Hacia una exploración de todo lo vivido. El mundo que tía Paty dejó, novela de Inés Valenzuela

Describe tu aldea y serás universal, es una  frase memorable del célebre novelista ruso León  Tolstoi. Define muy bien lo que llamamos literatura, por cuanto al retratar espacio y tiempo, esas coordenadas impuestas por el hombre en su intento de atrapar la realidad, sumadas al arte literario, se consigue traspasar una vivencia particular, al sujeto universal. Es decir, proyectar y hacer sentir en otros sensación de vida, sea ésta real o imaginaria.

Esto ocurre en El mundo que tía Paty dejó, novela de la escritora Inés Valenzuela, publicada en 1975. Su obra nos pone al corriente de una realidad circunscrita en un tiempo y espacio desconocido para el lector universal, pero perfectamente convincente y verosímil, gracias al arte de la literatura. Es decir, parafraseando ahora al inolvidable R.L. Stevenson, gracias al encantamiento de las palabras que hacen posible su lectura, y acercamiento metafórico a la propia realidad del lector. No en vano Pablo Neruda prologa esta novela con palabras cargadas de sentido poético: ” Este libro es fresco y jugoso como una pera del Maule, de agua secreta y cuya frescura, en medio del bochorno, llega al alma.” De seguro, el Poeta anduvo también alguna vez por esos parajes  sintiendo aquel calor gredoso impreso en la atmósfera, sólo aliviado por perales añosos desperdigados por los campos para usufructo gratuito de los caminantes.  

Contada en primera persona, la novela narra las vivencias de su protagonista, una niña que nace en la región del Maule, quien después de vivir un largo periplo de aventuras en su niñez al interior del latifundio de su padre, finalmente se establecerá en la ciudad, en calidad de bibliotecaria en una sección de la Biblioteca Nacional. Sin perder, por cierto, aquel asombro natural que caracteriza al provinciano en contraste con la persona de ciudad, dejando entrever así, la conciencia del lento y doloroso desprendimiento del pasado.

La historia ilustra los cambios generacionales que se van sucediendo a través del tiempo, desde costumbres domésticas, cotidianas, hasta paradigmas de mayor complejidad psicológica. En este sentido, resulta notable la variada gama de personajes característicos de nuestra tierra que ilustra, pasando por los típicos hombres del campo que apenas han recibido alguna instrucción escolar, hasta aquellos sofisticados seres inmersos en la ciudad, y particularmente los intelectuales de su época que pululan en torno a la Biblioteca Nacional.  

La novela está cruzada transversalmente por esa nota de nostalgia que caracteriza a todo sujeto pensante, a la hora de analizar el mundo que va dejando atrás, como le ocurre a la narradora y protagonista de la historia, quien poco a poco irá descubriendo en medio de aquel asombro que la caracteriza, la inexorable distancia que impone la vida entre pasado y presente. El título de la obra, ilustra claramente el sentido ontológico de lo que se nos viene a contar. Y allí radica su consistencia en tanto obra literaria, porque es capaz de hacer sentir aquel abismo existente en medio del espacio temporal, donde sólo el asombro y la reflexión puede llevar.

La literatura no es historia. Lo sabemos muy bien los amantes del género novelesco. Pero se parecen, la historia es un intento de apropiación de todo lo real, y la literatura también, pero ésta además se abre por senderos equidistantes a la mirada puramente racional del historiador, involucrando -la literatura- al hombre en todas su dimensiones, reales o imaginarias, abarcando esos campos que hoy la ciencia ha convenido en llamar inteligencia emocional. Sólo de esta manera, retomando ahora nuevamente las reflexiones de Tolstoi en torno a literatura, es posible revivir en carne propia esas emociones que impactaron en su momento al escritor.

En El mundo que tía Paty dejó, Inés Valenzuela  se interna en la búsqueda y comprensión de un pasado que aún late en su corazón, y su exploración nos lleva de la mano a revivir emociones semejantes a las suyas propias. Es decir, a ser también testigos de una época distinta, pero igualmente parte de nuestra propia existencia, en tanto sucesores enlazados por los eslabones del tiempo.

La novela, sostiene Henry James en “El arte de la novela y otros ensayos”, tiene el imperativo de representar vida. Y El mundo que tía paty dejó, la representa en abundancia. 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile – Noviembre del 2015