El eje de la violencia como sustrato de significación privilegiada en Carne y Jacintos de Antonio Gil

Por Cristian Montes

La intención de estas páginas es visualizar cómo y de qué forma se  despliega el fenómeno de  la violencia en la novela histórica Carne y jacintos (2010) de Antonio Gil. La idea que sostiene la reflexión es que en dicha novela la violencia actúa como un eje de significación preponderante en la representación de mundo. Ello se traduce en que la globalidad de los personajes atraídos  se ven involucrados, de alguna forma, en alguna de las modalidades de  violencia que el texto registra. En este sentido, se evidencia una condición estructural del fenómeno de la violencia, esta es, que “El exceso no es un espectáculo para un público mudo que contempla la escena desde una distancia segura. El movimiento de la violencia tiene un alcance muy largo, abraza a todos lo que se encuentran cerca. No tolera testigos neutrales, sólo conoce víctimas, cómplices o enemigos” (Safoski 2004:31).

El concepto de violencia posee múltiples y variadas  significaciones, lo cual hace difícil realizar una determinada clasificación del fenómeno. Funciona así “como como un indicador de la subjetividad que atraviesa el campo social en la atomización de los puntos de vista y la diversidad de los puntos fijos” (Michaud 82).  Por lo mismo, junto al hecho de  intentar develar la naturaleza de la violencia, debe atenderse  a la naturaleza del campo social donde se producen ciertos hechos que permiten a unos referirlos como violencia y a otros no.  En lo que respecta a este trabajo, se trabajará con un criterio de clasificación que ayude  a hacer fructífero el diálogo que el texto desarrolla con los contextos sociales aludidos.

I-Carne y Jacintos, al igual que la producción novelística anterior de Antonio Gil, se inserta en lo que se ha definido indistintamente como novela histórica, nueva novela histórica o ficción histórica. Pero, independiente de la nominación que se use, la utilización del término genera de inmediato un conjunto de aprehensiones epistemológicas, dado que el tratamiento de la historia en la sensibilidad posmoderna y en las producciones culturales es una discusión de múltiples y a veces contradictorias aristas.  En el caso de este trabajo, lo que se plantea  es que Carne y Jacintos  se inserta en la corriente de la  nueva novela histórica, pero desde su particular especificidad.  En principio, puede afirmarse que en varios aspectos comulga con los códigos que definen  la textualidad  posmoderna, como, por ejemplo, la explosiva fragmentación que opera en todo el tejido narrativo,  desdibujando una eventual  noción de estructura centrada (Jameson 2008: 186).  Igualmente, la ficción novelesca se nutre con las posibilidades corrosivas de la parodia y de “Lo bajtiniiano, es decir lo dialógico, lo heteroglósico y lo carnavelasco”, como de recursos tales como “la metaficción o los comentarios del narrador respecto a su propio texto” (Menton 274).

Sin embargo,  en Carne y jacintos  se exacerba también la búsqueda de un espacio vastamente heterogéneo desde el cual posicionar un lugar de enunciación de arraigo claramente latinoamericano. En consecuencia,  la representación se debate en la acumulación de distintos tipos de discursos, tales como documentos de época, noticias de diarios, partes policiales,  capítulos íntegros de libros, digresiones de  carácter científico y todo un conjunto de discursividades que tensan su espesor textual.[1]  Al mismo tiempo, y respecto al tema de la historicidad, en Carne y Jacintos, como en las anteriores novelas de Gil,  el pasado sigue siendo un foco de preocupación constante.[2] Sin embargo, el propósito de dicha indagación no está destinado  a los efectos de su reproducción pasiva de dicho pasado, sino a establecer un diálogo fructífico y crítico entre éste  y el presente.[3]  En dicho diálogo, el tema de la violencia define de manera significativa la impronta de la perspectiva semántica y del discurso de ideas desplegado.   

II- Estudiar cómo se visualiza el tema de la violencia en un texto como Carne y Jacintos, implica, en primer lugar, constatar que el término mismo de violencia posee una multiplicidad de significados que lo convierten por momentos en lo que Eco ha definido  como “términos saco” (Eco 1981).  Se refiere con esto a nominaciones que pueden aplicarse a muy diversos fenómenos, lo cual obliga a precisar los alcances y límites del concepto.  Respecto a esto mismo, se ha señalado que “Abordar el tema no es nada fácil, menos si se intenta evitar los tópicos al uso. Violencia hay más de una; casi se podría decir que hay tantas formas de violencia como formas de relacionarse en sociedad” (Imbert 12).  Por tal razón, es preciso deslindar los significados con los que se  operará en el análisis de Carne y Jacintos. En primer lugar, la violencia se entiende aquí  en su sentido más amplio, es decir, como violencia social, aludiendo con ello a “una forma de violencia transversal que atraviesa toda la sociedad y se plasma en manifestaciones tanto privadas (e individuales) y colectivas” (Imbert 14). En segundo lugar, se trabajará  con los conceptos de violencia individual / violencia colectiva y violencia subjetiva / violencia sistémica.

Respecto al tipo de violencia social de carácter individual, ésta ha sido clasificada por  J.C. Chesnais en dos grandes categorías: violencia criminal y violencia no criminal. La violencia criminal, a su vez,  puede subdividirse en violencia mortal (crímenes, asesinatos, envenenamientos, ejecuciones capitales, etc.), violencia corporal (golpes y heridas voluntarias) y violencia sexual (violaciones). En cuanto a la violencia no criminal,  se insertan en esta categoría la violencia suicida (suicidios y tentativas de suicidio) y la violencia accidental (entre otros, accidentes de tráfico). En el caso de Carne y Jacintos,  la violencia individual o privada será del tipo de la violencia sexual, tal como como podrá apreciarse más adelante cuando se remita a los hechos sucedido en 1905 en el Colegio de San Jacinto. Lo que en este momento puede destacarse es que la violencia de carácter privado trascenderá, tal como puede apreciarse en el plano ideológico del texto, al tiempo donde se sitúa el acto de habla del narrador, es decir, la primera década del siglo XXI. Lo que en el pasado aconteció en el ámbito de la experiencia individual retornará constantemente de manera traumática, determinando el futuro de las generaciones que  sufrirán las consecuencias.

