Miedo a la realidad

En la última novela de Ramón Díaz Ererovic, La cola del diablo,  Heredia debe viajar a Punta Arenas porque una vieja amiga le escribe una carta para que investigue la desaparición de Marta Trevisto. No se sabe nada de ella desde una buena cantidad de meses y la investigación policial se encuentra aparentemente estancada.

Las peguntas que surgen a la llegada de Heredia y que no han sido resueltas son: ¿Dónde está Marta? ¿Sigue viva? ¿Qué pasó con ella? ¿Por qué se esfumó? ¿Se fue por su propia voluntad? ¿Qué quería comentarle a Goran -su ex novio- urgentemente?

Han pasado ocho meses desde que no se sabe nada de ella y en su círculo cercano persisten esas dudas. Sin embargo, la policía  y el entorno van perdiendo el interés o dan muestra de una apatía enfermiza: más vale que el tiempo pase y acalle las dudas; hay que darle pega a la memoria indulgente de respuestas cómodas, no conflictivas, aunque  estas sean inverosímiles; es preferible rellenar oportunamente  los vacíos de las preguntas formuladas a medias; es más conveniente culpar a Marta de su desaparición e inventar historias, que aunque sean desproporcionadas con la consecuencia que presentan -una desaparición al parecer forzada- resisten, en este entorno condescendiente y apático,  una explicación de alcohol, romance, homicidio y posterior suicidio. Todo es poco creíble y descabellado, pero al parecer, eso no importa porque es la versión que se ha mantenido intacta durante ocho meses y promete instalarse en la biografía de la ciudad si no llega Heredia a revolver el gallinero.

Lo más curioso -o lógico dentro de este ensimismamiento patológico- es que las personas que proporcionaron la pista inicial a Heredia nunca fueron interrogados por la policía. Finalmente, ellos hablan con el detective privado porque en esta sociedad exitista, exigente y corrupta no tienen nada que perder. De este modo, le proporcionan un nuevo itinerario lleno de baches, omisiones y mentiras que lo va acercando a otros interrogantes más incómodos y peligrosos.

Desde el comienzo se conoce el gran culpable, desde el inicio se presiente hacia dónde se dirige la crítica de Díaz Eterovic. Sin embargo, son necesarias las preguntas y la investigación de Heredia. De lo contrario, como la mayoría de las veces, el conocimiento solo estaría erigido a través de cimientos de arena y nebulosas de nociones. Es necesario que el detective elabore una segunda historia a través de un recorrido diferente. De esta manera, la secuencia de acciones son una cadena de causas y consecuencias, tiene una cronología y lógica que permiten entender y, luego, salir del embotamiento de la ignorancia y del olvido. Se necesita de todo un recorrido entre testimonios, recuerdos velados por el alcohol u omisiones garrafales para ir zurciendo los espacios que antes no sustentaron coherencia alguna. Enemiga, esta última, de la impunidad ya tan conocida. En otras palabras, esta impunidad se apoya en la falta de comprensión o en la poca voluntad de conocer y entender la realidad.

Juan Colil, en la presentación de La cola del diablo, señaló que esta novela es un espejo de la realidad. Y, efectivamente, lo es. Tanto así, que aparte de reavivar rabias y decepciones, también provoca miedo. ¿Qué nos queda si del terrorismo de Estado pasamos al crimen y corrupción de Estado y sotana? Ya no se trata de solo ver bajo el agua, sino, como en las entregas anteriores, de patalear y crear marejadas. Entonces,  las consecuencias de las andanzas del detective siempre traen alguna víctima.  Y se sabe que estos son los costos de la verdad que poco a poco se asoma por su intuición y persistencia. En otras tristes palabras, -porque aquí sí que no hay milagros- ¿es preferible una impunidad ciega, idiotizada, incompetente o una impunidad impregnada de conocimiento?

Heredia sabe la respuesta. Por eso hace lo que hace y se introduce en los embustes ajenos. Reconoce el costo y los considera gajes del oficio. Mal que mal eso es la novela negra, empaparse de lo que no queremos saber, mostrar, aceptar; masticar ese temor que nos recuerda que si tenemos la mala fortuna de cruzarnos en un recorrido que pertenezca a voluntades más cotizadas y poderosas, algún familiar o amigo nuestro tocará la puerta de un Heredia desencantado que no le teme a nadie porque ya no tiene -o no tenía- nada que perder.

                                                                                                    Julia Guzmán Watine