El camino de Fernando Quilodrán entre la política, la poesía y la prosa.

“El hombre no político es como una hoja en blanco”                                

En 1972 obtuvo el primer premio de poesía de editorial Quimantú, adjudicándose la publicación de su obra “Los Materiales”. Desde ahí ha sido capaz de consolidarse como un autor referente de la literatura chilena, acuñando obras de poesía, novelas y cuentos. Fue presidente de la SECH en tres oportunidades desde el retorno a la democracia, institución que lo homenajeó en la Cena del Escritor 2016.

  

Febrero 2017.- A fines de diciembre de 2016, la directiva de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) rindió tributo a dos personalidades consideradas emblemáticas en el proceso de recuperación de la democracia en Chile, ambos periodistas y precursores de la cultura a nivel nacional: Fernando Quilodrán y Patricio Bañados. Mientras el segundo siempre ha cumplido el rol de un destacado comunicador social, el primero orientó su carrera a la creación literaria y poética, disciplinas en las cuales se ha consolidado como un importante referente.

En el caso de Fernando Quilodrán, además, la entrega de ese reconocimiento involucra un sentido homenaje a su importante labor dirigencial en la SECH, organización que presidió en tres ocasiones (1999, 2001 y 2003). Sin embargo, su delicado estado de salud le impidió recibirlo personalmente.

En la entrevista que ahora nos concede, donde repasa su experiencia vital, sus inicios en la literatura, y la relación de ésta con la política, Quilodrán aborda la importancia de una editorial del Estado y el despropósito del Premio Nacional de Literatura bianual, que a su vez se subdivide en prosa y poesía. Es decir, en 100 años sólo podemos reconocer a 25 narradores y 25 poetas, según saca sentidas cuentas.

Fernando Quilodrán Rodríguez nació en Curepto (1936), hijo de un empleado de la Caja de Ahorros, antecesora del Banco del Estado. Según recuerda, su padre fue bastante nómade, lo que le significó estar en muchos lugares: Chañaral, Loncoche, Victoria, Angol, Parral; formando desde niño una visión completa y vivencial de las distintas geografías del país: campo, ciudad, y mar. “Me ha servido, lo tengo como una especie de patrimonio”, comenta.

Tras estudiar la enseñanza secundaria en Chile en distintos Liceos, vivió una aventura de nueve años en Buenos Aires, donde estudió en la Universidad Nacional de Buenos Aires y trabajó en diversas ocupaciones. En esa época, “Santiago era una aldea mientras que Buenos Aires una gran ciudad. Ahora Santiago ha cambiado mucho…”, agrega.

Regresó a Chile en 1972, donde trabajó “en el Instituto de Seguros del Estado, que fue desarmado por la dictadura. Me echaron a los dos o tres días del Golpe. Pero me trataron bien, muy bien. Yo era dirigente sindical, esa es otra veta mía, siempre vinculado al partido comunista. No soy sectario. Al contrario. Tengo grandes amigos en otros partidos, grandes personas a la que yo admiro mucho”, explica Quilodrán.

 

– ¿Cómo se dio su primer libro?

“El primer libro fue un libro colectivo, porque surgió del concurso literario de la editorial Quimantú el año 1972, que hizo dos concursos paralelos, uno de cuento, y el otro de poesía, que se llamó ‘Carlos Pezoa Véliz’. Yo participe en ambos concursos, mandé trabajos a los dos con cierta esperanza de obtener algo en narrativa, pero no figuré ahí. En cambio, sí tuve la sorpresa de que un jurado muy calificado me diera el primer premio en poesía, con una obra titulada “Los materiales”. Se publicó junto con otros ocho autores, de las menciones honrosas. Se hizo una edición muy bien hecha, creo que de cinco mil ejemplares, que se vendió rápidamente. El premio consistía en una cantidad de dinero y la publicación”.

– ¿Qué le significó ese premio como impulso?

“Yo no había editado nada hasta ese momento, tenía 32 años. Trabajaba en una institución pública, no tenía ningún acercamiento literario formal. Indudablemente que eso abrió muchos caminos. Por cierto, se suponía que Quimantú iba a instituir anualmente el concurso de poesía y cuento, pero eso fue el 72, y el 73 ya sabemos lo que pasó”.

– ¿Ese premio influyó en que usted se considerara más poeta que cuentista?

“Sí. Bueno, me integré a la Sociedad de Escritores de Chile, pero producto del Golpe salí al exilio…, por diversas razones a Holanda, y regresé el año 85. En Holanda publiqué algunos libros, uno de poesía, poesía contingente: ‘Había una vez un pueblo’, (Holanda, 1980)”

– ¿Cuál fue su vinculación literaria en Holanda?