Respecto al tipo de violencia de carácter colectivo  y su inscripción en el discurso literario, ésta ha sido una línea de investigación relativamente sostenida en el contexto de la crítica latinoamericana de estas últimas décadas. Ello significa y a la vez es producto,  de que la violencia, en sus diversas expresiones, ha sido una constante de la narrativa latinoamericana, desde las novelas fundacionales del siglo XIX hasta las producciones actuales (Pacheco 29).  En lo relativo a Chile, un texto  crítico y paradigmático, al respecto,  es  el ensayo “La violencia en la novela hispanoamericana actual”, escrito y publicado por  Ariel Dorfman  en el año 1970. En dicho trabajo,  el escritor y crítico literario se concentra en establecer los vínculos entre la violencia social que define el acontecer histórico de Latinoamérica y las formas en que dicha violencia es  reelaborada ficcionalmente en un conjuntos de novelas.  Dorfman establece una distinción entre  violencia política, de tipo vertical y social,  y   violencia privada,  de carácter horizontal e individual. En el análisis de Carne y Jacintos será pertinente y operativa solo la primera de estas categorías, puesto que no se presenta activada la segunda.  En cuanto a la violencia vertical, Dorfman señala que ésta se divide entre la  violencia que viene desde “arriba”,  es decir del poder con toda las formas de opresión en las que se expresa y la que proviene desde  “abajo”,  es decir del pueblo, cuya respuesta violenta es signo de resistencia y búsqueda de libertad.  Ante la violencia vertical y la opresión, los sujetos responden a su vez  con violencia, una violencia justificada en este caso,  pues “ésta tiene como fin cambiar el sentido de ese universo” (18). En esta misma línea, Karl Kohut, adhiriendo a algunos argumentos de Dorfman ,   centra su análisis en la violencia política y en la esfera del poder. Según señala, la violencia en términos políticos “sería el abuso del poder en una democracia (por ejemplo a través de la violencia policial) o, en una dictadura, la suma de las acciones del gobierno para mantener la paz social y, con ello, mantenerse en el poder” (198). Violencia y poder son, para Kohut, dos categorías estrechamente vinculadas, “hasta tal punto que es imposible hablar de poder sin incluir la violencia y hablar de ésta implica a aquél” (197).

Las tesis de Dorfman y Kohut respecto a la violencia vertical y política son importantes para dar cuenta del mundo representado en Carne y Jacintos, especialmente en lo que se refiere a la violencia concreta y visible por parte del estado.  Pertinente también es el concepto de violencia desde abajo, pues en los sucesos históricos atraídos es el pueblo el que utiliza primeramente la violencia, con el fin de luchar y alcanzar lo que considera justo. Ello tiene como consecuencia la violencia desmesurada de las fuerzas represoras, la que es altamente visible en la narración de los hechos.  Lo que se plantea aquí, sin embargo, es que la violencia vertical presente en la novela es la manifestación de una violencia de otro orden, una violencia  que es anterior a cualquier expresión de violencia concreta y que es  donde radican las fuentes de la violencia visible.   Se trata de una violencia de tipo  estructural  que genera en los afectados una respuesta violenta como único instrumento para alcanzar  un determinado fin (Waldman 122). Es un tipo de violencia que remite al conjunto de circunstancias responsables de las injusticias que afectan a los sectores de la sociedad más disminuidos. Es también el resultado de una situación política que se origina en un modelo de sociedad que genera divisiones y que ha hecho posible la implementación  del capitalismo.

Los postulados de  Slavoj Zizek respecto a la violencia permiten enriquecer lo relativo al concepto de violencia estructural, proponiendo visualizar cómo opera lo que él define como violencia sistémica. Entiende por ello una forma de violencia  que hace posible que  una parte de la sociedad goce de los beneficios de una vida altamente confortable, pero a costa del sacrificio de otros. Puede que el grupo privilegiado no ejerza una violencia explícita sobre nadie, pero su conducta sea igualmente un reflejo del “invisible trasfondo de la violencia sistémica”  (20). Zizeck establece una distinción entre violencia subjetiva, entendiendo por ello “la violencia de los agentes sociales,  de los individuos malvados de los aparatos disciplinados de la represión o de las multitudes fanáticas” (21) y la violencia objetiva y sistémica, donde se encuentran verdaderamente las causas profundas de la violencia subjetiva. Para explicar la violencia objetiva, Zizek remite a Marx y sus reflexiones sobre la circulación del capital al interior del modelo capitalista, modelo que se autogenera y autoreproduce “ignorando cualquier respeto por lo humano o por el ambiente” (23.)  Dicho “monstruo autoengendrado” (23), más que una abstracción ideológica,  es un dispositivo que determina la estructura de los procesos materiales sociales  y el destino de grandes partes de la población mundial: “Es ahí donde reside la violencia fundamental del capitalismo, mucho más extraña que cualquier violencia directa sociológica precapitalista: esta violencia ya no es atribuible a los individuos concretos y a sus ´malvadas´ intenciones , sino que es puramente objetiva, sistémica, anónima”(23).

III- El nivel de la trama de Carne y Jacintos permite visualizar la intercalación de  tres líneas temáticas, que se distribuyen  en dos momentos de la historia de Chile: 1905 y 1934. La primera línea  se concentra en el año 1905, específicamente alrededor del primer caso de pedofilia al interior de la Iglesia Católica que ha sido registrado en la historia oficial de Chile. El texto remite a los acontecimientos sucedidos en el Colegio de San Jacinto,  perteneciente  a la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y al destino que tuvieron las denuncias respectivas.  Una segunda línea temática se focaliza en la matanza ocurrida en el año 1905 de obreros y trabajadores que abogaban por la rebaja de los impuestos a la carne argentina. Finalmente, la tercera línea gira alrededor del sacerdote Julio Elizalde, el Cura Pope, quien claudica en el año 1905 de la iglesia Católica para ingresar a la Masonería y proclamar desde allí lo que él define como el evangelio positivista,  una fusión entre el cristianismo y el positivismo comteano.

Es importante señalar que  estos los hechos históricos que el texto de Antonio Gil ficcionaliza  han  tenido una  escasa documentación en la historiografía chilena, especialmente en lo que se refiere a lo ocurrido en el Colegio de San Jacinto. Respecto  al enorme impacto que tuvo en la sociedad chilena, son escasas y breves  las referencias históricas a dicho acontecimiento.[4]  En el caso de los sucesos de la masacre de los trabajadores de 1905 por las fuerzas policiales del gobierno, la historiografía  ha sido más copiosa.[5]  En términos de la ficción narrativa, la necesidad de iluminar estas zonas borrosas  relativamente desconocidas por la memoria social activa  el dispositivo narrativo ficcional  de Carne y Jacintos.  La remisión a los dos  momentos de la historia de Chile: 1905 y 1934, permite al texto literario desarrollar  sustratos imaginarios donde la  violencia se comporta como el común denominador en la  representación de mundo. Lo que emerge del texto es la violencia inscrita en el acontecer de la historia de Chile, violencia que, según se desprende del discurso de ideas del texto, sigue vigente y activa en nuestra realidad chilena de estas últimas décadas.

A partir de lo expuesto has este momento, es posible afirmar que en Carne y Jacintos la violencia  inscribe en el cuerpo individual y social la marca de una herida.  Dicha metáfora, la cual descansa en la expresión concreta de la herida corporal-  es utilizada por el narrador para referirse a los acontecimientos descritos: “Y hablando de otra herida, en lo que a los Jacintos se refiere, la ciudadanía estaba expectante por ver las cabezas de los infames profanadores de la inocencia infantil bien puestas en la pica” (61). Como puede advertirse en el transcurrir de la novela, la  herida no se limita a los sucesos que  la trama de la novela desarrolla, sino que trasciende en el tiempo hasta alcanzar el presente de la escritura.[6]    

IV- En lo que respecta a la primera línea temática, el tema de la herida tiene su expresión  concreta en el cuerpo violentado de los niños involucrados. Lo ocurrido en el Colegio de San Jacinto, donde se educó parte importante de la elite chilena, dejará al descubierto una historia de impunidad  y abuso de poder que la novela convertirá en tema narrativo. Se escenifica aquí un tipo de violencia privada e individual, en donde la violación a la que son sometidos los niños rebasa el orden de lo físico. La palabra violación se revela aquí en su doble expresión de fuerza y  violencia.[7]  La violación del ámbito de la infancia revela la condición abyecta del asimétrico vínculo entre los sacerdotes victimarios y las víctimas infantiles. Se entiende aquí por abyecto todo “aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas. El traidor, el mentiroso, el criminal con la conciencia limpia, el asesino que pretende salvar…el crimen premeditado” (Kristeva 11). Unido a lo anterior, no es gratuito que el narrador utilice la palabra “carne” para referirse a dichos sucesos, pues de esa manera exacerba la condición de la falta absoluta de empatía de los victimarios para con los niños-objetos: “También en relación a la carne (…) se ocurrían en la capital de Chile otros sucesos en extremo escabrosos y sumamente repulsivos para las condiciones normales de la gente decente y común” (33). El lugar donde supuestamente se entregaba formación intelectual y espiritual a los niños ha revelado su cara siniestra, su condición de “Sodoma y Gomorra (33), el no ser más que “un circo del horror. Orgías, sexo oral, escatología. Nada quedó fuera de esos relatos espeluznantes” (34).

