Hamaca

“Me vi con el Alberto arriba de una bicicleta
haciendo algo así como el amor y me dio
mucha risa. No pude contenerme ni fui
capaz de parar”

Amparo

         Constanza Ternicier joven narradora chilena con un Magister en Teoría Literaria y Literatura de la Universidad de Barcelona y un Diplomado en Edición hace su debut en el mundo de las letras con HAMACA una novela de carácter iniciático, también conocida como una Bildungsroman.

Según el concepto acuñado por el filólogo alemán Johann Karl Simon Morgenstern una Bildungsroman significa literalmente novela de formación o novela de educación y básicamente se trata de un tipo de ficción iniciática que se caracteriza por la presencia de un par de elementos que siempre la vuelven atractiva; por un lado desarrolla un cambio interno en un personaje, acompañando al lector a descubrir cuáles son los cambios emocionales que atañen a su alma, y que lo hacen evolucionar de un estado a otro. Y, en segundo lugar, y como correspondencia a este cambio emocional, la narración dibuja una marcada peripecia, cercana a la novela clásica de aventuras, en ocasiones con sesgos marcadamente amorosos, a partir de las relaciones de amistad que el protagonista mantiene, en contacto con los otros.

Una prosa limpia y algo descarada  –articulada desde el yo subjetivo de la primera persona- desde la primera frase fluye vertiginosa como un nervioso y fresco riachuelo de aguas cristalinas y atrapa la atención del lector: El personaje que nos habla se llama Amparo, apenas se eleva sobre los doce años de edad, es una colegiala cuya existencia discurre bajo el estigma de un hecho fundamental que cambió su vida para siempre: cuando ella contaba con cinco años de edad su madre huyo del hogar.

Desde entonces no la ha vuelto a ver ni tiene ninguna noticia de ella.

En la actualidad Amparo vive junto a su padre en una enorme casona de seis habitaciones con un amplio patio, sostiene una amistad con una vecina llamada Rosario –tres años mayor que ella- asiste a clases- visita a su abuela paterna que vive en las cercanías y la mayor parte del tiempo se lo pasa elucubrando sobre qué hará y dónde andará su madre y recordando los días felices cuando juntos compartían el paraíso del hogar. Aquellos remotos días en que los tres sentados en la Hamaca –que aun cuelga entre dos árboles del patio- se divertían comiendo cualquier cosa o riendo alegremente con cualquier pretexto insignificante. Y Amparo aun no consigue comprender la razón por la cual la madre de pronto los abandono a ella y a su padre y la novela se inicia cuando ella adopta la determinación de buscarla y encontrarla al precio que sea necesario.

Amparo conserva el recuerdo de una madre hermosa, alegre y dicharachera pero que también en ocasiones adoptaba en sus ojos una mirada teñida de sospechas o se arrojaba al suelo y describía extrañas movimientos: por las descripciones se podría sospechar una depresión endógena o una bipolaridad y al padre lo recuerda como un tipo anodino, casi invisible que en la actualidad se ha convertido en un ser monosilábico, algo catatónico, que lleva una vida de ermitaño recluido en una habitación del fondo de la casa donde se dedica a armar unos puzles que tienen millones de fragmentos. Amparo deambula un poco a la buena de Dios entre el colegio, la casa de su abuela, unas clases de natación y las andanzas con Rosario, su vecina.