“Fui recibido por el Pen Club Holandés y el exilio político chileno era muy unido. Luego publiqué una novela que se llama ‘Los organismos del tiempo’, (Holanda, 1983). Antes de venirme a Chile publiqué otra novela, esta vez en España, que se llama ‘Vitales mereciéndolo’ (1985). Ocurre que, durante muchos años en Chile en los avisos de oferta de empleo en la prensa, no se ponía sueldo, sino vitales mereciéndolo. El salario mínimo se llamaba sueldo vital. Entonces la expresión vitales mereciéndolo era: usted ganará el sueldo vital si lo merece. Lo que a mí me parecía un escándalo, porque me decía: Alguien va a juzgar si otra persona merece vivir. Ese libro, ‘Vitales Mereciéndolo’, circuló en Europa, España. Yo lo traje a Chile y circuló poco. No soy muy afortunado para la venta de libros. Aquí publiqué ‘Poema’ con la editorial Lar, de Omar Lara, (1983); con otra editorial, Pluma y Pincel, publiqué ‘De tiempo antiguo y lluvias’ (1993); un libro de cuentos que se titula ‘Un suicidio común’ (2000); y con Mosquito Editores ‘Averiguación del tiempo y otros poemas’, (2009). Comencé a participar activamente en la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). Empecé a trabajar en el diario El Siglo. Fui su director hasta hace un año o dos”.

– ¿Qué vinculación existe entre literatura y política?

“Para mí la literatura y la política se encuentran necesariamente. Estoy releyendo ‘La Cartuja de Parma’, de Sthendal, todo un tratado político. No voy a cometer la liviandad de decir que abjurar de la política también es una forma de hacerla. Pero qué es la política – en el fondo -sino el espacio en donde la gente, un colectivo una sociedad, discurre, discute, actúa, se organiza para hacer frente a los grandes problemas de la vida, a la vida misma. Entonces, ¿puede estar la literatura ajena a ello?… Es decir, que el hombre político existe y el hombre no político es como una hoja en blanco. Los grandes escritores de la historia en general han sido entes políticos, absolutamente. Ahora, otra cosa es cuando se pone lo político por sobre la literatura, cuando se pretende, se busca, se incurre en la utilización de lo literario en función de lo político. Ahí se llegan a generar los panfletos. Hay momentos en que una obra comprometida, es decir, que no oculta sus huellas de identidad, puede elevarse al gran panfleto. Panfleto y obra literaria no son sinónimos. Zola hizo grandes panfletos, Víctor Hugo hizo grandes panfletos. Ya elegir un tema cualquiera, una materia, es un acto político. Es decir, yo puedo decir que Benjamín Subercaseaux no escribió nunca sobre la matanza de Santa María de Iquique. Escribió sobre otras cosas, valiosas. Eso no le quita mérito a Benjamín Subercaseaux. Hay elecciones, diferencias, por qué atrae más un tema a uno que a otro. Ahora, si un escritor siente la necesidad de escribir algo y no lo hace por temor, creo que hace mal, porque se está autocensurando. No hay nada peor que la autocensura. No solamente es un acto de cobardía, es un acto de debilitamiento de nuestro aparato crítico.”

– Durante el período que le tocó presidir la SECH, ¿le tocó vivir periodos de censura?

– Durante el período que le tocó presidir la SECH, ¿le tocó vivir periodos de censura?

“Yo estuve en la presidencia de la SECH del año 1999 en adelante. El país era distinto, no había censura. Ser presidente de la SECH implicó – en el caso mío – un tremendo honor, que todavía agradezco a mis colegas. La posibilidad de participar activamente en grandes campañas, en defensa de la libertad de opinión, de expresión… A pesar de que estábamos en democracia, había muchas cosas que era necesario resolver. A nivel de gobierno, constituimos un organismo multigremial para responder a la necesidad de libertad de expresión, libertad de prensa, con la gente de la Biblioteca Nacional, con los pintores, los escultores, los músicos tradicionales, los folcloristas, incluso los artistas de circo, teniendo – entre otras tareas – la de enfocar la mirada de la sociedad hacia las necesidades del creador. El creador también tiene que vivir, alimentarse. Participábamos también en la formulación del proyecto de ley que dio lugar al Consejo Nacional de la Cultura, como en su funcionamiento. Tuvimos activa participación en diversas luchas sociales y políticas, como ciertos movimientos de huelga que necesitaban de nuestra solidaridad, como los trabajadores del carbón que iban a nuestra sede a hacer sus reuniones. Recuerdo que un día hubo un paro nacional y nosotros decidimos cerrar la SECH, y pusimos un cartel: La SECH adhiere al Paro Nacional, porque no era un paro político, en el sentido partidista. La SECH también participó con los jóvenes…; talleres…, tuvo bastante actividad. Estuve seis años en la presidencia de la SECH y trabajando siempre muy bien, con directorios amplios, con la predominancia de un pensamiento comunista, socialista, progresista, porque eran los partidos que le daban cierta importancia a la cultura. Yo conversaba con compañeras, compañeros de otros partidos, y decían bueno, en mi partido no se habla de la cultura, no se habla de literatura, no saben que existe la SECH.”