Es elocuente que la mayoría de las referencias a las violaciones y vejámenes  se desplieguen en el ámbito de los sueños de las víctimas.  Es en el sueño donde la violencia pedófila encuentra su más cruda expresión.  Las operaciones de  condensación y desplazamiento, que según Freud regulan el acontecer del sueño, son actualizadas aquí, al igual que el sentimiento de terror de que todo vuelva a repetirse:

“A esa misma hora tardía, Delfinio Rivas duerme y sueña que una gran serpiente negra busca cobijo entre sus nalgas. Está dormido, en su cama, en la seguridad de su hogar de la Plaza Brasil, pero siente igual como si estuviese despierto la extraña y alarmante sensación. Una gruesa víbora buscando cabida entre sus glúteos. Y huele entonces el olor a incienso y a caca del padre Jacobo. Y escucha sus resuellos entrecortados y ansiosos. Despierta gimiendo y se incorpora en la cama sollozando” (99)

El sueño deviene el espacio psíquico donde la huella de la experiencia traumática deja en evidencia las consecuencias del abuso.  Lo grotesco de la situación es el marco escogido  para la constitución de una escena donde la anatomía herida, el cuerpo sodomizado, ultrajado y sometido a todo tipo de escarnios acentúa el nivel de perversión de quienes administran el ritual  de la degradación.  Herida, sodomía, cropolalia, sadismo, travestismo y dolor físico se ligan en la desacralización  de la infancia y de los rituales y espacios sacros  donde estos se realizan. La complacencia en la degradación del niño activa una imaginación donde  lo perverso se explaya sin represión ninguna:

Vestido como una niña  de primera Comunión, debe enfrentar en los establos del fundo Jacinto a la congregación en pleno. Todos los curas y frailes, a medio desvestir, beben a grandes tragos del vino reservado para consagrar, Lo han maquillado como bataclana y teñido los pezones con carmín (…) El niño es enculado por el hermano ecónomo, por el jardinero, por su profesor de latín, por su director espiritual. Lo hacen en cortos turnos que lo dilatan en medio de un dolor indescriptible (…) El niño despierta llorando (144-145).

La herida provocada por la acción sobre el cuerpo de cada uno de los niños violados en el Colegio de San Jacinto  es portadora de otros ámbitos de significación que acentúan su gravedad congénita.  En primer lugar -y esto es una constante en la interpretación que el narrador tiene de los hechos- la experiencia traumática seguirá latente  bajo la figura fantasmal de la violencia pedófila y de la impunidad futura. Cabe recordar que uno de los aspectos sustantivos de la experiencia traumática es el temor de que los hechos dolorosos vuelvan a repetirse: “pues la herida permanece abierta por el terror ante el porvenir, no solamente ante el pasado (…) La prueba que nos hace sufrir el acontecimiento tiene como correlato trágico, no lo que pasa actualmente o lo que pasó en el pasado, sino el signo precursor de lo que amenaza con pasar “(Derrida  145).  En el caso de los niños abusados del Colegio de San Jacinto, el  temor mencionado se suma a la percepción del narrador de que en el futuro seguirá existiendo la misma impunidad para los agresores: “El fantasma Jacinto vuelve y volverá muchas veces, a muchas camas infantiles, sin que nadie más que sus presas lo sepan. Es un demonio que nunca fue exorcizado, simplemente porque los exorcistas tomaron el partido del diablo” (99).

La sentencia concluyente del narrador se liga a su convicción de que serán esos niños abusados los que, al formar parte de la elite nacional, gobernarán a futuro el país y dispersarán sus traumas en las posteriores  generaciones: “Esa iniciación humillante  quedará en su ADN. La heredarán por los siglos de los siglos sus descendientes sin saberlo (…) Una vergüenza que vivirá por siempre en cada uno de sus actos, desde los negocios a la política de Estado” (145). En ese sentido, en los abusos cometidos en el Colegio de San Jacinto se encontrarían las causas de las desgracias futuras que sufrirá el  país: “En ese secreto se agazapa casi toda la fatalidad que espera en el insondable futuro de nuestro pueblo, regido por la herencia genética de esos niños vejados de tan inmunda forma” (145)

Finalmente,  el discurso de ideas desplegado  se concentra en denunciar la impunidad en la que quedaron los hechos descritos.  La violencia individual sobre cada uno de los niños tiene como trasfondo un poder institucional eclesiástico que ha generado las condiciones para que ese tipo de abusos se hayan cometido y continúen produciéndose, al alero de una impunidad generada desde los diversos rostros del poder. En este sentido, en cuanto al tema de la herida, ésta rebasa  aquí el orden de las individualidades comprometidas y se amplifica hasta convertirse en un problema político y social que se proyecta hasta los tiempos actuales: “Es una memoria que, sin duda, se manifiesta hoy, trasmutada de algún modo misterioso, como elemento esencial en la cosmovisión católica, neoliberal, sadomasoquista, que inspira sus vidas y sus actos” (220).

La proyección al presente de una cosmovisión como la que señala el narrador de Carne y Jacintos,  acentúa la idea de una herida social que bajo el estigma del cuerpo vejado y sodomizado de los niños del Colegio de San Jacinto ha dejado sus huellas en la trama compleja y turbia desde la cual el discurso del narrador alimenta su desencanto como personaje del siglo XXI. Cabe destacar que el punto de hablada de la narración se ubica posterior al año 2008 (entre el 2008 y el 2010, año de publicación de la novela),  momento en que el narrador asiste a La Moneda y accede, gracias a su amigo Francisco Estévez -“por entonces encargado de la Dirección de Organizaciones Sociales”- (159) a la información ofrecida por el Diario La ley, en 1905, sobre el escándalo en el Colegio de San Jacinto, lo que enriqueció su propia investigación sobre el caso.

A nivel del acto de la lectura, y teniendo en cuentas el horizonte de expectativas desde el cual se lee la novela, es difícil no  establecer una relación entre la sentencia del narrador y las acusaciones de pedofilia, de abuso de poder y de abuso sexual que han sacudido a la Iglesia Católica estos últimos años. Por otro lado, y remitiendo nuevamente a las aprensiones del narrador,  es conocido el hecho de que algunas  autoridades de alto rango de la iglesia,  han sido  los formadores y asesores espirituales de quienes forman parte de la élite política y económica del país.

