“Crónicas de viaje”, por Jorge Iván Rossel

Por Jorge Iván Rossel

Al descender en el aeropuerto de Shipol, Holanda, hacer el trasbordo respectivo y despegar nuevamente hacia Budapest. Ámsterdam, desde el aire, se ve como una sumatoria de diversas ciudades satélites con ordenados barrios muy geométricos unos al lado de otros. Más que una ciudad, parece un organismo vivo adherido a la tierra. Siguen los campos verdes y ocres en donde se distinguen agrupaciones, de postes blancos con aerodinámicas hélices en su extremo, que después de reordenar mi imaginería sobre el país de los tulipanes y los grandes diques, concluyo que son modernos molinos de viento, muy diferentes a los que combatió el Quijote.

Ya al interior del avión, volando en una aerolínea Húngara, cuyo nombre no recuerdo, es de esas palabras que uno pronuncia con la lengua y los dientes pegados a los labios mientras saltan gotitas de saliva, me toca de compañera una jovencita húngara. Espigada, de facciones finas, tez mate, pelo claro, ojos verdes y polera de algodón ajustada. Hablaba español, venía de visitar a su novio desde México. Me dice quejándose – “nos conocimos en un viaje de vacaciones, empezamos a pololear, fui a verlo a Ciudad de México, él no ha ido a verme nunca a Budapest y ahora que lo visito nuevamente,  quiere que nos casemos, ahora ya, por la iglesia. Su familia es muy católica.  Le dije, si acaso estaba loco, que primero teníamos que convivir por lo menos un año, que teníamos que probar si resultaba nuestra relación, antes de casarnos”. Ella debe de haber tenido unos 20 años.  Una azafata de cabello color pelo de choclo, ojos verdes y brillantes, me sirve el almuerzo amable y casi cariñosamente, al darse cuenta de mi impulso por hablar en inglés con ella, más de la cuenta, se torna fríamente educada. Más allá hay un inglés  sabelotodo y tosco, habla demasiado y empieza a cortejear   abiertamente a la joven Húngara, me aburro y le pido a Katherina, mi amiga, que cambiemos de asiento. Mi nueva compañera es búlgara, viene desde  Trinidad y Tobago, también de encontrarse con su novio. Le pregunto por la “socialist way of life” y  me dice muy tranquila, que ella  es médico y que Bulgaria todavía tiene una de las mejores medicinas sociales del mundo, tan buena como la de Cuba, que ella todavía es comunista, con críticas al sistema socialista, pero comunista aún. Es alta, maciza aunque buenamosa ,  y de trato y conversación muy fluida y amable.

Después de 23 horas de viaje hemos aterrizado en Budapest. En el control de inmigración el funcionario mira raro mi pasaporte, lo revisa más de la cuenta, me mira de arriba a bajo en forma seca, estoy sólo, me he rezagado de mis acompañantes, hace preguntas a un superior con cara  desconfiada. Mis acompañantes con pasaporte comunitario regresan, los escucho hablar húngaro, el funcionario asiente con la cabeza, me entrega el pasaporte y me hace un gesto displicente para que traspase el control e ingrese a Budapest finalmente. Ellos me cuentan, que el hombre, no sabía que existía un país llamado Chile, ni mucho menos dónde queda, 

Atila, nuestro anfitrión en Budapest, nos ha ido a buscar, es un tipo alto, grande, de facciones armónicas, con cara de niño, calvo y con barriga, debe pesar unos 120 kg. Ybolla, su mujer, es muy rubia, casi albina, de nariz aguileña y de piel muy blanca, enharinada. Él está tenso, estaba molesto porque nuestro desembarco no fue por la puerta que él suponía y tuvo que caminar más de la cuenta. Nos llevan a su casa en las afueras de Budapest. En el trayecto ,  Atila  sangra  de  la  nariz.  Llegamos  a  una  buena  casa,  remodelada  con gusto.

Hay armas y fotos de caza en las paredes. Me llama la atención lo espacioso y moderno que es el baño, casi lujoso. Al segundo día Ybolla le comenta, como broma, a Katherina, mi amiga, si yo cuando chico no jugaba a chapotear, porque en la mañana, ella, al entrar al baño después de mi, encontraba gotas de agua esparcidas en el piso, en la tina y el lavatorio y se preguntaba ¡ porqué yo no secaba todo ¡ ¡aquí después de ocupar el baño, secamos todo, incluso la tina , por dentro¡

Recorriendo la ciudad, la gente me parece muy asertiva, cariñosa, las mujeres podrían pasar por chilenas, hay morenas de tez blanca y ojos verdes, también rubias, ellos son una mezcla entre turcos, mongoles, latinos, nórdicos, magyares, tienen la afectividad y ductilidad del latino, la expresividad de los turcos, la combatividad del mongol,  la exactitud y rigor del nórdico y la gracia y magia de los gitanos. Al segundo día, en el centro, me detiene un hombre alto, espigado, de tez morena, pelo largo, con rastros de viruela en la cara, mal vestido y en Húngaro me habla algo ,- “sorry, i speak, only english” – contesto y el hombre me dice ¡en inglés! si puedo colaborar – “with the hungarian homeless”- y no me pide plata para los “sin casa”, sino, que le compre un folleto de propaganda de su organización. Educadamente le digo que no, se molesta y se va.

