PUERTO TRANQUILO: EL INMEJORABLE TIEMPO PASADO (CRÓNICAS DE AYSÉN II)

Manuel nos regala con un exquisito desayuno: huevos revueltos, jamón, queso, mantequilla y mermelada, pan recién horneado, a la mejor usanza sureña –patagona, hay que decir-. María Luisa nos lleva al modesto terminal rodoviario de Coyhaique, para abordar el bus que nos llevará hasta Puerto Río Tranquilo, en la ribera occidental (surponiente) del lago General Carrera. La mañana es fresca y soleada, el aire prístino y el cielo de un azul intenso; atrás queda el grisáceo y agobiante Santiago del Nuevo Extremo. Son 219 kilómetros, que en una carretera asfaltada significarían dos horas y media de trayecto, pero el pavimento alcanza sólo hasta Villa Cerro Castillo, ubicada 96,4 kilómetros al sur. El viaje tardará más de cuatro horas. El espacio entre los asientos apenas permite doblar las piernas; se trata de una tortura similar a la de los aviones transcontinentales, vueltos microbuses estrechos para aumentar el pasaje y disminuir el costo del boleto. (La posmodernidad es renuente a lo confortable, quizá porque la democracia es el hacinamiento feliz, según alguien escribiera).

Pero nuestro ánimo es inmejorable. María Luisa me ha prestado una boina de estilo vasco, prenda que es usual en la Patagonia. Marisol me advierte del riesgo de extraviarla (hay advertencias que se vuelven fatales premoniciones). Los ojos quieren dar cuenta de los múltiples detalles del paisaje; la velocidad del vehículo –no más de 40 km/h- permite esa morosidad en la mirada que recomendara Josep Pla[i] a los viajeros, pues el peor enemigo para aprehender y disfrutar el entorno es la velocidad; ¿será por eso que el simio contemporáneo no ve más allá de sus narices?

Una lugareña, con el cantarino acento que alarga las sílabas finales, me dice los nombres de los árboles que se alzan junto a la ruta: coihues, lengas, ñires, coligües, en su profusión de verdes. Los nombres son necesarios, pues lo que carece de ellos no existe y el sustantivo árbol es tan amplio como impersonal. También en estas nominaciones arbóreas perviven las viejas lenguas aniquiladas por el colonizador, en esa porfía poética que parece restituirnos sus significados y onomatopeyas en el viento.

-Mira, un huemul –advierte Marisol, señalando una figura marrón que se pierde como un celaje entre las ramas agitadas.

-En este tiempo se ven pocos –apunta la vecina, porque suben a la montaña por las veranadas.

Puerto Río Tranquilo parece desmentir la ampulosidad de su nombre; es poco más que una calle en la ribera del inmenso lago de color azul esmeralda que Chile comparte con Argentina, superando los equívocos de la geografía política. Buscamos en el chato caserío la residencial donde tenemos reserva. La denominación de “hostal” va a resultar también una paradoja.

El recinto ostenta una cafetería, con ocho mesas distribuidas junto a grandes ventanales, un amplio salón orientado hacia el lago. Detrás, dos hileras de habitaciones separadas por largo y estrecho pasillo. Nos toca la número 10. Es oscura y pequeñísima; apenas cabe en ella la cama de dos plazas. Una reducida ventana comunica con el patio donde se acumulan trastos. El cuarto de baño es tan angosto que topas con las paredes y los artefactos; si te mueves en la ducha, te golpearás con las llaves y el grifo. Sobre la cama destacan un cobertor morado y dos cojines del color fucsia. Marisol revisa las sábanas; están limpias. Todo huele a desodorante ambiental, mezcla dulzona de vainilla y alcanfor. Marisol extiende una toalla sobre la almohada y su ancho pareo peruano encima de la sábana de abajo.

-¡Qué asco! ¡Quizá quienes han dormido aquí!

No digo nada, pero pienso que somos tributarios, en alguna medida, de todos los detritos y resabios y huellas que han dejado y dejan los que nos precedieron, incluyendo la cristalización de tantos efluvios, solidificados como fósiles, de innumerables antecesores o pares de la estirpe, el sudor impreso en ropas y todo aquello que el detergente no logra purificar… Y recuerdo la casa de A Touza, Santa María de Vilaquinte, allá en la Galicia profunda, con sus cuartos encima de las cuadras donde duermen los animales, el aroma de la boñiga que se adhiere a las habitaciones, como una pátina persistente del secular pretérito campesino.