V- La segunda línea temática desplegada en Carne y Jacintos se concentra en  la matanza que en 1905 se efectuó por parte de la fuerzas policiales en contra de cientos de obreros y trabajadores. La razón de la protesta era solicitar, dado que era imposible para ellos solventar ese gasto,  la rebaja al  impuesto de la carne argentina.  Como se señaló anteriormente, la violencia social se expresa aquí en su forma colectiva y en el carácter vertical de su dinámica, es decir, en la imposición de fuerza del  Estado (sus fuerzas policiales, en este caso) en contra del pueblo. A través de esta modalidad de violencia podrá visualizarse cómo se expresan, a su vez, la violencia subjetiva, estos es, la violencia visible  y la violencia objetiva o sistémica. 

Como se señaló anteriormente, en Carne y Jacintos la información narrativa se da  entretejida por variados tipos de discursos. Particular relevancia adquiere el discurso periodístico, el que se constituye, a su vez,  como espacio constitutivo del discurso social de la época.  Se evidencia aquí  la disputa ideológica de dos perspectivas contrapuestas, como son las del Diario El Mercurio y el Diario  La Ley.  Esta lucha de visiones al interior del discurso periodístico deja al descubierto de qué manera cada uno de estos medios de comunicación configuran  a su manera la realidad y  exponen sus propias concepciones acerca de la verdad de lo acontecido.[8] 

En cuanto a la forma en que El Mercurio relata lo sucedido en la protesta de los trabajadores, la redacción de la noticia destaca, en primer lugar, la legitimidad de la demanda trabajadora y “su movimiento de opinión, organizado en condiciones de irreprochable conducta” (36). Luego se procede a citar completa la carta entregada por los trabajadores al presidente Riesco. Se describe  posteriormente y se aplaude la organización del movimiento, hasta el momento que ocurre el inesperado desenlace donde un grupo de enfervorizados manifestantes generaron “desórdenes vergonzosos que aparecen revestidos de todos los caracteres  de un salvaje atentado a la vida y propiedad del vecindario” (36).  La destrucción y el vejamen a la propiedad pública  y el desacato a la autoridad de una parte de la “poblada”, del “populacho”, segregada absolutamente de la parte consciente de los manifestantes” (44)  han desembocado,  en la inevitable y necesaria  represión policial, en un muerto, un centenar de heridos y 148 individuos presos.

Es interesante advertir, en primera instancia, cómo se evidencia, a través del enfoque dado a la noticia, la valoración del orden social y el rechazo a las conductas colectivas que atentan en contra de dicho orden. Si por un lado El Mercurio declara su valoración por quienes desfilaban “en medio del mayor orden y compostura” (38), por otro rechaza abiertamente a la “gente indisciplinada” (44) y “segregada de la parte consciente de los manifestantes”.  Por otro lado,  llama la atención cómo aflora en el discurso su rechazo endémico a cualquier expresión de lucha que se salga de los cauces del orden instaurado. Elocuente es que en la noticia se enfatice que después de la debacle y gracias a la eficiente acción de la policía, “se consiguió restablecer el orden” (46). Especial valoración, se tiene, por lo mismo, del cuerpo de bomberos, “el que se ha apresurado a allegar su valioso concurso a la hora de resguardar el orden público” (49).

Ejemplares son también,  al respecto, los juicios del personaje Malaquías Concha, masón y diputado del pueblo, quien, desde su óptica y sitial de poder, señala que “entre los participantes se podían distinguir tres grupos; los miembros de las sociedades obreras, respetuosos, organizados, de comportamiento irreprochable; la masa trabajadora, generalmente no asociable y fácilmente excitable, influenciada  a veces por las injusticias que tiene que soportar y, finalmente, los malechores de todo orden que se anidan en el bajo fondo de la sociedad” (30). Se expresa de este modo una concepción de sociedad civil donde lo que regula el normal funcionamiento es un orden social que debe inculcarse y promoverse a toda costa. La irrupción de una fuerza que lo resquebraje, e independiente de las legítimas razones que pueda haber detrás de esa demanda,  debe ser necesariamente anulada.

La preocupación por el orden  que se advierte en los discursos conservadores presentes en Carne y Jacintos, grafica a una tendencia que ha sido catalogada como una más de las obsesiones de quienes han pensado al país.[9]  A pesar de ciertas transformaciones, dicha  tradición ha tendido a perpetuarse en la historia de Chile y a expresarse en distintos ámbitos del imaginario nacional: “El orden se convierte de esta manera en una especie de referente absoluto sobredeterminante de toda la vida chilena” (Catalán 42-43).

Al mismo tiempo,  esta devoción por el orden se emparenta directamente con otro concepto elevado a categoría suprema, como es el caso de la estabilidad social (Salazar  71).  Tal vinculación es y descansa, en el estereotipo que supone que Chile ha sido siempre un ejemplo de estabilidad  en su sistema político y en su capacidad para dar soluciones a los conflictos sociales.  La historiografía actual ha puesto en entredicho tal estereotipo, al considerar en extremo dudosa la idea de que la estabilidad aludida descanse en una supuesta  “virtud estructural” permanente en la historia de Chile. Lo que habría más bien son momentos de estabilidad tensionados constantemente por una inestabilidad fundamental: “La estabilidad puede verse como un factor de inestabilidad; e incluso como una forma de violencia política” (Salazar 73).     

En el caso de Carne y Jacintos, el orden al que se alude se sostiene en el miedo a que la supuesta estabilidad  social pueda resquebrajarse en cualquier momento, tal como está ocurriendo en los sucesos de 1905 en Valparaíso y Santiago.  Es un miedo que, en términos del contexto histórico de esos años: “Era el  mismo miedo oligárquico que había recorrido la espina dorsal del Siglo XIX que entonces se refería solo al saqueo eventual, al asalto en poblado y despoblado, y al robo, pero que ahora adquiría, además de todo eso, un jadeo político, de miedo al “alzamiento”, al “anarquismo”, al “socialismo”,  o sea: al peligro rojo” (Salazar 79). Carne y Jacintos reenvía ficcionalmente a un estado de sociedad donde la paz oligárquica, tan cara a los personajes y a las entidades que la representan, revela el miedo a la historia, debido al siempre problemático proceso de dominación. Es elocuente el gesto compositivo del narrador de intercalar a la  extensa noticia de El Mercurio una acuciosa caracterización del grupo de lectores que leen dicho medio de prensa y las reacciones  de rechazo que sufren ante lo que está sucediendo con la rebelión popular. La ironía que conlleva el discurso del narrador se agudiza al signar la procedencia social de los aludidos. Nombres como los de Malaquías Concha, los hermanos Amunátegui, Aurorita Echegaray, “dueña de la Hacienda ganadera La Mariposa” son  nombres de la alta oligarquía chilena que con cierta sorna el narrador ubica como los principales lectores de la noticia que ha venido a desarticular la estabilidad necesaria del país.[10]

