La sorpresiva obra del escritor chileno Óscar Castro

Óscar Castro (1910-1947)

La primera sorpresa frente a la obra narrativa de Oscar Castro, está en la claridad, sencillez y precisión de su lenguaje. Esta transparencia lo aleja considerablemente del criollismo, cuyo lenguaje, recordemos, se había transformado en una loca carrera hacia lo ininteligible. Marcado por un regionalismo cerrado, concentrando en la obra literaria, al decir Manuel Rojas, un verdadero compendio de voces intraducibles. Oscar Castro, por el contrario, libera su narrativa de tales limitaciones expresivas, y traslada su literatura a un continente de mayor universalidad, al punto de cobrar su obra plena vigencia en nuestros días, cuando celebramos los cien años de su natalicio.

Se trata de un autor cuya obra, como la escrita por los clásicos, crece con el transcurso de los años, debido acaso a esta particularidad en el uso del idioma, sencillo, pero rico en metáforas, diáfano y sonoro. Por cierto, esta sorpresa no deja de ser impactante tras conocer los entretelones de su vida, marcada por las más serias dificultades económicas, y por la tuberculosis que lo llevará a la muerte a los de treinta y siete años de edad, solo y abandonado en una fría pieza de hospital, como lo recuerda Gonzalo Drago en una biografía ejemplar dedicada al autor de La vida Simplemente. “Ahí, sobre una alta camilla forrada de latón, entre otros cadáveres, estaba el cuerpo desnudo de Oscar Castro, con la barba crecida, los ojos levemente abiertos, terriblemente solo, incorporado a la eternidad en el siniestro andén del hospital.” Pero durante su breve existencia, deja un legado invalorable de obras poéticas y narrativas que dan cuenta de su trabajo infatigable de creador literario, a pesar de haber vivido bajo el azote constante de la adversidad económica. Este hecho viene a probar una vez más que el genio prescinde de tales situaciones, y surge en medio de la historia de los pueblos para interpretarlos.

Una segunda sorpresa, y acaso de igual o mayor importancia, la entrega su asombrosa visión de mundo. Sus personajes, quienes en su mayoría encarnan los prototipos -por usar una famosa frase de Dostoievsky- de los humillados y ofendidos de esta tierra,  parecen exentos del germen del resentimiento criollista que se venía gestando en el campesinado chileno, y destellan aquel candor inconfundible de las almas nobles, liberadas del reconcomio y semejantes a las de los grandes héroes de la literatura rusa, dejando siempre al lector en la más absoluta libertad para juzgar por su cuenta las ignominias y dificultades de los mundos retratados. En la novela Llampo de Sangre, por ejemplo,  los mineros no adoptan la actitud confrontacional esperada frente a la riqueza del otro, la asumen más bien como una consecuencia de algo superior a las circunstancias, llamándola destino o fatalidad. En La vida simplemente, su más lograda obra a juicio de Alone (Hernán Díaz Arrienta), publicada también póstumamente, el narrador  protagonista Roberto Lagos, describe su vida y su mundo particular desde la perspectiva de la aventura, al punto que por su estilo, y en más de algún pasaje, nos remite y recuerda al narrador de La isla del tesoro del eximio novelista inglés  Robert Louis Stevenson, posiblemente un niño de la misma edad de nuestro Roberto Lagos, enfrentado a la aventura de vivir, recorriendo así durante el relato aquel periplo clásico que el norteamericano Joseph Campbell definió como viaje del héroe, en su célebre estudio sobre los mitos clásicos. Y esta sería una tercera sorpresa en la narrativa del poeta narrador oriundo de Rancagua, gran lector y conocedor de la literatura universal, cuyo estilo, indudablemente, da cuenta de sus innumerables lecturas en sus más acabados relatos.

En sus cuentos publicados en 1944 por Ed. Orbe, bajo el título de La sombra de las cumbres, se puede apreciar el manejo y dominio impecable del arte de la narración breve.  Los cuentos contenidos en este volumen son de un valor universal indiscutible, recrean los prototipos clásicos de la humanidad, focalizados en lugar y circunstancia concreta, pueblos de Chile del 1900. Así Ña Ruperta, por ejemplo, en tanto madre sabia para instruir a su hija en los secretos del amor, nos remiten a las narraciones más antiguas de la lengua castellana, como La Celestina, de Fernando de Rojas. En el cuento Moñi, por dar otro ejemplo, describe y proyecta a otro personaje típico del imaginario universal. El clásico personaje que pulula por los pueblos rechazado por la comunidad por deficiente mental, pero dotado de una inteligencia a veces más clara que la del mismo hombre normal. No obstante, es apartado de la sociedad por considerarlo un peligro,  sin aceptar que la causa de su locura podría ser más bien una consecuencia de esa marginación social, o del poder pastoral de la sociedad, como diría Foucault refiriéndose a las formas usadas por el poder para someter y gobernar.  

Oscar Castro, posee sin duda el don de la literatura, y consigue cautivar al lector acotando lo esencial, sin caer en explicaciones dilatorias respecto a las situaciones descritas, como ocurre a menudo en la novela de nuestros días. El narrador va siempre al grano, describiendo personajes y acontecimientos en directa relación con lo medular del asunto, avanzando escena tras escena hasta configurar un mundo cerrado y completo.

En el plano estético, su prosa esta plagada de imágenes magníficas, comparables con las de un García Márquez en sus obras más importantes. Para proyectar a un personaje del conventillo donde vive el niño Roberto Lagos, apunta: “Era una pobre mujer que no hacía mas ruido que una sombra, flaca, con un gesto de frío perenne y unas manos llenas de manchas rojizas.” En otra situación, para configurar la personalidad apocada de un personaje, escribe: “Su marido era un hombrecito que no hacía sombra en el suelo”  Para describir una atmósfera, dirá: “En la habitación había un silencio apretado cuando retorné a ella.”  Refiriéndose a las características psicológicas de un personaje: “Había venido a la tierra como una caja cerrada de la que nadie hallaría la llave.” Para dar cuenta de una situación difícil por la que atraviesa el personaje Ricardo Robles, apunta: “Caerá derrotado por dos enemigos invisibles que lleva dentro del cuerpo: el hambre y la sed.” Es decir, si nos detenemos frente a cada una de estas frases que nos hablan y despiertan aún habiéndolas sacado de su contexto más legítimo, encontramos valores que exceden el plano narrativo y configuran un universo poético superior  a la narración misma.

En consecuencia, no estamos aquí frente a un narrador que desconozca las claves de la literatura. Muy por el contrario. No sólo las conoce, las domina a la perfección para construir y perfilar su mundo narrativo. En el plano formal, sus novelas se adscriben a la fórmula universal, presentación, nudo y desenlace, tres puntos esenciales del género narrativo desde tiempos ignotos. Y avanzando en el plano temático, tratando de abordar su universo descriptivo, las obras de Oscar Castro recogen temas tradicionales y los vuelve a recrear con nuevas palabras, y además podrían estudiarse como sustrato de obras posteriores a las suyas. Las ligazones no pueden ser más evidentes con Hijo de Ladrón, por ejemplo, o con  El lugar sin límite, de José Donoso. El desamparo del niño Roberto Lagos y la figura del padre en La vida simplemente, conectan de lleno con la narrativa esencial de Manuel Rojas, así como el lupanar de La vieja linda, colindante con el conventillo donde vive el niño narrador protagonista Roberto Lagos, en tanto espacio cerrado y mítico, es un claro referente de aquel prostíbulo regentado por la Japonesita en la obra de Donoso.  Personajes y ambientes que se repiten a menudo en nuestra narrativa, constituyéndose acaso en tópicos, en motivos recurrentes, identitarios, remitentes precisos de nuestra cultura, demarcada por espacios cerrados y por seres marcados por la pobreza y la fatalidad característica de los seres pertenecientes a las llamadas clases inferiores. Pero, atención: libres de espíritu,  y esto habría que recalcarlo como característica particular de la visión de mundo de Oscar Castro.

