“Los investigadores no lloran en los cafés”: La narrativa propositiva

Los investigadores no lloran en los cafés (Simplemente Editores, 2019, 247 páginas) comienza en el momento que un escritor chileno intenta suicidarse y es interrumpido por el llamado telefónico de su exmujer, anunciándole la desaparición de su padre, un viejo jubilado bancario que mata el ocio ejerciendo como investigador privado.

Por Ramiro Rivas Rudisky


En toda la narrativa de Fernando Jerez subyace una reflexión profunda de la realidad circundante. Es un autor comprometido con su tiempo y el devenir político y social del país. A lo largo de su extensa obra novelística, siempre encontraremos reflejado el Chile cambiante e inestable. El propio estallido social por el que pasa nuestro país en este momento, de una u otra manera se venía anunciando en su obra. Esa mirada visionaria, que para los que hemos seguido su trayectoria literaria desde sus inicios nos permite testificar dichos aciertos y afirmar que demostró cualidades proféticas poco comunes.

Jerez, en sus últimas tres novelas, ha ido simplificando su escritura, elaborando un estilo más simple y directo. La frase larga, los cambios temporales y espaciales de sus primeros escritos -propios de los novelistas del boom latinoamericano -ha devenido en un lenguaje de oraciones breves, narración lineal, capítulos de pocas páginas y descripciones mínimas, esenciales para la comprensión del lector y su propia rearticulación de lo expuesto. Una escritura más en armonía a nuestros tiempos apresurados y agitados. Lenguaje más apropiado a este relato que es un fiel reflejo de nuestra realidad.

Los investigadores no lloran en los cafés (Simplemente Editores, 2019, 247 páginas).

Los investigadores no lloran en los cafés (Simplemente Editores, 2019, 247 páginas) comienza en el momento que un escritor chileno intenta suicidarse y es interrumpido por el llamado telefónico de su exmujer, anunciándole la desaparición de su padre, un viejo jubilado bancario que mata el ocio ejerciendo como investigador privado. Su labor la ejecuta en los cafés, en donde es cliente habitual, dedicándose a escuchar las conversaciones de las mesas vecinas. Para esto se ayuda de una vieja grabadora y una libreta de apuntes. Actividad que le brinda sus frutos al enterarse de confabulaciones cambiarias, adulteraciones del papel higiénico y tratativas inmobiliarias de dudosa moral. Pero sus denuncias a la policía son descartadas por improcedentes.

Lo logrado del título de la novela y la consiguiente portada que muestra a un investigador con sombrero de alas anchas y su respectivo impermeable clásico en estos personajes, da la impresión que nos enfrentaremos a una narración perteneciente al género negro. Lo que, en cierta medida, no deja de ser efectivo. Pero el interés de Jerez se concentra en perfilar las debilidades humanas y las personalidades fracturadas de sus protagonistas.

La trama se centra en la búsqueda del anciano investigador por el escritor, que a esta altura ha desistido de su acto suicida, pesquisas que lo conducen al esclarecimiento de la doble vida del desaparecido. Mediante un desenlace ambiguo, Jerez deja en suspenso un texto que se sostiene por el entramado de sus personajes y sus respectivos conflictos familiares.

Uno de los rasgos predominantes en esta historia, es la preocupación del autor por indagar en la vejez de ciertos personajes, la precariedad de esas existencias y el sentido de la vida. Son seres de vidas incompletas, no realizadas, que se debaten en un desaliento que los comprime, los humilla, y los induce a terminar ese calvario de la peor manera. La desesperanza funciona como una suerte de leitmotiv en esta narración.

Jerez, en largos pasajes de la novela, especialmente al referirse a los colegas del escritor, bordea la caricatura de los ambientes intelectuales santiaguinos. Ironiza, con marcado desdén, sus actitudes frustrantes y sus atrabiliarias manifestaciones en el medio.

En una oportunidad escuché decir a un pintor mexicano “que todo verdadero artista crea sus propios mitos. Su interpretación de la realidad, aunque parte de ella y a través de la obra finalmente la ilumine, aspira siempre a lograr una especie de sustitución”. Es decir, el escritor es siempre un inventor de historias, pero a su vez es capaz de convertirlas en verdades. Y es lo que sucede con la obra de Jerez, un artista que transforma sus ficciones en realidades.

En resumen, una historia que ofrece una convincente objetividad expositiva y una actitud de novelista propositivo y comprometido con el devenir de nuestro tiempo.