MI AMIGO POETA

Conocí a Hernán Miranda Casanova en 1967, en La Cisterna. Me lo presentó Manuel Garrido, hoy radicado en México, desde 1974. Junto a éste, a Percival Philips, a Carlos Garrido y al chico Yáñez, conformamos la célula Ho Chi Minh, que funcionó en La Cisterna hasta el golpe de estado del 73. Mientras nosotros recién nos animábamos a incursionar en el mundo de las letras, Hernán ya poseía estatus de poeta, con todas las de la ley. Sí, porque no son poetas quienes escriben poemas o arriman la prosa en formas versificadas, sino los que viven la poesía las veinticuatro horas del día; como decía un cultor hispano de la antipoesía: “poetas cuando trabajan, cuando duermen y cuando follan”.

Fuera de la célula, donde trabajábamos para el triunfo de Salvador Allende en 1970, teníamos nuestras propias reuniones literarias en casa de Manolo Garrido y la Mona, su compañera entonces, en lo de Pancho Rodó, un viejo amigo y abogado s|ocialista, soltero impenitente, misógino, fumador y bebedor de cultura universal, que nos prodigaba acertados consejos estéticos, conminándonos, de paso, a repudiar el estalinismo que campeaba en los ámbitos del Partido.

(-¿Escribe usted Partido, a secas, sin apellido?).

(-Sí, el Partido es uno solo, el Comunista; los demás son agrupaciones políticas, convengamos, pero el Partido por antonomasia es el que ya sabemos… Eso lo dejó bien definido Carlos el Único).

Una tarde, en la esquina de calle Ossa con Gran Avenida, le entregué a Hernán media docena de incipientes poemas míos, pidiéndole su fundamentada opinión. Si bien era (es) seis meses menor que yo, su rango de poeta total, junto a su carácter retraído y silencioso, le otorgaban ya la categoría de oráculo y maestro. Días más tarde, me devolvió los escritos versificados, en las mismas coordenadas geográficas, pero dentro del bar “Hijos de Chillán”, mientras bebíamos un borgoña con frutillas. Me clavó sus ojos algo huidizos de águila cordillerana, para decirme:

-Moure, tu lenguaje poético está más vivo y presente en tu prosa que en tus versos. Me sentí menoscabado, aunque le agradecí la franqueza. Diez años después, mi amigo Juan Antonio Massone me hizo la misma observación, sin haber consultado a Miranda Casanova.

En 1970, Hernán Miranda publicó su poemario Arte de Vaticinar, vendiendo una suscripción numerada de cincuenta ejemplares. Mis padres adquirieron el primer número y el poeta se los dedicó: “Para don Cándido y doña Fresia, con aprecio y amistad”. Ese ejemplar lo conservo hoy, como un tesoro. Hicimos la presentación en nuestra casa materna, con una elevada concurrencia de sesenta entusiastas, un generoso vino navegado, empanadas de horno, chorizos a la parrilla y otras delicias de la cocina criolla. Pancho Rodó se hizo cargo del análisis hermenéutico, Manolo Garrido encomió la poesía revolucionaria y rupturista de Hernán, y yo leí en alta voz tres o cuatro poemas.

(Algunos de mis parientes consanguíneos no asistieron a la celebración literaria, aduciendo el sectarismo de los comunistas y la endémica odiosidad de los partidarios de Salvador Allende, presidente recién electo y aún no confirmado por el Congreso).

La trayectoria literaria de Hernán Miranda ha sido tan sólida como silenciosa, ajena por completo a componendas, autobombo y chaqueteo de supuestos rivales. Luego de Arte de Vaticinar, en 1976 recibió el Premio Casa de las Américas, por su obra La Moneda y Otros poemas, lo que constituyó un reconocimiento internacional de su poesía.

Otros galardones recibidos que cabe destacar: -Primer Premio de Poesía en el Concurso de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile; -Premio Municipal de Literatura 1991, por De este anodino tiempo diurno; Premio Altazor 2011, por Viajes inconclusos; Premio a la trayectoria, en el Festival de Poesía La Chascona, 2017.

