“El vendedor de pasados”, por Ignacio Vidaurrázaga

Por Ignacio Vidaurrázaga

Agualusa, José Eduardo (1960), en una de sus novelas nos propone un texto ambicioso para su extensión. ¿Cuánto pesa un pasado? ¿Es posible construirse uno nuevo?

En suma, este angolano que escribe en portugués y transita entre Luanda y Lisboa nos introduce a un nudo hecho de memorias y mentiras, entreverado con el poder y las ambiciones por tenerlo. Todo tras la búsqueda de una memoria conveniente o al menos aceptable.

La trama de este texto de la editorial Edhasa (2017) —y que por traducción nos llega con retraso— nos introduce con diversos guiños y señas a lo africano. A sus bailes, sus luces y sombras, a sus verdes que reflejan el Atlántico y muy sustantivamente a las historias y registros orales tan propios de ese territorio.

Agualusa crea un personaje singular, casi un semidios que ofrece ni más ni menos, que servicios para originar nuevas vidas. A cambio de componer una carpeta con documentos de identidad, fotografías y detalles que resuelven de una vez manto, socias y leyendas, recibirá jugosos honorarios, porque luego de ese encuentro su cliente saldrá convertido en otro.

Las memorias pareciera que pesaran más luego de traumas y fracturas históricas. Angola tiene vivo los crímenes de su guerra civil, sus frágiles gobiernos y sus fracciones dirigentes enfrentadas por el poder. Y ese pasado configura traumas y de eso huyen personas queriendo borrarlos.

Pero, la dificultad de comprar un pasado siempre serán los testigos, y la conciencia que aún en silencio incomoda. El mocito, el chofer, el sacristán o la secretaria. En su poderío no los imaginan con capacidad siquiera de testimoniar y sólo después comprenden que justo ahí, ha estado el error.

Podría recordarles a Coetze, a Borges e incluso al propio García Márquez y sus difusos límites entre lo real y lo otro. La creación artística tiene ese extraño mérito de cronicar esos espacios extraños entre lo consciente y lo soñado o lo que creemos haber vivido. Esa área difusa y rara entre lo que parece posible y esas nuevas y difusas fronteras.

Pero, a veces y demasiadas veces lo ocurrido brinca lo imaginable. Y ahí o se hace silencio y duda o llega presuroso el o la creadora a atrapar ese instante. Agualusa escribe como brujo, como pareciera evidenciarlo el Geco o  Eulalio, al que sólo enunciaremos. 

Titular es siempre complejo, hacerlo sin repetir o parafrasear lo es aún más. En este caso, haré todo lo contrario y repetiré El vendedor de pasados. Un muy buen título porque es ambicioso en su promesa y se instala en el deseo de muchos y de muchas.

De nuevo, el dinero puede comprar todo o casi todo, imagínense hasta el pasado. La pregunta siguiente podría ser otra, ¿qué es lo que aún no puede comprar?

Un breve retorno al texto. Ángela Lucía y Esperanza son lo femenino. Cada una con su tarea y sueño. Ángela Lucía colecciona luces y brillos. Cada sitio tiene su luz y ese quehacer es su sanación. Esperanza sirve y observa, porque esa es apenas su segunda vida.

Me detengo y busco información sobre Luanda que hoy es la ciudad más cara del mundo. Entonces de inmediato pienso que Agualusa tiene demasiados insumos entre lo que hay de sobra y accesible para pocos y todo lo que falta para muchos, de esa Angola estacionada entre la Revolución que quiso ser y la que realmente fue.

Chile reúne demasiado pasado incómodo y posiblemente en alguna ventanilla clandestina y de acceso reducido, pudiera existir ese supermercado donde a la vez de borrar se reescribe. O derechamente se falsifica.

Mientras finalizaba esta lectura, que a buen precio encontré en la librería Contrapunto, pensaba en algunos de nuestros políticos, empresarios, curas y uniformados de más de 60 o 70 años. En esos hombres y mujeres y sus roles en dictadura. Y en su ignorancia de esos horrores.

En el reparto de los roles, el que ordenó y el que hizo. Y el más piola, el beneficiado desde lejos que hoy disfruta impunemente de su nueva situación.

La disputa de las memorias está abierta y ocurre cotidianamente. Por los nuevos fallos e investigaciones judiciales, por una placa o monumento que irrita, por un pasado que honra o cuestiona.

Por una anciana madre que fallece o un torturador que imagina romper el pacto de silencio que todavía le recuerdan sus colegas de dormitorio. ¿Qué recuerda el que recuerda y qué olvida?  ¿Es necesario olvidar?

Pero, el pasado también puede ser sólo silencio. Pesado silencio. Negar todo hasta borrar la propia historia. Aunque no se concilie el sueño y esos gritos y estertores ni siquiera se apaguen con somníferos. 

Es cierto, todos tenemos un pasado, pero no tengo ninguna duda que ese vendedor de pasados en Chile tendría clientes. Porque en voz baja, casi como un susurro en alguna noche de tragos y confianzas es posible, que todavía más de alguno recuerde atrocidades de su pírrica victoria. 

Javier Cercas y Leonardo Padura en tiempos recientes también han trabajado el pasado, la memoria y la desmemoria, la falsificación y los olvidos. Porque, borrar huellas siempre ha tenido que ver con lo inasumible, y todas las épocas acumulan páginas de horrores.

José Eduardo Agualusa me fue recomendado por la maestra Ana Pizarro, y tiene otros títulos disponibles y traducidos: La reina Ginga y Teoría General del olvido entre otros. Incluso, pudiera ser que Agualusa no se llame así, y todo sea sólo un disfraz para protegerse de tanto pasado borrado que anda suelto por ahí.

Creo, es recomendable dar otra vuelta de tuerca a las imposturas de la memoria, porque pareciera que de ella no hay alta, aunque los negacionistas lo intenten.