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La falsa ilusión de la educación virtual

Por Bernardo González Koppmann

Colegio de Profesores de Chile A. G.

Sucede que con el estallido social del 18 de octubre de 2019 y la pandemia del Covid19, el “oasis de paz y prosperidad” que era Chile hasta entonces -para la cúpula política- hizo agua por los cuatro costados y se empezó ir a pique irremediablemente. Quedó al desnudo ese modelo neoliberal que durante cerca de medio siglo (precisamente, a partir del golpe de estado de 1973) fue imponiendo una economía del chorreo cada día más extractivista, financiera, egoísta y tacaña, originando una sociedad segmentada, con servicios básicos (educación y salud, fundamentalmente) privatizados o subvencionados y una cultura empresarial retrógrada que, a fin de cuentas, terminó por crear una convivencia esquizofrénica, donde las muchedumbres deambulan llenas de indignación en un territorio ocupado por fuerzas especiales siempre atentos a reprimir cualquier tipo de manifestación popular.

En este contexto, el sector Educación también recibió el impacto. El 15 de marzo de año pasado (2020) se cierra la totalidad de los establecimientos públicos y la mayoría de los colegios particulares subvencionados hasta nuevo aviso, y todos los estamentos quedamos a la deriva. En eso estábamos cuando llega el mes de julio, y el MINEDUC, reaccionando tardíamente, propone un plan de priorización de asignaturas y objetivos para dar a las comunidades escolares apoyo sicosocial y sicológico, como una forma de paliar los efectos de la crisis sanitaria. En el intertanto, los profesores y los alumnos habían modificado sus métodos de enseñanza, pasando abruptamente de las clases presenciales al teletrabajo, intentando mantener el sistema educacional a flote con admirables esfuerzos de ingenio y generosidad. Así se salvó el año, cuadrando las estadísticas y promoviendo a niñas, niños y adolescentes (NNA) casi automáticamente, con honrosas excepciones. Nadie estaba preparado para una crisis de tal envergadura, ni el más pintado, salvo “los profes”. El resto se fue a las pailas, y aún no regresa.

Bien, durante ese primer año de pandemia la única obsesión del gobierno -a través del ministro del ramo, Raúl Figueroa- fue el retorno a clases presenciales a como diera lugar, y, debido a que el Colegio de Profesores de Chile, junto a otras comunidades científicas, aconseja “volver a clases presenciales sólo cuando el virus esté bajo control” y que prevalezca, por cierto, “la urgente necesidad de salvar vidas humanas antes que activar una economía en crisis”, la autoridad descalificó a los docentes -y a cualquiera que osara discrepar- tratándolos públicamente de cómodos, flojos y culpables de todos los males habidos y por haber; incluso, nos recordó el mandatario lo nefasto de los paros que realizó nuestro gremio los años anteriores por “destruir la educación pública de calidad” y nos culpó, a la pasadita, de “ideologizar en nuestras clases a los estudiantes que saltaron los torniquetes, desde el jardín infantil a cuarto medio”. Impresentable.

Así las cosas, llegamos a las vacaciones de verano. Desde el MINEDUC preparan intensos protocolos e instructivos muy precisos para volver a clases presenciales a partir del 1° de marzo, y, antes que cante el gallo, los medios de comunicación informan que desde una escuela de Corral el presidente Sebastián Piñera inaugura el año escolar 2021, el cual, según sus palabras, será de forma voluntaria y gradual. Y aprovechando la oportunidad, le manda un recadito al Colegio de Profesores: «Debemos dejar de lado consignas e ideologías y poner por delante el interés superior del niño». Qué tierno.

Lo que se desató a partir de ese momento ha sido de locos. A través de los DAEM de todo el país, y en apenas un par de semanas (marzo 2021), la autoridad ha dejado caer sobre el magisterio -y la comunidad escolar toda- un despliegue impresionante de oficios, decretos, normativas y un cuanto hay de papeles con la supuesta intención de “instalar un sistema online de enseñanza que no deje brechas digitales y cumpla a cabalidad con el propósito de recuperar los vacíos académicos que dejaron los años anteriores” y, era que no, cumplir con el viejo sueño del empleador de supervigilar -como que no quiere la cosa- las actividades lectivas de los docentes “para que no concienticen a los alumnos”. De este modo, en el lapso de un mes, los maestros de todo Chile han tenido que instalar en sus casas una sala de clases virtual, equipos y conexión a Internet -ojalá de banda ancha- costeado por sus propios peculios; enseguida, capacitarse en competencias informáticas de alto impacto; planificar clases (en algunos establecimientos, día a día); conectarse a través de classroom con los educandos de 8:00 a 14.00 horas, de lunes a viernes, y al parecer durante todo el año; pasar lista por cámara; afrontar la observación sincrónica de nuestras clases por parte de todo el equipo de Unidad Técnica Pedagógica (UTP), de forma  impositiva e inconsulta al Consejo de Profesores; justificar frente a los padres las infinitas necesidades y carencias del sistema, obviamente por teléfono o en reuniones de apoderados online; participar en consejos técnicos administrativos; coordinarnos en grupos profesionales de trabajo (GPT); completar libros de clases y bitácoras electrónicas, incluso con aquellas actividades realizadas en horas no lectivas; durante las noches, preparar guías, instrumentos evaluativos y corregir trabajos. Agréguele a todo esto repartir canastas familiares, atender situaciones de personas con capacidades diferentes, realizar en estas condiciones de crisis sanitaria una evaluación docente totalmente fuera de foco, llenar largas encuestas y fichas de los estudiantes y sus familias, renovar contratos de trabajo año a año, presentar certificados de antecedentes y actualizar en algunos casos autorizaciones para poder hacer clases. Y de yapa, como si esto fuera poco, nos llega a todos los profesionales de la educación de la comuna de Talca, recién el 30 de marzo, la orden de responder la Declaración de Intereses Patrimoniales (DIP), cuando el plazo vencía el 31 del mismo mes, donde, por lo demás, sólo deben “cantar” quienes ostentan cargos administrativos o reciban un sueldo similar. Muchas de estas tareas son muy nobles, pero, aunque nos apliquemos con el notebook o el celular, no se alcanzan a realizar en una jornada de ocho horas diarias. Como se ve, cero empatía con los profesores de Chile. Aquí queda a la vista el talón de Aquiles del sistema imperante: la insensibilidad brutal de los gobiernos empresariales cuando hay que respetar los derechos laborales  de los trabajadores, de las trabajadoras. Con todo respeto.