La ironía del narrador exhibe nuevamente su poder corrosivo al referirse al Arzobispo protempore de Santiago: “su eminencia don Samuel Santiago Segundo Severino Silvestre Toribio Venancio Vicente Walterio Zolio Zorobabel del Niño Jesús Amunátequi y García Moreno (…) toma su chocolate caliente en la cama bajo un gran óleo que representa a la Virgen con el Niño, de autor italiano desconocido”.  Como puede apreciarse, la ironía  se concentra en la constelación de personajes cuyos apellidos los sitúan en el centro de la oligarquía y de lo que ha sido definido como la “sociedad de familias”, aludiendo con ello a “un grupo dominante, que se ha ampliado a lo largo de la historia, impone su modelo, su norma; su poder determina el lugar que cada grupo, y por ende cada individuo, debe ocupar en el conjunto general” (Catalán 41)

En lo que respecta a este trabajo, es importante enfatizar lo recién mencionado, pues el narrador de Carne y Jacintos ha generado un particular catastro de personajes pertenecientes a la alta esfera del poder político, económico y clerical. En todos los casos, los personajes son representativos de una concepción de mundo y una posición social donde anida lo que aquí se ha definido como violencia objetiva o sistémica. La indiferencia radical por la situación del pueblo, pero también la responsabilidad en lo que a dicho pueblo le ocurre, los convierte en cómplices indirectos en los actos de sangre que Carne y Jacintos registra. En este sentido, no es gratuito o sorprendente que los ataques del pueblo hayan estado dirigidos a todo lo que de alguna manera representa y remite a ese orden responsable de su condición desmedrada.[11]  

La violencia desde abajo, en términos de Dorfman y Kohut, como respuesta a la violencia estructural del orden social instaurado, es descrita en la ficción narrativa de Carne y Jacintos a través de documentos de época, en este caso el Diario El Mercurio y el Diario La Ley,  medios de prensa que, como se dijo anteriormente, ofrecen contrapuestas versiones de lo sucedido.

Con  relación a esto mismo, y en contraste con la forma en que El Mercurio informa sobre los acontecimientos de sangre, el espesor textual incorpora una nueva modalidad discursiva, a través de la incorporación de la figura del testigo. A través del mecanismo del discurso indirecto libre,  comenzará a relatarse  a través de la mirada del periodista Justo Bravo, reportero del diario La Ley. Se produce aquí un tipo de desplazamiento de la mirada que se observa en toda narrativa donde es el otro el que puede testificar la experiencia y posteriormente hablar. En este sentido: “Ir hacia el otro, hacer que el otro diga la verdad de lo que siente o de lo que ha sucedido, ese desplazamiento, este cambio en la enunciación, funciona como un condensador de la experiencia (…) Ese movimiento a otra enunciación es una toma de distancia respecto a la palabra propia. Hay otro que dice eso  que quizás de otro modo no se puede decir” (Piglia 34-35). En el caso de Carne y Jacintos, el reportero Justo Bravo irá registrando con su mirada la escena  e irá escribiendo en su libreta las descargas que matan ante sus ojos a setenta y tres personas y dejan a trescientas heridas. Se activa así la violencia  visible y vertical del Estado en contra del pueblo.

En la extensa secuencia de muerte reaparece  el tema de la herida en su versión más cruda,  en esta caso una herida producto de las ráfagas que los cuerpos de los trabajadores recibirán desde diversos frentes. Se  irá  describiendo con minuciosidad el espectáculo de violencia y sangre que el periodista testigo  registrará en su libreta. Quedará documentado de esta forma un suceso  de cuerpos abiertos, de “miembros desgarrados y tripas afuera”. (51)  Hombres de todas las edades serán acribillados por fusiles que destrozarán sus cuerpos y dejarán al descubierto los órganos, acentuándose  la monstruosidad del hecho. El tema de la herida alcanza  en el cuerpo desgarrado su expresión más definitiva, como marca indeleble de la felonía cometida.

Tanto para el narrador como para el periodista Justo Bravo,  el asesinato cometido se liga a otras masacres  y abusos que han ocurrido antes en la historia del país: “Los tiros de gracias dados con las Bowning a los moribundos iban poniendo, como de costumbre, los puntos y las comas a la cruda y secreta escritura  de la Historia de Chile” (51). El enfrentamiento desigual entre “policías, bomberos y jóvenes aristocráticos por una parte y trabajadores por la otra” (52) es solo parte de un continuum de asesinatos cometidos en contra del pueblo y de los trabajadores: “Hace solo dos años, en Valparaíso, la Huelga de los obreros portuarios exigiendo mejores salarios produce enfrentamientos entre la policía y los trabajadores. Hay en esa oportunidad 50 obreros muertos y 200 heridos” (52). La herida colectiva se extrapola así la historia oculta de las masacres que han caracterizado la otra historia de Chile, una historia que evidencia la violencia ejercida sobre los grupos excluidos de los beneficios del orden social imperante.

La descripción de la masacre continúa al tiempo que se intercalan  extensas digresiones narrativas -las que parecen inexplicables tanto para el periodista Justo Bravo como para el narrador- que  tienen como elemento central el tema de la carne. En el primer caso, Justo Bravo, ante los cuerpos desgarrados,  recuerda cómo se hace un buen charquicán y cómo la carne es fundamental en ese plato.  Una segunda digresión se focaliza en la operatividad del fusil máuser con la que se produjo la matanza. Otra digresión está destinada a mostrar, con precisión técnica y un conocimiento práctico sobre el tema, la velocidad que una bala debe tomar para atravesar la piel y el hueso,  qué debe ocurrir para que el disparo  sea mortal, cuál es el tipo de bala más efectivo para producir la muerte,  los efectos que las balas pueden producir al entrar en los cuerpos, etc.  Una nueva digresión -en la que el periodista confiesa otra vez que escribe de ello “sin saber por qué” lo hace (57)-, permite conocer, con precisión científica, las características que posee la proteína que tiene la carne, sus beneficios para el cuerpo humano y los elementos químicos que la componen. Un poco más adelante, y posterior a la descripción de un cuerpo que explota “como una farola alcanzada por una piedra” (58), una nueva digresión se aboca a relatar cómo el cocinero de La Moneda prepara la carne, según una receta específica, mientras afuera se “escuchan molestos estampidos como de escopetazos”  (59). Una última digresión estadística remite a las actividades que realizaba cada uno de los grupos de personas heridas en el enfrentamiento.  

La inserción de estas digresiones,  que entablan un contrapunto con la descripción de la masacre, son difíciles de entender no sola para el periodista que las escribe  o para el narrador, sino también para cualquier lector  de Carne y Jacintos. Una hipótesis posible, la cual se sostiene principalmente en el hecho de que el periodista confiesa el no tener una explicación racional acerca del impulso de incorporar esa información en su relato de la masacre, es que ante esa exhibición de muerte y violencia, solo queda generar un distanciamiento que permita explicar lo que no tiene explicación. La frialdad de una descripción científica acerca de cómo se produce la muerte o la detallada descripción de la composición de una proteína o la acuciosa descripción del funcionamiento de un tipo de rifle, son, entonces, la forma en que la mente del personaje, ante lo aterrador de un asesinato masivo, intenta distanciarse de esa muerte presente a escasos centímetros, involucrándose en la descripción de lo que sí se puede explicar: cómo se genera la muerte, a través de qué medios, cómo se compone el elemento indispensable para la vida y por el cual se está produciendo la matanza.