-¡Y vamos a dormir dos noches aquí! ¡Increíble!

El pequeño restaurante frente a la playa está muy concurrido. Nos acomodan en una mesa, junto a la ventana. El único pescado del menú es salmón. Ahora los lagos y ríos de Chile solo ofrecen este feroz depredador acuático, que ha ido eliminando a las especies autóctonas, aunque el mozo dice que existen la trucha arcoíris y la pintada; por ahora, son leyendas y la carta no las ofrece. Salmón con puré para Marisol, escalopa de pollo para don Edmundo.

Los estándares turísticos son muy bajos en Aysén, salvo unos cuantos hoteles sobre cuatro estrellas, accesibles solo a visitantes de cartera bien provista. La infraestructura de alojamiento, comida y transporte queda a criterio de sus proveedores, compensada –eso sí- por la buena disposición y voluntad a todo trance de los amables patagones. Lo único que tiene aquí “rango internacional” son los precios: todo es caro para el escaso y modesto turista chileno.

La cerveza Dolbek nos devuelve el optimismo y un vino blanco tres estrellas nos empuja hacia la felicidad. A las cuatro emprenderemos la travesía en lancha para conocer la catedral de mármol, la capilla de la misma piedra veteada y las famosas cuevas; es lo que se ofrece aquí al turista, como primicia inexcusable.

De vuelta al Hostal Los Pinos evitamos la siesta en el dudoso cubículo y nos acomodamos en un sofá del salón. El sol entibia la galería que mira hacia el lago. Una dulce modorra nos invade, hasta que dos mujeres viejas se sientan en sendos sofás, frente a nosotros. La que se ve mayor, flaca, con las canas teñidas de un negro azabache, nos da las buenas tardes, sin mucho entusiasmo. Enseguida, semeja entablar un diálogo, iniciado con la pregunta: -De dónde son ustedes-, ante cuya respuesta hila un virtual monólogo entre nuestros esporádicos “mmmhhh…” de asentimiento. –Aquí ya no es como antes… ya no está tan tranquilo, porque llega mucha gente del Norte (son los malos) y traen otras costumbres… Antes, una dejaba todo abierto y no pasaba nada; ahora te descuidas y te roban… Hay que tenerlo todo con llave… Hace cuarenta años era muy distinto, cuando estaba mi general y no esos políticos ladrones…

Manuel me lo había advertido. Sí, aquí casi toda la gente mayor siente y expresa veneración por Pinochet, asignándole el gran mérito de haber construido la Carretera Austral (con mayúsculas), obra que sin duda significó romper décadas de aislamiento, cuando el único flujo posible de comunicación y abastecimiento venía por mar, a través de los enmarañados canales, una o dos veces por mes. Esto se aprecia en la marcada impronta argentina, tanto en la indumentaria de los lugareños como en sus hábitos de relación. Porque nuestros vecinos del Este han desarrollado una política de integración mucho más efectiva en la Patagonia.

Doña Milagros continúa con el monólogo, ahora para referirse a sus dos hijos varones, que no quieren hacerse cargo del hostal, pues tienen otros intereses y aspiraciones. La mujer interrumpe sus dichos y llama a un hombre viejo que sale de la cocina: -¿Pediste el gas, Arsenio? El hombre responde con una especie de gruñido… -Temprano te lo dije, Arsenio… Hay que repetirte todo…

Doña Milagros nos mira fijamente y mueve la cabeza, en un gesto de contrariedad y desaliento. –Es que no hay caso, oiga, si una no está pendiente de cada detalle…y eso que él es mi marido… y como si nada… Mire, lo único que quiero es vender el hostal y retirarme a un campo que tenemos en Cochrane.

Nos levantamos para dirigirnos al embarcadero. Las lanchas van y vienen, llenas de inquietos turistas. El viento comienza a soplar con más fuerza y este mar de agua dulce exhibe las albas crestas de sus olas frenéticas. Marisol, sintiéndose “perro de agua”, según el horóscopo chino, disfruta como niña los cuarenta y cinco minutos de travesía hasta las maravillas de mármol, con sus columnas sumergidas en el agua cristalina e impoluta.