 Sin lugar a dudas nos encontramos ante un tema que ha sido ya largamente tratado en la literatura nacional: la destrucción de la vida familiar; la presencia de aquel temible flagelo que amenaza con convertir el sagrado orden de las familias en un montón de escombros; Y es así como una serie de valores y preceptos constitutivos de una solidad estabilidad social entran a resquebrajarse y a perder terreno. En efecto, Amparo sola, movida por el deseo de comprender y encontrar a su madre inicia una búsqueda que la conduce a la calle, a la vida, a relacionarse con otros, en un viaje de exploración que muchas veces es también un viaje al corazón de sí misma, un viaje que la lleva a descubrir y descubrirse y que rápidamente -y sin mediar impedimentos- la conduce al alcohol; se emborracha con vodka y se vuelve adicta a la cerveza y el pisco sour, a los pitos o cannabis sativa, a otro tipo de drogas; unas estrellas que pueden ser anfetaminas o acido de cualquier tipo. A frecuentar cierto tipo de fiestas nocturnas, bohemias y salvajes, que suceden al ritmo de una música delirante en espacios abiertos bajo las estrellas llamadas Rave porque son el tipo de fiesta que le gustaban a su madre y piensa que por ahí la puede encontrar. A través de su amiga Rosario ingresa en un mundo bastante más erotizado donde descubre que el camembert huele como el semen y una serie de otras peripecias que muy pronto la llevan a desear perder la virginidad andando en bicicleta y el deseo de sentir muy adentro el chorro de agua caliente de un bidet de esos que ya no existen.

Hamaca de ningún modo es el tipo de novela juvenil que pueda relacionarse con el “Papelucho” de Marcela Paz o aquellas tiernas “Mujercitas” de Louisa May Alcott es más bien el tipo de novela iniciática que lleva a recordar a la inquietante y algo turbia “ The Catcher in the Ray” o las andanzas del joven Benjamín, personaje que catapulto a la fama a Dustin Hoffman en la famosa película El graduado donde comparte roles con Ann Bancroft y Katharine Ross.

Entre la gente que alterna con Amparo, además de los amigos de su vecina Rosario, aparece Tristán un podólogo algo mayor, en el cual se encuentra visiblemente interesada su abuela y que ejerce su honorable oficio de masajista de pies en el mismo sitio donde Amparo asiste a clases de natación y es con este personaje, Tristán que Amparo vivirá sus relaciones más sórdidas e inquietantes que lindan a ratos con la pedofilia y lo incestuoso y otras zonas de la realidad acaso más turbias e inquietantes, según se puede apreciar en el párrafo que transcribo a continuación:

De pronto Tristán llega a casa de Amparo, ella le pide por favor que la abrace:

“…me tomo muy suavemente la cabeza y la puso en su pecho, muy cerca de su cuello. Nos abrazamos y comenzamos a mecernos suavemente como si hubiera viento. Me puse a llorar y le dije que ya no daba más, que todo el cuerpo me pesaba mucho y que ya casi tenía ganas de tirarme al suelo y dormir por otros seis años, hasta que mi mamá se dignara a aparecer y a enfrentarse a mi papá obligándolo a recuperar el habla. Tristán volvió a tomar mi cabeza y me dijo justo lo que querría oír: “todo va a estar bien” Me miró fijamente pero hacia un punto inexacto de mi cara y achinó un poco los ojos, como si estuviese el sol enfrente y yo estuviese mucho más allá, en un lugar que no se ve con suficiente claridad. Sentí que el corazón me latía a mayor velocidad que lo acostumbrado y que mis pies perdían el contacto con el suelo. Era como si estuviese arriba de una nube de humo de opio o algo así, y el humo me entrara por la falda haciéndome cosquillas. Quise pegar mi cuerpo al suyo y pude comprobar que no todo era tan blando y lánguido en nuestro abrazo. De hecho, me tenía bien agarrada de los hombros y de un momento a otro ya tenía sus manos en mi cintura y me hacía un cariño casi imperceptible con la punta de sus dedos largos…”

 Suficiente como muestra para graficar lo que señalo, revelar más sería transgredir los misterios de la novela, que de todos modos en ese aparentemente diminuto mundo que pretender novelar establece las sutiles y a veces invisibles dimensiones de cambios que se operan más allá de las personas, los individuos y los personajes y devienen el testimonio literario de las profundas transformaciones de un época. Más allá de Amparo, sus amistades, su papá y por supuesto la Hamaca.

  Por Jorge Calvo.

Hamaca, novela
Autora: Constanza Ternicier
Minimocomún Ediciones
231 páginas.