Contrapunto con Miguel de Loyola

Dios nos ha dado a los escritores el don y el látigo… ¿Qué seremos capaces de hacer con ellos?

Truman Capote

Miguel publica un interesante artículo, “Genealogía del escritor”, en donde abre los fuegos críticos afirmando: “Lejos están los tiempos en que los escritores marcaban hitos en la historia del pensamiento”. Y alude a Jean Paul Sartre, paradigma indiscutido del filósofo-escritor cuyo influjo en el pensamiento occidental se dejara sentir, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX. Su actitud revolucionaria y discordante con el orden establecido fue rubricada, como señala Miguel, con su honroso rechazo al Premio Nobel de Literatura.

A renglón seguido, Miguel de Loyola lanza el dardo de una interrogación crucial: “¿Por qué los escritores perdieron hegemonía intelectual?, ¿cuándo fueron destronados?, ¿a qué hora vendieron su alma?” La última de las preguntas lleva implícita una suerte de acusación grave: la de entregarse por dinero, prebendas u otro tipo de poderes al reino de este mundo, olvidando esa alta misión del escritor que, al decir de Albert Camus, consistía esencialmente en “ser testigo insobornable de su tiempo”.

Algo de razón puede haber en esto de la claudicación, si lo aplicamos a ejemplos concretos de escribas tránsfugas o simplemente acomodados al sistema, pero estimo que, más allá de casos individuales, se trata de la revulsión de una sociedad en contra del arte como proceso de concienciación (el malestar de la cultura), para volcarse hacia motivaciones de entretenimiento banal masivo que nunca antes el ser humano había experimentado en tal medida, proceso exacerbado por la revolución tecnológica y sus dos caras u opciones: una, la que puede maravillarnos, sin duda, como el cumplimiento del sueño de los enciclopedistas del siglo XVIII, merced a la capacidad casi infinita de acopiar informaciones y datos al alcance de una tecla que se oprime para abrirnos una especie de biblioteca universal; la otra, esta utilización grotesca de potencialidades nunca vistas como una droga hacia el escapismo fútil a través de una constante dispersión en lo pedestre, multiplicada por infinidad de simios tecnologizados.

Como bien señala De Loyola, este fenómeno cultural viene afectando a ese ámbito para nosotros tan amado: la literatura: “Me inclino más por la idea de que la literatura, y en particular la novela, pasó a ser sólo un entretenimiento, por sobre cualquier otro tópico… Hay que entretener a las grandes masas ociosas del mundo (no sólo a ellas, amigo Miguel, sino también a las trabajadoras, aherrojándolas bajo la alienación sin pausa)… También está el Mercado, la Industria Editorial que corre por un camino paralelo…”

El proceso de marginalización no viene solo del mercado, monstruo que devora sin piedad a sus vástagos, sino también de: “La institucionalización de la literatura a través de los llamados ministerios de cultura, creados en este siglo, que financian mediante becas y subsidios la creación artística, sujetando y manejando el quehacer del artista… Volviendo a Foucault, de esta manera se generan políticas de exclusión, toda vez que institucionalizan el quehacer humano, o los diferentes grupos que componen una sociedad… Eso está ocurriendo en Chile a vista y paciencia de nuestros ojos. Se trata de una estrategia tendiente a manejar el campo intelectual, y vaya si no lo consigue, poniendo en jaula a los profetas de la historia”.

Ahora, en cuanto al influjo de los escritores chilenos en la vida social de nuestro país, creo  que ha sido irrelevante fuera del ámbito estrictamente cultural, no solo en nuestro tiempo, sino que desde la creación misma de la incipiente república, aun cuando contamos entonces con tribunos excepcionales, como José Victorino Lastarria y Francisco Bilbao, cuyas obras literarias constituyen valioso patrimonio intelectual. Los poderes que manejan y controlan la economía, ya fuesen institucionalizados o fácticos, se han encargado de neutralizar aquellas influencias, habitualmente desestabilizadoras y contestatarias, ya sea por medio de modestas prebendas o del simple silenciamiento de autores conflictivos, acudiendo al expediente de la relegación o el extrañamiento.

Por supuesto que hasta los albores de los 70’ nuestros escritores, pensadores e intelectuales tuvieron una mayor presencia en los círculos de la cultura y en la academia; en esta última fueron relevados, muchas veces de manera subrepticia, por la burocracia estamental. Durante los diecisiete años de la dictadura quedaron al margen, neutralizados hasta el ominoso olvido.

Regreso a las palabras de Albert Camus: “El poder y la cultura se mueven por vías paralelas; cuando llegan a encontrarse, siempre es en desmedro de la cultura”. Es cierto, tan válido para el sistema de libre mercado como para el realismo socialista.

Quizá aquí esté el meollo de la cuestión, por lo que coincido con la reflexión final de Miguel de Loyola: “La culpa también es nuestra”. Pero, ¿cómo revertir este hecho?, ¿cómo devolver esa dignidad extraviada a nuestro oficio? Carezco de respuestas, pero me declaro en “estado de alerta” y dispuesto a conversar y a discutir el espinudo tema que hoy despliega, sobre la mesa de los escritores chilenos, Miguel de Loyola.

¡Manos a la obra, compañeros, y pluma en ristre!, como diría Don Alonso Quijano el Bueno, hoy más que nunca en su aspecto de Caballero de la Triste Figura.

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Edmundo Moure

Junio 2017