Nicanor Parra, nuestro y universal

En los campos de Ñuble, cuando fallece una persona, amigos y dolientes acostumbran decir con un espontáneo y solemne acento de resignación: “La delantera nomás nos lleva”. No sé si esta frase popular estará registrada en la antipoesía de Nicanor Parra, si habrá reclamado su puesto allí donde se elevan a la estatura de lo literario los infinitos recursos que los campesinos y provincianos de Chile, en general, han cultivado para intensificar los sentidos profundos de su sabiduría. Es una frase que bien podríamos aplicar en estos días de Duelo Nacional para reproducir un sentir colectivo que nos relaciona a partir de la muerte de este hijo universal de la Región.

Como Filial Ñuble de la Sociedad de Escritores de Chile, el que Nicanor Parra haya nacido en San Fabián,  nos provoca un natural orgullo, sintiendo esa espontánea y sana sensación de propiedad regional; pero conscientes al mismo tiempo del nocivo envanecimiento o que pudiera de pronto convertir todo sólo en un ritual escueto, si es que no se alcanza a apreciar en su dimensión esencial lo que significa el hombre, el artista, el poeta, el intelectual, en relación con el entorno de una civilización por la palabra, que alcanza contextos mucho más extendidos sobre la delimitada geografía que habitamos y que a veces solemos administrar con torpeza y egoísmo. Cuidándonos de eso es que, más que hacer sólo nuestro el eminente nombre del poeta, quisiéramos, sin alarde, compartirlo exento de medida; necesitamos expresar sencilla y modestamente lo hermoso que es cuando algo que sentimos cercano, se cultiva, asistido por el buen horizonte de la decisión inteligente y el talento, para adquirir luego su altura, su vuelo trascendente y su permanencia mucho más lejos de nuestras manos; eso que ha partido de este lado del camino para concretarse en combinación con nuevas distancias, y ser finalmente resultado de lo universal. Ese es precisamente el más ponderado vínculo: contar con un intelectual que nos conectó con lo grande; que hizo de su voz, en la palabra común de su aldea, un diálogo en el que nos hemos sentido interpretados y a través del cual podemos apreciar luces que parecían lejanas. Nicanor Parra es hoy propiedad del mundo y mucho de lo propio, ciertamente, también va contenido en el fulgor de una memoria que comienza a ser después de su vida, la dimensión intangible, inasible, insumisa en su libertad y su resonancia; pero que, como todo porte sustancial, no se separa de sus vernáculas raíces, llevándolas consigo.

En la muerte de Nicanor Parra se consuma el cumplimiento de aquel viejo compromiso de clausurar esta aparición repentina y temporal que somos todos. En ella la dicotomía de lo blanco o lo negro; de lo bueno o lo malo, de la vida o la muerte, de lo de arriba o lo de abajo…, como conversáramos un día, no se entiende como una fatalidad eludible, sino como parte del lapso integrador que, en su caso, celebramos que se cumpliera de la mejor manera.  En esa memoria que prolonga la presencia ausente de los grandes hombres que salieron de su aldea un día a conquistar los espacios humanos, Juntamos estas voces campesinas de Ñuble que parecieran hoy decir al poeta: Esta fue la última parrada/Hasta aquí nomás llegamos/ Ahora estás de espalda el loro/ Más helado que un huevo de pingüino/ Paraste la chala, viejo lindo/ Ahora estás entero tieso/Te fuiste al patio de los callados/ Que Dios te tenga en su santo reino/ Y nosotros que te creíamos eterno/ Así nomás es la vida, digo yo/ Nadie muere en la víspera/ No fue por falta de empeño/ Por algo pasan las cosas/ Estaría de Dios/ Te vamos a echar de menos por acá/ No nos va a quedar otra que resignarnos/ Pero…, bueno…, a todos nos va a tocar/ La delantera nomás nos llevas. Hasta siempre, Nicanor Parra.

Luis Contreras Jara
Presidente SECH, Filial Ñuble