– ¿Cómo trabajar con la SECH si había un sector de la población que ignoraba su existencia?

“Nosotros trabajábamos para dar a conocer los valores de la literatura como expresión de la identidad nacional, y el mensaje lo recibe aquel que tiene las orejas puestas en la realidad. Yo no tengo la culpa de que no todos estén pendientes de ello. Si uno examina el por qué un Premio Nacional de Literatura, que se entregaba todos los años independientemente del género, se lo transformó en un premio que se entrega cada dos años, turnándose los géneros, poesía y cuento… Cada cuatro años un poeta y cada cuatro años un narrador recibe el Premio Nacional de Literatura. Eso significa que, en el mejor de los casos, 25 premios (en un siglo) en poesía, en un país que ha dado dos Premios Nobel…; en un país donde la poesía no es solamente (Pablo) Neruda, ni la (Gabriela) Mistral, ni (Pablo) de Rokha, (Vicente) Huidobro, Eduardo Anguita, o (Humberto) Díaz Casanueva. Aquí en Chile hay una sensación como que la poesía tuviera más expresión de la chilenidad, que la prosa. De hecho, grandes poetas han sido grandes prosistas en Chile. Si se le hubiera dado el Premio Nacional de Poesía a don Luis Merino Reyes, ¿se le hubiera dado en tanto poeta, o en tanto narrador? Entonces, han quedado muchas personas en el camino. El Premio es un reconocimiento a una vida entera de trabajo. En Chile no lo obtuvo don Jorge Teillier, no lo obtuvo don Luis Merino Reyes, ni la autora de “La amortajada”, María Luisa Bombal, tal vez la mejor prosista en la historia de la letras chilenas. Para qué volver sobre la anécdota de Gabriela Mistral. Le dieron el Premio Nacional después del Nobel… Se estila entregarlo a una persona que ojalá haya pasado los 60 años y que no tenga herederos, para no tener que transmitírselo. El Premio Nacional significa una mensualidad inferior al millón de pesos. El sueldo de un coronel de ejército es de 3 o 4 millones. La miseria no hace a los grandes poetas. Se diría que el poeta tiene alma de mártir”.

¿Es necesario hacer una división entre el trabajo poético y el prosístico?

“Yo creo que no. Yo creo que hay ciertos temas, momentos, intuiciones que requieren un cierto formato. Como músico, tu puedes armar un tema para sonata o para sinfonía. Hay impulsos que se reflejan en la poesía y que después se desarrollan en la novela. Además la poesía, no solamente la poesía en verso… hablando de género, yo creo que no hay géneros exclusivos, temas exclusivos de nada. Que sobre un tema tan urgente como la muerte, se puede escribir una gran novela como un gran poema, un conjunto de poemas.”

¿Qué opina de las condiciones actuales para la difusión de la literatura?

“La falta de una editorial del Estado es muy importante. Cuando hubo una no entró a competir con las grandes editoriales, sino a complementar. ¿Qué editorial chilena hoy, que está en el mercado, se podrá interesar en reeditar ‘La viuda del conventillo’ de Alberto Romero? Ninguna. Pero sí lo puede hacer una editorial del Estado. También el Estado puede llamar a concurso, como lo intentó instituir la editorial estatal Quimantú. La SECH ha hecho algo al respecto, con el ‘Premio Alerce’, con la publicación también de sus revistas: ‘Simpson 7’, donde también hay creación. Ahora, nunca he mirado con gran simpatía la idea de que la SECH tenga una editorial. Porque para mí el espíritu de la SECH es el de una agrupación de escritores donde todos son buenos. Entonces, poner a la SECH como una suerte de jurado a decidir qué es lo que merece ser editado, es romper esa calidad gremial. Por eso es que yo no estoy con una editorial de la SECH, sino con una editorial del Estado. Ahora, ¿cómo lo hace el Estado para seleccionar? Siempre hay una cuota de subjetividad… Pero, cuando lo único que consideran para dirimir si una obra se publica, o no, es el criterio de mercado, entonces, nos encontramos con una profusión de gente que halló la receta para insertarse en un determinado nicho. Personas que los primeros de enero de cada año se reúnen para empezar a escribir la novela del año. Y luego el movimiento de opinión fuerza a entregarle el premio nacional porque vende.”