Nicanor Parra, cien años de antipoesía

No hay dudas, Nicanor Parra le cambió el aire a la poesía. Eso es antipoesía. Un giro, una voltereta, un cambio en la manera de mirar y medir la realidad. En tal sentido,  Nicanor es nuestro poeta más subversivo, porque viene a subvertir los valores del espíritu. Algo muy Nietzscheano, por supuesto. Algo muy complejo, poco comprensible todavía para muchos, dado que la poesía de Parra juega con los  valores idealistas, poniéndolos abiertamente en jaque, cuestionándolos al extremo de causar la controversia necesaria para devolver -al hombre- a repensarse a sí mismo, obligándolo a salir de su caverna a enfrentarse con la fría realidad del día a día, y a vivirla palmo a palmo. Esa realidad por siempre múltiple, y muy pocas veces cerrada, sino por siempre variable, semejante al espíritu humano, cambiante, voluble, en evolución permanente, y Parranada o Parranunca, previsible: “Durante medio siglo/ La poesía fue/ El paraíso del tonto solemne,/ Hasta que vine yo/ Y me instalé con mi montaña rusa.// Suban, si les parece…/ Claro que no respondo si bajan/ Echando sangre por boca y narices.”

Hay también en la poesía de Parra un juego del lenguaje que nos recuerda nuestras más profundas raíces campechanas, donde el verbo surge de improviso, como una corazonada frente a un hallazgo inesperado, frente a un hecho insospechado, frente al amor, frente al olvido, frente a la sorpresa de saberse vivo. Su poesía es un espejo del corazón del huaso ladino de nuestros campos, que sabe muy bien hacerse pasar por tonto, sabiendo de antemano por donde pasa el camino, por donde va el orden de la cosa, por donde circula el Poder, y de quienes aspiran a él, encubiertos, enmascarados bajo consignas. “Nervioso, pero sin duelo/ A toda la concurrencia/ Por la mala voz suplico/ Perdón y condescendencia.// Con mi cara de ataúd/ Y mis mariposas viejas/ Yo también me hago presente/ En esta solemne fiesta//(…) El vino es todo, es el mar/ Las botas de siete leguas/ La alfombra mágica, el sol/ El loro de siete leguas.// (…) El pobre toma su trago/Para compensar las deudas/ Que no se pueden pagar/ Con lágrimas ni con huelgas.//.”

La sapiencia del huaso chileno está viva en cada uno de sus versos, si no queremos meternos en mayores profundidades. Porque la antipoesía avanza hacia esos sectores inexplorados del subconsciente, develando y advirtiendo sus misterios insondables, y riéndose de ellos a carcajadas sarcásticas. “Sepulturero, dime la verdad,/Cómo no va a existir un tribunal/ ¡O los propios gusanos son los jueces!/Tumbas que parecéis fuentes de soda/ Contestad o me arranco los cabellos/ Porque ya no respondo de mis actos,/ Sólo quiero reír y sollozar….”

La precisión métrica de sus versos, encierra el saber y el uso perfecto de la lengua castellana. Y es que no hay un sólo verso de Nicanor que no esté sujeto al habla cotidiana, enseñando así la naturalidad del lenguaje coloquial que se urde por sí solo en versos. Al uso del idioma que da cuenta del alma humana. “De estatura mediana,/ Con una voz ni delgada ni gruesa,/ Hijo mayor de profesor primario/ Y de una modista de trastienda; / Flaco de nacimiento//Aunque devoto de la buena mesa;/ de mejillas escuálidas/ Y de mas bien abundantes orejas….

La ironía que imprime en su versos, responde a la esencia de la antipoesía. Es un escudo, una coraza que buscando esconder al hombre, da cuenta de su más profundo dolor existencial, enfrentado a cualquier sentimiento o circunstancia. “Juro que no recuerdo ni su nombre/ Mas moriré llamándola María,/  No por simple capricho de poeta: Por su aspecto de plaza de provincia./ ¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,/ Ella una joven pálida y sombría./ (…) Nunca tuve con ella más que simples/ Relaciones de estricta cortesía,/ Nada más que palabras y palabras/ Y una que otra mención de golondrinas/…

La antipoesía es el lenguaje de la juventud, por eso los jóvenes de ayer y de hoy adhieren y aceden a ella con mayor facilidad. La influencia de Parra en los poetas de nuestros días no puede ser más notable, sólo hay que mirar las obras de las generaciones subsiguientes a la suya. Su revolución en cincuenta años fue total. Definitivamente, le cambió el aire a la poesía.

 

Miguel de Loyola – Santiago de Chile.