Creemos en las bondades de los TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación); su aporte a la revolución cultural del siglo XXI es innegable, pero, hacer uso y abuso de ella es contraproducente. No sabemos las secuelas que pueda dejar en nuestros escolares el hecho de utilizar este recurso indiscriminadamente, cuando vemos que deben estar demasiado tiempo conectados a clases virtuales. Tememos que surjan dolencias a la columna, a la vista, al oído y un agotamiento físico general; no es bueno el sedentarismo, menos aun cuando las noticias de la pandemia nos asustan, estresan y agotan mentalmente. Y esto también corre para los pedagogos. Sería aconsejable un proceder más noble, más decente, de parte de las autoridades locales. Urge, por ejemplo, crear una Mesa de Trabajo de Educación en la comuna de Talca que recoja la opinión de los distintos estamentos para decidir qué tipo de educación quiere la comunidad. Pero, no vemos voluntad política para escuchar sinceramente a los profesores, apoderados, alumnos y asistentes de la educación.

Todo lo anterior -esa montaña de exigencias que he tratado de resumir en forma incompleta y a la rápida en esta crónica- nos llegó con una descoordinación y falta de criterio abismante (por lo fundamentalista, dogmático y desmedido de lo que se estaba pidiendo) a las escuelas y liceos de Talca. Fea la actitud. Nula empatía, inclusión o tolerancia con el prójimo en tiempos difíciles. Y lo más paradójico es que, mientras pasaba todo esto en el DAEM, el alcalde seguía declarando por este mismo medio -Diario Talca, 14 marzo 2021, página 11- que en nuestra comuna tendríamos “una educación a escala humana”, para “mejorar las condiciones de vida de las personas y transformar Talca en una ciudad más amable, más sensible“. Pero, como diría Humbertito, “no entiendo”. Si se lo tratáramos de explicar de una manera simple habría que contarle que el mando superior en Educación -desde Piñera hasta el último jefe administrativo- se parece al director de la orquesta del Titanic, quien le exige a sus músicos que no paren de tocar, mientras el buque se hunde más y más en las frías aguas de la insensatez. Tal cual.

Pero, este ambiguo proceder de la autoridad, que raya aparentemente en lo kafkiano, en lo absurdo, tiene una explicación. No es casual. Para ir terminando, ahora les digo cuál es la pillería de todo esto. Pongan ojo. La LGE (Ley General de Educación) intenta reproducir una sociedad neoliberal, basada en “el libertinaje” del dejar ser, dejar hacer -falto del más mínimo fundamento ético o moral- como idea o paradigma esencial de su doctrina; para ello necesita formar a nuestros NNA (niñas, niños y adolescentes) como entes individualistas y consumistas, sumisos e irreflexivos; jamás un ciudadano consciente, crítico, propositivo, humanista de tomo y lomo. En la encíclica “Fratelli tutti” (2020) el papa Francisco nos deja clarita la película: “El mercado solo no resuelve todo”. Aún en medio de esta despiadada crisis social y sanitaria el empresariado -que usa la educación como bien de consumo- y los gobiernos presidencialistas actuales -regidos por la constitución de Pinochet- siguen vivitos y coleando, tratando de mantener y prolongar desesperadamente un sistema reconocido como inhumano -insensible, corrupto, depredador y represivo- llamado Neoliberalismo, impuesto por un golpe de estado fratricida en Chile, y cuyas consecuencias hoy estamos padeciendo más que nunca (y quizás por cuánto tiempo más). Actualmente, la educación pública que reciben nuestros jóvenes es descontextualizada, tecnócrata, irreflexiva e irrelevante al momento de querer comprender, analizar y crear propuestas concretas para construir una nueva sociedad -el Reino de Dios, dirían los cristianos- que haga frente a los acuciantes desafíos que está exigiendo una gigantesca multitud a gritos.

En síntesis, la situación es la siguiente: Tenemos un gobierno de ultraderecha en sus procedimientos -con un 4 % de aprobación- que obliga a los profesores a formar alumnos vía online, ya sea como entes consumidores (educación particular subvencionada) o mano de obra barata (educación pública) para una sociedad que nos existe, o que se mantiene a flote a punta de amenazas y represión. O sea, pretende echar el océano en una botella. De Los Tres Chiflados. ¿Qué expectativas se pueden crear los NNA frente al rumbo que han tomado las cosas? ¿Qué tipo de comunidad, de país, de humanidad debemos soñar, poner los cimientos y celebrar? ¿Qué tipo de persona queremos ser y ayudar a formar en las escuelas y liceos para que algún día vivamos en un lugar libre de contaminación y bastante más fraterno, solidario, justo y trascendente? ¿Cómo, cuándo, dónde? Tarea para la casa. Amén.

Talca, Pascua de Resurrección 2021.

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