Los mineros de Llampo de Sangre van a trabajar a las minas llamados por propia vocación, convocados por su propia fantasía, al margen de la necesidad. La cual, por cierto, resulta evidente, pero aún así no resalta como una necesidad visceral. Parecen seres sobrenaturales, prisioneros de sus propios sueños,  quienes sólo por un momento se dejan atrapar por el cepo de la rutina, y luego vuelven a recuperar su libertad. Agotados sí, tanto o más que las mujeres del lupanar de La vida simplemente, cuando se quejan de su rutinario quehacer, pero bravos y fuertes a la hora de defender su situación en el mundo, como ocurre, y lo ilustra muy bien Oscar Castro, cuando el grupo de mineros de La Hilacha se cierra defendiendo a sus compañeros de los policías, o bien en la pelea a muerte sostenida por el Diente de oro en las afuera del lenocinio de la Vieja linda.

Sus narraciones recrean prototipos del hombre chileno, siguiendo un derrotero semejante al de Joaquín Edwards Bello en El Roto (1918), pero liberados de esa mirada compasiva que se advierte en la obra de Edwards Bello, cual clásica relación vertical entre empleado y patrón, y los colma con la plenitud de los héroes anónimos, dispuestos a enfrentar su destino, sea este feliz o desgraciado. Así, el niño Roberto Lagos encontrará su libertad en la imaginación y en los libros, asumiendo su situación en el mundo con dignidad y orgullo, a pesar del dolor inimaginable de cruzar frente a su orgullosa amada, escondido en medio de trastos y cachivaches constituyentes de su mundo material. (Y aquí podríamos detenernos, para analizar el recurso de lo grotesco, hábilmente usado por Castro en esta novela, y lo cual, por cierto, esconde la ironía más profunda en el arte de la literatura, al decir de Bajtin)

Así, Ricardo Robles encontrará también la suya, en la esperanza del hijo de Emilia, mientras oculto en las cavernas de la mina dispone del tiempo suficiente para repensar su vida. Armando Escalona, enfrentará su condena con la esperanza de volver a encontrar a su amigo cuando consiga la libertad. La libertad está para ser perdida y para volverla a recuperar. La frase pertenece a Sartre y se ajusta o refleja muy bien los arquetipos recreados por Oscar Castro. El hombre está permanentemente eligiendo su destino, aún cuando nos parece condenado.

Podemos preguntarnos por lo que buscaba decir el autor, siguiendo aquel viejo derrotero impuesto por nuestra cultura basada en la búsqueda de la razón de las cosas, como arma de dominio y entendimiento del mundo, y la respuesta a tal interrogante podría ser: La vida simplemente, como intitulara su mejor novela publicada póstumamente en 1958. Retratar vida, recrear la vida mediante personajes concretos,  capaces de representar a la humanidad en sus modos de pensar, vivir y enfrentar los acontecimientos, como lo consigue Oscar Castro en sus obras narrativas. Así nos hacemos parte de la vida del niño Roberto Lagos, su familia y su mundo circundante. Nos compenetramos de la psicología de los mineros representados por Ricardo Robles y Armando Escalona, Emilia, El Pecoso, y también por el propio mister Edward Russell, quien no es retratado aquí en términos de enemigo por el hecho de ser el dueño de la mina, sino como un ser igual a los otros, con las mismas angustias y ambiciones, contraviniendo o ignorando, la teoría de lucha de clases que en la época de Oscar Castro prendía en los intelectuales como explicación y salvación del hombre. A juicio de Gonzalo Drago, Castro abominaba de los políticos, y se confesaba un anarquista sin militancia activa. No obstante, llegó a formar parte del grupo intelectual nominado Los inútiles, que reunía a distinguidos intelectuales, después de la disolución del círculo de periodistas de Rancagua, en 1934.   

En la obra de Oscar Castro, es el asombro frente al mundo el punto de partida, es el hombre o el niño quien asombrado mira y describe su yo y su circunstancias, perplejo frente a todo eso que hay allá afuera, en el mundo que descubre fuera de sí. Oro, riqueza, leyendas, ambiciones delirantes en el caso de LLampo de Sangre. Amor, sexo, diferencias sociales, en el caso de La vida simplemente. Este estado de abierto al mundo le permite una relación con el ser de las cosas, y no esa relación de dominio de las cosas que perturba el asombro, como sostiene Heidegger. De ahí la sorpresa frente a esta mirada de un cultor proveniente de un lugar geográfico donde se ubica uno de los yacimientos de cobre más grande del mundo, viejo conocedor de la problemática social de los mineros quizá como ningún otro escritor de su época, y aún  de nuestros días. Hay quienes cuestionaron en su momento la falta de denuncias sociales en sus obras narrativas, entre ellos el propio Manuel Rojas. Pero hoy sabemos bien que las verdaderas obras literarias, las que traspasan las fronteras del tiempo, están limpias de tales denuncias, al menos en apariencia, porque éstas cosifican la obra y no la problematizan, como sí ocurre con la verdadera literatura, permitiendo el contacto y la relación con el ser de los mundos descritos, al punto de hacernos parte de ellos, y a tomar verdadera conciencia crítica de los mismos.

Ahora bien, sabemos que la literatura, y, particularmente la nuestra, se desarrolla y divide en dos líneas, las cuales corren paralelas por nuestra historia como los rieles  del tren, equidistantes la una de la otra, marcando dos claras tendencias. Dichas líneas rara vez veremos unirse en punta de rieles, por usar un término ferroviario hoy en desuso, pero si arrastrando ambas el mismo tren de nuestra historia. Por un lado circulan las obras portadoras de las voces de la clase alta,  por la otra, aquellas que recogen las de la  baja. Por cierto, la temática de Oscar Castro, se adscribe a la segunda, recreando y describiendo sus mundos interiores, haciendo eco de la problemática de sus personajes, en su mayoría lanzados a la lucha por la subsistencia, en un medio generalmente hostil y despiadado.  

La recreación de un segmento social determinado, indudablemente, conlleva a establecer relaciones de interés con un destinatario semejante al segmento social descrito. En tal sentido, la obra literaria adquiere un valor extraliterario de documento social capaz de interesar directamente al grupo al que hace referencia, y a ser ignorado por el otro, al cual no representa. Es decir, por esa otra línea férrea que corre paralela, ignorando tal paralelismo. Es allí cuando adquiere valor y sentido la mirada crítica, capaz de valorar una obra por encima de tales argumentos, ajenos –en parte- al arte de la literatura propiamente tal. Sólo la crítica puede establecer el valor literario de una obra, como afortunadamente ha ocurrido con la de Oscar Castro en los últimos años, devolviéndole a su autor sus méritos, como sucede normalmente en Chile, cuando yacen bajo la tumba.

Para cerrar estas notas, quiero citar las palabras magistrales de Gonzalo Drago referidas al autor de La vida simplemente. “A través de su poesía, no es difícil asomarse a su espíritu. Ahí está Oscar Castro Zúñiga en su esencia, en lo mejor de sí mismo, en su profunda soledad creadora. Quienes alguna vez le negaron el pan y el agua o pusieron piedras en su camino, jamás habrán pensado que a un escritor, es inútil desviarlo de su meta, porque está condenado, como un moderno Sísifo, a insistir en su afán creador hasta el último instante de su vida.”

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Septiembre de 2010

Anales de literatura chilena, año 11, diciembre del 2010, N° 14.

Pontificia Universidad católica de Chile.

ISSN 0717 – 6058