Escritor del Mes

MARTA JARA, ESCRITORA DE LA SOLEDAD

Una de las más notables escritoras de su generación (Talca, 1919 – Santiago, 1972), publicó dos libros de cuentos: El vaquero de Dios (Nascimento, 1949) y Surazo (1962), bellos títulos ambos. Este último concentró tres premios, premio Alerce de la SECH, elegido por la crítica como el mejor libro publicado (1962) y premio Municipal el año siguiente. Su cuento “La camarera” fue incluido en la Antología del cuento hispanoamericano contemporáneo de Ricardo Latcham, de 1958, y está presente en otras destacadas antologías nacionales.

Si bien sus primeros relatos heredan ese lenguaje caricaturesco del habla campesina que introdujo la llamada literatura criollista (que a menudo requiere un lector capaz de “traducir”), cambiará a un lenguaje centrado en un interés genuino de entender las motivaciones humanas más profundas, aquellas que conllevan decisiones que transformarán la vida. Mayoritariamente, sus personajes son solitarios, algunos han perdido seres queridos, pero continúan haciendo “lo que hay que hacer”, con pocos lazos emocionales, siempre a merced de una naturaleza dura que los arrastra sin posibilidad de elección.

El vaquero de Dios incluye cinco cuentos: “Ño Juan”, “Gancho El Chis”, “El camarada”, “El buey Galantía” y el que le da el nombre. Por las ochenta páginas de “No Juan”, una novela corta más que un relato, desfilan los recuerdos de su vida, con sus penurias, su mujer muerta, la familia, las injusticias propias de una relación patronal enraizada en costumbres medievales. Está viudo y viejo; tiene descendencia y una vaca que fue parte importante de su vida desde que se casó. Recuerda sin cesar el pasado, especialmente a Carmela, su mujer, muerta en el hospital, sin que nadie diera explicaciones.

Y pronto vienen nuevos dolores: el mayordomo acusa que tienen más animales que los permitidos, y deben disminuir el número “para no perjudicar al patrón”. La familia de ño Juan espera que se deshaga de su vaca ‘Sortija’, un ser vivo más importante para él que su familia, y sabe que debe tomar una decisión.

“El vaquero de Dios” es un relato dolorosa y mágicamente conmovedor; curiosamente, comparte muchos rasgos con lo fantástico, con lo real maravilloso, con el cuento popular, rasgo poco presente en la literatura de esos años. Un guainita sin familia, trabaja en lo que sea en el fundo para pagar “su talaje”; sueña con tener un potro negro, hasta que lo consigue; lo cuida, le habla, lo acaricia, deposita en él todo su amor, hasta que un día desaparece. Lo busca sin cesar y lo encuentra agonizando. Llora a su lado con desesperación… De pronto, despierta y ve que su potro lo espera en lo alto de la colina; incrédulo, sube, sin entender qué ha sucedido. Sin duda, es un milagro; y ahora galopará para siempre en un rol sorprendente: será vaquero de dios en los pastos inacabables del cielo, bajo la tutela del mismo Taita Dios.

Y esa es una de las tantas historias que las generaciones seguirán contando alrededor del fuego, porque abre la puerta a esos anhelados finales felices que anhelan todos los desamparados del mundo, esa inmensa humanidad que protagoniza los poemas de Nazim Hikmet.

Su segunda publicación, “Surazo”, tiene un esquema similar al anterior; el relato del mismo nombre es el título y, por su extensión, también podría catalogarse como novela corta. El viento inclemente que sopla “galopando las islas, semejante a demonios”, es una presencia constante que estructura la vida y la muerte en esta geografía chilota. Sin duda, nuestra literatura ha estado muy marcada por las características geográficas extremas que delimitan zonas completamente diferentes de norte a sur, en tanto van modelando formas de vivir, de trabajar, de ocupar los espacios naturales y sociales de una manera determinada, conformando tipos humanos característicos, capaces de lidiar con esos ambientes con mayores destrezas que cuando se trata del contacto con pares.

Los tópicos presentes son numerosos, pero siempre bajo el paraguas de la soledad: el miedo a la muerte; la religión; la culpa; las costumbres; el amor y el desamor; relaciones humanas esquivas, difíciles, resbalosas, efímeras.

