Manuel Silva Acevedo, Premio Nacional de Literatura 2016

Con una extensa trayectoria y una vida dedicada al ejercicio del arte poética, Manuel Silva Acevedo (1942), fue galardonado en agosto con el Premio Nacional de Literatura 2016. Ha publicado desde los años 60 del siglo pasado y hoy sigue produciendo con la misma intensidad que en su juventud.

¿Cómo se ha tomado usted en lo personal el premio Nacional de Literatura?

Con mucha calma, porque es el resultado de cincuenta años en el oficio poético y es también la culminación de un proceso que considero justo. Puede haber otras personas que tengan tantos o más merecimientos, pero el jurado dictaminó que yo era el que me lo adjudicaba. Seguiré trabajando sin soberbia y con humildad mientras tenga aliento.

¿Cómo recibe este reconocimiento de otros?

Es para mí un espaldarazo, que me ayuda a creerme el cuento. Porque si un poeta escribe, escribe, publica, publica y no pasa nada; corre el riesgo de sentir que no es valorado y que a nadie le importa lo que hace. Eso puede ser muy deprimente. Esta distinción me ayuda a seguir adelante, sintiendo que en alguna parte, algunas personas, estimaron que tenía valor lo que hago.

¿Cuál es para usted la esencia del oficio?

Pienso que la búsqueda inicial debe estar centrada en uno mismo para luego realizar una apertura atenta hacia los acontecimientos que nos rodean. Sin ese contacto interior, es difícil proyectarse. Los más connotados poetas del planeta se han caracterizado por tener una honda raíz en sí mismos y luego una atención hacia el mundo circundante.  Por ahí tengo unos versos que dicen: No sé qué busco/ no encuentro lo que busco/ no sé dónde buscarlo/ pero sigo buscando.

 Su búsqueda es muy contemporánea, porque en la sociedad actual ha perdido la certeza.

Mi vida es bastante recogida, no obstante los trabajos que realicé en publicidad me obligaron a salir de ese recogimiento. Después estuve en la CEPAL como editor de artículos o libros, aunque siempre con mi raíz centrada en lo interior. En el mundo de hoy, fragmentario y lleno de contradicciones, es difícil mantener la prestancia; aunque en eso me ayuda la edad. Tengo 74 años y el tiempo lo tranquiliza a uno.

¿Cuáles son sus principales referentes dentro de la poesía chilena?

No puedo negar la influencia de Nicanor Parra, que hizo un quiebre con cierta retórica nerudiana e introdujo lo que él llama “el habla de la tribu” en la poesía, que luego ha derivado en algo más vulgar y humorístico. Yo prefiero adscribirme a otras escuelas en poesía  dentro del panorama chileno.  Enrique Lihn, que también recibió una influencia de Parra, sin derivar en el facilismo, me interesa mucho.  Mantuvo un tono de introspección y de  auto cuestionamiento crítico. Él es un poeta mayor en la poesía chilena. Como Jorge Teillier, en una cuerda totalmente distinta, que rescata el valor de lo cotidiano, de lo lárico, de la sencillez.

Otro gran referente  es el poeta Eduardo Anguita. He bebido también de Pablo de Rokha, de Efraín Barquero y de Miguel Arteche. Ese es el caudal fantástico de la poesía chilena; muy potente, comenzando por la Mistral y Huidobro. Sentirse heredero de  poetas de esa categoría es una responsabilidad muy alta.

¿Cómo opera el ejercicio de la memoria en su propuesta poética?

En la última década he sentido la necesidad de mirar hacia mi pasado, hacia el árbol familiar. He buscado noticias sobre mis antepasados, anécdotas, y he encontrado allí un caudal de imágenes que se han convertido en estímulos para seguir creando. He escrito dos libros con esa cuerda. “Lazos de Sangre” (2010) y más recientemente “Antes de doblar la esquina” (2016).

Hoy la poesía aparece disminuida frente a la narrativa.

Es que la narrativa mueve la industria editorial. Hoy sus grandes exponentes están apoyados por un potente marketing de las editoriales, porque son una buena inversión para ellas. Con los poetas no pasa eso, a menos que sea alguien como Nicanor Parra.

¿Qué es lo que más le impacta fuera de su universo interior?

Me impacta saber que la corrupción estaba instalada hace mucho rato en todas las esferas de la sociedad chilena, partiendo por la iglesia, el ejército, la policía, y de los políticos, para que decir. Muchos, aprovechando el estatus que les da la política, la utilizan para hacer negocios o para recibir coimas.  También están las múltiples colusiones empresariales.  Toda esta realidad constituye un panorama desolador sobre la sociedad chilena.

Los jóvenes son el último bastión de limpieza, pero no puedo dejar de sospechar que pasaría si luego que se instalen en altos cargos. Hemos llegado a un punto insostenible y pienso que tiene que pasar algo importante. Espero que surja una fuerza nueva en la política que sea capaz de dar un nuevo rumbo al país. Por supuesto que tienen que haber empresarios, no se trata de construir una sociedad comunista, como fue la URSS en sus inicios. Este es un país muy pobre, que vive de la minería y si el cobre está mal, estamos fritos. Pienso que los jóvenes pueden dar la pauta, ojala que lo hagan.

¿En Chile hay muchos lobos con piel de oveja?

La derecha chilena es impresentable. Sus dirigentes siguen sosteniendo las mismas cosas que decían en dictadura. Son pechoños, racista, clasistas. Se sienten con derecho a tener todos los privilegios. A la derecha hay que arrinconarla, para que pierda el poder que tiene para ejercer su dominio sobre la sociedad. Tienen la sartén por el mango en la economía y los medios de comunicación. La Concertación y ahora la Nueva Mayoría han sido incapaces de sacar siquiera un periódico que pueda competir con la prensa de la derecha. ¿Por qué dejaron morir a La Época y a Fortín Mapocho? ¿Les molestaba esa posición más radical? ¿No querían tener testigos mientras se acomodaban?

Es muy marginal todavía la posición de las personas que queremos una sociedad más justa. Los seres humanos a veces  nos movemos como Don Quijote, con ideales que nos incitan a derribar muros, y en otras ocasiones como Sancho, con los pies bien puestos en la tierra.  Allende pensó que podía instalar, por la vía electoral, una sociedad socialista en Chile, en el patio trasero del os Estados Unidos y en medio de la Guerra Fría,  y pensó que no iba a pasar nada.  Es fantástico que haya embestido contra  los molinos de viento, porque dejó una marca en la historia humana, pero su proyecto era impracticable.

Jóvenes como Gabriel Boric, Giorgio Jackson, Camila Vallejo o Carol Cariola forman parte de una generación que  tiene otra mirada sobre la sociedad y espero que logren aglutinar una gran mayoría detrás de ellos. En la medida que caen otras alternativas, es natural que la sociedad mire hacia ellos.

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