Juan Radrigán: la desolación, la honestidad y el compromiso con el ser común

Tres destacados artistas que tuvieron ocasión de conocerlo lo recuerdan a meses de su partida, para este homenaje de la SECH.

Febrero, 2017.- Cuatro meses han pasado ya desde su fallecimiento, en octubre del año pasado, pero Juan Radrigán Rojas sigue vigente sobre las tablas nacionales, al igual como ha sucedido en las últimas décadas, ya que su dramaturgia marcó profundamente el teatro chileno. Así lo demuestran las obras de su autoría que fueron exhibidas en el marco de los festivales de teatro “Santiago Off”, “Santiago a Mil” y “Quilicura Teatro”.

Este escritor, nacido en Antofagasta en 1937 y fallecido en Santiago el 16 octubre de 2016, fue autor de más de 40 obras de teatro, las cuales desde hace décadas traspasaron las fronteras nacionales y, actualmente, se pueden encontrar puestas en escena en festivales de diversas localidades, como en Montevideo y Lima, sólo en pasados días de febrero.

Probablemente un personaje de esta magnitud se vuelve inabarcable para cualquier homenaje, pero para la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) es un deber recoger parte de la memoria que este escritor impregnó en su entorno y en el quehacer literario nacional. Por eso, tres destacados artistas que lo conocieron de cerca accedieron a recordarlo: el director Alejandro Quintana, la actriz María Izquierdo y el escritor Fernando Quilodrán.

La obra de Radrigán bajo tres miradas

Como dramaturgo, Radrigán desarrolló colaboraciones con importantes directores y actores nacionales, algunos de los cuales también han destacado en el ámbito internacional. Un ejemplo es el director de teatro Alejandro Quintana, quien ha desarrollado una destacada trayectoria en Alemania y que tuvo a su cargo el montaje de la obra “El príncipe desolado”, de 1998, montada oficialmente por primera vez en 2015.

Al ser consultado por su recuerdo del extinto escritor, Quintana rememoró que “mi historia con Juan es una historia de exilio. Lo leí lejos de Chile, en Alemania.  Nos conocimos lejos de Chile, en Suecia, y ahí enganchamos de un zuácate (sic). Con Juan, nunca hablamos mucho, o quizás siempre hablamos lo necesario. Nuestras frases eran cortas, directas, al hueso. Nos imaginamos infinidad de “Crímenes artísticos”. Con Juan siempre se hablaba de futuro. Juan me abrió la puerta de la casa teatral, cerrada por 480 meses, y así nació a la vida escénica – en Matucana 100 – “El príncipe desolado”. Gracias autor. Gran amigo, compañero de sueños. Te digo como a Gardel, que estás escribiendo cada día mejor”.

María Izquierdo, destacada actriz de teatro y televisión, también protagonizó papeles ideados por Radrigán, como en el montaje “Amores de cantina”. Al referirse al dramaturgo comentó “cuando me encuentro con un personaje escrito por Juan, me encuentro con un tesoro de esos que cambian la vida. Su profunda desolación, cargada de humor, me obliga a situarme en el epicentro del pulso de la verdad. No se puede mentir, no se pueden bajar los brazos, no cabe la sordera, ni la estupidez. Solo cabe la honestidad y la música de su verso. Es un autor que se expresa en el escenario como un relámpago. Para mí, interpretar a un personaje escrito por Juan, es como llegar a mi hogar a existir”.

En tanto, su amigo y contemporáneo colega escritor Fernando Quilodrán destacó que “Juan hizo un teatro de un tremendo dramatismo, de un compromiso muy grande con el ser común que lo fue buscar, podríamos decir, a ‘los bajos fondos’ de la sociedad chilena. Recuerdo haber leído, hace muy poco, después de que murió Juan, que alguien le preguntó si la dictadura había marcado su temática y Juan Radrigán respondió que no. El lenguaje de las obras de Juan era fulgurante, delicioso. Un ciudadano ejemplar en muchos sentidos, democrático, progresista. Es seguramente el mayor dramaturgo de nuestra historia. Hay muchos que son citados, pero el corpus de Radrigán es algo admirable. Yo creo que él habría escrito lo mismo con o sin dictadura. Tenía una mirada hacia el de abajo, una capacidad de recreación de ese mundo muy notable”.

Para Quilodrán, “los personajes de Radrigán se habrían expresado igual con o sin dictadura. Este mundo continúa, los personajes son tan paradigmáticos ahora como entonces. Sin duda, que (la dictadura) influyó en la obra de Radrigán. Incluso yo creo que lo influyó favorablemente, en la medida en que tuvo que ingeniárselas para encontrar recursos expresivos que hicieran más transmisible su mensaje. Además, era una persona encantadora, muy buen amigo. Una humildad impresionante. Una modestia única”.

El camino de un grande del teatro chileno

Juan Radrigán afirmaba que aprendió a leer, y muchas otras cosas, en los tristísimos ojos de su madre, que era profesora. Su padre era mecánico. En su discurso de recepción del Premio Nacional de las Artes de la Representación, aclaró que no soñaba con el premio “porque soñar es la manera más triste de tener algo”. Cuando se le presentó la realización teatral y aunque hasta ese momento, no había visto más de dos obras, inició una carrera dramatúrgica imparable que atravesó la etapa dictatorial del país, durante el llamado apagón cultural.

El autor irrumpió en la escena chilena el 1979, con su primera obra teatral “Testimonio de las muertes de Sabina”, que sería representada en muchas ciudades del país por profesionales y aficionados. En 1980 estrenó la trilogía “Redoble fúnebre para lobos y corderos” y, en 1981, estrena su obra consagratoria “Hechos Consumados”, montada en Londres por el director inglés Robert Shaw. De ese mismo período, que la crítica especializada ha etiquetado con el rótulo de teatro social destacan “El toro por las astas” (1982), “Las Brutas” (1983), “Made in Chile” (1984), ”Las voces de la ira” (1984),” Borrachos de Luna” (1986) y “El pueblo del mal amor” (1986).

Luego, en el escenario post dictadura chilena, fue capaz de reinventar su teatro y a proponer conflictos dramáticos que exponen en escena los amores inconclusos, amores sin destinatarios, personajes fantasmales que transitan entre la vida y la muerte. De ese período destacan “Islas de porfiado amor” (1994), “El encuentramiento” (1996), Fantasmas Borrachos (1997), Perra Celestial (1999) y “Amores de Cantina” (2000). Su tercer período de desarrollo teatral está cargado de contenido metafísico y existencialismo. De ese período podemos reconocer “El príncipe desolado” (1998), “Beckett y Godot” (2004), ”Ceremonial del macho cabrío” (2012) e “Informe para nadie (2012).

A principios de su trayectoria, Juan Radrigán recibió el reconocimiento del Círculo de Críticos de Arte durante dos años seguidos (1981–1982), por las obras ‘Hechos consumados’ y ‘El Toro por las astas’. Esta última obra también fue reconocida con el Premio Municipal de Literatura de Santiago. El 2005 obtuvo el Premio Altazor de Dramaturgia por ‘Beckett y Godot’. El 2010 recibió Premio Bicentenario de Dramaturgia del Círculo Críticos de Arte. El 2011 fue reconocido con el Premio Sello de Excelencia, del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y fue distinguido con el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile.