MÁS SOBRE LA MEMORIA Y EL OLVIDO

Por Edmundo Moure

“Recuerda, antes de que sea demasiado tarde”

(Consejo chino)

Según hábito adquirido desde hace cincuenta y ocho años, salgo de mi casa a las siete de la mañana, para dirigirme al trabajo. Metro atestado de afanosos pasajeros; luego, preparar el asalto a microbuses del Transantiago, en calle Irarrázaval, más escasos que una sonrisa temprana. Decenas, centenares de personas en los paraderos, rostros cetrinos, con rasgos de fatalismo ancestral, resignados a largas esperas cotidianas, de ida y de vuelta… El nuestro es el pueblo de la infinita paciencia, combinada con la frágil memoria.

Haciendo caso omiso a reiteradas recomendaciones de sabios compatriotas y diligentes amigos que prescriben la receta adormecedora del olvido, recuerdo, ejercito la compulsión recurrente de la memoria. Comencé a viajar en micro allá por marzo de 1963 —cincuenta años ha— desde el paradero 27 de Gran Avenida hasta el centro de nuestra gris Santiago del Nuevo Extremo. Tenía yo buen estado físico entonces, manos fuertes y brazos resistentes para colgar de las pisaderas y no soltar las manijas de hierro… Diez, quince paraderos transcurrían a veces, con frío invernal o calor tórrido, agarrado como simio a la palmera. Monótona odisea en la que consumía tres horas diarias de esta riqueza terrible y efímera que llamamos tiempo. En cinco décadas, llegaría a una cifra aproximada de cuarenta y ocho mil horas inútiles (improductivas, diría mi buen amigo Robinson, náufrago sólo en sentido orteguiano)… Bueno, al regreso podía conseguir un asiento en aquellas góndolas motorizadas y disfrutar de la lectura, lo que suelo hacer todavía en las más incómodas circunstancias. También recuerdo algunos títulos de libros entrañables leídos bajo los barquinazos intempestivos de aquellas destartaladas diligencias

En todo ese tiempo devenido —extenso para mí, fugaz para el Cosmos— ningún gobierno de esta menesterosa república ha logrado solucionar la grave cuestión del transporte público, aunque cabe admitir que hoy los vehículos son más amplios y cómodos que en aquellos días de nuestra perdida juventud, pero el drama cotidiano de millones de trabajadores y, sobre todo, trabajadoras, sigue siendo el mismo y las horas de viaje pueden llegar hasta cuatro o cinco en cada jornada, para quienes habitan en la periferia de la urbe.

Nuestra capacidad de aguante es formidable, superlativa, asombrosa. ¿Será por esa mezcla de los genes de conquistadores desarrapados con los del pueblo mapuche que aún resiste la inquina aniquiladora del mestizo chileno?

En el mes de septiembre, el ejercicio de la memoria individual y colectiva revive, mientras ondean las banderas, a través de esa rara entelequia que llamamos “opinión pública”, la profunda —y por ahora irremediable— fractura histórica de nuestra sociedad. Unos llaman a rememorar; muchos otros recomiendan silencio y olvido.

—¿Para qué seguir hurgando en las heridas del pasado? Para que la verdad traiga justicia y reparación moral… Pero han pasado cuarenta y seis años y dele con la cantilena; ya está bueno; demos vuelta la hoja… —Más aún hay crímenes impunes y seres desolados que quieren encontrar a sus muertos… —Sí, pero basta. También hubo muertos entre los militares. No se olvide que esto fue casi una guerra civil… (Esa guerra inexistente que se inventaron los fascistas criollos y sus mílites prevaricadores, fue un enfrentamiento desigual entre Goliat y David, solo que éste no tenía una honda pedrera y el resultado lo conocíamos de antemano).

A veces yo también quisiera olvidar, como un amnésico o irresponsable más, sobre todo mis deudas, o esos gruesos errores de la condición humana que los creyentes llaman “pecados”, pero éstas son tan porfiadas –según palabras que parecen resonar en mi subconsciente— como los derechistas de este lindo país con vista al mar, que se apoderan durante el mes de la patria de casi todos los medios de comunicación masiva, agrediéndonos con imágenes enojosas y canciones de sesgado contenido político, como los ñoños y decadentes Huasos Quincheros —por ejemplo—, o la Patty Maldonado, la Miriam, el Pollo Fuentes, Peter Rock, Luis Dimas, cantores de circunstancia que entretenían al Gran Canalla y a su familia de saqueadores de la Patria…

Parece que tienen razón estas voces —ahora remachadas por amigos y conocidos, de palabra y por mail— que me instan a la amnesia. ¡A mí, que le tengo pánico al Alzheimer!

Entro en el café para aventar los malos recuerdos con una taza del oloroso e incomparable brebaje (y pensar que los ingleses y los pobres de este país toman el abominable té, todo el día). Me topo con un viejo amigo hebreo (omito su nombre por temor a que sea objeto de discriminación —él, no yo, que soy gallego y universal—), exitoso comerciante que vive la contradicción de pedir que olvidemos los crímenes y trapacerías de Pinochet y su cohorte, pero que tengamos presente, siempre, la tragedia de su pueblo, el judío, en el siglo XX. Es curiosa la proclividad de numerosos judíos, incluso de quienes han tenido parientes directos en los campos de la muerte, hacia dictaduras criminales en Sudamérica (Melnick, el enfebrecido pinochetista, es un caso patente, casi grotesco).