Las disgresiones, en síntesis son el mecanismo a través del cual la figura del testigo intenta neutralizar la violencia desmesurada que sus ojos y su escritura registran. Sin embargo, como se ha venido mencionando, esta violencia vertical del Estado y de su fuerza policial en contra del pueblo, esta violencia  subjetiva y visualizable en Carne y Jacintos,  es la manifestación de una violencia estructural y sistémica incubada en los fundamentos mismos de la nación.  Este tipo de violencia se expresa aquí no solo en la polaridad  que el tejido social expone, sino también en la subjetividad clasista,  excluyente e incluso criminal de algunos estamentos del orden establecido.    

VI- Respecto a la tercera línea temática desplegada en Carne y Jacintos, la atención narrativa  se focaliza en la figura del sacerdote José Julio Elizalde, conocido como el Pope Julio, específicamente en dos momentos de sus vida: 1905 y 1934.  Respecto  a la etapa de 1905, en pleno contexto de los acontecimientos históricos antes desplegados, la narración se centra en los conflictos vocacionales del Pope Julio, puesto que su idealismo y vocación de servicio se ha visto frustrada ante una iglesia oligárquica y acomodaticia que se basa únicamente en valores utilitarios vinculados a las clases acomodadas y vive según principios contradictorios y cínicos. Desde la perspectiva del Pope Julio es esa vertiente de la iglesia la responsable de que se sigan cometiendo  abusos contra los niños, como es el caso del Colegio de San Jacinto. La razón de ello radicaría en que todos esos sacerdotes victimarios y pedófilos poseen el estigma de ser seguidores y adoradores de Yahvé: “el demonio del abuso, de la humillación y del mariconaje” (97).  

Sin embargo, la razón primordial por la que el Pope Julio decide entrar a la Masonería es porque  considera que allí  será factible concretar  su utopía: hacer coincidir el cristianismo con los principios del positivismo, lo que él define como el “Positivismo Cristiano” (98). Esta nueva moral deberá abordar la religión en su vínculo con los problemas  económicos y sociales que sufren grandes segmentos de la población mundial. El ingreso a la Masonería posee para el Pope Julio un fin práctico y desligado de las promesas de sabiduría e iluminación que la orden ofrece; es para él un medio  para poder crear la nueva Iglesia Nacional de Chile.

El idealismo del ex sacerdote y su intención de concretar en la Masonería su proyecto utópico, contrastan, sin embargo, con las características con las que se describe el carácter y funcionamiento de dicha institución. La orden masónica  y  el conjunto de sus rituales son expuestoas  con una clara intención paródica por parte del narrador, lo que convierte a estos momentos  narrativo- descriptivos en  portadores de un contundente y elaborado nivel de comicidad y absurdo. Se entiende aquí el término parodia como la imitación de estilos consagrados y el amaneramiento de sus características más acentuadas.[12]  Lo parodiado en Carne y Jacintos es un tipo de discurso como el utilizado dentro de la solemnidad del rito másónico. Elocuente son las dos extensas descripciones donde se da cuenta de la iniciación, en dos partes,  del ex sacerdote, como también de la simbología comprometida en ese espacio supuestamente sagrado.  La forma de narrar y el enfoque paródico  e hilarante que adquiera la narración incide en que las nominaciones sagradas, tales como: “Los pasos de Osiris” o “catacumba de hechura primordial”  devengan ampulosas y vacuas nominaciones.  La descripción de la segunda fase del proceso iniciático, esta vez en la logia de Valparaíso, se extiende también en una acuciosa  descripción del ritual milenario, todo en medio del aburrimiento y los bostezos de quienes observan mecánicamente el desgastado ritual.

La vaciedad del rito, la solemnidad hueca y aparatosa de su simbología, como también lo descontextualizado de sus prácticas respecto a lo que está sucediendo en ese momento en el país, se condensan en la figura de su principal representante, don Brumario Valencia Toledo: “Soberano Gran Comendador y Gran Copto del Supremo Consejo del Grado 99 de la Masonería Chilena del Rito de Menfis”, nombrado también como “Ilustre y Poderoso Hierofante y Gran Comendador Valencia Toledo” (29).  Dichas nominaciones adquieren aquí el carácter de   “retórica hueca”,  -tal como la define el narrador- especialmente  al contrastarlas con el estado anímico del conspicuo personaje, donde predomina el cansancio, la rutina, y la absoluta falta de mística.

Lo que queda en evidencia y lo que la perspectiva semántica resalta es la descontextualización de toda esta parafernalia ritual  con los acontecimientos sociales y políticos que afectan al país. Elocuente, al respecto, es que  se enfatice la coincidencia entre el acontecer de la rimbombante iniciación y la pesadilla de un niño violado  por los sacerdotes del fundo Jacinto: “Mientras discurre esta antigua y enrevesada ceremonia, en algunas escasas cuadras de allí un niño sueña con otro extraño ritual” (145). La desconexión con la realidad del país  se evidencia también en el contrapunto entre el despliegue de abstracciones y simbologías esotéricas  del trance iniciático y el episodio de muerte que se está produciendo  cerca del templo masónico.  Este contraste se intensifica al describirse el suntuoso ágape de “variados manjares nada egipcios” ofrecido después de terminada la iniciación. Mientras los contertulios se desprenden “de sus aparatosos atuendos (…) en la lejanía se escucha la inconfundible descarga de los máuser, sonido al que  Valparaíso se ha habituado, tanto como al trinar de los organillos o al bronco cuerno del vendedor de helados” (146).        

En síntesis, en Carne y Jacintos se enfatiza y denuncia la complicidad entre la Masonería  y el poder político.  Reaparece aquí  el personaje Malaquías Concha, nombrado como “tribuno y diputado del pueblo” (30), descripción que acentúa la futilidad de las nominaciones oficiales, dado que el  personaje  es un claro representante de la oligarquía, absolutamente indiferente con las demandas del pueblo. Ello se evidencia en su falta de empatía  ante la masacre de los obreros, como también en su complicidad con el diario El Mercurio y su silenciamiento de la verdad.

La Masonería se revela así no solo como un poder en competencia con la Iglesia Católica, sino también como una entidad  cómplice del orden establecido  y de los intereses dominantes. La violencia de las calles que rodean al templo, en este caso la violencia  de los trabajadores  por  alcanzar sus objetivos, aparece como la consecuencia de la violencia estructural y sistémica de la cual la Masonería es también representante y parte.

Otro ámbito  cargado de significación social, lo que lo convierte en un cronotopo de época (Bajtin 446), es el enjundioso y aristocrático Club de la Unión, lugar  donde en las primeras décadas del siglo XX se concentraban y cruzaban las distintas esferas del poder político, económico y social.[13]  Dicho cronotopo se revela en la novela como un  espacio de evasión, donde los personajes están completamente desconectados de lo que está ocurriendo en esos momentos en el país y en su ciudad, esto es: la matanza de los obreros a escasos metros de su cúpula de marfil y los casos de violaciones de niños al interior del Colegio de San Jacinto.  La experiencia de la alienación se metaforiza en la sala de  lectura donde  los miembros del Club desligan  sus mentes de las incómodas refriegas y problemas que afuera de esos muros se suscitan. Lo que prima en ese espacio cronotópico es un tipo de silencio que no puede ser enturbiado por ningún asomo de contingencia: “La sala de lectura del Club de la Unión  pareciera estar sumergida en el fondo del mar (….) Hundida en un silencio venido de otro mundo. Un silencio inglés (…) un silencio cósmico” (133)

El  silencio al que se refiere el narrador  revela  el carácter ensimismado de una casta social y política que no ve más allá de sus intereses de clase y del poder que representa, un silencio que  es “El silencio de sus propias mentes acalladas por el espejo de su endogamia” (133). Es significativo  que las lecturas que allí se realizan se refieran, por ejemplo, a “Cómo se hacen la toilette las hormigas” (133) o se concentren en una noticia titulada: “Encuentran el diamante más grande del mundo” (135).