La paciente erosión del viento y el agua ha esculpido formas caprichosas, resaltando las vetas y colores de esta piedra que asociamos con lo antiguo e inerte, con mausoleos y cementerios; también con la suntuosidad de palacios y la belleza de las esculturas griegas y romanas. Con proverbial habilidad, Elías, el botero, introduce el lanchón en las estrechas cuevas, algunas de ellas con salida al otro extremo de las formaciones. Su ayudante nos muestra las estalactitas que crecen, como pétreos musgos, bajo las bóvedas… -No hay que tocarlas, porque el contacto humano frustra su crecimiento. (Pareciera una metáfora inequívoca de la humana depredación).

De regreso, las aguas del General Carrera se han encrespado bajo el azote le viento. Hay olas de más de dos metros que se abaten sobre la pequeña embarcación. Elías exhibe su pericia con algo de petulancia, provocando saltos y caídas sobre la masa líquida. Cada barquinazo nos salpica de agua fría, lo que aumenta la exaltación nerviosa de los pasajeros. Con un par de diestros movimientos, como un torero que sortea a la bestia, Elías atraca en el precario muelle. Desembarcamos cual dos alegres infantes.

Pese al evidente cansancio, dormimos sobresaltados: Marisol, por la incomodidad del lecho y su recelo higiénico; yo, por el constante zumbido del viento, un ruido inhabitual para nosotros… El desayuno con café fuerte nos levanta el ánimo para abordar un microbús que nos llevará a la localidad de Cochrane, en un nuevo tramo ripiado de 119 kilómetros. Cerca de tres horas, nos informa la joven que vende los boletos. (Serán más de cuatro, según se cuenta más adelante)…

El minibús llevará veintiocho pasajeros: una especie de milagro de reducción japonés. Su conductor, de boina negra y trazas de mulero castellano, semeja un auriga cargando la diligencia. Como el vehículo carece de portamaletas, la carga pesada, que consiste en mochilas, bolsos, maletas y bártulos varios, va siendo arbolada, con certeros y fuertes golpes, encima de una gran parrilla, sobre el techo del modesto vehículo. Jóvenes turistas, argentinos, gringos y franceses, se acomodan en los diminutos asientos. Huele a sobaco y a culo europeos. Jabón y desodorante brillan por su ausencia…Mardones –así se llama el chofer- despliega notable energía y habla sin parar, prodiga burdos chistes y se las da de conquistador cortesano. Marisol le reprocha:

-A ver si hablas menos y te apuras. Llevamos casi una hora de retraso.

-Mire, señora el que se apura, en la Patagonia, pierde el tiempo –retruca Mardones.

De nuevo, la contemplación del soberbio paisaje atenúa incomodidades y contratiempos. El minibús se desliza y traquetea por la ribera poniente del lago. La mirada no tiene desperdicio. Donde los ojos se posan, surge una revelación.

Como si los horarios fuesen parte del realismo mágico, Mardones conduce con extrema lentitud. Treinta kilómetros por hora debe ser su “velocidad crucero”. Va charlando amablemente con una joven, al parecer conocedora de estos intrincados parajes, como si estuviera en el living de su casa, mirando de reojo el camino y maniobrando con habilidad cada vez que cruzamos con otro vehículo. Al costado de la estrecha y serpenteante ruta se aprecian quebradas, hondonadas y precipicios cortados a pique. A Mardones le da igual, carece de nervios. Marisol me dice:

-Este Mardones será pariente –según el dicho popular- del que “inventó la máquina de enderezar huevones”…

Entramos en la villa de Cochrane cerca de las tres de la tarde. Nos espera la cálida hospitalidad de una amplia cabaña soleada. Tenemos un buen dato para almorzar como Dios manda.

Mientras caminamos hacia el restaurante, Marisol me dice, con rotunda certeza:

-Con ese tal Mardones yo no viajo ni amarrada de vuelta.

Yo le respondo con algo más dramático:

-Perdí la boina de María Luisa…

 

Edmundo Moure
Febrero 7, 2018

[i] Josep Pla; Viaje en Microbús; Barcelona, 1989.