El escritor Juan Agustín Palazuelos prologa Surazo y afirma que “el realismo de Marta Jara apunta hacia lo trascendente del acontecer humano”. Señala, además, que la atmósfera de los cuentos “toca los lindes de la novela”. Con gran lucidez, agrega que (los cuentos) “leídos en el volumen y en el orden en que están, no se puede dejar de evocar todo un mundo que es propio de la novelística”.

Integran este volumen “Surazo”, “El hombrecito”, “El yugo”, “El vestido”. En “Surazo” hay dos narradores, uno de ellos el mismo anciano protagonista, lo que se marca en cursiva. El viejo está aterrado por la cercanía de la muerte y todas las noches traslada su catre, quizás como parte de esa creencia ancestral en que mover los muebles impedirá que la muerte encuentre a quienes ha elegido. Sus ideaciones oscilan entre el pasado lejano y un presente teñido por el temor a la muerte, ligada también al ‘surazo’: “Nos barrerá el surazo”, masculla en un momento. Y una noche llega una familia, varada allí por el surazo, como una historia que se repite por generaciones; uno de los recién llegados compartirá el lecho con él y lo acompañará en esa noche en que tal vez la muerte logre su objetivo.

“El hombrecito” es un cuento que sugiere un tema escasamente abordado por nuestra literatura: el incesto. Comienza en un ambiente casi bucólico, parece ir en una línea recta de apacible ruralidad, pero pronto va despertando preguntas inquietantes… Debe ser buen hijo “el hombrecito”, tiene unos doce años, acompaña a su madre y, probablemente, no hay padre, por lo cual debe ser ‘el hombre de la casa’. Suponemos que hacen la última parada al final del día, después de traer al pueblo productos para vender, hacer las compras necesarias y regresar a casa.

El comerciante también ha tenido un día de trabajo duro, está hambriento y cansado, calienta su comida y quiere irse lo más pronto que pueda. La petición de compra de la madre del hombrecito, seguramente, lo atrasará. De mala gana abre un fardo de ropa “de segundo uso”; la mujer se prueba algunos vestidos, escoge uno y espera la opinión del hijo.

Él la contempla, envuelta en un atuendo muy diferente a las ropas cotidianas: “Bajo el sol, las anchas franjas verticales del vestido, azulinas y amarillas despedían violentas, lujuriosas llamaradas”. Sin duda, esa descripción del narrador interpreta lo que ve el hijo cuando contempla a su madre. El hijo es quien negocia con el vendedor para que se lo deje al precio que él quiere y lo logra. La reflexión final del vendedor viajero resume su asombrada conclusión: “Putas el hombrecito”. Ya ha dejado de ser un niño y está llegando a ser el hombre que será ¿junto a su madre?, ¿reemplazando al padre? Muchas preguntas para una realidad frecuente en zonas rurales y que este cuento sugiere con mucha maestría.

También en estos relatos el tema de la muerte aparece revestido con dimensiones épicas. El padre le pregunta mentalmente al hijo muerto: “José del Carmen, hombre, cómo le vamos a decir esto a tu madre…”. Y continúa el relato describiendo la situación: “Oscurecía. Lo puse en la montura, de través, y luego monté al anca. Me pareció que él debía llegar como un hombre a su casa…, y entonces, (el mayordomo me ayudó) lo montamos, derecho, como le corresponde a un hombre y, rodeándolo con un brazo, sujeté las riendas y su cintura; con el otro le sostuve la cabeza. Así entramos a las casas. Al paso…”. Como un héroe griego, el hijo muerto es llevado por su padre ante la madre, que aún no sabe lo que ha sucedido. Es una escena que podemos imaginar claramente y estremecernos, por ese padre que lleva a su hijo como debe ser –montado, como corresponde a un hombre- y por la madre, que ignora la muerte de este hijo, pero cuyo padre lo trae de la manera honrosa que merece.

Marta Jara es una de nuestras grandes escritoras, cuya temprana muerte nos privó de continuar disfrutando de buena literatura sobre temáticas y personajes que discurren en entornos humanos y naturales que nos son familiares, espacios e historias donde podemos reconocernos, porque en ellos resuenan voces que identificamos como parte de nuestro pasado, pero que son capaces de dar sentido a nuestro presente vital y lector.

Josefina Muñoz Valenzuela

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