El ciego al que le cantaba Gardel

Y la vida es uno mismo, y uno mismo son los otros.

J. C. Onetti

  Chile es un país con una indiscutible y sólida tradición poética, dos Premios Nobel lo confirman. No obstante, en el ámbito de la narrativa -y en especial el cuento- aún nos falta recorrer parte del camino para fundar cánones propios y puntos de referencia respecto de los cuales deslindar hasta dónde hemos conseguido avanzar. Dimensionar con instrumentos propios cuán lejos hemos sido capaces de llegar, a objeto de establecer con precisión dónde y cómo estamos aportando en aspectos estructurales o innovando en el estilo. Especialmente cuando se trata de comentar una obra nueva. Sobre todo si la propuesta que ofrece este nuevo libro sorprende en el modo de abordar su tema; las fintas tácticas para capturar la atención del lector; la imperceptible sutileza con que seduce y la contundente habilidad para resolver el desenlace con un golpe de gracia que noquea al lector. El autor –Antonio Rojas Gómez–, a quien ya conocíamos por sus novelas policiales y su dilatada trayectoria periodística, ha sabido incorporar recursos técnicos, trucos y el dominio de las artes narrativas de modo que a poco de iniciar la lectura no podemos sustraernos al relato que nos propone. En este último volumen de cuentos titulado El ciego al que le cantaba Gardel, Rojas Gómez nos deleita con su sabiduría y sus innegables condiciones de maestro del relato breve.

 Se trata de seis relatos de lograda y brillante factura, y en las peripecias que dibujan sus anécdotas asistimos a una galería de personajes tan próximos que parecen familiares y que deambulan en espacios claramente reconocibles, como Santiago o Viña del Mar a lo largo de estas últimas décadas.  Purgados por una laboriosa e invisible orfebrería, se filtran hasta nosotros las técnicas y recursos narrativos de grandes clásicos del cuento; Chejov, Maupassant o Mansfield pueden reposar en paz. Entre los méritos podemos mencionar el suspenso, requisito indispensable para que un texto capture la atención y que Rojas Gómez conoce a cabalidad por sus novelas detectivescas; otro requisito señalado por Julio Cortázar, la intensidad, que se expresa en un lenguaje preciso, que fustiga a un ritmo justo y sin tregua, y, por último, la tensión que crece a lo largo del relato como un mecanismo de relojería. 

  Todos estos recursos nos sumergen en un asunto –que acaso sea el tema único de toda gran literatura– ya nítidamente explorado por un grupo de autores donde cabe mencionar al  hermano Borges. La Alteridad es el tema; en el universo borgeano surge nítida la figura del otro: Aquel que también soy yo, y que la literatura alemana ha tenido la gentileza de bautizar como el “doppeltgänger”, ese vocablo germano que define el doble fantasmagórico de una persona viva. La palabra proviene de doppel (doble) y gänger (andante) y significa  ‘el que camina al lado’.

El primer cuento –que da título al libro- alude al ciego inconsolable del verso de Carriego–, el protagonista, un ciego que se ha pasado la vida cantando tangos en la esquina de Valparaíso y Quinta, en Viña del Mar, con su frase final parece revelar el profundo sentido que se extiende más allá de uno mismo, ser aquel otro. En La gran ignorada se nos permite atisbar el conocimiento de que “al igual que todos, tampoco soy eterno”. En el tercer relato seguimos a un personaje dedicado a la apacible ocupación de adivinar los nombres de los pasajeros del metro y que de pronto se despierta sosteniendo un formón asesino en la mano y enfundado en una identidad que jamás sospechó fuera la suya.  En otro, un ingeniero de nombre Gerardo recuerda a un amigo de infancia con quien solían salir disfrazados al centro y que luego desaparece en los avatares y vicisitudes de la existencia; cierta noche años más tarde, en medio de un inmenso gentío, se pregunta ¿Podremos alguna vez recuperar el pasado? Vuelve a reencontrarse con el amigo desaparecido que lo invita a celebrar. Luego conocemos a un hombre que, sin saber muy bien por qué, se afana en la construcción de una máquina mientras otro hombre, que también desconoce los motivos, lo busca precisamente porque está construyendo esa máquina. Finalmente, en el cuento que cierra el volumen, La larga noche de Maese Pedro, el cuento que mejor expresa lo que ha sido la última etapa de la historia del país, el personaje principal, un funcionario jubilado de El Mercurio, se desvive por comprender los oscuros aspectos de una historia sobre la que siempre le han contado mentiras, obligándolo a convivir rodeado de fantasmas y seres espectrales que claman en las sombras y exigen reincorporarse al escenario del que fueron secuestrados.

Cristian Montes, profesor de Literatura de la Universidad de Chile, en un lúcido y esclarecedor prólogo escribe acerca de “la importancia del otro en la impronta personal. Amar y sentirse querido parece ser la vía que posibilita conseguir la realización de los sueños y deseos más profundos”. Y, a continuación, concluye sosteniendo que El ciego al que le cantaba Gardel se erige por lo mismo como un objeto de lograda factura artística, tanto en el plano de lo estético como en el de lo simbólico”. Sólo quiero agregar, a modo de conclusión, una frase que me rondaba mientras leía estos cuentos: “De cierto os digo que en cuanto lo hiciste a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hiciste”. San Mateo 25:40

Jorge Calvo
Agosto – 2016.    

Ficha técnica

Título:  El ciego al que le cantaba Gardel
Autor:  Rojas Gómez, Antonio
ISBN:  978-956-9257-09-4
Editorial Etnika
Primera edición, Santiago de Chile, 2016.
Formato:  Rústica, 160pp, 13x19cms