El pensamiento como acción política

Ficciones políticas del cuerpo, Juan Pablo Sutherland (Editor)

Editorial Universitaria, 2016

Diamela Eltit 

¿Cómo ingresar a un libro que convoca a valiosos aunque diversos ensayos académicos? Pienso que para mí es posible acudiendo a la literatura. Así, quisiera repensar con ustedes un texto literario que, desde mi perspectiva, se reactualiza de manera incansable a través del tiempo. Y se actualiza porque pone de manifiesto una serie de dilemas que cruzan los mandatos de las épocas y que abordan el cuerpo como artificio y como una “creación” que alteró el dictamen implantado por Dios, por la hegemonía, por la explotación masiva, fundado en la heterosexualidad como mandato. Me refiero al cuerpo como una producción médica, como signo sociocultural, como territorio síquico, como doblez, como fantasma.

Me refiero a “Frankenstein”, la novela cuyo punto de partida fue un desafío gótico entre escritores motivado por el encierro frente a un clima adverso y que inmortalizó a Mary Shelley. Pero el libro sobrepasó su tiempo, a su autora y circuló como emblema reescrito en diversas ficciones. Así, se convirtió en indispensable dispositivo pop, en cinematografía, en insumo cultural, en dispositivo analítico.

Indecible, monstruoso, el engendro de Frankenstein o el engendro Frankenstein fue repensado y reformulado como un conjunto de fragmentos armado desde los cuerpos disímiles, con las costuras a la vista, trágico, sufriente, ineludible, sin más nombre que el del padre. Una materia humana o poshumana decidida a destruir el entorno más próximo de su absorto padre abriendo así una pluralidad de sentidos. Frankenstein, hijo, se incubó en y desde el padre. Este hijo “ensayo” emerge como una tecnología que fue posible por la unión entre ciencia y medicina. Pero su procedencia lo estigmatizó como enfermedad social, virus, amenaza. Un hijo, que después de agotar la búsqueda de un amor imposible, persiguió a su padre (sistema) porque no se le iba a otorgar ni un milímetro de afecto. Un hijo “monstruoso” porque fue sido creado sin madre alguna, sin más útero que el deseo de incubación científica alojado en el cerebro paterno, absorto en una particular química.

Pero ¿quién es el padre de ese ser que inspira terror, ese engendro que fue obligado a vivir en un aislamiento abismal, asolado por el rencor? Las respuestas son múltiples, ambiguas, pueden ser incluso disparatadas. Víctor Frankenstein proviene de una familia de hombres-hombres, entendidos, en su conjunto, como los padres-sistemas que sostienen la línea que demarca la familia y extienden el poder hegemónico. Ellos encarnan los signos indelebles del amo. Pero, en uno de sus vértices, la decisión radical de Víctor de engendrar por sí mismo, marca el fin de su propia genealogía o, dicho de otra manera, de la especie-familia tal y como la conocemos. Frankenstein entonces puede ser entendido como el hijo tecnológico de un padre que reniega, se escapa, se curva, se enferma. Y, desde luego, la novela, más allá de la insurrección de sus materiales, se resuelve en un resultado punitivo una vez que se ha consolidado el ensayo de una humanidad diferente que se establece desde el desalojo del útero materno para instalar así un tiempo posuterino.

Pero más allá de cada una de las lógicas interpretativas, pienso que Víctor Frankenstein lo que incuba en su camilla médica clandestina es el fantasma de su propia homosexualidad (o de la homosexualidad) que lo acecha como una construcción retorcidamente gemelar de una altura desproporcionada y lo persigue a lo largo de sus viajes paradisíacos con su amigo Henry Clervel. El mismo que mata a su bello hermano adolescente, mata en Henry su propio deseo y, desde luego, el que va a asesinar, cómo no, a su novia Elizabeth justo antes de la consumación de su matrimonio. En suma, Frankenstein es un “destello” que conmociona a la hegemonía. Lo vuelve monstruoso. Un doble de sí misma que se torna inaceptable. Y, en otro registro de pensamiento, pienso, a le vez, por qué no, que  Frankenstein encarna los restos, aquello que pone en jaque el sistema, una revolución del cuerpo y sus mandatos, una contra estética definitivamente subversiva.

Me arriesgo entonces a pensar en Frankenstein. No es mi intención, desde luego, dar una cuenta pormenorizada aquí de esta novela romántica-gótica que en sus páginas resiente la Conquista de América, que cita a los aztecas y a los incas. Un libro escrito al principio del XIX que contiene críticamente cada uno de los dilemas de un tiempo capturado por la racionalidad capitalista. Mi intención es pensar este libro como un eje o en tanto compás geométrico, como los que usaron los antiguos navegantes, para leer ahora textos diversos, pero que apuntan a la conformación de un cuerpo que busca renovar signos de lectura social. Pienso en Frankenstein como una forma de soporte para leer lo símil y lo disímil, la familia, la unicreación, el deseo, la enfermedad, la exclusión, los referentes, las modas culturales, la afectación farmacológica hormonal, en suma como una metáfora para intentar pensar el conjunto de un cuerpo de escrituras que conforman el libro “Ficciones Políticas del Cuerpo”.

