La bacteria inmisericorde

Desde hacía algunos años se venía escuchando bajo cuerda, es decir, a escondidas o en lo íntimo del hogar que “algo olía mal en la Fértil Provincia”, presagios, intuiciones, rumores…anunciaban que en lo subterráneo un virus, tal vez una bacteria inmisericorde atacaba el cuerpo social en lo más sensible y abisal de la manzana, como vil gusano de la podredumbre y cieno, y el cuerpo social respondía decadente y flojo al estímulo, simulando pecaminosa y mórbida obesidad, así la voz popular junto con la relajación de las condiciones del crédito en constante y sonante -de ese tiempo ya- consultaba en amena charla el precio de cada quien, porque el sentido común lo había instalado entre los temas del día, cuál es tu precio, ergo, la bacteria, el virus estaba allí, al alcance de la cuenta o de la mano.

Comenzaron a vaciarse las organizaciones sociales y sindicatos, y no sólo por falta de político interés, sino porque cada quien empezó a mejorar su sueldo con mañas incluidas en los mandamientos, unos con los clavos, otros con el cemento, las baldosas…etc. un ingenioso e individual sistema comenzó a funcionar con habilidad y terminó de sepultar las agrupaciones, esta fue la solución personal y de grupo que mejoró los ingresos familiares como nunca antes, el crecimiento sostenido y los precios  soportaban y soportan todos los embates; se comenzó a echar agua en los clavos porque con óxido no tienen reventa, se achicó las puertas, de alto y ancho, para que cualquier bulto en la cintura impidiera agacharse a la salida, o impidiera sacar algo escondido de hombro a hombro, por eso una puerta también angosta para obligar a pasar agachado y sólo de lado. Así se forjaba la modernidad de nuestra patria, con pequeños síntomas, avisos que fueron sorteando y aflojando las duras condiciones del salario. En lo invisible e ignoto al gran público y sufrido espectador, se acordaban precios entre quienes se presumía en lucha de mercado y competencia sin contemplaciones, suaves papeles para delicada piel a duro precio, y el hombre pobre, pobre, como sabiéndolo o adivinándolo, maquinaba a solas su silenciosa venganza, haciéndose maestro en esconder mercaderías entre sus ropas, y más también, lo que pudiere, se lo lleva puesto sin que se note, mermas, el alto de índice de mermas que superan el doble y el triple de lo presupuestado, indicando que el círculo vicioso se ha cerrado.

De pronto, de soslayo y en pequeños y emotivos sketch nos cae como agua fría la noticia que el servidor público, ese paladín del bien común, ejemplo de inmolación y sacrificio, que ofrenda inteligencia, energía y tiempo al bien colectivo, aprobó leyes de Pesca y Minería bajo estímulos en contante y sonante, lo que motivó a otros solicitar la derogación de las mismas, pero partido jugado, partido cerrado se dijo, y ahí quedaron las cosas, ocultas bajo la felpuda alfombra de la mala memoria y hasta podríamos pensar ahora de la mala fe. En tanto surgían genuinas muestras de arrepentimiento, eso quisimos creer, de las más altas esferas de las finanzas y casi de casualidad saltaron las liebres, en un amplio espectro de beneficiarios y complicidades llegando incluso a la intimidad sagrada de la familia, y comienzan a aparecer nuevamente los servidores públicos cobrando por trabajos que nunca habían hecho, -lo cual no implica que no hicieran bien su trabajo- pero bueno, tiernas esposas e hijos estupendos, salen junto con ellos al baile cortesano, boletas, un descuido que escapa a los límites de este arte, el del respeto, que en otro ámbito bien reza entre caballeros que: “ni en la oficina ni con la vecina” Pero no, van saliendo acosos en la oficina y en la cocina de la propia casa también adonde fueran expresamente citadas las incautas, ¿sí?, y una prestigiosa empresa con el eufemístico giro de Comunicación Estratégica, tiene por misión bajar el perfil y sumir la noticia en el olvido que, bien puede ser fabricada también y alcanzar el rasero común de la realidad, tal como si lo fuera, como una post verdad.

Pero no, aún quedan las gloriosas instituciones modelo de probidad y respeto, nuestras instituciones armadas: Dios nos libre, porque una espesa y pesada sombra se posa sobre el uso de los fondos reservados del cobre, válame Dios, como decía Sancho, el sagrado sueldo de Chile escurriendo no en manos duras, sino en manos hábiles, y diferencias exorbitantes en muelles viajes de placer familiar en vez de esforzadas marchas de campaña; y luego en “Orden y Patria” se escabullen 26 mil millones, que no es poco, en una extensa red de complicidades, demasiado extensas para no ser un secreto a voces, pero secreto al fin del que -pareciera- participaba hasta el jardinero.

Ni qué pensar en la Santa Madre que, en el silencio de sus pecados, no deja de arremeter en la vida pública con desparpajo esquizoide, contra la causal que sea, mientras en su glorioso vientre y con sotana de trabajo pareciera albergar una multitud de pecaminosos pederastas, sin problema alguno de identidad de género, plenamente asumidos claustro adentro.

En fin, muertos los cisnes de los humedales, destruidos los glaciares que juramos respetar, destruidos cientos o miles de hermosas viviendas y paisajes con el respectivo permiso edilicio en regla, reemplazados por lo general por vulgares agresiones estéticas, qué nos queda que no haya sido alcanzado del todo por la sinuosa bacteria, “huracanes” policiales, montajes criminales y complicidades mafiosas, y si empezamos a consultar cómo y quién, la respuesta es probable que la infectada sea Fuenteovejuna completa, es decir, el que algo tenga al alcance de la mano sin excepción.

Por eso los escritores desde nuestra pobreza, -que no quisiéramos calificar de “franciscana” por temor a ser confundidos- pero pobres al fin, con el solo computador a la mano, estamos atentos y no escapará a nuestros sentidos y a nuestra mirada este pornográfico baile de millones.

 

Créditos de imagen: asymptotejournal