La enajenación de dicha capa oligárquica respecto al contexto inmediato, refuerza aún más el contraste  entre ese espacio cronotópico y la matanza que afuera del Club se está produciendo. La ironía del narrador se liga a la denuncia  en sordina que esta conducta le merece: “Fuera de la sala de lectura del Club de la Unión, lejos de las páginas edificantes de la Revista Alrededor del Mundo, allá en la Alameda de las Delicias, la cerradas descargas de los máuser no lograban sacar de sus interesantes lecturas a los señores que leían, perdidos en sus diarios y revistas, entre una neblina de habanos y el británico tintinear de los juegos de té” (136-137).

El cronotopo del Club de la Unión deviene así en un espacio social donde la violencia sistémica se visualiza en su expresión más nítida y  grotesca.  De la misma forma que la familia Lossky -a quien se refiere Zizek para explicar en qué consiste dicho concepto-  los personajes del Club de la Unión, tampoco “hicieron nada malo, no había ninguna maldad subjetiva en sus vidas, solo el invisible trasfondo de la violencia sistémica” (20), una violencia necesaria para que ellos puedan llevar ese tipo de vida.[14] 

VI.I-  El segundo momento temporal de esta tercera línea temática se sitúa en el año 1934, en los momentos en que el ex sacerdote, el Pope Julio, después de haber esperado por mucho tiempo una carta de respuesta de la Iglesia Católica ante su solicitud de ser perdonado y reincorporado,  está próximo a morir. A estas alturas de su vida es evidente, tanto para él como para el narrador, que el proyecto utópico de fundar la iglesia del Positivismo Cristiano ha fracasado estrepitosamente.  De esta manera sus sueños y sus deseos de cambiar el orden social, teniendo como base  fundamental los principios de la solidaridad entre los seres humanos, se suma  al destino de todos aquellos que han intentado cambiar el  mundo: “La vida suya ha sido larga y tortuosa y excesiva, como la de todos aquellos que, en algún momento, creyeron incautamente, poder cambiar el curso de las cosas terrestres” (14).  

El sesgo pesimista que se advierte respecto a la posibilidad de transformar el orden existente se refuerza con la alusión a la matanza de Ranquil, ocurrida en el sur de Chile ese mismo año 1934[15]: “Escuchó de los 447 cadáveres  desparramados   por los campos como forraje de buitres. Nada ha cambiado un ápice, pensó” (16). 

Al igual que lo sucedido en  la masacre de 1905, se enfatiza en el texto que es nuevamente el hambre y el frío lo que obliga a los campesinos y a los indígenas a buscar la manera de conseguir sus objetivos: “Los primeros ataques, como es lógico, se encaminaron a las pulperías” (16). Tal como le narra un vecino al Pope Julio, el alzamiento fue sofocado  por los militares de a caballo, quienes asesinaron sin miramientos a cerca de las 500 personas  que luchaban por su subsistencia: “De golpe aparecieron esos cabrones de la milicia a caballo (…) Hombres, mujeres y niños, batidos con ametralladoras y repasados con yataganes” (16-17).

La reacción del Pope Julio  evidencia la frustración ante un hecho de sangre que viene a sumarse al largo registro de crímenes contra el pueblo que ha caracterizado a la historia de Chile: “Todo seguía siendo la misma mierda de siempre. La barbarie triunfa, una y otra vez. Una y otra vez”  (17). A nivel del conjunto de ideas del texto, la masacre de Ranquil remite no solo a los asesinatos de trabajadores  que Carne y Jacintos registra explícitamente, es decir las ocurridas en Valparaíso en 1903 y en Santiago en 1905, sino a una continuidad de  rebeliones del pueblo y masacres que han marcado la historia del país. Al mismo tiempo, se denuncia la impunidad generalizada en la que han quedado dichos crímenes colectivos. Ejemplos de ello  son la matanza de Santa María de Iquique en 1907, de San Gregorio en 1921, del Seguro obrero en1938,  de Pampa Irogoin en 1969, llegando finalmente  al golpe militar de 1973, donde los crímenes y la violencia política del Estado fue una constante, especialmente en los primeros años.

La percepción del Pope Julio respecto a la persistencia de la barbarie generalizada viene a reforzar la idea planteada aquí, en cuanto a que detrás de esos hechos de sangre, de esa violencia subjetiva y vertical en contra del pueblo, radica una violencia estructural, una  violencia sistémica determinante en los procesos materiales sociales.  Es ahí donde estriban las causas de los problemas y de la dinámica perversa que puede advertirse en sucesivos momentos de la historia de Chile, esto es, que el pueblo ejerza la violencia para exigir sus legítimos derechos y que posteriormente sean masacrados por las fuerzas policiales que representan al Estado.  El orden responsable de la violencia sistémica aparece en Carne y Jacintos como la amalgama entre los diversos poderes incorporados en el texto.[16] La violencia visible que se advierte es la consecuencia del orden social denunciado, responsable directo, pero a la vez difuso, de la violencia sistémica.

En los momentos finales del Pope Julio se entremezcla la frustración personal con una pesimista visión sobre el futuro del país. Las calles que comienzan a moverse cual “vagones desbocados a la nada”, es decir,  sin un destino y un propósito definido, componen una metáfora del país respecto a la errática conducción que seguirá sufriendo en los tiempos futuros.  Las injusticias, los crímenes en contra del pueblo, el abuso  y la impunidad continuarán siendo el rostro oculto en el cual se disfraza la ignominia generalizada: “La misma mortaja que ciega y amordaza Chile, pensó. Ese trapo roído, ese harapo, esa sotana desechada, esa arpillera que huele a salitre, a sangre y a yodo, a hipocresía. Los ladrones  de muertos son los amos, y lo serán para siempre” (223).

Esta última reflexión del personaje engloba  los hechos de sangre y abuso presentes en  Carne y Jacintos  y reenvía su impronta crítica al tiempo actual.  Su proyección pesimista respecto al futuro  remite a la violencia sistémica que todavía en el siglo XXI un determinado orden social impone sobre la realidad. La violencia visible o subjetiva que se genera y que tiene al pueblo y a las fuerzas policiales frecuentemente en pugna, es la cara visible de una violencia sistémica responsable  de que parte considerable de la  población viva en condiciones marginales y se sientan excluidos del tejido social.   

VII- A partir de las tres líneas temáticas desplegadas en el orden fictivo, ha podido apreciarse así cómo los hechos narrados en la novela  pueden leerse e interpretarse a partir del eje de la violencia.  Si por un lado la forma de la novela estimula la fragmentación y la dispersión significante, por otro lado, el sustrato de la violencia tiende a reorganizar el material narrativo y alcanzar una suerte de coherencia temática.  Al mismo tiempo, el tratamiento del pasado y su proyección al presente,  hacen de Carne y Jacintos un novela de ficción histórica que a partir de la activación de la memoria discute el pasado, lo resignifica y lo interpela desde las claves del presente. En dicho proceso de ida y vuelta la violencia  deviene vértice privilegiado para dar cuenta de una lamentable constante en la historia de Chile.   