En marzo de 1984 consiguió hacerse encerrar en el Zoológico del cerro San Cristóbal, en una jaula que contenía, además, un escritorio y una máquina de escribir. Muy circunspecto, de terno y corbata, el poeta semejaba un oficinista desolado. En el frontis de la jaula colgaba un letrero: “Hombre. Nombre científico: Homo sapiens. Hábitat: En todo el mundo”. Enrique Lihn y Nicanor Parra encomiaron públicamente su corajudo gesto, en un tiempo en que los poetas eran individuos bajo la mira de la sospecha por los esbirros policiales de la dictadura militar.

En 1986 le tuve como huésped asiduo en mi refugio de El Rincón de La Florida, junto a su compañera, la poeta Palmira Rosas. Lacónico, aunque elocuente y certero en sus escasas intervenciones, Hernán Miranda hacía gala entonces de un fino y sutil humor. Después de la partida de Palmira, en el viaje sin retorno, Hernán se ha sumido en una suerte de mutismo que raras veces quiebra. El poeta Juan Cameron le define con precisión desde su palabra poética:

“…Su mejor retrato se encuentra en el texto Reflexiones, de su cuarto libro: «Este es un hombre que no alcanzará la velocidad de la luz/ ni llegará a comandar un submarino./ Es/ el que siempre rebotó y rebotará en los espejos». Miranda se ríe de sí mismo y se pone en duda con relativa facilidad. Pero lo hace con la misma ternura de poner en duda los más caros valores de la Patria o el aparato ideológico del Estado, según sea el lenguaje elegido por el lector. El poeta no se hace ningún problema; en su inmensa tolerancia nada le interesa en verdad: «Un amigo me regala un antiguo billete de un escudo (…) de Arturo Prat, el héroe de mi infancia/ Me llevo una sorpresa: Prat es un agraciado joven de barba/ en la flor de la vida/ No el viejo calvo y sombrío que tenía en la memoria».  El paso del tiempo es también una constante en la obra de este fabulador. Bar Abierto nos parece una excelente recopilación. Adán Méndez y la editorial han producido un trabajo elegante, de primera línea, como se merece Hernán Miranda, grande y silencioso poeta chileno. Como los mayores, Miranda se reconoce por el valor de sus textos aislados, más allá de todo académico prospecto o teoría”.

Hernán Miranda ha regresado por estos días a la Casa del Escritor, incorporándose a nuestra tertulia de los lunes en el “Refugio López Velarde”. Hemos leído allí sus poemas, tratando de interpretar el especial ritmo de su vocalización, lo que no es fácil en sus versos de quiebres inesperados y constantes contrapuntos, donde estalla la paradoja como tenue recurso.

Ayer lunes apareció cargado con treinta ejemplares de su antología Bar Abierto, que regaló, calladamente, entre los compañeros escritores y otros huéspedes entusiastas. Muchos le pidieron que se lo autografiase… Quedaron vibrando sus palabras de limpia y clara poesía:

 

“A NADIE DARÉ UNA DROGA MORTAL…”

Aquí estoy solo con mis pócimas, mis escalpelos,
mis uñas rotas, mis salpicaduras.
Aquí con mi intranquila conciencia.
Aquí con mi mundo perturbado.

Aquí, con mi cadáver desnudo sobre el mármol
y el tiempo que aquí debería ser abolido.
Somos los mismos. Los que tuvimos un día
la capacidad de asombrarse.

Cartílagos sólo hay, sólo huesos.
Debo suturar desgarros que yo no produje.
Debo hacer coincidir las piezas de un cráneo.
Soy demasiado humano para vivir en paz.

Pero quién se sonreirá por ti algún día.
Pero quién repetirá después las cosas que tu dijiste.
Pero quién cometerá tus mismos errores.
Pero quién heredará tu desencanto.

Morirse pero contemplar tu propio funeral.
Pero huir y ser testigo de tu fuga.
Pero perderse y participar en tu propia búsqueda.
Pero se trata de estar aquí y en otras partes.

Pero yo soy un cirujano fiel a su juramento
y seguiré cortando tendones, removiendo las vísceras
sin lograr ver en ellas el futuro
y a nadie daré una droga mortal.

 

Edmundo Moure
Diciembre 2017