Hoy en la cena, he probado los mejores vinos húngaros, recuerdo haber leído crónicas de Neruda sobre lo bueno de los vinos húngaros. Cabernet Franc, también Cabernet Sauvignon y el famoso Tokai Azsu, que es un vino dulce, de aperitivo, pero no es, un “late Harvest”, no es vino de pasas, sino que la cepa original, la vid, es  dulce . Atila es cazador y dueño de un restaurant y nos ha preparado jabalí ¡cazado por él mismo!. Es una carne color mate, sin grasa, más oscura, y sabrosa que la del cerdo. Uno puede imaginar al animal envistiendo a su presa con sus colmillos, que, a través de sus profundas raíces, se conectan con los músculos del cuello, el músculo más fuerte del animal. También ha preparado ciervo  ¡también cazado por él¡. Es una carne menos nítida que la del jabalí, es como entre pechuga de pavo y filete de vacuno, pero más blanca. No puedo dejar de acordarme de Bambi, el primer ciervo que conocì, imagino al tierno animal pastando entre los árboles del bosque y al primer ruido amenazante, lo veo arrancar rápida y livianamente entre el follaje.

Atila es miembro del club de caza de Budapest, que controla la población de jabalíes en los bosques de la provincia, él asigna las cuotas de caza. Nos cuenta  una historia. Con Joseph, su primo chileno–húngaro, con quien estoy viajando, fueron a la caza del jabalí blanco. Es blanco, de viejo que es, su pelaje es canoso, los jabalíes nunca dejan de crecer y éste, es el más viejo de los jabalíes en la región, era de 1,2 m. de alto hasta el lomo y unos 400 kg. de peso. Atila ya había ido tras su caza otras veces, entonces, el jabalí ya  conocía el olor de su principal cazador. El jabalí debe ser uno de los animales con mejor olfato, ellos son utilizados para encontrar las trufas, esos hongos tan apetecidos, que crecen bajo la capa vegetal en los bosques. Los hombres, en cambio, somos una especie con mejor oído, somos capaces de distinguir múltiples tonos en nuestra frecuencia, hacemos música. El animal sintió el olor de Atila y antes que dieran con él, se refugió en su guarida. Sólo el guardaparque, que estaba en la expedición, conocía el sector del bosque donde estaba la guarida de la bestia y después de dos días de infructuosa búsqueda, el hombre encontró prudente revelar su secreto. Una vez que llegaron al lugar, encaramados  en dos árboles, decidieron esperar a la bestia. Al día siguiente, por la tarde, el animal apareció. Desde las copas de los árboles miraban cómo el jabalí, ya a unos veinte metros, hurgaba el musgo en busca de trufas. Atila, con un gesto, le cede la presa a José y éste un tanto nervioso ante el privilegio, dispara. El animal huye escabulléndose entre el follaje del bosque. José dice que le dio, pero no en un punto mortal, entonces pudo huir. 

Complementa el relato. Nos cuenta que en Chile, un día, prendió el televisor y en la señal por cable, estaban dando un documental sobre el jabalí blanco que habitaba en los bosques de Hungría, el mismo que, según él, hirió tratando de cazarlo.

Al cuarto día, a la hora de la comida, Atila nos cuenta que tiene cáncer, por eso estaba nervioso, a veces sangraba de narices y no podía hacer mucho esfuerzo físico. Cuando le confirmamos que íbamos, él ya sabía de su enfermedad, no nos avisó, para que fuéramos igual. Quería ver a sus parientes. Se trata de un cáncer linfático, ya con ramificaciones, no está respondiendo al tratamiento, tiene mal pronóstico. El próximo Domingo ya se interna en el hospital para empezar la radioterapia y nos pide que por eso, nos vayamos un día antes de lo conversado. Lo cuenta con una tranquilidad pasmosa.

Atila, es técnico en metales. Durante la época socialista, llegó a ser gerente de producción en una fábrica metalúrgica del estado. Vivió en un bloque de departamentos que el estado le asignó. Luego al caer el muro de Berlín y llegar la democracia y con ella el libre mercado a Hungría, se asoció y puso un restaurante, el negocio prosperó, era lo suyo, la cocina, los buenos vinos húngaros, la caza, además demostró tener habilidades de buen administrador. Pero con su enfermedad todo se viene abajo. Su tratamiento es muy caro y su sistema de salud actual le cubre sólo una parte menor de su tratamiento Recuerdo a la médico búlgara, mi vecina en el avión. Ya ha vendido  su auto y tendrá que vender su parte del restaurant. Bajo el sistema socialista todo el costo de su tratamiento, hasta su probable muerte, habría sido gratis. En su hermosa casa, tiene una estación de computación completamente equipada, con todos los aparatos necesarios, es un mueble curvo, de diseño contemporáneo, con varias divisiones y en una esquina, al fondo, como escondido, hay un busto de bronce, de unos 25 cm de alto, me acerco,  la figura esculpida, es Lenin. Me cuenta que el busto se lo regalaron en una visita oficial, junto con otros gerentes de la fábrica, a Moscú. – “Si uno no formaba parte del sistema de gobierno, no había posibilidad de tener trabajo” – me comentó seco, cerrando el episodio.