Me pregunta mi amigo de la quipá si he leído el último libro de Primo Levi, “Auschwitz”, novela-diario autobiográfica… (Como bien sabes, paciente y culto lector, Primo Levi fue un notable escritor italiano, de origen judío sefardí, autor de memorias, relatos, poemas y novelas, resistente antifascista, superviviente del Holocausto).

Vi el grueso volumen en una librería; me interesó, pero costaba dieciocho mil pesos, más de lo que gasto en la feria el fin de semana; también hay que comer, compañero… Si no lo puedes conseguir —me dijo— yo te lo presto; es notable, conciso, de impecable estética, estremecedor…

—Me gusta mucho Levi— le dije, respondiéndole como si la sana prudencia de los grillos hablase por mí: —Incluí un par de epígrafes suyos en mi última obra, pero, con todo respeto, ¿qué sentido tiene seguir recordando las atrocidades del Holocausto? Eso comenzó a ocurrir hace ochenta y seis años… ¿Por qué no damos vuelta esa hoja también, como propones hacerlo tú con el dictador que salvó tu faltriquera?

Mi amigo me miró, estupefacto… Antes de dar media vuelta y marcharse, me espetó: —Con razón me habían advertido que estabas medio gagá… (No alcancé a decirle que acababa de leer el Diario de Isaac Babel, testimonio de otro gran escritor hebreo acerca de los brutales procesos de Moscú, 1936-1938, y que podría facilitárselo).

Pero yo quería recordar hoy otra epopeya histórica, más cercana para los chilenos de ancestros hispánicos, la del Winnipeg, el “barco de la esperanza” que Pablo Neruda, junto a su incansable esposa, Delia del Carril, articularon en Trompelou, en agosto de 1939, para traer a Chile a dos mil trescientos republicanos españoles, salvados de las garras de Franco y de su gobierno de curia, milicia y explotadores financieros y terratenientes de horca y cuchillo, secundados por las dos potencias europeas del Eje, Italia y Alemania, mientras Francia e Inglaterra dejaban el campo abierto a la blitzkrieg de las hordas hitlerianas.

Camino al café, recuerdo que hoy es el día 3 de septiembre de 2019, y que se cumplen ochenta años del arribo del Winnipeg al puerto de Valparaíso, con su carga de obreros, artesanos e intelectuales señeros, entre los que recuerdo, a vuelo de pluma y aire de memoria:

Leopoldo Castedo, conocido historiador; Mauricio Amster, tipógrafo, dibujante y diseñador gráfico; Agnes América Winnipeg Alonso Bollada; Elena Gómez de la Serna; Isidro Corbinos, escritor y periodista deportivo; Víctor Pey Casado, ingeniero, profesor y empresario español nacionalizado chileno. En Chile, fue copropietario de una empresa de ingeniería, director del diario Clarín y consejero del presidente Salvador Allende. (Víctor Pey es el personaje central de la reciente novela de Isabel Allende, Largo pétalo de mar); Victorino Farga Cuesta, catalán, viajó a los doce años y se transformó en un destacado especialista en enfermedades broncopulmonares; los hermanos Juan, Manuel y Francisco Vallejo, voluntarios del Ejército Popular Republicano (EPR), miembros de la “C.N.T.” y de la “F.A.I.”, organizaciones sindicales anarquistas revolucionarias que constituyeron, en 1936, la mayor fuerza política activa de España; José Ortiz Zubia, vasco, republicano y comunista. Más tarde tuvo contacto con los presos de Isla Dawson, represaliados cruelmente por la dictadura militar-empresarial chilena (recordamos al Tote, el poeta Aristóteles España, torturado en aquella prisión isleña cuando tenía apenas diecisiete años); José Manuel Moreno González, escritor; Luis Fernández Turbica, afamado dramaturgo. Roser Bru, pintora; ​José Balmes, pintor. Este último recuerda así el gesto del poeta Pablo Neruda: Nunca jamás, ni siquiera al final de mi vida voy a hacer lo suficiente por agradecer el hecho de estar en este país y de ser ciudadano chileno, gracias justamente a Pablo Neruda. Como alguien dijo alguna vez ‘las deudas de amor no se terminan de pagar nunca’ y esta es una gran deuda que yo tengo con él todavía…

Estos inmigrantes forzados dejaron en Chile un legado que pervive hasta el día de hoy, la huella laboriosa de creadores agradecidos por la oportunidad de abandonar la patria asolada. (Mañana habrá un homenaje a ellos, en la Casa del Escritor. Leeremos poemas de Neruda, Alberti, Federico, Miguel Hernández, León Felipe, Marcos Ana… y otros).

En el baño del café me miré al espejo, mientras orinaba con cierta intermitencia. Me encontré viejo y algo estragado, ojeroso y con un halo vacuo en las pupilas.

Camino de la oficina me puse a recitar, en silencio, poemas en castellano y en gallego; los seis magistrales de Federico García Lorca y algunos de Rosalía y Curros… Comprobé que los recordaba con absoluta nitidez.

¡Graciñas a Deus! Aún no me falla la memoria…