VOCACIONES EXTRAVIADAS

Para José Luis Hernández

Sostengo que si Kafka hubiese nacido en Santiago de Chile, se habría dedicado a entrenador de fútbol o a vendedor de seguros, pongamos por caso. Sí, porque este país es el reino de la burocracia sin rostro, del papeleo absurdo e inconducente, del trámite que se superpone al trámite, de la gestión que se traslapa con la gestión funcionaria. Y no es solo en el intrincado laberinto de los servicios públicos, sino también en los ámbitos de esa “empresa privada” con que se llenan la boca los corifeos del neoliberalismo ramplón que nos agobia.

En mi calidad de anciano contable, me ha tocado vivir innumerables casos y situaciones ante los cuales se desmorona la paciencia de un gurú de la India o de un santo medieval. He relatado algunos, en crónicas y cuentos, pero así como cada día puedo encontrar un nuevo hallazgo verbal, así también me acechan impensados sucesos, e incluso esas agresiones gestuales y de palabra con las que algunos cagatintas de los servicios fiscales suelen envenenarnos el día.

Hace tres o cuatro meses, concurrí al Servicio de Tributos Públicos. Me atendió una fiscalizadora muy joven y bastante agraciada (aunque yo no milite entre los repulsivos viejos verdes). El trámite era simple: obtener una nueva clave electrónica para una clienta amiga que le tiene un miedo parido al STP, al punto que lo llama “el lugar donde mueren los valientes”; tiene razón, porque ni el más pintado de los héroes dejará de sentir, enfrentado a esos mesones del sacrificio, un temblor de piernas incontrolable… Bueno, entregué a la funcionaria toda la documentación, el poder notarial que me acreditaba como representante, la copia legalizada de la cédula de identidad de mi amiga, la copia autenticada de la escritura pública, el certificado de vigencia de la sociedad, el comprobante de domicilio, los tres últimos pagos de impuestos…

La joven me clavó sus negros ojos, esbozó el rictus de una sonrisa cruel, y sin acudir a ningún tópico de la ideología de género, me espetó:

-Esta cédula de identidad está vencida…

-¿Cómo? ¡Imposible! ¿Cuándo?

-Venció ayer, 3 de agosto; hoy estamos a 4.

-Señorita, pero es un detalle nimio… Solo necesito una nueva clave, para regularizar tributos pendientes…

-Lo siento, señor, pero las disposiciones son clarísimas. Vuelva con la nueva célula notarizada (nótese la palabreja).

Regresé una semana después. Me atendió la misma fémina, digna a estas alturas de la letra de un tango arrabalero. Le extendí los papeles. Me temblaban las manos, cosa inhabitual en mí; ni siquiera me pasa cuando estoy ebrio.

Ella se veía molesta. A su lado derecho, mal disimulado entre dos rumas de papeles, había un plato con un berlín a la crema (mi favorito) y una taza de café a medio beber. (Claro, no tomaste desayuno, pécora, y quisieras una pausa para dar cuenta del pastelillo y el café, entre tanto idiota que va y viene con papeles inoportunos). Revisó la carpeta y aprecié de nuevo esa mirada homicida, mientras su voz, seca y levemente ronca, me zarandeaba entre sílabas:

-Esta copia del RUT no me sirve… Necesito el original.

-Señorita, la vez anterior le expliqué: la titular de la empresa está fuera de Chile, por razones de trabajo… Se trata de una fundación cultural…

-Me da lo mismo lo que sea… Mire, señor, usted ya está bien grandecito para que entienda lo que le piden, ¿o me equivoco?

Yo no estaba solo con ella –entiéndeme tú, comprensivo lector-, había veinte víctimas a mi alrededor, esperando el turno de sus ejecuciones sumarias… Tragué saliva, conté hasta veinte –sí, en gallego. Me saltaron a la lengua, como ranas despavoridas, unas precisas palabras chilenas: “Y por qué no te vas a la concha de tu madre”, pero no las pronuncié; soy un caballero, aunque sea pobre y carezca de corcel, y aún creo en los modales de la vieja cortesía. Pero esta vez, el lenguaje no me traicionó, vino en mi ayuda con la eficacia de un arma gentil:

-Señorita, usted es muy joven; no tendrá más de veinticinco años y bien podría ser mi nieta… ¿Así le habla a su abuelo?

La desarmé. No esperaba ella esa respuesta, dicha a viva voz, para sorpresa de los tristes parroquianos balbuceando tras sus inútiles folios. (Mi ejecución se había pospuesto).

-Bueno, bueno… ya señor; aquí tiene su nueva clave. ¡Hasta luego!

Hoy tuve una experiencia distinta. Fui tratado con impensada amabilidad por dos funcionarias y un funcionario (esta es una palabra cabrona que rara vez funciona). Pero el intríngulis irresuelto es por completo kafkiano, aunque ni el genio de Praga lo habría imaginado.

El patrón de mi empresa –le llamaremos Méndes, en honor a mi colega contable, Fernando Pessoa- pagó, en marzo de 2016, un impuesto al valor agregado pendiente, con un cheque a nombre del Tesoro Chileno de la República y el correspondiente formulario foliado y con código de barras. Todo legal y expedito. Pues bien, hace un mes, el Servicio Tributario hizo llegar a la empresa una notificación de cobranza imperativa por tributos morosos, con multas, intereses y amenazas de las penas del averno.

El cheque fue cobrado por el banco. El Tesoro recaudó el dinero, pero el pago no se acreditó en el Servicio Tributario, por un “desentendimiento de folio”, según me expresara el amable funcionario, un sesentón con el pelo teñido de negro azabache y las uñas sucias.

-Señor, pero se trata de formularios oficiales. ¿Cómo puede ocurrir algo así?

-Ocurre, caballero, y no es tan raro como usted piensa. Tanto así que hemos creado una cuenta virtual, que se llama “Monedero Electrónico”, en donde van a parar estos fondos que extravían su camino, sin que nadie sepa cómo…

-Tengo aquí todos los comprobantes del pago. Entonces, ¿ustedes lo resuelven directamente con el ST?

-No, no mi caballero (-¿dónde estaría mi caballo?-)… El procedimiento es otro y paso a explicárselo: usted me trae los documentos que detallo en este formulario, para solicitar que le devolvamos el dinero, depositándolo en la cuenta de la empresa.

-Sí, por supuesto, el monto original vendrá reajustado en el IPC, como corresponde… Una vez que usted verifique el depósito, se dirige con toda la documentación al Servicio Tributario y pide que le giren lo adeudado… Ah, por supuesto que solicita la condonación de intereses y multas, puesto que fue un error de terceros y no culpa suya. ¿Me entiende bien lo que le digo, verdad?

Iba a decirle que no entendía una palabra; que ese desaguisado debía ser resuelto por quienes fallaron en un proceso supuestamente cibernético, a prueba de errores. Pero no dije nada. El hombre, ese individuo particular, el funcionario a exigua retribución pecuniaria, nunca me faltó el respeto; por el contrario, actuó con amabilidad casi melosa…

-Estará por jubilar -me dije, esperando reunirse a diario con sus compañeros de bar (ostentaba una considerable nariz color frutilla amoratada), para comentar con ellos lo penosas que resultan las vocaciones extraviadas.

 

Edmundo Moure
Enero 2018