington, Williamsburg, Hellgatte, Robert Kennedy, Queensboro… Por allí cruzan de un lado otro miles de automóviles por minuto hacia las más diversas localidades del país. Por esos puentes de fierro fundido cruzan también camiones de tamaños colosales, semejantes a edificios rodantes, trasladando mercancías de un lado a otro.

Nueva York es una ciudad cuyo ritmo contagia al visitante, lo arrastra, lo lleva por sus avenidas de un punto a otro, por aquí y allá, sin descanso. Tampoco falta donde comer un bocadillo, o pegarse una comilona. Hay carros expendedores de comida en plena vía pública, porque los restaurantes son caros, y hay que entrar de espaldas, como decimos en Chile, para que los mozos piensen que vamos saliendo. Una copa de vino va entre 12 y quince 15 dólares, los más baratos. Ni hablar de pensar en una botella, aunque sólo sea de California. Hay barrios algo más económicos, tal vez Little Italy, Chinatown, el Soho, pero no hay que hacerse muchas ilusiones, siguen siendo caros. La capital del mundo no puede ser barata.