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[1] “Exacerbando su heterogeneidad original –novela e historia- la novela histórica se abre a una multiplicidad de formas discursivas: géneros menores y de cultura masiva, periodismo, cine, cultura popular, artes visuales, etc. Es como una búsqueda de un espacio heterogéneo y variado en las sociedades de América latina” (Perkopuska 106).

[2] Se emparenta así con un relevante corpus de novelas  de ficción histórica,  donde en los códigos de la representación el ejercicio paródico respecto a la historia,  no solo está presente, sino que actúa como dispositivo de subversión de la ideología del liberalismo burgués y sus principios rectores. Al trabajar de esa manera con el material histórico, dichas novelas reescriben y resignifican  el pasado y al mismo tiempo reenvían sus inquietudes hacia el presente. (Hutcheon 1988: 4-13).

[3] “La configuración del orden social que las novelas llevan a cabo constituye un comentario que dialoga con el presente, en la medida que hacen que el lector reconozca estructuras y dinámicas que están en la base de conflictos actuales, tan arbitrarias como entonces, solo que perpetuadas a lo largo del tiempo” (Viu 220).

[4]  Algunas  mínimas referencias  a dichos acontecimientos pueden encontrarse en el libro Cincuenta años de Historia Política de Leopoldo Castedo y en el segundo tomo de la Historia de Chile de Gonzalo Vial. Un trabajo acucioso y muy bien documentado es el escrito por Hugo Ramírez: “La cuestión del colegio San Jacinto”, publicado en 1983. Se recopilan allí los diversos testimonios  de  la época y se da cuenta del impacto que tuvo el mencionado escándalo en la sociedad chilena.  Igualmente enriquecedora es la documentación y el análisis realizado por Óscar Contardo en su libro Raro Una historia Gay de Chile (2011).

[5] Los trabajos más sistemáticos respecto al tema surgen en la década del 80, los que insertan este episodio en lo que fue definido como las “marchas del hambre”.  Es el caso de los textos: “Los paros nacionales en Chile. 1919-73 de R. González y A. Daire, del año 1984 y La huelga obrera en Chile, de C. Pizarro, del año 1986. Citados por Gabriel Salazar (1990: 54)

[6] La presencia de la herida en el texto de Gil es portadora de significaciones que permiten entender su historicidad y comprender las crisis  en las que se ha debatido la historia de Chile.  La herida  posee por ello una significación política. Carne y Jacintos se inserta así en un conjunto de textos donde el cuerpo y la herida devienen  metáforas de la representación social y de la fragmentación política que definen a parte de la producción narrativa latinoamericana.  En este contexto, la herida, la cicatriz, la marca, en el cuerpo herido viene a ser el correlato individual de una experiencia de herida colectiva que algunos textos latinoamericanos ficcionalizan y productivizan literariamente  (Maldonado 11).

[7] “La raíz de la palabra violencia (violentia) está emparentada con la raíz de violación (violatio). El término latino viol proviene, a su vez de vis, de fuerza. La semejanza idiomática es sugerente y permite suponer un uso original en que la violencia es asimilada a la violación como acto de fuerza. Se viola un secreto, un armisticio, una intimidad” (Estrella 147). 

[8] Según plantea Imbert : “En la representación de la realidad, trabajo eminentemente formal, el discurso periodístico, a la vez que informa sobre el mundo, informa sobre cómo hay que percibirlo (…) produce  realidad o por lo menos la reconstruye a través de efectos de realidad” (61-62)

[9] Según Pablo Catalán la fórmula perfecta que expresa dicha voluntad de orden se sostuvo en lo que Diego Portales, fundador de la república conservadora, entendía  como el peso de la noche, aludiendo con ello a la necesidad de construir dicha república sobre la ignorancia del pueblo. Es ese tipo de república la que le otorga al orden el status de valor supremo y teme, en consecuencia, los excesos que puedan surgir en el uso de la libertad (42-439).   

[10] Desde la perspectiva de  Gabriel Salazar y Julio Pinto: “Si en Chile no ha habido personalismo, sí ha existido oligarquismo. Es decir: la recurrente ocupación de los roles de comando del sistema político por una misma red social, profesional o ideológica de individuos, en desmedro de una efectiva interacción ciudadana” (Salazar Pinto 1999: 84)

[11] En términos del hecho histórico que la novela incorpora,  es importante por ello constatar que en el Chile de 1905 la violencia del pueblo en contra de los símbolos de la opresión se erige  como la consecuencia de una violencia estructural responsable de este tipo de respuesta popular: “ La cuestión social emergió, entonces como violencia social dirigida especialmente en contra del Estado (la casa de gobierno y otros edificios públicos, los símbolos del poder y por cierto la policía), sectores de la aristocracia (sus residencia y sus bancos), los extranjeros (que dominaban el negocio de las casa de empeño) y el gran comercio del centro de la ciudad (…) Es decir, no solo existían condiciones objetivas o estructurales que evidenciaban la crisis  social de la clase popular, sino que existía también un extendido malestar que se manifestaría como una fuerte subjetividad anti-patronal y anti- estatal (Garcés 120-121).

[12] “Con todo, el efecto general de la parodia –ya sea con simpatía o malicia- es el de poner en ridículo la naturaleza privada de esos amaneramientos estilísticos, sus excesos y su excentricidad con respecto a la manera en que la gente normalmente habla o escribe (Jameson 168-169)

[13] Tal como señala el historiador Armando de Ramón: “El más antiguo de todos los clubes santiaguinos era y sigue siéndolo el Club de la Unión, formado en 1864 por un grupo de 178 personas que pertenecían a lo más importante de la vieja oligarquía santiaguina” (156).

[14] Zizek recuerda el caso de Nikolai Lossky, quien en 1922 fue expulsado de Rusia por el gobierno soviético, al igual  que un ingente  grupo de intelectuales anticomunistas. Hasta ese momento había vivido la muy cómoda vida de la alta burguesía.  El escritor no entendió el porqué de la expulsión, puesto que consideraba que  siempre había actuado bien, que había ayudado  con su literatura a  la gente pobre y que había cooperado a civilizar a la sociedad rusa. Según Zizek, lo que evidencia el pensamiento de  Lossky es “una acentuada insensibilidad hacia la violencia sistémica necesaria para hacer posible su confortable vida” (20).

[15]  Basándose en estos hechos de sangre producidos en Ranquil,  Reinaldo Lomboy, escritor paradigmático de la Generación del 38, publicó su novela Ranquil  el año 1942. Para ello realizó previamente una acuciosa  investigación acerca del contexto de miseria y de despojo de sus tierras ancestrales, lo que obligó a los campesinos  e indígenas del Alto Bio Bio a usar la violencia para intentar cambiar ese régimen de opresión. La respuesta de la policía dejó 447 muertos, tal como se afirma en Carne y Jacintos.

[16] En términos de Zizek, siguiendo a Marx, “es la danza metafísica autopropulsada del capital lo que hace funcionar el espectáculo, lo que proporciona la clave de los procesos y las catástrofes de la vida real” (23)