Poemas de Víctor Sáez

J.D., Víctor Sáez

Gráfica del Sur, Córdoba, Argentina, 2011

Roberto Rivera Vicencio

En J.D. nos recibe un hablante lírico muy particular, el cual pareciera arrastrado por una corriente de conciencia avasalladora que lo descentra y lo envuelve en una curiosa hiperkinesis, que nos remite y no nos remite a Salinger, (“El cazador oculto” como se tradujera alguna vez) a su lúcida disconformidad desde la cual el autor huye a refugiarse en la soledad. Esta podría ser una primera aproximación a J.D.; sin embargo, una segunda y profunda clave cruza de principio a fin estos poemas, y no menos relacionada con el Salinger de carne y hueso tampoco, cuya fina y exacerbada sensibilidad regresa de la guerra. En esta segunda clave lectora nos pone ante los ojos al sobreviviente que regresa de la “ciudad vieja” a insertarse en un mundo en disolución, en cuya “memoria de hambriento las moscas son ángeles”, donde la civilización evoluciona al revés – y no cabe decir involución-, ya que desperdigada en fragmentos efectivamente evoluciona a su disolución como una profecía, o religión como diría Giorgio Agambem, donde el refinamiento de los sobrevivientes que regresan de las clandestinas “tierras sin huella dactilar” es para encontrarse de golpe con las groseras ninfas de McDonalds afines al lápiz labial barato, al reality cotidiano con pensión alimenticia incluida, así, la precisión del universo se deja ver, como dice Sáez, en anuncios de hamburguesas que sonríen y automóviles que hablan, en una suerte de indolente modernidad infiltrada como vinagre fuerte en las articulaciones de lo humano, en vértigo y estupidez al mismo tiempo, es decir, sin destino. Allí, o aquí, a este mundo regresa J.D. desde una derrota en alguna parte intuida, o entrevista en los “zorros asomando por los bolsillos en tierra de nadie”

Las ciudad vieja y las viejas supersticiones son las que nos alertan, los doce ladridos, la herradura sobre el hombro, la escoba tras la puerta, dice, la moneda al aire, ante las torpezas distorsionantes de la luz, que nos llevaron a la peor de las batallas, la más estéril, como esclavos negros con contraseñas inverosímiles, de paños menores, en tanto “otros comen sándwiches o beben cerveza” y nuestra mesa sin festín es la de autopsia. No es raro entonces ver tanta gente feliz. Los que quedaron, quedamos, volvimos a ser buenos, anuncia, como un abrazo a la puerta de la morgue, la tos de los arrepentidos es el camino a la humedad, la tibieza, la mujer, qué más, sumergido con lo puesto en la vieja ciudad, la cruz como culpa de lo irremediable, ante los que fueron y no volvieron, siempre fuera de lugar como mesa que no cabe por puerta alguna, desmantelado de recuerdos junto con la caída de la vieja ciudad, la clausura de las estaciones de regreso, que obliga al salto sin solución de continuidad al espacio ajeno del mundo en disolución, perplejo “como insomne guardia de cementerio”.

La hora de la verdad, aprendido justo antes de reciclar, sin brujos, J.D. hablando dormido, parece estar en otro sitio, sobre papeles arrugados, sin nada que guardar en los cajones.

La segunda y tercera parte de J.D. confirman que, la ciudad vieja, si bien invadida por la ralea, esta permanece escondida en los repliegues y ellos portan el secreto del regreso, sólo hay que buscarlo en la tienda de camisas para muertos que abre sólo en navidad, como nuevo Jesucristo, los ofrendados no culpan porque lentamente, la bandera blanca en el bolsillo, se van volviendo invencibles, porque algo queda, escondido justo a tiempo, la extraviada inocencia, camuflados, invisibles, invencibles.

 

Roberto Rivera Vicencio, Santiago, 1950. Ha publicado el libro de cuentos “Santos de mi devoción” (Simplemente Editores, 2010); la novela “Piedra azul”, (2001, Bravo y Allende); la novela “A fuego eterno condenados” (Editorial Balandro, 1994); “La pradera ortopédica” (Ediciones Cerro Huelén, 1986).