La esperanza no se extingue, Gonzalo Drago.

En La esperanza no se extingue, novela del escritor Gonzalo Drago, un narrador en primera persona nos pone al corriente de sus vivencias en el hospital Félix Bulnes, donde permanece internado en un pabellón de tuberculosos, durante la época en que los enfermos de esta delicada afección pulmonar eran aislados para prevenir el contagio a  su grupo familiar, permaneciendo así largas temporadas confinados en sanatorios y hospitales. De paso, cabe recordar que el origen de este centro de salud nacional fue precisamente ese, fundado en 1939 para albergar a los enfermos del pulmón.

 

Estamos frente a una prosa ágil y limpia, y por la familiaridad del tono narrativo, el relato pasa ante la mirada del lector como si se tratara de la vivencia personal del propio autor, en tanto encarna sentimientos y opiniones propias del hombre real, común y corriente, sin el juego de máscaras y alegorías que caracteriza al mundo de la ficción. Este tipo de literatura la conocemos con el rótulo de realista, y es el producto creativo de un número valioso de escritores chilenos hoy por cierto olvidados por la crítica. Algunos son: Margarita Aguirre, Armando Cassigoli, Luciano Cruz, Félix Alarcón, Franklin Quevedo, Jaime Valdivieso, Oscar Castro, entre muchos otros.

 

Durante el transcurso de la novela, Gardo (Gerardo Langote), el narrador personaje, aparte de contar retazos de la vida de sus compañeros de sala, y algunas anécdotas hospitalarias del día a día al interior del hospital, se da tiempo también para contar su vida entera, partiendo desde su infancia hasta el mismo día en que será dado de alta. Incluso, detallará el paso de un terremoto, catástrofe tan típica en la vida del chileno de todos los tiempos. Este paso detallado por la vida del personaje, permite al lector conocer pormenores de los chilenos del tiempo histórico descrito, pasear por ciertos barrios típicos de Santiago, conocer las penurias, ilusiones, frustraciones y esperanzas de sus habitantes…

 

Conmueve la mirada piadosamente crítica del narrador ante la pobreza, la fraternidad de los enfermos a la hora de ayudarse unos a otros, la alegría suscitada en sus vidas por los personajes que los visitan en sus lechos, partiendo por el ciego del acordeón, quien alegra sus tardes de sábado tocando gratuitamente algunas de sus melodías predilectas.

 

El acierto metafórico de las descripciones es notable,  por ejemplo, cuando describe a Ramón: “El ciego estira el acordeón y mágicamente se desgranan algunas notas en un melódico preludio de su repertorio (…) La melodía alegre, ágil, campesina, penetra en los corazones de los enfermos, salta de cama en cama, transita por los pasillos y se escapa por los ventanales que miran hacia el río” O en la descripción del clásico vendedor de maní, otro personaje típico en las tardes de domingo en la Quinta Normal: “Y se alejará por la calle pobremente iluminada, navegando sobre el empedrado, dando tumbos, en dirección a su casa.” Lo mismo ocurre con las descripciones del espacio y su atmósfera: “el cielo convertido en gigantesca tulipa de cristal, encarnado en el ocaso, comienza a teñirse de luto, poco a poco, con timidez de niño enamorado.” “En las noches, desvelado, las horas son prodigiosamente elásticas, al margen de los relojes, con horas de infinitos minutos. Para mitigar el tedio miro hacia el cielo constelado de estrellas y me siento abrumado con su grandiosa inmensidad.” La ciudad que describe el personaje, dista hoy mucho de la actual, y contiene una clara y bella nota de anacronía, con su inevitable carga nostálgica.

 

El narrador nos llevará también al mundo rural, a los campos chilenos, recreando antiguas costumbres campesinas, como el mate y la crianza de aves y animales para el consumo, esas infaltables aventuras vividas durante la infancia de una gran mayoría de chilenos, y cuyas tradiciones, por cierto, están hoy cada día más lejos del hombre de la ciudad, aunque aún pervivan en el inconciente colectivo.

 

Sin embargo, hay que señalar que el sello característico de esta tendencia literaria es a mi juicio, más una desesperanza que esperanza en una vida mejor, donde el héroe se lamenta con una autocompasión que ahora se me antoja de connotaciones negativas para el espíritu, cosa que en la literatura universal no se da de la misma manera al describir realidades semejantes, y el lector termina más bien adhiriendo al mensaje del autor con esperanza de una solución.

 

Interesante resulta contrastar nuestro realismo con el llamado hiperrealismo, donde el desprecio del personaje por el mundo que lo rodea, no lo conduce a la autocompasión clásica del realismo nacional, presente en la obra de los expositores de esta tendencia, sino a una cierta conformación gracias al predominio del humor y sobre todo de la ironía. Ingredientes que, como sabemos, contribuyen más la a salud del alma que a su enfermedad. Estoy pensando en la narrativa de John Fante (1909 – 1983), contemporáneo de nuestro Gonzalo Drago, y posiblemente padre del llamado hiperrealismo sucio, al decir de Charles Bukowsky, tal vez su mayor discípulo.

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Año 2001