Recuerdos de una noche de verano

En medio de la vorágine electoral que vapulea la atención del chileno, conviene sacar el “snorckel”, ese tubo oxigenante de los buzos, un poco hacia el aire puro del espíritu y abrir un pequeño paréntesis antes de volver a sumergirnos en el cenagoso campo de la batalla política que se empuerca cada día más. Vamos a hablar de poesía, de ese oficio de pulir vocablos, de lustrar palabras hasta que alcanzan su más sublime brillo, para luego escribir con ellas cosas que se vuelven inútiles a costa de trascender más allá de lo trascendente. Por lo demás, se trata sólo de divagar por el puro placer de hacerlo con un tema nerudiano que, a días de elegir un nuevo presidente, viene a propósito de escopeta.

Hace algún tiempo, hurgando en añejos papeles traídos del exilio, encontré un hermoso escrito del poeta rumano Eugen Jebeleanu relacionado con Neruda y que me fuera traducido al español por un dilecto amigo que se bifurcó de mi vida, o yo de la de él, hace muchos años y que transcribo más abajo de manera textual. El traductor es Victor Ivanovici, rumano, doctor en Filología Hispánica, profesor de literatura hispanoamericana, bastante menos conocido que el Conde Drácula, su coterráneo, ya que la vida de literato de Ivanovici no sirve a Hollywood para ganar dinero como el hematófago creado por Bram Stocker. Tampoco sirve Eugen Jebeleanu, ni Mijai Eminescu, ni Gellu Naum, ni Lucian Blaga, sólo por nombrar algunos de la prolífera poesía venida de los Cárpatos.

Con este amigo entrañable nos separaron dos momentos cruciales de la vida de nuestros países cuyos torbellinos nos aventaron a la antípoda de los puntos del planeta y de la historia. Estos dos hechos fueron el término de la dictadura de Pinochet derrotada en las urnas en 1988 y la caída, poco más de un año después, de Nicolae Ceausescu, derrocado por el levantamiento armado del pueblo y del ejército rumanos.

 

Victor Ivanovici, un hombre notable.

Ensayista de la literatura latinoamericana, Ivanovici se ha distinguido por sus traducciones a diferentes lenguas de la poesía universal, siendo un políglota eminente que con la misma destreza traduce a un Odysseas Elytis desde el griego al rumano o al español, como también traduce a Naum, a Eminescu o a Jebeleanu a otra varias lenguas, esparciendo sus obras al mundo llevadas por la rosa de los vientos del entendimiento humano.

A Victor Ivanovici lo conocí hace muchos años en Bucarest, a donde llegué llevado por las corrientes del exilio. Me lo encontré en un momento de típica dificultad por el que pasaban todos los exiliados que llegaban a países de enrevesadas lenguas. El me ofreció su ayuda de traductor en momentos en que naufragaba intentando convencer al dependiente de un supermercado que no me había bajado de un disco volador. Me pareció entonces que este traductor de perfecto español, había sido enviado por el Dios de los cielos que se compadecía acordándose de la hégira de su pueblo judío.

Efectivamente Ivanovici había sido mandado por Dios, pero no por el original, sino por el pirateado, usando un término muy en boga: el Ser Supremo Nicolae Ceauscescu, a la sazón Secretario General del Partido Comunista Rumano, presidente del país, además de un sinnúmero de otras designaciones que lo hacían mucho más poderoso que Jehová.

 

Sueño de una noche de verano.

Ensamblamos de inmediato con este detractor de Babel a través del idioma universal de las letras. Sentados a una mesa de la Casa de los Escritores en un barrio de Bucarest, un semi castillo datado de la época de los boyardos y rodeado de jardines de ensueño, nos reuníamos en calurosas noches de verano con Omar Lara, prolífero y laborioso poeta nuestro, Alfonso Alcalde que estás en los cielos, el folclorista Homero Caro, Oscar Vega el “Monstruito”, Pedro Callejas, ex diagramador de “El Siglo” y otros náufragos de la diáspora dictatorial. Los había igualmente de otros lares con su propia tragedia a cuestas, argentinos, peruanos, bolivianos. Sin duda también algunas bellas féminas, porque boludos no éramos, por ejemplo Stella Bratescu, traductora de español y rumana con pergaminos de vieja estirpe comunista pues era nieta de Ana Paucker, revolucionaria de la época de Thorez, Togliatti, Codovilla, Dimitrov y otros próceres de la III Internacional. Por la parte chilena, aportábamos con la hermosa María Eugenia Cavieres, la Niña en la Palomera, que nunca retornó a Chile quedándose definitivamente exiliada en Suecia.

Precisamente en una de esas noches de bohemia en el “Pequeño París”, como se le llama a Bucarest, Victor Ivanovici me tradujo  esta breve escrito del poeta Eugen Jebeleanu, en donde describe uno de sus encuentros con su gran amigo Pablo Neruda en París, a quien vuelve a ver más tarde en un momento de especial significación para el poeta rumano pues viene de perder a uno de sus seres más queridos:

 

“Tarjeta no despachada a Pablo.

Quisiera escribirte con las palabras de mi hablar que tú entiendes por lo menos tanto como entiendes las cosas, los susurros y los paréntesis de la palma de la mano.

O escribirte con los ojos. Con los ojos de un hombre que todavía está vivo como lo estoy yo.

Entonces comprenderías que te añoro como añoro el tiempo que nos echa detrás ramos de flores. Como añoro aquel día en que todos estábamos en París junto a ti y Matilde, con Margot Bennacerraf de Venezuela, con Joris Ivens, con Louis Aragón alumbrado por sus ojos de plata, con Elsa que parecía tener el mismo velo en sus ojos con el cual se fue de nuestro mundo, y con mi ángel que ya no está…

Veo tu trombón de trompa de oro enroscado alrededor de tu cuello como un tierno cachorro de elefante, aquel con el que subiste triunfante al avión, un trombón comprado en el “Marché aux puces”.

Recuerdo aquel adiós tuyo nasalizado y escucho el ruido de los motores de los aviones y de los motores de los años.

Y después el desierto, el reencuentro y tus ojos que, mirándome, reflejaban mi insoportable escándalo de lágrimas, y tus lágrimas reprimidas como una lluvia triste y tranquilizadora…”

A diferencia de Neruda que no resiste la barbarie y muere al inicio de la dictadura de Pinochet, Jebeleanu se parapeta y sobrevive a la caída de Ceausescu, muriendo el 1991. No obstante el sofocante peso del realismo socialista distorsionado por el socialdictador, Jebeleanu tiene claro que la poesía es más eterna que el sátrapa de turno y lega hermosos versos de amor, pero también de lucha. En su poema de denuncia del horror de la muerte atómica “Canto a los muertos desconocidos de Hiroshima”, nos conmina en su parte final a tener presente el nombre del genocida, el mismo que hoy siembra la muerte en Irak, en Afganistán y que pudiera acercarse mañana una vez más a nuestra América Latina.

         “…recordad a los niños que nunca más volvieron

          de la escuela y cuyos pequeños delantales

          huérfanos, aún tendidos, se mecen ahora con el viento

          mucho más triste que la muerte misma;

          recordad, eternamente recordad

          a todos los muertos desconocidos de Hiroshima,

          y no olvidéis jamás quien fue el asesino.”

 

Cristian Joel Sánchez.