Juan Pablo Sutherland dirige una publicación que se desea política pero que también se nombra como ficcional. Esa es su propuesta más arriesgada y propositiva. Traza, desde los estudios académicos y con los escritores que comparecen, un mapa-libro que aborda lo queer, ese término global o no global, ya no se sabe, que llegó como ortopedia para contener aquellas sexualidades que las normativas dominantes excluyeron de su estricto manual burocrático. Así, lo “raro” se desplaza de la rareza general de cada uno de nosotros para concentrarse en prácticas, deseos y subjetividades fundadas en tonalidades sexuales que están allí disponibles para ser escrudiñadas.

El proyecto, desde una de las lecturas posibles, se propone armar un cuerpo de políticas de la palabra. Un cuerpo textual “cosido” por la estructura libro, para presentar discursos que se establecen, como punto de partida, desde el archivo que recoge a los médicos higienistas de principios del siglo XX. Modelos de purificación ante un panorama objetivamente infeccioso pero que, a la vez, construyeron desde la infección misma un sitio preferencial de control,  clasificación y exclusión en un Chile inmerso en un estadio de insalubridad premoderno. Así se estructuran los textos que acuden desde la academia a relatar sus propias ficciones y obsesiones y políticas con los cuerpos: la enfermedad, la familia, la violación, la mutilación y cómo no, la estructura binaria y asimétrica de lo masculina-femenino adherido a las biologías mujer y hombre en un programa tan apretado, confuso, pegajoso pero inamovible como los nombres con-sagrados del padre y de la madre que uno de los fragmentos interroga.

Este libro es especialmente territorial. Acuden a él distintas geografías demarcadas por cada uno de los títulos como costuras o como fronteras. Los referentes que sostienen los textos se citan una y otra vez. La cita se concreta como encuentro y como idilio. En otro registro, ligado al ensayo y su formato, se podría pensar en padres y madres que generan y hasta contienen las letras como un disco duro que garantiza su conservación y eficacia. La cita indica que se ha leído, de la misma manera en que Frankenstein, el ente des-materno, leía con dedicación “El Paraíso Perdido” o leía a con precisión a Goethe. Las cita como signo académico opera para validar la letra que busca abrir los mapas de pensamiento e incidir.

El panorama de lo raro ya ha perdido parte de su extrañeza, ha sitiado el rechazo y una forma de exclusión pétrea por parte de los operadores más inquisitoriales que promueven el silencio de los cuerpos. Hoy ese queer consigue habitar su espacio queer (siempre en una delimitada superficie) y, de manera veloz el sistema lo transforma en materia jurídica, en sed de familia, en moda “trans” impresa en papel couché, en sentido común, en ONG, en zona de ofertón político.

Pero, precisamente, en este panorama o frente a este panorama demasiado realista y de alguna manera retórico, parece preciso ingresar en los territorios simbólicos. Resulta necesario visibilizar las estructuras que sostienen la trama social que, más allá o más acá, de las cosméticas, corresponden al capitalismo en su actual fase neoliberal operando como ávido tragamonedas para hacer de los cuerpos, sus dilemas, subjetividades y recorridos sexuales, máquinas de consumo y deliberación banal. Me parece que la sólida presentación de Juan Pablo Sutherland da cuenta de las pulsiones y de las deliberaciones que atraviesan los ensayos que  y desde luego, para mí, sólo sería posible establecer algunas preguntas a estos materiales para interrogar cuál sería la relación entre teorías y prácticas, entre deconstrucción como propósito y los flujos performáticos que la actúan.

Pero, en definitiva, más allá de cualquier interrogante, lo que este texto afirma con decisión es que la escritura como campo analítico es un espacio político. Afirma también que, tal como la novela Frankenstein, las diversas políticas emancipatorias conforman relatos en muchos casos angustiados, pero también gozosos y propositivos (no dejo de extrañar la ausencia de la cita más que ineludible del Marqués de Sade como síntoma del gran desorden que porta en sí mismo el orden del sistema; o, de manera crucial, al griego Tiresias como fundador de un cuerpo siempre en tránsito, incierto, ultra poderoso, en suma un cuerpo-tramo). Desde esa perspectiva, resulta importante que acudan a esta publicación académica textos que pasan y repasan la enfermedad y el goce, el poder, la siempre teatral familia, el impacto de la siquis en el cuerpo, la imaginación trasgresora, la desidentidad y la incerteza como proyecto desregulatorio.

En ese sentido, no me cabe sino destacar y celebrar a Juan Pablo Sutherland como escritor e intelectual, reconocer su trayectoria impecable e indispensable y felicitar las escrituras de Karina Ahumada Pailahueque, IngerFlem Soto, Soledad Prieto Millán, Manuela Cisternas Gasset, Nadia Poblete Hernández, Nicolás Fierro Olmos de Aguilera, Rodrigo. A. Lara-Quinteros y Elsa Niño Vázquez. Felicitarlos, repito, por el abordaje desde la escritura a los cuerpos, de los cuerpos a sus ficciones. Y, cómo no, celebrar la proliferación de las políticas.