Aniquilar con la pregunta

La novela El reparto del olvido de Juan Ignacio Colil comienza cuando Ciro, un investigador privado que pasea a perros en tiempos difíciles, se encuentra con una nota de Darío Ponce. El detective acude al llamado de su supuesto cliente, intuyendo que esta pesquisa es mejor no realizarla; que esta  investigación le corroborará que su apatía es la mejor manera de sobrevivir en esta realidad amnésica y derrotada. Mejor no involucrarse con este locorecitapoemas o este mitomanoquealgooculta, mucho mejor fundirse en este Santiago inhóspito en ebullición estival.

Y aquí surge la primera pregunta,  ¿Por qué Ponce se vuelve un personaje tan atractivamente insondable? En la novela de Colil hay muchos personajes enigmáticos: Fresia Briones, Dalia, Trevor, pero ninguno -pienso yo- dibuja tan nítidamente -o en este caso tan difusamente- este halo de duda  o suspicacia. Este personaje logra en una buena parte de la narración descolocar y también invita a considerar si conviene o no seguirle el juego entre tantas omisiones o mentiras iniciales. En otras palabras, Darío no es el único que aparenta,  esconde y manipula; sin embrago, la ignorancia de su pasado anterior a los tres meses de su llegada a un pasaje de San Diego – aunque todos hemos sido algo antes de llegar-; sus citas de poemas -como si al juntarse formaran un sentido-; las sospechas que recaen en  su participación o culpabilidad en la única la víctima del incendio de su casa; su anillo; su afición morbosa a las revistas desquiciadas de lo insólito; y su insignificancia -¿insignificancia o es individualismo el que vuelve a todo sujeto un ser anodino?-, lo vuelven un hombre inclasificable, versátil, enigmático y enormemente paradójico.

Por ende, Darío es la punta del iceberg, porque es el que invita a ser investigado, descubierto y, al mismo tiempo, es el elemento que se convierte en una incomodidad, en un espejo y motor de búsqueda de verdades que todavía penan en Chile.

Entonces, una vez que se escabulle -yo diría parcialmente- la bruma en torno a Darío, los personajes que se han involucrado con él experimentan una frustración tremenda y, también irreversible. De no existir hasta aparecer; desde mostrarse y confesar hasta desaparecer han pasado días, meses, siglos y toda una planadora que merma la fuerza de sus nuevos amigos y los desquicia. Este ser quitadito de bulla y ensimismado se convierte en un catalizador que aniquila los equilibrios precarios de Dalia y Ciro; destruye el olvido cómodo y ensimismado de personajes indefensos ante una abrumadora realidad.

Las esperanzas, las ilusiones quedaron hace tiempo enterradas; las certezas, con esta novela, también se vuelven ambiguas. El método investigativo muestra que se ha esbozado un canal hacia lo insólito y hacia una manera nueva de saber, indagar; pero Ciro no se entera y este pasadizo colgante hacia lo inusitado solo lo sospecha el lector. Entonces, surgen más interrogantes que sugieren una comunicación con lo fantástico.

De esta forma, el detective Ciro y el lector van articulando preguntas; unas son respondidas; otras, parcialmente; y, unas cuantas quedan flotando en su formulación difusa, inasible. Sin embargo,  en su falta de delimitación y, por lo tanto, de respuesta  dibujan un mensaje donde las realidades se presentan incompletas, torpes, corruptas, frustrantes. Es decir, las preguntas se convierten en un mensaje cifrado a través del desgano y el desencanto.

Quizás esta es una manera de plantear una mirada cruda donde las omisiones reflejan fracasos y olvidos. Como si estas respuestas elididas significaran la imposibilidad de fijar lo impracticable; expresaran la negación de consolidar como verdad la interpretación de un ser ficticio. Como si se requiriera  de un detective-lector que fuera arrancando las cáscaras de certezas para reencontrarse con el devenir ciego de ese pasado doloroso enterrado bajo siete capas.

Juan Ignacio Colil, El reparto del olvido, LOM ediciones, 2017- 146 páginas.

                                                                                                                                                    Julia Guzmán Watine