“Budapest” se arma a partir de  las dos riberas del río Danubio: “Buda” y sus colinas religiosas y “Pest”, la ciudad del día a día, ambas, unidas por sus puentes, que son de gran belleza.  

Es una ciudad cosmopolita, variopinta.  Según lo que he escuchado , junto con Praga son las ciudades más hermosas de Europa antigua. La cruza el río Danubio, navegable, de unos trescientos metros de ancho, por donde llegan cruceros fluviales desde Alemania y Austria. Son largos barcos horizontales, todos blancos, de no más de tres pisos, y en la última cubierta una terraza sólo con toldos, en donde por las noches las orquestas animan  fiestas. Una tarde, ví  un matrimonio y a los novios bailar el tradicional vals en cubierta, mientras el crucero navegaba traspasando el puente desde donde yo, arriba, observaba.

A un lado del río, en la ribera escarpada, con montes y colinas, está “Buda”, la zona fundacional, donde vivían las tribus primitivas, que a la llegada de los Magyares eran Budistas, de ahí su nombre. Es una zona de cerros donde están los palacios, monumentos e iglesias más importantes.    Es la zona simbólica, espiritual, el origen de la ciudad. Está la iglesia de San Esteban, gótica bizantina, toda decorada y pintada con colores fuertes en su interior, tambièn un monumento a los héroes muertos que se resistieron a la invasión de los comunistas. En el cerro más importante hay veinte siglos de historia, en la base, hay ruinas romanas, son viviendas de ladrillo y tejas, un paseo con postes-monumentos y caballerizas, todo bien conservado, a un costado, a media ladera, un castillo medieval, intacto. Por primera vez, tengo un encuentro real   con la imaginería fantástica de mi niñez y mi adolescencia, donde la época medieval formaba parte de mis juegos, mis sueños, recorrí los caminos entre las almenas, el patio de las caballerizas, subí hasta la torre desde donde se domina el Danubio. En la cima de la colina, está el Palacio Buda, un palacio Esplendoroso, Barroco, lleno de decoraciones y esculturas de bronce verde. Lo terminó de construir, y ahí reinó, el emperador Eugenio Saboya, es mi primer encuentro con el imperio Austro-Húngaro, con la casa real de los Saboya que dominaron junto a los Habsburgo gran parte de Europa. Sus fachadas son imponentes, casi subyugan. Es un palacio vivo, abierto al público. Adentro funcionan instituciones del estado, museos de arte,  de historia, oficinas de turismo, ministerios. Todo el interior ha sido remodelado con estilo moderno, cielos falsos, líneas rectas, grandes vidrios, como una reacción racional y austera a la monarquía. El resultado no es feliz. Me habían comentado que “los comunistas han reemplazado el mármol blanco del interior, por mármol rojo”, efectivamente, en su interior todo el mármol que veo, es rojizo.

En la otra ribera del Danubio, está “Pest”, que significa peste, la ciudad del día a día. Se llama así porque , en el medioevo, fue azotada por la peste negra y la epidemia, milagrosamente, no cruzó el río hasta la otra rivera, a “Buda”, la zona religiosa. La ciudad, de este lado, es muy armónica,  de 4 a 5 pisos, con todo el repertorio de arquitectura  turca, bizantina, gótica, todos los estilos “neo”, es de un eclecticismo de gran belleza, casi no hay torres, excepto algunos hoteles de cadenas internacionales y uno que otro edificio estatal socialista, en donde se ve que la mano del mercado y el lucro por un lado, y la parca y esquemática estética socialista,  han golpeado  la rica armonía de la ciudad. En los barrios más alejados del centro histórico, están los “bloques del realismo socialista”, algo así como nuestra Villa Frei ó nuestra Remodelación San Borja, donde vi mocetones desafiantes, que lucían, a propósito, poleras con la leyenda del partido comunista Ruso, CCPP. Esas son las “viviendas sociales” de los húngaros, donde viven “los pobres”.

La ciudad, es una mezcla de Oriente y Occidente, una especie de Estambul más pequeña, en donde los 150 años de dominio Turco, las invasiones de los Hunos (mi anfitrión se llama Atila) y la  convivencia con sus vecinos de Europa central, han hecho de ella una “rótula” donde  Oriente y Occidente, se juntan y entremezclan, eso da a la ciudad una riqueza  inigualable.